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Roberto Fonseca Flores / Pulso crítico

Julio Hernández López, autor de la popular columna “Astillero” que diariamente se publica en la Jornada, calificó a la comparecencia e interrogatorio de Andrés Manuel López Obrador en las oficinas del Instituto Federal Electoral (IFE) como “Kafka Electoral”, al darse el caso de que el compareciente y presunto violador de lo dispuesto por el Código Federal Electoral,  terminara por sentar a los consejeros del Instituto en el banquillo de los acusados, erigiéndose como el juez de la causa. Caso extraordinario, efectivamente digno del imaginario de Kafka.

Sin duda, el también director de La Jornada de San Luis, no conoce Veracruz.

En nuestra entidad la connivencia o, para ser más precisos, la complicidad entre la administración pública estatal y la mayoría de los medios impresos de comunicación, hace del escritor austriaco, sus elucubraciones, especulaciones, nihilismo y paradigmáticas afirmaciones, un enano de la literatura universal.

El imaginario kafkiano, en Veracruz se queda chico frente al surrealismo informativo con que se nos bombardea cotidianamente desde la Dirección General de Comunicación social del gobierno de la fidelidad. El boletín oficial, reproducido y pagado con creces en cada uno de los diarios, revistas y pasquines religiosos (circulan cuando Dios quiere), se encarga de construir de tal manera la imagen del diario acontecer, que la mentira oficial se torna  realidad objetiva. Si en suerte nos tocara vivir en un país sin vida democrática, podría afirmarse que los veracruzanos padecemos de lavado colectivo de cerebro.

Pero no solo eso, más allá del bombardeo mediático, es la propia realidad la que se ofrece, más que como imaginario kafkiano, fruto del surrealismo del francés André Bretón. El peso específico de lo absurdo, conforma y determina el diario pensar y hacer de los veracruzanos. Únicamente en la fantasiosa isla del encanto escarlata, el surrealismo de “Alicia en el País de las Maravillas” domina el escenario. No observamos, no escuchamos, no pensamos, sólo nos dejamos llevar por la maravillosa  melodía del flautista de Hamelín.

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