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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Felipe Calderón Hinojosa

Parafraseando a Torcuato Luca de Tena, los caminos torcidos de Dios enmarcan cinco años de gobierno del hombre de Felipe de Jesús del Sagrado Corazón Calderón Hinojosa y el principio del fin de su mandato. México está como está porque “así lo quiere Dios”, expresó el mandatario mexicano refugiándose dogmáticamente en la teología para no reconocer públicamente el fracaso de su gobierno, así como de su estrategia de guerra, combatiendo el fuego con fuego pretendiendo abatir consecuencias sin tocar las causas que dan origen al clima de deterioro social y político que tiene en jaque a la gobernabilidad.

Con la renuncia tácita del Estado como hacedor y conductor de los destinos de México, dejándolos en manos de Dios, Calderón Hinojosa confirma la percepción de que el régimen político imperante, obsoleto y caduco, toca fondo en lo más profundo de su crisis. Incapacidad, impotencia, prepotencia y sectario voluntarismo del titular del Poder Ejecutivo del gobierno de México, reflejan el todo de una clase política que no da más en sus afanes hegemónicos de mantenerse por encima de la voluntad del pueblo al que dice representar.

Que sea lo que Dios diga, retrocediendo siglos para ubicar a México en la Edad Media, habla por sí del estado de cosas que priva en una llamada clase política sin rumbo y sin tamaños para afrontar las nuevas realidades del país y del mundo. Lo que no se dice es si el Dios al que se acogen no sea más que el becerro de oro al que rinden adoración y pleitesía.

En este escenario habría que ubicar ya no a lo que se espera del último año del calderonismo, cuyo fracaso es manifiesto, sino al proceso electoral que desembocará en el relevo en el Congreso de la Unión y del presidente de México. La política en manos del designio de los dioses, con ayuda de los hombres ungidos como semidioses a los que el común de los mortales debemos adoración y sumisión.

Ya no es el “haiga como haiga sido”, en el que el fin justifica los medios sino el Dios dirá, en boca de los candidatos, el que regirá el resultado del sufragio. A ello debemos acogernos para cifrar nuestras esperanzas, futuro y destino como país y como sociedad. El triunfo en las urnas del semidios más cercano a la voluntad divina, será el paso previo al fascismo y a la hoguera. Porque así lo quiere Dios para castigar la incapacidad de lo humano para conducirse por el camino de bien común.

Si así está dispuesto por ley divina, ¿qué caso tiene poner en manos de los hombres parafernalia y oropel de una campaña electoral presumiblemente democrática? ¿No acaso bastaría esperar la emisión de humo blanco en la cúpula del poder  para conocer lo que Dios dispone para el nuevo sexenio?,  tal cual práctica del PRI en sus procesos internos de selección de dirigentes.

Si así fuera, el dinero de los contribuyentes destinados a costosas campañas electorales, tendría mejor destino si se aplicara a obras piadosas que nos rediman de toda culpa, para así enfrentar libres del pecado de soberbia a la Santa Inquisición, pues  ¿quiénes somos, humildes mortales, para desear privar a Dios de su santa voluntad?

“Algo huele mal en Dinamarca”, más vale prepararse para lo peor.

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