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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Tenía que ser en México.  Caso digno de ser documentado como de insólito interés para Ripley el que el más encumbrado de los aspirantes a la presidencia de la República, sin mayor trámite  se auto descalifique, haciéndose el haraquiri político al colocarse de pechito provocando un debate mediático, en el que se discute si Enrique Peña Nieto es la persona idonea para gobernar al país, o simplemente es un hombre de paja de los poderes fácticos, cuya imagen de ganador fuera construida paso a paso por Televisa y las revistas del corazón, a lo largo de los últimos cuatro años.

Lo menos que se esperaba del ahora precandidato del PRI, era un mínimo de congruencia entre su imagen mediática de ganador y el perfil deseable de un hombre de Estado, serio, responsable, culto y preparado para enfrentar las vicisitudes de una nación que se aproxima peligrosamente a la categoría de Estado fallido.

Bastó una pifia, estando en el lugar y en el momento equivocado, para desenmascararse, inmolándose ante el escarnio ya no sólo de sus adversarios, también de una mayoría ciudadana en la que los jóvenes pensantes haciendo cabeza, esperaban  la oportunidad de exhibir los pies de barro del gigante elevado a la categoría de mitológico semidios.

El costo político lo pagará sin duda el PRI. El haber optado por el impacto mediático de una imagen artificiosamente construida por mercadólogos domésticos y extranjeros, y no por la fuerza de las ideas, experiencia y capacidad demostrada de un Manlio Fabio Beltrones, se reflejará, primero, al interior del partido cundiendo el desencanto y, posteriormente  en las urnas.

La experiencia vivida por el PRI en los procesos electorales del 2000 y 2006, de aquí para adelante será el fantasma que psicológicamente abata la sed de triunfo del priísmo en sus afanes por retomar el control de Los Pinos. No se puede aspirar a ganar con un abanderado que de antemano se derrota a sí mismo, víctima de su ignorancia. Nadie desea ser gobernado y menos en las actuales circunstancias del país, por un personaje cuyo nivel cultural se  equipara con el de un adolescente cursando el segundo año de secundaria.

En un pueblo en el que la lectura no es virtud, el poco apego al libro que exhibiera el Sr. Peña no hubiera tenido relevancia alguna, si sus respuestas a preguntas comprometedoras hubieran mostrado humildad  y visión de Estado. No es por su escasa cultura que se le juzga, el común denominador de nuestra clase política es la ignorancia. Lo que le pone en la picota es la soberbia y trivialidad con la que refleja su desprecio a la inteligencia del pueblo al que pretende gobernar. Confundió a la Feria Internacional del Libro con una tertulia informal de gente bonita, la vacuidad de sus respuestas le perdió. Lo destacable es que con la pifia y el control de daños desplegado, se confirma la profundidad de la crisis del régimen político en México, así como la incapacidad manifiesta de los partidos y sus personeros para reconocerle como tal y actuar en consecuencia.

El régimen político, obsoleto y caduco, respira por la herida, mostrándose desde el fondo ineficiente e ineficaz para mantener la mascarada de una democracia representativa de la cual el pueblo de México pueda sentirse orgulloso. La simulación e hipocresía de antaño es hoy mezcla de desvergüenza y cinismo, exhibida en la personalidad y perfil académico de un analfabeta funcional ungido como el llamado para rescatar confianza, gobernabilidad y prestigio internacional,  perdidos a lo largo del sinuoso camino de una falsa y fallida transición democrática.

Ningún partido político está a salvo. La crisis del régimen es generalizada. Todos van en el mismo barco, arrastrando consigo a una sociedad secuestrada por la partidocracia rampante.

En este marco de inconsecuencia y abandono de principios, forma y contenidos, se transitará a lo largo de los próximos meses hasta desembocar con la elección en julio próximo. El tiempo para cambiar y ajustarse a las nuevas realidades está agotado. La única salida que se percibe en respuesta a la crisis política es el más de lo mismo para el futuro inmediato.

¿Hasta cuando se soportará tal gatopardismo? Nadie lo sabe, ni se vislumbra el camino del cambio real. Así de grave se observa el panorama.

Perdida confianza y credibilidad en los partidos políticos, la última esperanza estaba cifrada en los candidatos contendientes, personajes de carne y hueso en los que en mayor o menor medida se podría confiar. ¿Tras la inmolación de Peña Nieto, el deshoje estéril de margaritas en un PAN cuya flaca caballada no prospera, y un Andrés Manuel López Obrador copado por lo más corrupto de las llamadas izquierdas, tal expectativa se diluye. Ni partidos ni notables están a la altura de las apremiantes necesidades de un país que se desgarra entre la violencia, la desigualdad y la pobreza.

Luego entonces ¿qué hacer?

Tal interrogante recorre el mundo entero sin encontrar respuesta frente a la crisis sistémica globalizada. El derrumbe de la economía real arrastra a los regímenes políticos, lo mismo demócratas que autoritarios, incapaces de encontrar en el interés de las mayorías el camino salvador.

No tenemos elementos para considerar a México al margen de este fenómeno, cuando la pérdida de rumbo se hace acompañar por la descomposición del tejido social, el deterioro del aparato productivo, la corrupción y la amenaza de la ingobernabilidad con un régimen político que ni ve ni escucha, conformándose con ocultar bajo la alfombra los grandes problemas nacionales, en espera de que sea un gigante con pies de barro el que se haga cargo de limpiar la casa.

¡Vaya esperanza cuando el gigante de paja ni siquiera sabe leer!

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