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Tag Archives: Partido comunista mexicano

Por: Luis Hernández Navarro

Aunque sucedió hace 10 años, la muerte de Mónico Rodríguez es más actual que nunca. En un momento en el que la izquierda partidaria mexicana se hunde en el pantano de la corrupción, el abandono de los principios y el oportunismo político, la trayectoria vital de Mónico muestra que no todo está perdido. En la estirpe de los indómitos, de la que él forma parte destacada, está una de las claves para la recomposición ética de la izquierda.


El 4 de diciembre de 1998, a los 70 años de edad, falleció Mónico Rodríguez. Con los acordes de Tampico Hermoso y La Internacional, interpretados por la banda Atlacholoaya y la bandera roja con la hoz y el martillo cubriendo su féretro, sus parientes, camaradas y amigos le dieron la despedida.


Tornero calificado, experto en la fragua, organizador sindical, peluquero fracasado, ceramista, inventor y fabricante de un cañón antiaéreo, pintor, laudero y dirigente comunista, Mónico Rodíguez perteneció, tal como lo dijo de su amigo y compañero Rubén Jaramillo, a la estirpe de los indómitos. Aunque nunca tuvo poder o fama, durante años su nombre fue una leyenda entre los luchadores sociales de Morelos y el sur de Puebla, que lo visitaban en su casa y taller mecánico de Chiconcuac, Morelos, para enterarlo y escuchar sus consejos.


Nació en Torreón, Coahuila, el 13 de abril de 1918. Su ombligo quedó enterrado en el patio de la vecindad en que vivía su familia. Su padre, Samuel, fue un simpatizante magonista que se unió a las filas de la División del Norte durante la Revolución y luego se hizo comunista. Obrero ilustrado, medio filósofo y medio poeta, leguleyo, pendenciero y tomador, Mónico aprendió de él las primeras lecciones de la lucha de clases.


La vida de Mónico transcurrió entre sentimientos ambiguos de admiración y rechazo hacia su padre. La magia de su arrolladora personalidad se desvanecía a los ojos de su hijo cuando maltrataba a su madre. “Yo le daba la razón a él -decía a propósito de las diferencias religiosas entre sus progenitores-, pero se la negaba cuando la golpeaba.”


Junto a su familia viajó por varias regiones petroleras del país y sufrió todo tipo de privaciones. A los 14 años terminó el cuarto grado de primaria. La colección de El Machete -el periódico del Partido Comunista Mexicano (PCM)- fue su biblioteca y diccionario. En sus páginas se enseñó en política, cultura, poesía, economía e historia. Estudió marxismo en El a, b, c del comunismo, de Bujarin. Aprendió de su papá que el “comunismo es el arte y la ciencia de la liberación del proletariado”.


Con 15 años de edad cumplidos entró a trabajar al ingenio de El Mante, rechazando una beca para continuar sus estudios en la ciudad de México. Cuatro meses más tarde se convirtió en aprendiz de mecánico, a pesar de que su padre le decía: “vale más ingeniero chambón que obrero chingón”. Anhelaba rescatar a su madre de los maltratos de su esposo.


Aventajado en asuntos de mujeres, dio su primer beso a una muchacha que le parecía una virgen proletaria. La ensoñación que le produjo ese primer contacto con los labios femeninos se convirtió en pesadilla al enterarse de que su doncella era tuberculosa. Casi no pudo atender a su segunda ilusión amorosa. “Más que en mis brazos la tuve en mi cartera”, decía. Finalmente, años más tarde, ya en Morelos, después de un difícil cortejo, se unió a Alberta, quien sería la abnegada compañera de su vida y madre de sus hijos. Como buen comunista, aceptó casarse por la iglesia, con ella vestida de blanco.


Mónico Rodíguez trabó en Zacatepec, Morelos, una profunda amistad y relación política con Rubén Jaramillo, que duraría hasta el asesinato del líder campesino, en 1962. Fue el responsable de organizar las huelgas en el ingenio y la zafra azucarera de 1942 y 1948, la lucha de nueve pueblos en Atencingo, y la organización de células comunistas y sindicatos democráticos en el corredor textil de Puebla y Tlaxcala. Participó en la promoción de la huelga ferrocarrilera de 1958-1959 y como dirigente de los padres de familia en la movilización magisterial de 1958-1960 y la toma del edificio de la Secretaría de Educación Pública. Fue el vínculo para acercar a Rubén Jaramillo con Othón Salazar. Años después, junto con un grupo proveniente del espartaquismo, trató de reorganizar a los jaramillistas. En 1962 se encontró con Lucio Cabañas. Apoyó la lucha indígena de Yalalag contra el cacicazgo y los primeros intentos de organización en Tlahuitoltepec, Mixe.


Aunque fue cuadro profesional del PCM durante 12 años, su combatividad, independencia y compromiso con la lucha lo llevaron a tener múltiples conflictos con la burocracia del partido, despreocupada por hacer trabajo obrero o por brindar formación comunista a los líderes. Su familia vivió esos años con múltiples penurias y carencias, literalmente en la miseria. La gota que derramó el vaso fue cuando la dirección del partido le ofreció una beca para que sus hijos estudiaran en la ciudad de México, pero, en lugar de ello, los internó en un hospicio.


Vestido con el mismo saco gris de siempre, de rostro pequeño y angulado, calvo, de barba cana, cejas extensas y arqueadas y nariz larga de anchas fosas nasales, Mónico estuvo rodeado de muchas personas que lo quisieron y admiraron. Hombre sencillo y modesto, enemigo del puritanismo y la mojigatería, con una sabiduría ganada a golpes de vida, viajó y promovió la organización autónoma de obreros y campesinos. El célebre astrónomo Luis Rivera Terrazas, camarada suyo de andanzas, decía que al triunfo de la revolución socialista en México la ciudad de Puebla sería rebautizada como Monicotlán.


La vida de Mónico ha sido transmitida por militantes que lo conocieron y respetaron, como Vicente Estrada y Francisco González. En Radio Educación, Ricardo Montejano divulgó una espléndida serie de entrevistas que le hizo. Julián Vences escribió su biografía en el libro Comunista y carmelita descalzo. Su yerno, Renato Ravelo -hoy también finado-, dio a conocer fragmentos de su lucha en Los jaramillistas.


La Jornada 09/12/08

Luis Hernández Navarro


Cuando el pasado 4 de diciembre el corazón le dejó de latir, Othón Salazar tenía 84 años de edad, los riñones dañados y un derrame cerebral reciente, pero aún así estaba dedicado a tratar de reconstruir el partido comunista, levantar la conciencia del pueblo y luchar por el socialismo.

Othón vivió como quiso vivir: como revolucionario. Murió como quiso morir: entre su gente, en una sencilla cama hecha de varas de bambú y petates, enterrado en Alcozauca y con la bandera de la hoz y el martillo, la bandera comunista, en su ataúd. A su viuda, Ester Edita Bazán, le alcanzó a decir antes de irse: “me voy contento porque estuve a tu lado, con la gente, aunque no te dejo nada”.

Sobre advertencia no hay engaño. Ocho años atrás, el maestro declaró: “Si mañana fuera el último día de mi vida, las horas que me restan las entregaría a poner mi grano de arena en la tarea gigantesca de lograr que resurja la izquierda revolucionaria en el país”.

Así lo hizo. Moribundo, seguía con entusiasmo la lucha de los trabajadores de la educación contra la Alianza por la Calidad de la Educación. “Él decía -recuerda su hija- que le recordaban sus tiempos, sus momentos cuando estaba en la lucha y que ojalá los maestros lograran todas sus demandas, que ellos deberían defender sus derechos”.

Nacido el 17 de mayo de 1924 en Alcozauca, Guerrero, en el seno de una familia de campesinos y panaderos, Othón Salazar se enfrentó muy pronto al dilema de escoger entre su temprana vocación de sacerdocio, estimulada por el rector del seminario de Chilapa, o la de convertirse en normalista, apoyada por sus tíos Florencio y Celestino Salazar. Y aunque finalmente se formó como maestro, ateo y comunista, conservó muchos rasgos propios de un hombre religioso. Fue una especie de predicador rojo.

Sin haber hecho nunca un voto de pobreza explícito, a pesar de haber sido dos veces diputado federal y en una presidente municipal de su pueblo, vivió con sencillez y sin lujos. No hizo negocios ni acumuló riquezas. Despojado de sus dos plazas como maestro por su participación sindical, vivió sin empleo fijo, apoyado por sus compañeros de partido o del movimiento, sin seguro social y sin pensión. Fue congruente con sus ideas.

Creyó siempre en las bondades de la palabra y la educación. Orador fuera de serie, aunque de otra época, estaba convencido de que su misión central era la de hacer conciencia, iluminar con el farol de la dignidad la oscuridad del racismo y la abyección, llamar a los oprimidos a levantar la voz y no dejarse.

Normalista rural, primero en Oaxtepec y luego en Ayotzinapa, asistió luego a la Escuela Nacional de Maestros. La educación y la escuela pública debían tener para él una misión liberadora. En ellas se requería enseñar las causas que originan la pobreza y la desigualdad. De allí que, al final de su vida, expresara un profundo pesar con la transformación de los centros de formación para el magisterio en instituciones para preparar sólo enseñadores, y de la conversión de las escuelas en templos del individualismo. Según él, la escuela pública casi había sido ganada por los intereses del capital nacional y extranjero.

Dirigente del Club Estudiantil Normalista de la Juventud Comunista entre 1952 y 1953, presidente del Comité de Huelga de la Escuela Normal Superior de maestros en 1954, líder del magisterio democrático de la sección nueve del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, Othón desempeñó un papel clave en la formación de un sujeto magisterial de izquierda. En septiembre de 1958 fue secuestrado por la Policía Federal de Seguridad y torturado en cárceles clandestinas. Estuvo detenido 89 días.

Fue, durante años, uno de los villanos favoritos del régimen. La campaña en su contra fue implacable. En el artículo “El fascismo rojo en la huelga escolar”, aparecido en Excélsior del 2 de mayo de 1958, Rodrigo García Treviño escribió: “en el movimiento otonista anda la mano rusófila (…) si no se arroja de la educación pública a los sovietófilos, no habrá nada capaz de normalizar perdurablemente la situación en ella.” El periódico Tabloide le dedicó su titular del 22 de julio de 1960: “SE LE SUBIÓ LA CUBA LIBRE A OTHÓN SALAZAR. Bien pisto, en un mitin, ofreció su incondicional apoyo a Castro Ruz.”

Después de plantearse la posibilidad de pasar a la lucha armada junto con maestros del Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) y campesinos jaramillistas, se integró finalmente al Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1964, y pasó a formar parte de su Comité Central. Sin embargo, años después, a pesar de su rechazo a la opción político-militar, consideró “la insurgencia armada indígena en Chiapas como uno de los datos de más alta valía y peso histórico para la vida nacional”.

Candidato a gobernador de Guerrero por el PCM en 1980, ganó, siete años después, la presidencia municipal de Alcozauca con las siglas del Partido Socialista Unificado de México (PSUM). Fue el primer edil comunista en México del fin del siglo XX.

Convertido en hombre de partido buscó siempre tener un pie en el movimiento social. “Nunca -dijo refiriéndose a Elba Esther Gordillo- ni en los peores momentos, conocí a una dirigente magisterial sindical con un estado de conciencia tan vendido a los intereses económicos y del gobierno”.

En 1998, decepcionado, renunció al Partido de la Revolución Democrática (PRD). Argumentó que “mi formación es marxista leninista y ya no encajaba en el ambiente político del PRD. No conozco mayor crimen que el que uno le dé las espaldas a sus ideas, prefiero quedarme silbando en la loma a dejar de luchar por mis ideales”.

Para él, fue un error histórico haber disuelto el PCM. Decía que los métodos de hacer política del PRI y del sol azteca eran semejantes, pues el segundo “no se compromete con una política anticapitalista, como tampoco el PRI; el PRD lo ofrece todo a cambio de conseguir votos. Lo increíble, lo que es público además, es que también en el PRD se compran votos; se compran con dinero, y me pareció que esas formas de hacer política no tenía por qué compartirlas ni directa ni indirectamente”.

En 2003 Othón Salazar, el predicador rojo plebeyo, advirtió: “Quiero merecer de por vida el título de revolucionario”. Nadie podrá negar que con justicia y congruencia se ganó esa dignidad nobiliaria.

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