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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Miércoles 15 de agosto de 2007.- Al margen de las implicaciones políticas y delincuenciales del más que confuso caso del mexicano de origen chino, Zhenli Ye Gon, bien vale la pena detenernos en una de las tantas aristas que configuran el escándalo mediático que ha trascendido nuestras fronteras.

El racismo que nos fuera impuesto por el colonizador lo tenemos a flor de piel. Bastó dudar un momento de nuestra integridad como nación para que éste saliera a flote. Desde el presidente de la República hasta el hombre común, el de a pie, dejamos que afloraran prejuicios históricos, lingüísticos, culturales e incluso rescoldos de un nacionalismo trasnochado, patrioterismo pedestre, como el que nos induce a poner el honor nacional en once pares de piernas. No nos sorprendió y afectó tanto el que Zhenli Ye Gon, presunto delincuente de cuello blanco, hubiera puesto en jaque a la clase política, amenazando con hacer explotar la frágil estabilidad del país con sus declaraciones iniciales, como el hecho de que este personaje fuera de origen chino.

Congelados por el estupor y la indignación, cara a cara, nos observamos en el espejo como un país premoderno, dominado por la desconfianza, la falta de credibilidad en las instituciones, la opacidad de los tres órdenes de gobierno, la corrupción y la impunidad. Pero sobre todo víctimas de un extranjero. Nuestro complejo de inferioridad, síndrome racista y xenofóbico, nos llevó a calificar a una indudable colusión delincuencial que nos lastima y afecta, como “cuento chino”, haciendo mofa de nuestra propia ignorancia con chistes de mal gusto. Incapaces de aceptar nuestra responsabilidad y mucho menos de encontrar una explicación racional a un fenómeno que habla por sí mismo del nivel de descomposición de la sociedad mexicana, optamos por el camino fácil, el cómodo desprecio para con una raza, un pueblo, un país cuya cultura milenaria es digna de admiración, como motivo también de admiración es el que siguiendo un camino diferente, contra viento y marea, hoy se manifieste como la segunda potencia económica y militar del mundo.

¿O es que en medio de la burbuja mediática alguien pensó, acaso, en los miles de mexicanos de origen chino y sus hijos ya nacidos en México, que viven en paz y con respeto a nuestras leyes, contribuyendo con su trabajo al progreso del país?

Diluido en el chascarrillo pedestre, lo que debería haber sido motivo de alarma, punto de partida para hacer un alto en el camino y enfrentarnos a nuestros propios miedos, destapando la cloaca, terminó en un mal chiste coreado por el propio Calderón Hinojosa, quien sin pudor alguno ante un jefe de gobierno extranjero y en presencia de la prensa internacional, se hizo coparticipe de nuestros prejuicios ancestrales como nación dependiente y sometida. El cuento, carecía de relevancia. Lo implícito de una colusión entre el presunto delincuente y las esferas del poder, carecía de toda veracidad y credibilidad; no merecía preocuparnos y ocuparnos más allá del intrínsecamente ámbito de un asunto a dirimir en barandilla, en tanto el cuento fuera “chino”, así este fuera foco rojo, sintomático de un alto grado de descomposición política y del tejido social en un país que se derrumba.

El calificado con desprecio como “cuento chino”, se transformó en una caja de Pandora. El personaje protagónico, mexicano por así haberlo decidido el gobierno de México, más que una amenaza delincuencial es hoy “Espada de Damocles”, que pende sobre cabezas encumbradas de nuestra clase política.

Frente a ello, con el mismo desprecio con que se minimiza el valor de una raza, las autoridades expresan su desprecio a la inteligencia del pueblo de México, con otro cuento, no menos surrealista, basado en medias verdades y medias mentiras. Manipulado y controlado por alquimistas de corte medieval, intentan con este conciliarnos con la realidad, inventando al hombre invisible; al que nadie ha visto, al que nadie conoce, al que nadie escucha, al “chino” etéreo surgido de la nada. El personaje que en una obra maestra de ciencia ficción, ofende y lastima a la Nación, hablando de la pestilencia de una cloaca que sólo existe en su imaginación. Tan sólo bastó un acto mediático de prestidigitación, para confirmar la carencia de veracidad de cualquier implicación de orden político; de una tragicomedia más propia de los escenarios de la Opera China, que del surrealismo nativo de nuestra imperfecta democracia y su deteriorado estado de derecho.

El hombre invisible, el mismo que construyera un imperio en México a partir del soplo de un genio salido de las Mil y Una Noches, de facto, ya ha sido juzgado y condenado por tráfico de estupefacientes, lavado de dinero, contrabando, falsificación de documentos, y mil y una lindezas más; colocándole a la cabeza de las más peligrosas bandas de la delincuencia organizada. Pagará con cárcel, dijera Calderón Hinojosa dictando sentencia. En consecuencia, el gobierno se apropia de 205 millones de dólares, o más, que, igual de etéreos, se reparten sin mediar razón de donde vinieron, de quién son, cómo llegaron al domicilio de Zhenli Ye Gon, donde están, quién los tiene. Colorín colorado, el cuento se ha acabado.

Lo que queda del mal llamado “cuento chino”, a más de la pérdida de credibilidad en las autoridades, es el amargo sabor de boca que nos deja nuestra falta de capacidad para remontar el peso de prejuicios racistas guardados a flor de piel. Los mismos que reflejan el complejo de inferioridad no superado de un pueblo que tardíamente aspira a la modernidad. La idiosincrasia de un pueblo que si algo peculiar tiene, es vivir siempre del cuento; pueblo al que le está vedado afrontar la realidad.

pulsocritico@gmail.com

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