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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Ante una más que obvia indiferencia del grueso de la población, la cúpula de la clase política pretende encontrar el camino más cómodo que conduzca a la reforma del Estado. Cómodo en tanto que más que confrontar ideas y proyectos que apunten a un auténtico cambio de rumbo, a un nuevo modelo de desarrollo del país, todo pareciera que el esfuerzo se concreta en una conciliación de intereses que facilite adoptar el ansiado consenso en torno al tema electoral con vías a futuros comicios.

Si bien en el 2006 quedó demostrado fehacientemente que los mecanismos electorales para el ascenso al poder quedaron rebasados y obsoletos con la consecuencia de un proceso de polarización social y política que aún no toca fondo, ello no debería ser motivo para el diseño consensuado de nuevos parches, poniendo el énfasis en ello y perdiendo de vista el carácter integral de lo que el pueblo de México espera de su clase política: una auténtica reforma del Estado que permita a este afrontar los retos del siglo XXI en el mundo globalizado.

Hasta donde es posible percibir, los genios del actual gobierno y de la clase política en su conjunto, piensan que la realidad del país es aquella que mediáticamente ellos mismos virtualmente construyen a su imagen y semejanza. Y no la de un México de más de 100 millones de habitantes, de los cuales la mitad se debate en la pobreza; de un país que lejos de crecer retrocede en todos los ámbitos; de una nación que mantiene una lacerante desigualdad y una insultante concentración del ingreso, que se magnifica con el nada alentador éxito personal de un solo hombre, el mexicano más rico del planeta.

La democracia no se construye con el estómago vacío. Pretender que con una reforma electoral que establezca reglas claras, en una competencia entre iguales en un país de desiguales, avanzamos en la vida democrática es una falacia. Sin desarrollo en su más amplia acepción, la democracia no va más allá del sufragio, con o sin reforma electoral; para diluirse un día después de las elecciones lo mismo en un sistema político presidencialista, semi presidencialista, o parlamentario. Democracia para qué y para quién, cuando los únicos beneficiarios a la vista son las élites empresariales y políticas.

No es el gobierno el que requiere reformas para administrar el poder, es el Estado mexicano que con el actual modelo de desarrollo está rebasado por la realidad y requiere de enmendar el rumbo. No lo quiere ver así la clase política. Su prioridad es obtener el poder por el poder mismo, en el marco de una lucha tribal en la que el canibalismo atribuible al PRD se hace extensivo a todos los partidos políticos. Un todos contra todos, con reglas o sin reglas claras.

La lacerante realidad puede esperar. Calderón Hinojosa puede seguir intentando legitimarse, Andrés Manuel López Obrador puede seguir su peregrinar sin mayores tribulaciones, y la corrupción, la impunidad y la simulación seguir medrando a la sombra protectora del poder.

En este escenario se percibe la intensidad y propósitos del actual debate cuyas consecuencias, sin duda, será la aplicación de nuevos parches a la Constitución General de la República, nuevos paños calientes para atemperar el descontento social, haciendo gala nuestra clase política del gatopardismo a ultranza para que las cosas, como siempre, queden como están.

Por lo pronto y de espaldas a la ciudadanía, se aprovecha el falso debate para el discurso elocuente, la magnificación de imagen personal de los participantes y, de paso, llevar agua al molino propio, en el inicio de un desangelado proceso veracruzano de elección de alcaldes y diputados locales.

pulsocritico@gmail.com

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