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Pulso crítico

 

J, Enrique Olivera Arce

 

Lo que para Calderón Hinojosa se reducía a un mero trámite administrativo en el Congreso de la Unión, para el país ha resultado ser un bodrio sin pies ni cabeza, rechazado tanto por las distintas fuerzas políticas como por el sector empresarial. Lejos de acercarse al logro de una cuando menos miscelánea fiscal consensuada, la iniciativa de Reforma tributaria del calderonismo encuentra cada vez más rechazo en todos los ámbitos de la vida productiva, especialmente por aquellos sectores económicos que, como los empresarios, actuaran como sostén propiciador del cuestionado triunfo electoral del candidato de la derecha.

Quienes veían a López Obrador como un peligro para México, hoy son los primeros en alzar la voz en contra de las medidas fiscales propuestas por el régimen del panista del empleo; argumentando que el remedo de reforma fiscal frena la inversión, limita competitividad e imposibilita el  sostenimiento y ampliación de la planta laboral.

Pese a la simulación y evasión fiscal amparadas en un sistema tributario proteccionista e inequitativo, es más que sabido que nuestra burguesía nacional –ramplera y cuentachiles como en su momento la calificara el presidente López Mateos–, siempre se ha manifestado reacia a su contribución al desarrollo del país vía pago justo de la carga impositiva a que la ley le obliga. Resultando hoy paradójico que estando a favor de un neoliberalismo que pugna por la reducción del Estado, al mismo tiempo exige que sea este el que se haga cargo de la mayor parte del costo de las tareas del desarrollo.

Y por si esto fuera poco, ahora es la Cámara Americana de Comercio que representa a las empresas estadounidenses en nuestro país, por voz de su director general, la que se suma a la gritería criticando, a manera de chantaje, la iniciativa de reforma fiscal del gobierno mexicano, que considera el cobro de la contribución empresarial a tasa única (CETU) del 19 %, cuando “para no perder el atractivo de la inversión la tasa máxima debería ser del 12 por ciento”.

Entre la espada y la pared, el gobierno ni va para adelante ni recula en la medida de lo deseable por sus principales críticos, la iniciativa privada. Tanto la Secretaría de Hacienda como el  Congreso de la Unión están empantanados. Ni unos ni otros encuentran el justo medio que concilie los distintos intereses en juego para alcanzar el anhelado consenso. Gobierno, partidos políticos y empresarios nacionales y extranjeros, en lo oscurito, discuten un tema toral para la Nación sin alcanzar acuerdo alguno.

Y a eso, para tener el cuadro completo, agreguémosle el beneplácito del PRI y del PRD para con la propuesta calderonista de incrementar el impuesto a la gasolina y los efectos colaterales de esta medida.

Así, el interés de clase de quienes tienen todo y quieren más, hace sentir su peso específico; pretendiendo salvaguardar sus pingues ganancias a costa de los recursos de la Nación y de la mayoría de los causantes cautivos del ISR, que como siempre, terminan siendo quienes pagan los platos rotos.

En el inter, el pueblo llano, hombres y mujeres de a pie, ajeno al debate y al bombardeo mediático con el que se pretende legitimar el argumento de unos y otros, simplemente espera. Al fin y al cabo sabe que, como siempre, terminará llevando sobre sus espaldas el peso de una carga tributaria injusta y contraria al interés nacional. Verdad de Perogrullo que no puede ocultar ni la demagogia gubernamental ni la simulación partidista. En una sociedad profundamente desigual y a cargo de una clase política sometida a oscuros intereses, no se puede esperar otra cosa que no sea el sacrificio de los más en beneficio de los menos.

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