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La decisión de llevar a Pemex a ser un exportador de crudos en grandes volúmenes fue adoptada por gobiernos priístas durante los inicios de la década de los 80, es cierto. Rompieron con una tradición de dedicar las abundantes reservas a satisfacer el consumo interno. Empezaron así las extracciones masivas que elevaron la plataforma de producción más allá de los niveles permitidos para una explotación racional de los yacimientos. También cargan los priístas en su pasivo la práctica de incautar a la empresa sus utilidades operativas para financiar la hacienda pública. Durante los últimos 12 años a cargo del Ejecutivo federal los priístas le sacaron unos dos billones de pesos en impuestos y otros aprovechamientos. Poco, muy poco dejaron los soberbios neoliberales priístas para las inversiones que se requerían. Por esa época empezó también el deterioro operativo de la empresa, pues sus gerentes fijaron la vista en las reglas que, pensaron, les imponía de manera inevitable la globalidad. Inexplicablemente, los mandos del priísmo decadente se olvidaron de utilizar a Pemex como el pivote privilegiado para fincar el desarrollo de la fábrica nacional.

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