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LA MUERTE, ÚLTIMO REDUCTO CONTRA LA IGNOMINIA

Ramón Acevo/octubre del 2008

“Esperanza hay, pero no para nosotros.”

Franz Kafka

El poder tiene límites inciertos en concepción, tiempo y ejercicio, necesariamente surge y permanece a la sombra de otro poder que no goza de mayor certidumbre a pesar de ser un tanto más añejo y anejo a otras manifestaciones de dominio que a su vez lo anteceden, Sócrates afirmaba que no había verdadero poder a espaldas del bien, ni tampoco verdadera felicidad, Arquelao, hijo de Perdicas y Rey de Macedonia -citaba en un ejemplo-, no podía ser feliz aunque detentaba un poder tiránico; como no entiendo el griego me queda la duda de si la infelicidad no se daba a pesar de estar en el poder arbitrario o precisamente por poseerlo, en estos casos no queda más que fiarse del traductor, de cualquier manera la visión ideal del mando como la oportunidad de actuar en beneficio de los demás, la de ser un mandatario, no es compartida por la gran mayoría de quienes se encuentran en una situación de predominio sobre otros, es común que consideren que lo que tienen lo obtuvieron gracias a su habilidad innata y a su excelso manejo de las relaciones públicas humanas y etéreas (“Gracias a Dios y al Gobernador he llegado al puesto en el que estoy…” soltó hace poco en un discurso ante estudiantes que se graduaban, un joven político víctima temprana del síndrome del ladrillo), los votos y la formación profesional se consideran si acaso como males necesarios; las sensaciones que emanan de la posesión de un territorio moral, virtual o concreto suplantan a la percepción del goce de la misma manera que lo hacen las drogas, coincidentemente poder y estimulantes generan adicción.


Pese a esta introducción no pretendo abordar la cuestión del dominio sino la posibilidad de escabullirse del mismo, dada la circunstancia de que aquí y ahora no parece haber nadie interesado en los principios éticos del ejercicio de la autoridad, ni en la felicidad propia o ajena y mucho menos en el pensamiento socrático, posiblemente ni siquiera en el pensamiento, entendiéndolo como el ejercicio de la razón.

La manera tradicional de asumir los derechos de la gente es la aplicación de ese artificio humano que son las leyes, ese conjunto de normas, históricas muchas de ellas, que establecen los límites intangibles que todos y cada uno asumimos para garantizar la convivencia pacífica y ocasionalmente equitativa; en función del marco legal establecido contamos con tres poderes, uno que establece los códigos en base al interés de las mayorías (por lo menos esa es la intención primaria), otro que los aplica y el tercero que sanciona toda violación de los mismos, en teoría estos poderes son independientes y corresponsables del bienestar social, en la práctica son cómplices y responsables absolutos del malestar generalizado.

El hecho de que la quinta parte de la población de México se encuentre viviendo fuera del país da cuenta de la práctica racional o intuitiva de un mecanismo de defensa frente al abuso del poder, si me coloco lejos de tu alcance no me puedes perjudicar. Pero no todos podemos o queremos recurrir a esa posibilidad o bien algunos no la quieren asumir de esa manera, en las últimas semanas han ocurrido una serie de manifestaciones que rebasan significativamente la amargura del exilio, respuestas radicales a la corrupción del sistema que evidencian la situación extrema que vivimos en estos momentos en el país y en el mundo, el abandono de la existencia como acto conclusivo frente a la arbitrariedad ejercida desde el poder, por más que intenten todavía abusar de la memoria de los muertos.

Por absurdo que parezca hay quienes se valen de la influencia que les da un puesto de cualquier nivel para arruinar la carrera de un genio, y lo más triste es que se ufanan de ello; ante la incapacidad de construir destruyen, ante la imposibilidad de producir belleza ensucian todo lo que encuentran a su paso, mancillan obras y nombres con la arrogancia que les brota de la ignorancia supina, del desparpajo que les permite la insensibilidad y de la incapacidad para imaginar el futuro, la inmediatez, el odio visceral y la mezquindad son sus atributos, es tal su afán demoledor que la mejor manera de frustrar sus planes, por atroz que parezca, es la inmolación, el poder destructivo pierde su razón de ser cuando no queda nada que destruir.

“Agradezco no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que son aplastadas por ellas”, señaló Rabindranath Tagore a quienes quisieron utilizar su fama, los anhelos triunfales de los dirigentes son sueños vanos, pesadillas que se quedan olvidadas en la noche de los tiempos, “El alarde de la herádica, la pompa del poder/ y todo su esplendor y toda su abundancia/son dejados detrás a la hora inevitable./Los sueños de gloria no conducen sino a la tumba.” escribió Thomas Gray allá por 1760. La monja que escribía poemas nos mola tanto como el joven general que edificó un imperio o el alocado músico que elevó el barroco al éxtasis o el pintor que plasmó en una tela el rumor de los trigales, el mundo es de los genios y los demás tenemos el privilegio de disfrutar sus obras, los mediocres que se hacen con el poder y el dinero son un accidente apenas registrado. ¿Acaso importa quién gobernaba Atenas cuándo Sócrates fue condenado?, ¿Qué aportaron a la humanidad sus jueces?, ¿Vale la pena recordar el nombre del fraile que fastidió a Juana de Asbaje?, ¿Recuerda alguien quienes fueron los asesinos de Federico García Lorca?, ¿Quién era el hombre más rico del mundo cuándo Cervantes escribió El Quijote con apenas dinero para papel y tinta?.


El dolor por una muerte lo sentimos como sal en carne viva cuando sabemos que esa persona no debía morir todavía, cuando nos deja huérfanos de su música, de sus artículos, de sus libros, de su lucha. La rabia emana de lo profundo cuando vemos que los gobernantes ni siquiera disimulan su desprecio a los gobernados, que para ellos es más importante proteger las corruptelas más insignificantes de sus esbirros que defender el mínimo de los derechos ciudadanos.


“Se suicidó por decisión propia, nosotros no tuvimos nada que ver”, declaró a la prensa en estos días un funcionario de protervo historial que con su pretendida elocuencia intentaba librar a su jefe de toda responsabilidad en el fallecimiento de un líder campesino que se prendió fuego en protesta porque se negaron más de cien veces a recibirlo (¿acaso el derecho de audiencia no está plasmado en la Constitución?), semejante explicación es un insulto tanto por el criminal manejo del castellano como por el afán de eludir una culpa que no les cabe en el cuerpo.


Poco tiempo antes uno de los mayores exponentes de la música clásica prefirió morir antes que seguir enfrentándose a la burocracia cultural que obstaculizaba toda iniciativa que tuviera, su trabajo era crear pero eso es un delito en instituciones donde la norma es medrar, se escucha todavía a quien festeja con riadas etílicas su victoria sobre la “arrogancia” del Maestro, vano éxito que despojó a miles del encanto que emanaba de un violín, morir fue la opción antes que sucumbir con pena ante el estruendo y la barbarie.

Otro hombre digno, que un día encontró cerradas las puertas para el ejercicio del periodismo cultural que realizaba con limpieza, se fugó de la vida ante el acoso a que lo sometieron un grupo de policías por haberse atrevido a denunciarlos por el robo de quinientos pesos; el régimen está tan coludido que hasta ladronzuelos uniformados gozan de privilegios por encima de los elementales derechos ciudadanos, la maculada Comisión Estatal de Derechos Humanos, esa mascarada burlesca que utilizan como premio de consolación, determinó que un hombre enfermo que pesaba menos de cincuenta kilogramos fue capaz de agredir a cuatro rollizos agentes de seguridad, que infamia.
Pero el vilipendio es universal, en California decidió dar por concluidas sus críticas al sistema el escritor que encabezaba la Next Generation, provocativo, trasgresor, política y literariamente incorrecto, como fue considerado por medios internacionales como Público o Il Corriere de la Sera, eligió el final que selló las leyendas de los viejos bucaneros, partir sin despedirse fue su privilegio; qué va a ser de los sicarios con placa, a quién le van a pinchar ahora los teléfonos, a quién le van a seguir los pasos, a quién le van a espulgar los textos en búsqueda de mensajes cifrados, a quién van a difamar.

En 1984 George Orwell establece la importancia de los enemigos para los gobiernos ilegítimos, son la justificación de su odio represivo; quizá habría que dejar de enfrentarlos para despojarlos del motivo de su existencia, pero eso significaría dejar de pensar o dejar de estar aquí, lo primero es fácil, basta con encender el televisor, siempre que se esté dispuesto a someterse al peor de los tormentos, lo segundo implica el destierro, el ostracismo asumido por voluntad propia, el problema es que no hay adónde ir, menos ahora que Yucatán está tan expuesto a esos huracanes climáticos y políticos que han borrado hasta la última huella de Felipe Carrillo Puerto (a excepción de los tríos que cantan Peregrina en las cantinas), la otra vía, la que han elegido cuatro hombres íntegros en estos tiempos aciagos, está reservada a los corazones nobles destinados a poblar los panteones eternos que nutren el espíritu de la humanidad.

A los mortales comunes nos queda seguir rumiando la desesperanza mientras fingimos creer que hay esperanza.

Tomado de: Blog de Eduardo Pérez Roque

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