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El debate sobre las formas de emitir el voto en las elecciones del próximo 5 de julio ha tenido más contenido y significado que las propuestas de los partidos y de sus candidatos. Éste es ya un aspecto muy relevante del estado en el que está el sistema político y el mismo proceso electoral en el país.


Hay que distinguir entre tres manifestaciones ciudadanas ante estas elecciones, así como el origen y la manera en que se promueven o argumentan. Una es abstenerse de votar. Ésta es siempre una posibilidad, sobre todo cuando no se reconocen opciones políticas convincentes, o bien cuando no se espera que votar represente un modo efectivo de reorientar las acciones de gobierno en sus tres niveles o el trabajo legislativo.


La abstención se tacha las más de las veces como una forma de desinterés y falta de participación en los asuntos de naturaleza social que se expresan en la emisión de un voto. Nadie está obligado a participar según los criterios convencionales que se dan a ese término. Y hay que reconocer que no asistir a las urnas es una forma de expresión de un estado político del individuo dentro de una colectividad y en un momento histórico determinado.


Otra forma de ejercer el voto es anularlo, es decir, no seguir las pautas establecidas en la ley para que sea efectivo. Y, la última, es votar por un candidato no registrado en las listas de las boletas correspondientes a cada caso de elección.


El Cofipe (Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales) consigna en primer lugar que: Votar en las elecciones constituye un derecho y una obligación que se ejerce para integrar órganos del Estado de elección popular; además: El voto es universal, libre, secreto, directo, personal e intransferible.


Con respecto al escrutinio y cómputo de los votos en las casillas señala que un voto se anulará cuando sea: aquel expresado por un elector en una boleta que depositó en la urna, pero que no marcó un solo cuadro en el que se contenga el emblema de un partido político, el de una coalición o el de los emblemas de los partidos coaligados.


También se puede votar legalmente por un candidato no registrado en las boletas y los escrutadores deberán hacer el acta correspondiente. A la letra la ley dice: Los votos emitidos a favor de candidatos no registrados se asentarán en el acta por separado.


Así que si bien son tres formas de actuar políticamente, y de las cuales deben sacarse las conclusiones pertinentes, cada una indica comportamientos distintos de un derecho ciudadano. Si no se acude a las urnas queda un registro en la forma de un residuo. Si se anula el voto, se deja constancia de que se ejerció el derecho, pero que se rechazan las opciones presentadas y en realidad queda sin efecto según la ley.


La tercera alternativa podría tener efectos más interesantes, pues en una acción concertada se podría expresar una ambición política, que debe consignarse oficialmente, aunque no tuviera efecto puesto que toda la ley electoral está solamente hecha para los partidos y otras organizaciones políticas constituidas.


La organización de un voto concentrado por algún candidato independiente tendría un efecto político significativo. Pero hay que admitir cuando menos dos cosas: una es que no hay un personaje identificable cuya estatura política aglutinara esta posibilidad. La otra es que la forma de hacer política en el marco de las instituciones y reglas prevalecientes está ya agotada y no atrae la atención de la mayoría de los electores. En este entorno se puede pescar en río revuelto y sacar ventajas de la situación, tanto desde la derecha como desde la izquierda.


Así las cosas, las declaraciones del senador panista Santiago Creel son esencialmente vacuas, pues considera que el voto en blanco o la abstención significan autoexcluirse del sistema democrático. No, señor, estas actitudes son una forma de rechazo a las condiciones reales en que se expresa esa democracia que él defiende. No se trata de regatear lo que se ha conseguido y no como regalo de ningún político, sino de admitir sus enormes limitaciones.


Igual ocurre con lo dicho por Arturo Núñez, del PRD, quien sostiene que provoca suspicacia la promoción del rechazo de la ciudadanía y de la sociedad a la clase política en lo que llama un discurso antipolítica y antipartido y que puede ser, según él, muy peligroso. Siempre hay oportunistas que generan suspicacia vengan de cualquier parte del abanico político. Pero no subestimen a la gente, que también piensa con claridad y de manera propia, no es sólo una masa informe manipulada por la radio y la televisión.


El formalismo del voto debe contraponerse con su efectividad como modo de expresión de los deseos y necesidades de los ciudadanos. Hoy, la ciudadanía no sólo está marginada del proceso, sino que es rehén de los partidos y del IFE. El 5 de julio muchos ciudadanos habrán de ejercer su voto tan sólo como una segunda mejor solución y ésa es una manera en que se advierte el conflicto político y social que reina sobre México de modo cada vez más evidente.


Leonardo Sciascia lo dijo claramente en su novela El Consejo de Egipto: “Las ideas aparecen cuando las rentas desaparecen…”

Tomado de: La Jornada 08/06/09

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