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Gustavo Esteva (gustavoesteva@gmail.com)

La caída de más de 10 por ciento en el producto nacional tendrá consecuencias trágicas para millones de personas… pero es también la oportunidad de recuperar el rumbo. Si fuera fruto de una decisión consciente, el achicamiento de la economía registrada sería una bendición. Implicaría que habríamos empezado a tomar un rumbo sensato, pensando en lo que interesa a la gente, no lo que importa a las elites y al capital.

Perseguir una alta tasa de crecimiento económico ha sido una de las más graves patologías de la era que termina, padecida por todos los partidos. Toda promesa al respecto es demagogia: ningún gobierno controla todos los factores que la determinan. Plantearla como meta es pretexto y cortina de humo para impulsar proyectos que habitualmente producen lo contrario de lo que prometen.


Es espléndido que los niños crezcan. En las personas mayores, llamamos cáncer a lo que les sigue creciendo. En todas las sociedades la patología del crecimiento económico ha producido innumerables protuberancias cancerosas y genera inevitablemente injusticia y destrucción ambiental. Por su impacto devastador, reducir el tamaño de la economía se ha convertido en una meta social sensata y saludable. El achicamiento progresivo permitiría deshacerse de ese cáncer y remediar los daños causados a la naturaleza y la sociedad.


Con la actual caída del producto se reduce el empleo, la producción básica, el ingreso de la mayoría de la población, la capacidad de supervivencia… Un descrecimiento económico consciente significaría reducir o eliminar cuanto sobra y daña para que florezca la subsistencia autónoma y crezca lo que realmente haga falta. Se achicaría todo el sector financiero, que saquea al productivo y a la población y vive de la especulación destructiva. Desaparecería la invasión de transgénicos y la obsesión por los híbridos, para estimular el cultivo campesino con semillas criollas, que se ampliaría hasta recuperar la autosuficiencia en los productos básicos. Se recortarían los salarios obscenos de funcionarios y dirigentes públicos y privados. En vez de centros comerciales monstruosos y destructivos, se multiplicarían las redes de establecimientos pequeños y medianos. Quedarían sin empleo desarrollistas públicos y privados, para que pudiera florecer la construcción autónoma, con materiales locales y sentido de la proporción y la belleza.


Hasta hace poco tiempo esta propuesta parecía una aberración insoportable, una herejía ridícula, dada la fuerza del dogma dominante. Hoy constituye un movimiento de alcance mundial que tiene en México manifestaciones claras, como se mostró este fin de semana cuando se reunió en Cuernavaca, para discutirla, un grupo destacado de académicos/intelectuales públicos/activistas como David Barkin y Jean Robert. Convocados por Miguel Valencia, de Ecomunidades, reflexionaron en torno a las siguientes preguntas:


¿Cómo salir de la droga que significa la idea del crecimiento? ¿Cómo descolonizar nuestro imaginario nacional, desescolarizar el país, frenar la manipulación mediática y recomponer las defensas inmunitarias de la sociedad? ¿Cómo revalorizar la naturaleza, las culturas, la historia, la filosofía, la convivencia? ¿Cómo crear nuevos conceptos de subsistencia, redefinir la riqueza y la pobreza, reconceptualizar la escasez y la abundancia, repensar la educación, cambiar la organización sicosocial y desconstruir las ideas de progreso, desarrollo y modernidad? ¿Cómo podemos contribuir a dar otra salida a la crisis económica de México?


El lugar de su reunión fue tan pertinente como su tema. Fueron hospitalariamente acogidos por Caminando Unidos, organización independiente que desde hace muchos años convive con un grupo especial de desechados del desarrollo: familias enteras arrojadas a las afueras de Cuernavaca, continuamente amenazadas de expulsión del espacio en que se han asentado, en el que intentan crear un barrio convivial y autónomo. Personas como ellos, que forman mayoría en el país, serían directamente beneficiadas por un empeño social que sustituyera el catecismo del desarrollo por un ánimo sensato y secular que se ocupara realmente de lo que interesa a todos.


Un proyecto social y político de esta índole no puede ser impulsado por partidos y funcionarios que son directamente responsables de las catástrofes que han hecho de México un Estado fallido. Según Wikipedia, las características comunes de un Estado fallido incluyen un gobierno central tan débil o ineficaz que tiene escaso control real sobre buena parte del territorio; servicios públicos insuficientes; corrupción y criminalidad generalizadas; refugiados y movimientos involuntarios de la población, y aguda declinación económica. La etiqueta es teóricamente frágil y políticamente espuria, pero resulta cada vez más pertinente para referirse a la gestión de Felipe Calderón… y a todos los partidos, que actúan como comparsas en su tarea destructiva. Sería absurdo confiarles la tarea de la reconstrucción, que se concibe e implementa, paso a paso, a ritmo consistente y perdurable, desde abajo y a la izquierda.

La Jornada 24/08/09

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