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De Interés Público

Emilio Cárdenas Escobosa

jecesco@hotmail.com

Ahora que se discute hacia donde dar el golpe de timón que requiere el modelo económico y que se hacen cuentas y ajustes para ver de dónde salen los recursos que hacen falta en el boquete financiero que ahoga las finanzas públicas, poco se ha entrado en la cuantificación de lo que puede ahorrarse si de verdad se ajustan el cinturón nuestros gobernantes y, sobre todo, si se empiezan a cerrar los resquicios a la lógica de corrupción y negocios al amparo del poder, donde la danza de los millones es portentosa.


Si de que alguien cargue con el peso del ajuste se trata, bueno sería que se revisaran incontables casos de ejercicio patrimonialista del poder en las esferas federal o de los estados y municipios para corroborar que hay mucha, muchísima tela de donde cortar.


La cuestión es que algo debe de hacerse, ya que si algo agravia a los ciudadanos es enterarse de las trapacerías de los hombres de poder. Irrita el constatar día a día que las ofertas de cambio no pasan del fogoso discurso de campaña o de la ampulosa declaración del gobernante. En el sistema clientelar que es la esencia del funcionamiento del sistema político mexicano, se distribuyen recursos públicos y favores a cambio de apoyo electoral y se utilizan patrimonialmente las instituciones para servir a los fines de los particulares que invirtieron en un candidato. Por ello, oficinas del gobierno, organismos descentralizados y el ente público que usted quiera enlistar se han convertido en fuentes de ineficiencia y corrupción. Los ejemplos de enriquecimiento desmedido a costa de puestos o cargos públicos son infinitos. Y no se trata ahora solo de “meterle la mano al cajón”, sino de las onerosas prebendas que reciben o las abultadas comisiones a funcionarios públicos para la asignación de obra pública -con costos inflados, desde luego- o el lucrativo negocio del contratismo.


Por todo ello, la corrupción ha favorecido el crecimiento de la inestabilidad política y el persistente desgaste de las relaciones sociales e institucionales que amplían cada día más el abismo que separa a gobernantes y gobernados. En términos de funcionalidad del régimen y de su entramado institucional, en la corrupción podemos encontrar la fuente de la pérdida de legitimidad política y la ineficiencia burocrática, lo que explica la profundización de una brecha de grandes y graves dimensiones entre la voluntad popular y los actos de gobierno y, desde luego, buena parte del déficit en las finanzas públicas.


Porque no habrá medidas para incrementar los ingresos fiscales que funcionen cuando el ciudadano está convencido que las administraciones públicas se dedican a satisfacer intereses de grupos, sectores o individuos con quienes se mantienen relaciones de subordinación o de negocios y que los políticos viven a cuerpo de rey con el presupuesto público. Así, el contribuyente termina dejando de lado sus obligaciones bajo la lógica de que se hace mal uso de los recursos que se tributan o que se beneficia solo a aquellos que financiaron a quien detenta el poder.


Ya estuvo bien de que el peso de la crisis recaiga en los de siempre, mientras seguimos llevando el registro de gastos, negocios, fortunas y enriquecimiento de políticos, funcionarios o gobernantes que se sacan la lotería del poder y todavía lucen o defienden esos recursos mal habidos con total desparpajo y cinismo, mientras el hoyo en las finanzas públicas se ensancha. Así no hay programa de ajuste económico que funcione.


Crónica del Poder Martes, 25 de agosto de 2009

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