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Acentos

Jorge Medina Viedas

jorge.medina@milenio.com


Las revoluciones llegan solas. A nadie le toman parecer. Se cultivan por años o por décadas en el subsuelo de la sociedad, a las sombras y a expensas del rencor político o de clase; de repente, un movimiento civil o armado se hace sentir en la ciudad y en el campo. Así se puede uno imaginar que las revoluciones se desatan.


Eventualmente, las causas políticas y sociales de las revoluciones vienen juntas: las personas no son tomadas en cuenta, otros deciden por ellos, el grado de injustica en la distribución de la riqueza es muy grande, y entonces los desatendidos luchan por ocupar el lugar que creen que les pertenece y por alcanzar los bienes que consideran suyos.


La Revolución mexicana de 1910 nadie la esperaba. Se vivía la paz ficticia del porfirismo y bastaron los meses noviembre de 1910 a mayo de 1911 de confrontación armada para que el dictador se fuera de México a su exilio dorado.


Conociendo los datos de la injusticia social de entonces, la pregunta es por qué no ocurrió antes. Algunos lo explican por el nivel de conciencia política tan bajo de la gente, al que la Iglesia y la educación paupérrima ayudaban inyectándole con sus prédicas una alta dosis de conformismo y fatalidad. Y, por supuesto, a los modos draconianos del dictador.


La gente tenía miedo. Todavía un profesor de derecho a mi generación nos recordaba a principios de los años sesenta, con nostalgia y hasta cierta veneración, que durante el porfiriato se podía dejar colgado en la rama de un árbol un anillo de oro y nadie lo tomaba, por el miedo y el respeto que imponía la mano dura.


Todas las condiciones que preceden a la revolución deben ser las mismas que anteceden al estallido social, como el que supuestamente advirtió como probable e inminente en nuestro país el rector de la UNAM, José Narro Robles.


Aunque el rector no habló exactamente de “estallido”, sino de “problemas sociales”, se dio por hecho que el rector de la UNAM señaló que existen riesgos de que se produzca en México un estallido social. Tan fue así que la mañosa interpretación de un diario sirvió para que la rectoral llamada premonitoria fuera seguida por el senador Carlos Navarrete y representantes del sector privado, preocupados sinceramente como aquel de que a este país se le anulen, desde ahora, a las generaciones futuras las expectativas de crecimiento, bienestar y felicidad, que a las actuales le han sido negadas.


El rector Narro, Navarrete y muchos otros deben coincidir plenamente en que los indicadores de pobreza extrema, la desigualdad, el desempleo y la falta de oportunidades educativas han llegado a un punto de tal gravedad, que más vale alertar sobre la probabilidad de una explosión social, la cual sería incontrolable por el cargado nivel de violencia que se vive y respira en el país.


Tomo cierta licencia al decir que ahora no existe el miedo que tuvieron que vencer con gallardía Villa, Zapata, Madero y millones de mexicanos en la época de la Revolución. Tampoco un gobierno que lo impone, sino una administración apocada y rodeada —no por una camada de viejos que formaba la gerontocracia porfiriana—, sino por una tecnocracia inútil y pedante.


Asimismo, hoy la violencia está en las calles. Es desafiante y no denota temor a la autoridad. La cuota de sangre mexicana por homicidios en el territorio debe ser de las más altas del mundo. Los enfrentamientos entre las propias bandas criminales y los de éstas con las policías y el Ejército mexicano han provocado una cantidad de fallecimientos que en muchos sentidos hace pensar que vivimos una guerra civil no declarada, inédita.


¿Y cuándo de verdad se junten ese nivel de violencia con la situación de resentimiento social y político? ¿Qué pasará cuando las opciones de la emigración o incluso la delincuencia común se agoten? ¿Qué cuándo la guerrilla zapatista o eperrista dejen su estado de latencia?


Con un estallido violento puede iniciarse una revolución como la que vivimos en 1910. O generarse un fenómeno peor. Aquí estamos. En los prolegómenos de un fenómeno desconocido e indefinible.


¿Qué fue lo que hicimos para llegar hasta aquí, hasta este momento en el que el rector de la Universidad Nacional, un político de izquierda y miembros del sector privado coinciden con miles de mexicanos en que el presente es abominable y el futuro del país está en riesgo? Muy simple: hacer lo que estamos haciendo hoy.


O sea, necear, insistir en un modelo económico dirigido por una élite que ha depredado al país, económica, social, ambiental y moralmente. Eso.

Milenio. 2009-08-30•Acentos

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