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En Perspectiva

J. Enrique Olivera Arce

En el México cuya imagen de cercanía al desastre es ya tema cotidiano, contamos con algunas entidades federativas cuyos gobernantes, con más sentido común que sabiduría y buen juicio, practican el difícil arte de nadar de muertito. Sin ruido, sin aspavientos, sin triunfalismos infundados, y sin confrontaciones con el gobierno federal, pasan desapercibidos frente a la crisis y lo más relevante, mantienen un clima de paz, tranquilidad y trabajo entre sus gobernados.

De que existen problemas de toda índole en todo el país, ni quien lo dude. La lacerante desigualdad y pobreza, ahora incrementada con el desempleo, pérdida del poder adquisitivo del salario, así como por la violencia y los desatinos propiciados por un gobierno federal que carece de piloto, brújula, y lo que es peor, de visión de Estado a la que habría que recurrir para marcar rumbo y destino, lastima en menor o mayor grado a todas las entidades federativas. Ninguna está a salvo y, sin embargo, fuera de las inevitables confrontaciones entre una clase política que no sabe actuar de otra manera, algunas de ellas viven prácticamente en el anonimato mediático. Poco o casi nada, los medios de comunicación de masas les ponen en el primer plano de la vida nacional.

Tlaxcala y Yucatán, por ejemplo, en muy contadas ocasiones ocupan las primeras planas de la prensa impresa o electrónica. Dando la impresión de que viven en el limbo. Su reducida población se corresponde con disponibilidades del empleo generado por incipientes pero eficaces actividades industriales, agropecuarias o de servicios, guardándose un mínimo de equilibrio en el mercado laboral. Sin tener la audacia de afirmar que la mayoría de la población vive bien en estas entidades federativas, cuando  menos se percibe que se desenvuelve en un clima de trabajo y tranquilidad social.

Llamando la atención el que sus gobernantes no hagan ostentación de lo anterior, ni mucho menos generen expectativas sobre la situación que guardan sus respectivas entidades, que pudieren dar lugar a considerárseles polos de atracción para los ya varios millones de desempleados que pululan lo mismo en las áreas urbanas que en el medio rural.

Un buen amigo yucateco, tras escucharme ponderar el impactante desarrollo urbano de Mérida y los altos niveles de cultura de promoción y atención al turismo que se perciben en la ciudad blanca, con no fingida preocupación me pidió no expresarme así fuera de los límites de esa entidad. Antes al contrario, me dijo, habla mal de Yucatán, de los problemas insolubles de Mérida, de la crisis en el sector rural, de lo cursi de la gobernadora y, sobre todo, del desempleo galopante que nos aqueja. Ante mi extrañeza, me argumentó: “Como dicen ustedes en el México chilango, entre menos burros más olotes. No nos gustaría que de buenas a primeras nos invadieran miles de desempleados provenientes de otras entidades federativas.  Con los que ya tenemos es suficiente”.

Muy elocuente tal argumentación. Entre más se propale que una entidad federativa atraviesa por una situación de bonanza, con tasas de inversión, crecimiento económico, del PIB y de la generación de empleos,  por encima de la media nacional, como es el caso de Veracruz, mayor será el grado de atractivo que para los desempleados de entidades vecinas ofrece el estado. La gente, emigra hacia aquellos “paraísos” en los que pueda asegurarse un mínimo de oportunidad de supervivencia, constituyéndose en un problema de gran envergadura para  los países receptores como se observa en la Unión Americana y Europa. En nuestro caso particular, para la isla de la fantasía en la que por suerte nos toca vivir.

La diferencia con Yucatán o Tlaxcala, es que en Veracruz nuestro gobernador  no gusta de nadad de a muertito, antes al contrario, entre más chapotea y más ruido hace, ponderando las bondades de Veracruz y de su gobierno fiel, más a gusto gobierna. Por lo que yo me pregunto: ¿A cuanto asciende nuestra capacidad como entidad receptora para poder soportar una eventual avalancha de desempleados? ¿Se estará tomando en cuenta en el “plan estatal de desarrollo (con minúsculas), que con nuestros propios desempleados y los migrantes que ya vienen de regreso por falta de oportunidades en la Unión Americana, es más que suficiente?

Si las cuentas alegres que propalan Carlos García Méndez y Américo Zúñiga Martínez, fueran comprobablemente ciertas, chance y podríamos darnos por satisfechos cuando menos, de que no hay un solo veracruzano sin una oportunidad de empleo con salario remunerador. ¿Para que buscar entonces descender en el lugar privilegiado que ocupamos en la tasa nacional de crecimiento del PIB y de generación de empleos?

Más nos vale aprender a nadar sin hacer ruido.

pulsocritico@gmail.com

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