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Desde el tapanco

R. Pérez y Pérez


No se si aún no despertaba del todo antes de tomar mi primer café del día o me dejé llevar por un inconsciente deseo de contemplar con optimismo cierto grado de congruencia entre el fresco amanecer y la realidad política de un país que a pasos acelerados se hunde en la incertidumbre y el caos. Algo de eso debió suceder;  lo cierto es que al leer la noticia que a grandes titulares destacara mi diario favorito, mi primera impresión fue la de considerarme un ciudadano común de algún país nórdico, o de la Alemania previa a la peor crisis del capitalismo en su manifestación salvaje de su etapa neoliberal. “Estamos en la cima del desarrollo”, fue lo primero que vieron mis ojos al posarlos sobre la primera plana del diario. Frase nada inusual en la sociedad del bienestar tan ponderada en Europa.


Conforme el café fue haciendo sus efectos sobre la lucidez de mi pensamiento, fui prestando mayor atención a la lectura del texto. Cual sería mi sorpresa al reconocer que la frase citada se refería a Veracruz, entidad federativa de un país ajeno totalmente a lo que se concibe como sociedad del bienestar. De golpe terminé de despertar; de la sorpresa pasé a la indignación  negándome a creer lo que el titular del diario destacaba. ¡Vaya, manera que tienen algunos medios de echarle a perder el día a sus lectores! ¿En la cima del desarrollo una entidad federativa que como Veracruz aporta a México uno de los mayores índices de pobreza y pobreza extrema?


Al ir leyendo la nota al calce, disminuyó mi espíritu belicoso. La redacción circunscribía la noticia a un plan estatal de desarrollo que a juicio del gobernador alcanzara sus niveles más altos en la consecución de objetivos y metas preestablecidas, gracias al contundente accionar de la administración pública de la entidad. Así la cosa cambia. Del enojo pasé a un estado de eufórica alegría, en la que la risa desatada por la noticia contribuyó a mejorar mi matutino estado de ánimo. ¡Vaya broma! Como si en Veracruz existiera un plan con propósitos claros de impulso al desarrollo, metas específicas por alcanzar en tiempo y espacio, y una administración pública regida racionalmente por plan alguno.

Conociendo el listado de buenos propósitos que anima al actual régimen sexenal, cualquier cosa se puede decir, así lo diga el gobernante, hasta el considerar que al cuarto para las doce del quinto informe de gobierno de Fidel Herrera Beltrán, Veracruz se encuentra en la cima de los logros por alcanzar por el gobierno de la fidelidad plasmados en el documento de marras. Cualquier cosa, sabiéndose de antemano que nada tiene que ver con la realidad que vive la mayoría de los veracruzanos.


El diagnóstico más superficial, de ser honesto y bien intencionado, seguramente diría que gracias a la crisis y la persistencia en seguir las recetas de un neoliberalismo caduco y ya inoperante, Veracruz se encuentra peor de lo que registraba al inicio del actual sexenio. Sea en educación y salud pública, crecimiento económico o atención al endémico lastre de la pobreza y miseria extrema. Ya no digamos en materia de finanzas públicas, hoy ostensiblemente quebradas.


Decir que pasé a un estado de eufórica alegría, es eso, un simple decir. Nadie en su sano juicio puede alegrarse por constatar el deterioro que por todos lados anuncia la gravedad de una crisis que se acompaña de la también endémica enfermedad de la corrupción. Más cuando tal deterioro lo vive y lo sufre con mayor intensidad el segmento de la población más desprotegido. Nada es al azar, inconscientemente pude haberme referido a la alegría que nos produce el sabernos, como clasemedieros atenidos al pago quincenal que nos asegura el aún figurar en la nómina,  ajenos  a las vicisitudes de miles y miles de familias que con salarios de hambre o en el desempleo  pasan en el día a día.


De lo que estoy cierto y no tengo por que negarlo, que la noticia destacada en la primera plana del diario, mueve a risa. Más no sorprende. ¡Nuestros políticos así se las gastan! Viven tan ajenos a la realidad y tan ocupados en dar lustre a su imagen mediática, que poco o nada saben de lo que es vivir cotidianamente en el medio de una crisis que, por cierto, para la gran mayoría de la población se remonta en México a los anales de su historia.

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