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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Javier Duarte de Ochoa

Aceptar lo irremediable es una cosa, dejar hacer, dejar pasar, asumiéndonos como ajenos a la toma de  aquellas decisiones que afectarán nuestro futuro cercano y el porvenir de las nuevas generaciones, es otra muy distinta. No confundirnos. Tan real e inobjetable es reconocer que Javier Duarte de Ochoa sucederá a Fidel Herrera en la titularidad del poder ejecutivo del gobierno de Veracruz, como debería serlo el exigir desde ya, que el joven sucesor guarde el mínimo de congruencia entre lo que debe o no debe hacer y lo que puede o no puede llevar a cabo en el desempeño del cargo.

Como ciudadanos cumplimos, y con creces, en el ejercicio comicial. Armados de paciencia, dejamos que primero el Instituto Electoral Veracruzano con ineficacia evidente, entregara al Tribunal Electoral Estatal la responsabilidad de calificar el cómputo y dictar sentencia para, a su vez, ante impugnaciones a su proceder, traspasársela a los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, para que fueran éstos últimos quienes por sobre la voluntad soberana de la mayoritaria de la población, dictaran el fallo definitivo en la elección de gobernador. Cada uno de los votos emitidos el pasado 4 de julio, no contaron, bastaron sólo siete que, con apego a la ley y normas de procedimiento procesal, dieron por nulas las impugnaciones de los partidos opositores.

Hoy, frente a un resolutivo inatacable, no sólo somos conscientes de que Javier Duarte constitucionalmente será quien gobierne, sino que también hacemos votos porque su desempeño a lo largo de los próximos seis años, por el bien de Veracruz, sea exitoso. Que bueno que así sea y debe celebrarse. Aceptando plenamente que el proceso electoral del 2010 en el que resultara vencedor el joven cordobés, es caso cerrado.

Pero no para ahí la cosa. La paciencia ciudadana no debe confundirse con indiferencia. Mandantes y mandatario estamos en el mismo barco que nos conduce a un destino común. Ni los primeros estamos entregando cheque en blanco al segundo, ni éste deberá mandarse sólo. Lo que nos depara el futuro cercano es responsabilidad compartida. Cada quien desde su respectiva área de competencia debe aportar responsablemente para la nave ni pierda rumbo ni mucho menos zozobre en las agitadas aguas del dejar hacer, dejar pasar, dejándonos convencer y vencer por la corrupción e impunidad consentida y, muchas veces por desgracia, de plena connivencia entre gobernante y gobernados.

Y es en esto último en lo que Don Javier Duarte debe poner atención, respetando su alta investidura de mandatario que responde a la voluntad mayoritaria de sus mandantes. Guardando el mínimo de congruencia entre lo que piensa, dice y hace, para no dejar dudas de que cumplirá con responsabilidad el mandato que se le confiriera.

Don Javier, a estas alturas del partido, no puede afirmar categóricamente sin tener aún todos los pelos de la burra en la mano, que recibirá una administración con todo lo necesario para iniciar su gobierno sin tropiezos, y mucho menos declarar que no auditará a su antecesor, cuando, primero,  mayoritariamente se percibe desorden técnico y administrativo y que las finanzas públicas están en bancarrota heredándose una cuantiosa deuda pública. Y, segundo, cuando también amplios sectores de la población esperan, no una cacería de brujas, sino una justa y legal evaluación del estado que guarda la administración pública de la entidad que se transfiere. No es prudente anticipar vísperas, como tampoco dar lugar a suspicacias.

Si aceptamos que el expediente de  la elección de gobernador quedó cerrado, en igual forma se debe aceptar que la demagogia y ofertas de campaña, también ya son historia. Veracruz espera la verdad, por cruda que esta sea.

Transparencia y certeza abonan reconciliación y reconstrucción de la unidad perdida. Obligado estará el Sr. Duarte al inicio de su mandato, a rendir un informe detallado de la situación que guarda la administración pública estatal que recibe. Cuentas claras y a satisfacción de todos, sentarán las bases para una relación franca y fructífera entre mandantes y mandatario. Sólo con información objetiva, así duela el conocerla, evaluaremos todos la magnitud de la tarea que nos espera, reconociendo cada quien aquella parte en que está obligado a aportar para salir adelante.

Pidámosle a Don Javier Duarte también paciencia, falta poco, guardando mesura, congruencia, y  disponibilidad para  ofrecernos el chocolate espeso, para que el día de mañana no nos salga con que a Doña Chuchita la bolsearon, como sucede con el feo caso de los reclamos de Calderón al ranchero de San Cristóbal.

pulsocritico@gmail.com

http://pulsocritico.com

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