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En Perspectiva

J. Enrique Olivera Arce

Alcaldesa de Xalapa

Cuando la marrana tuerce el rabo, es cuando resulta casi imposible encontrarle la cuadratura al círculo, como es el caso de lo que se propone nuestra prácticamente ya alcaldesa de la capital veracruzana, para ponerse en línea con el camino trazado por el gobernador hacia una utópica prosperidad,  y lo que la realidad habrá de permitirle realizar.

Hemos insistido en este y en otros medios en los que generosamente nos dan espacio, en que nuestra ciudad capital, a ojos de buen cubero, ofrece condiciones de ingobernabilidad, no porque conscientemente la población rechace gobierno y control de la autoridad municipal sobre la vida cotidiana de Xalapa, sino porque,  paradójicamente,  la población exige buen gobierno al mismo tiempo que contribuye, por comisión u omisión, a  impedir que tal situación se de en la práctica.

Tenemos población pero no ciudadanía, definida esta como un status jurídico y político mediante el cual el ciudadano adquiere unos derechos como individuo, a la par que unos deberes respecto a la colectividad en el ámbito geopolítico en que se desenvuelve, además de la facultad de actuar  en el seno del colectivo de que se trate, en este caso, nuestro municipio y la ciudad que es cabecera municipal  y al mismo tiempo capital de Veracruz. Facultad esta última que surge del principio democrático de soberanía popular.

La mayoría de la población no tiene noción de cuales son sus derechos y deberes individuales en lo político, económico y social y, mucho menos,  de la facultad de participar en la vida colectiva de la comunidad y en la toma de decisiones encaminadas al buen gobierno de la ciudad y el municipio. Considerando de motu propio que la facultad de gobernar es tarea de las autoridades en su carácter de mandantes y no tarea común de toda la colectividad como mandatarios.

Bajo este supuesto, ni se cuenta con ciudadanía ni mucho menos con soberanía popular, quedando al arbitrio de las autoridades el hacer o dejar de hacer lo conducente para el ejercicio de una sana y armónica convivencia y gobernabilidad democrática, afín a los intereses de la colectividad. Así que, por principio de cuentas, se inviertan los papeles de gobernante y gobernados. Asumiéndose la autoridad como mandante y la población como mandatario, inhibiéndose la participación individual y colectiva en la toma de decisiones que a todos competen como ciudadanos conscientes. De ahí a la anarquía, solo hay un paso, en tanto el municipio no cuente con ciudadanía.

Lo anterior implica, de hecho, un divorcio entre autoridad y población. y ahí es donde la marrana tuerce el rabo. La alcaldesa tendrá que gobernar no con todos, sino contra todos, debiendo dedicar la mayor parte de su tiempo a solventar conflictos y no a contribuir a la necesaria  y  cada vez más exigible atención a los problemas torales del municipio. Proyectos ambiciosos y buenas intenciones perderán prioridad frente a una realidad en la que cada quien jala por su lado y cada cual trabaja para su santo, empezando en el seno mismo del cabildo y la estructura administrativa del Ayuntamiento.

La responsabilidad de construir ciudadanía en teoría descansa en primer término en el sistema educativo. La escuela debería ser formadora de ciudadanos, más no es esta su prioridad en un proceso en el que fomentar principios, valores y conciencia cívica en los educandos, atraviesa por una crisis de retroceso. Igual responsabilidad le correspondería a  los partidos políticos, más estos, en la vida cotidiana,  han sido rebasados lo mismo por organizaciones gremiales con liderazgos espurios por éstos propiciados en su afán de contar con estructuras clientelares que les favorezcan electoralmente, que por organizaciones religiosas que se reproducen  cual células madre sin ningún control por toda la ciudad, capturando feligreses, y dando lugar a estériles confrontaciones y actitudes y conductas de intolerancia que más que sumar, dividen.

Luego cabe la interrogante: ¿por donde empezar?  Eh ahí el dilema.

Quizá la respuesta esté en la propia población, tomando la iniciativa, desde abajo, organizándose para el fomento de la participación democrática con vías a construir ciudadanía. Siendo en este renglón en donde el entusiasmo y visión de Elizabeth Morales aplique, estimulando y propiciando tal proceso, mediante el establecimiento de espacios públicos coadyuvantes, orientados a la socialización de la cultura cívica de la población. Sembrando semillas que al fructificar resuelvan uno de los más ingentes problemas del municipio, como lo es la carencia de ciudadanía. Sin esta, en Xalapa cada quien, incluidas las autoridades, seguirá haciendo lo que le venga en gana.

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