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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

La histeria colectiva que se desatara el pasado viernes en Xalapa, ciudad capital de Veracruz, sustentada más en el rumor que en el hecho real, lamentable por la pérdida de vidas humanas, pero controlado por las autoridades, nos da la medida del impacto negativo en la sociedad  de la “guerra” declarada por Calderón Hinojosa a la delincuencia organizada. “Guerra” absurda no por  innecesario combatir el poder creciente del crimen en gran parte del territorio nacional, sino porque metodológicamente, de principio a fin,  ni es eficiente ni mucho menos eficaz en sus resultados, cuando de ello se deriva el caos que paulatinamente se apodera de México.

El titular del poder ejecutivo federal podrá decir misa, presumiendo con un triunfalismo falaz que la tal guerra-que ya no es guerra, dice- se va ganando, que todo está bajo control, haciéndose de ello eco los gobiernos estatales y municipales, la verdad es que se generaliza el consenso de que sucede todo lo contrario.

Lamentándose y, en algunos casos hasta condenándose, el que se ante la ineficaz y corrupta actuación de los cuerpos policiacos hubiera echado mano de las fuerzas armadas, sacándolas a la calle; politizándose un tema que ya da lugar a que se cuestione al Congreso de la Unión por no acotar las atribuciones presidenciales en materia de seguridad y, de paso, a los gobiernos estatales, por seguirle interesadamente el juego a Calderón Hinojosa. Pero ese es otro cantar, del que sólo los especialistas tienen elementos para opinar.

Lo que quiero destacar en relación a las manifestaciones de histeria colectiva que se dieran el viernes en Xalapa es lo, a mi parecer, nocivo de la desinformación y el rumor. Ambos fenómenos se circunscribían al ámbito político, alimentados por la falta de transparencia en el quehacer gubernamental, conveniencia de los diversos actores de la mal llamada clase política, y el papel de los medios de información como extensión del interés por divulgar aquello que le es conveniente a sus particulares fines mercantiles, así como para gobierno estatal y/o municipal en su caso. Hoy, para nuestro infortunio, el rumor invade el ámbito privado de la sociedad en su conjunto, generando incertidumbre, desazón e incluso miedo entre la población, en perjuicio de la normalidad social y económica de la ciudad y sus alrededores.

Extrapolándose a nuestro entorno más cercano la percepción de un clima de violencia que, siendo ya parte cotidiana de la vida en sociedad de otras regiones y localidades del centro y norte del país, e incluso en las zonas turísticas del Caribe Mexicano, que no es común ni de lejos en la capital veracruzana. Vivimos en paz y un hecho, aislado y bajo control oportuno, prácticamente paralizó a la ciudad, gracias a rumores que, con el auxilio del teléfono celular y no necesariamente como operativo orquestado por oscuros intereses, corrieran como pólvora impactando negativamente en la población.

El gobernador Duarte de Ochoa reaccionó con celeridad ante lo acontecido en la noche del jueves y madrugada del viernes. Reunió al Consejo de Seguridad, se tomaron medidas preventivas que se consideraran oportunas  y llamó a la población a mantener la calma, aunque extemporánea y poco eficaz en sus alcances frente al rumor que desde temprana hora corría ya por toda la ciudad.

El Comandante de la Región Militar, fue más preciso en la descripción de los hechos que alteraran la vida de la ciudad capital. No obstante, ello, lejos de tranquilizar a la población, dio pie a la oleada de especulaciones que aún no cesan, a los que se han sumado  no pocos medios informativos de la localidad.

Sin embargo, en nuestra politizada y jarocha realidad, nada puede considerarse como hecho fortuito o, en su caso gratuito. De un hecho lamentable y sin precedentes en Veracruz, la expansión del rumor también jugó el papel de distractor, cortina de humo en la que el tema de la inseguridad frente a la delincuencia organizada y sus secuelas, se elevó al primer plano en la percepción de la gente, como factor determinante en la vida colectiva.

Entre la bruma, el problema toral de la galopante carestía de la vida que afecta a la mayoría de la población perdió presencia relevante. Así, el alza de los combustibles, el anuncio de los industriales de un inminente aumento en el precio de los alimentos y el transporte, la autorización del gobierno estatal del incremento en las tarifas de peaje en autopistas y puentes, la aprobación del pago de impuestos sobre impuestos por parte del Congreso local, y el aumento aplicado al consumo de agua -no potable- en el municipio,  pasó a segundo plano en el ánimo de la gente. Perdiéndose de vista que la miseria y el hambre no sólo también atentan contra la seguridad e integridad física y moral de personas y familias enteras, sino que guardan especial privilegio en el actual estado de cosas que afecta a los mexicanos.

Cabiendo entonces la interrogante de ¿a quién, en última instancia,  benefició desinformación y rumor?

Pero también procede preguntarse si la rapidez con que cundieran las manifestaciones de histeria, no es resultado de la ausencia de credibilidad en gobierno y medios de comunicación, a la par que surge la duda de si ello pudiera ser fruto colateral de una sociedad desinformada, manipulada por la TV, y reacia a organizarse para, a través de la participación responsable, controlar vida y milagros en nuestra ciudad capital. Una sociedad organizada, solidaria e interactiva, no sería presa fácil del rumor y la desinformación, mucho menos, caer en un estado de histeria colectiva.

Las autoridades estatales y municipales se han comprometido a erradicar violencia e inseguridad en la entidad y, en lo específico, en nuestra tradicionalmente pacífica capital veracruzana. Esperemos que así sea y no se de el caso, también muy comentado, de asegurar el proponerse contar con una Xalapa limpia, atractiva para propios y visitantes, transformándole en un destino turístico de aceptable nivel, cuando los camiones recolectores de basura brillan por su ausencia.

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