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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Javier Duarte

En efecto. Es aún muy temprano, apenas cien días, para calificar el desempeño de la administración pública ahora a cargo del Dr. Javier Duarte de Ochoa. Los elementos hasta ahora visibles se aprecian difusos e inciertos. Más allá de golpes mediáticos  cuyo impacto inmediato se diluye en unos cuantos días, el panorama no es nada claro, percibiéndose parálisis y, peor aún, ausencia de estrategia para controlar la crisis financiera que tiene atado al gobierno estatal, así como a gran parte de los Ayuntamientos.

Pero si bien no hay elementos para juzgar el temprano desempeño, si los barruntos de tormenta son indicadores valiosos para estimar que el beneficio de la duda que se le otorga al joven gobernante, va en picada.

Conforme pasan los días, lejos de convencer sobre sus intenciones de conducir la nave a puerto seguro, el gobernador genera dudas y escepticismo. Al grueso de la población no le inquieta el saber si en el mediano plazo se generarán miles de empleos, en su mayoría en el sector servicios y, por ende, mal pagados, como tampoco le conmueve conocer de si el PRI está o nó en el camino correcto para dar la pelea en el 2012. Más que declaraciones que soslayan la problemática específica por la que se atraviesa, la población pide resultados en relación a rezagos, ya no históricos, sino de coyuntura en la atención a promesas no cumplidas de la anterior administración.

No hay dinero, se dice en las dependencias gubernamentales, haciéndose de ello eco los medios de comunicación, mientras el número de manifestaciones de descontento están a la orden del día. Si no son los pobladores de comunidades afectadas por los fenómenos naturales, son los jubilados, empleados gubernamentales, o los contratistas y proveedores que no saben para cuando se hará efectiva la promesa de pago. No hay dinero, es la respuesta aunada a la promesa de que en abril se restablecerá la liquidez.

Sin hacer de lado que el lento ritmo de  generación de nuevos empleos se frena y el desempleo real y el comercio informal se incrementan, a partir de cierres de pequeñas y medianas empresas incapaces de sobrevivir en medio de un mercado interno contraído y a la baja.

Las presuntamente esperanzadoras ofertas de apoyo a los productores agrícolas, pecuarios y pesqueros, no impactan en la medida de lo deseable. Pesa más saber que no hay fecha para su cumplimiento cuando a la par trasciende que el gobierno estatal se gastó 10 mil millones de pesos, sin haber resuelto la demanda de auxilio de los afectados por el mini huracán y la tormenta tropical el año anterior, con sus correspondientes secuelas de inundaciones y pérdida de infraestructura, hogares, enseres domésticos, cultivos y ganado.

Los funcionarios estatales se lavan las manos. El gobierno federal no abre la llave, los recursos federales no bajan, dicen. Al mismo tiempo que el gobierno calderonista, por lo consiguiente, afirma haber cumplido en tiempo y forma. Mientras el gobernador se exhibe mediáticamente como un acertado y efectivo gestor que recompone la relación perdida con el gobierno central.

Esperanzas y expectativas de cambio, alimentadas por un presunto cambio en el estilo de gobernar, se desmoronan. El combate a la corrupción al interior de la administración estatal y de los Ayuntamientos, tiene más contenido mediático que efectividad. La impunidad domina y está a la vista de todos, mientras que el gobernador declara no tener intenciones de provocar una ruptura con su amigo y antecesor, ocupado como está en salvar su relación con su partido y pesar en la toma de aquellas decisiones que habrán de desembocar en la designación del candidato priísta a la presidencia de la República. Lo sustantivo es el partido y la elección del 2012, lo accesorio es Veracruz. No porque así lo desee el gobernante, estimo de buena fe, sino porque frente a la incapacidad para administrar la crisis financiera derivada de cuantiosos adeudos heredados, requiere de la operación política para mantener en paz y trabajando a la entidad.

Si no hay dinero suficiente en las arcas públicas, el circo substituye al pan, mientras en el grueso de la población la falta de pan actúa como pésimo consejero. ¡Vaya enredo! Cuando lo que menos interesa en este momento a la mayoría de los veracruzanos, fuera del diario chacoteo sobre el tema, es el considerado aún lejano proceso electoral.

Se dio el cambio en  la presidencia del CDE del PRI, ¿y? ¿A quién le interesa si se designo de un dedazo a fulano o a sutano? Eso no resuelve en lo más mínimo la intranquilidad social y sí, paradójicamente, lejos de fortalecer al partido en el gobierno, le debilita, constatando la opinión pública que el PRI en Veracruz en lugar de evolucionar como se estableciera como compromiso ineludible desde el 2002, involuciona, a la par que se agudiza la pugna entre los anquilosados clanes regionales; dificultando esto último la conducción política a cargo del “gran elector” en turno, frente a la que el nuevo dirigente estatal del tricolor se lava las manos declarándose simple peón de estoque del gobernador, ante el asombro de sus correligionarios.

Efectivamente, no hay elementos suficientes de peso como para juzgar el desempeño del Dr. Duarte de Ochoa en sus primeros cien días de gobierno. Es aún demasiado temprano en medio del caos. Sin embargo, la percepción se agudiza al paso de los días; ante la ausencia y/ o insuficiencia de elementos válidos de juicio las tendencias cuentan en el imaginario popular, y estas se manifiestan ya en contra de la esperanza en el joven gobernante.

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