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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

En algunos comentarios publicados en la prensa veracruzana, se da por sentado que los primeros cinco meses del Dr. Javier Duarte de Ochoa al frente de la administración pública estatal deben ser considerados como “perdidos”. Nada a mi juicio tan jalado de los pelos.

Por lo que concierne a quien esto escribe, con más optimismo que certidumbre no me atrevería a compartir tan audaz aseveración.

En el marco de los intereses políticos concretos, estimo válido el cuestionar el desempeño del gobernador, así sea a partir de una percepción subjetiva y prejuiciada como la de quien esto escribe. No debemos ni podemos olvidar su extracción priísta y lo que su correligionario y antecesor dejara como herencia. Absurdo sería que en busca de la unidad solidaria de todos los veracruzanos en torno a objetivos y metas comunes, nos obligáramos con un pensamiento único, pretendiendo castrar el libre y legítimo juego entre adversarios políticos que no enemigos. Pero ese es otro cantar.

Mis opiniones se sustentan en una percepción personal que no va más allá de lo ofertado por el ahora gobernador durante su campaña y lo que deja entrever, ahora, con generalidades que no terminan de convencer en cuanto a sus ambiciosos propósitos y viabilidad, sin aún contarse con el como y con qué para materializarlos. Lo mismo podría decirse de la ausencia de un marco político nacional propicio dentro del cual encuadrar objetivos y metas de mediano y largo plazo del gobierno de la prosperidad.

Esto, en la medida en que propósitos y operación político administrativa del gobernador no se han hecho acompañar de manera inmediata por resultados de eficacia coyuntural esperados por quienes impacientes deseamos ver un cambio de rumbo palpable y contundente. Oponiéndoseles incluso la experiencia reciente de una pésima administración que habiendo dejado muy mal parado a Veracruz, obliga lo mismo a desconfiar, que a desear más que a pensar en una rápida recuperación.

A ello habría que agregar la integración de un gabinete resultante del pago de facturas por servicios prestados en campaña, corrupción inercial y un barniz de tecnocracia.

Considero, además, que a lo anterior habría que sumarle el peso de prejuicios personales que inciden en toda percepción por muy bien intencionada que sea. En mi caso, tales como el origen de la candidatura del Dr. Duarte, así como el dudar de la factibilidad de un exitoso proceso de impulso al desarrollo de continuar por la ruta neoliberal, agotada y cuestionada en el mundo globalizado. Con el componente agregado de una a mi juicio hasta ahora considerada pésima política de información y comunicación del gobierno duartista.

Sin embargo, las cosas no se dan ni pueden interpretarse de manera tan lineal. Afirmar contundentemente que los primeros cinco meses del Dr. Duarte de Ochoa al frente de la administración pública estatal debemos considerarlos como “perdidos”, se me hace precipitada y fuera de toda lógica. La subjetividad que alimenta una idea que se traduce en un comentario periodístico, pudiera no ser respaldada objetivamente por la realidad.

Toda percepción, es especulativa y a no dudar, subjetiva y superficial, reducida al punto de vista de quien emite la opinión. Un análisis serio y objetivo, alimentado  con datos duros, podría arrojar resultados que echen por tierra  cualquier considerando percibido, imponiéndose la verdad de las cosas y abonando a favor del Dr. Duarte de Ochoa en sus escasos cinco meses al frente de la administración pública veracruzana.

Sobre todo si se toma en cuenta que en el aldeano ejercicio periodístico somos muy dados a confundir el papel de la administración pública, asignándole la función de motor del desarrollo y no de coadyuvante en tareas propias de la llamada sociedad civil, en cuyas manos descansa la responsabilidad primaria del crecimiento económico. No podemos pedirle peras al olmo, pues una cosa es gobernar, generando condiciones para una armónica convivencia y buen desempeño de la economía y otra, muy distinta, el producir los bienes y servicios que generan empleo y contribuyen a la distribución de la riqueza producida. “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.

Bajo esta óptica habría que valorar si la actual administración pública veracruzana cumple objetivamente con lo que la división del trabajo social le asigna y, por lo consiguiente, si el aparato productivo responde a las necesidades actuales de la entidad. Dos puntas del mismo mecate en consonancia o disonancia que habría que analizar en el marco de los objetivos de desarrollo integral de Veracruz, sin pretender a priori restarle o abonarle méritos al joven gobernante apenas en los inicios de un arduo camino por recorrer.

Pues no puede dejarse de considerar que objetivamente el contexto y circunstancias dentro del cual se pretendiera juzgar la actuación del gobernador, van de la mano con los resultados esperados o, más bien, deseados en nuestro fuero interno, frente a la crisis generalizada en la cual está inserto el país. Lo deseable, como el abatimiento de la pobreza, el desempleo y la inseguridad, no necesariamente es factible cuando a nuestros deseos se oponen obstáculos estructurales y rezagos de un México que ha perdido la brújula.

Tampoco puede soslayarse el hecho de que Duarte de Ochoa está prácticamente atado de manos, teniendo que navegar entre la debilidad heredada de las finanzas públicas estatales, y la circunstancia política con vías al 2012 que le impide poner todas las cartas sobre la mesa en relación al tiradero que le dejara Fidel Herrera Beltrán. Bastante tiene con no perder optimismo y sentido del humor en espera de mejores tiempos.

Inmersos ya en el proceso electoral que desembocará en la elección presidencial en el 2012, intereses y posturas políticas encontradas necesariamente tendrán que verse reflejados en la aceptación o cuestionamiento del quehacer gubernamental y por ende, en el desempeño del titular del ejecutivo estatal. Desafortunadamente ello se presta al golpe bajo en una guerra sucia al parecer cobró ya carta de naturalización en Veracruz.

La impaciencia en torno a lo deseable cuando no se cuenta con información suficiente y veraz, es mala consejera. Más cuando se confunde posición política con intereses personales no satisfechos. La crítica deja de ser tal cuando se esgrime como arma para golpear y descalificar al adversario. No es mi caso.

De ahí la necesidad de deslindar responsablemente la crítica periodística del comentario soez, de mal gusto y peor intencionado. Para quien esto escribe, lo razonable es ubicar toda opinión vertida no más allá de los límites de una percepción personal y subjetiva que acaso pudiera reflejar en algo la realidad política y social que nos toca vivir. Los tres lectores que me dispensan su atención, así deberían considerarlo.

No se puede ni se debe pretender otra cosa en el ejercicio de la crítica periodística sin tener todos los pelos de la burra en la mano. Los hechos concretos, objetivamente hablarán por sí mismos, arrojando datos duros que deberán analizarse y valorarse en su momento por quien conozca del paño. Todo a su tiempo.

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