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Pulso crítico

 J. Enrique Olivera Arce

 El destacado priísta y eminente educador veracruzano, Guillermo Zúñiga Martínez, me ha causado una gran impresión con lo por el expresado en su artículo semanal en el que, bajo el título “La libertad de cátedra”, hace referencia a aquellos catedráticos “partidarios de difundir ideas para orientar a las nuevas generaciones por los caminos del materialismo dialéctico…”, haciéndoles responsables de victimar a los jóvenes que entre 1960 y 1980 abrevaran de las enseñanzas de Carlos Marx, Federico Engels y otros, como León Trotsky. 

 El Maestro Zúñiga Martínez, en su afán de destacar la riqueza cultural del pueblo norteamericano, generaliza aplicando tabla rasa.

 Califica a catedráticos y alumnos victimados, estudiosos del marxismo, como “verdaderos revolucionarios cafetómanos”. Al mismo tiempo que menosprecia a los jóvenes mexicanos de la época, considerándoles incapaces de discernir entre enseñanzas liberales caducas soporte del conservadurismo, y el herramental científico de los grandes pensadores que revolucionaran al mundo.

 La falta grave a juicio de Zúñiga Martínez, lo mismo trátese de maestros que de alumnos, fue el inclinarse en el ejercicio de la libertad de cátedra por conocer de las “ideas exóticas”, propaladas lo mismo por respetables y destacados investigadores y catedráticos universitarios, que por brillantes exponentes nacionales e internacionales del conocimiento universal, comprometidos con el legado intelectual de Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo, Mariátegui, entre otros grandes de la doctrina marxista. 

 Estando de acuerdo en principio con el Maestro Zúñiga, en que “… la enseñanza debe ser objetiva y estar basada no únicamente en la libertad de cátedra, sino fundarse en enfoques integrales, porque es doloroso conocer el devenir a pedazos o parcialmente”, lo que me sorprende es que un intelectual de los tamaños de Don Guillermo, exprese que: “…no se ha procedido correctamente en la orientación que deben recibir los jóvenes, porque pululan mentiras que sobresalen de manera grotesca, al menos al tratar de significar que el pueblo norteamericano es ignorante, lo que constituye una completa falsedad”. Haciendo referencia al sentimiento de resistencia y rechazo al imperialismo que se diera en el contexto de la época referida en el artículo.

 Ejemplificando su percepción con algunas de las expresiones metafóricas que coloquialmente utilizaba una generación influenciada por la Revolución Cubana y en desacuerdo con la guerra de Viet Nam. Obviando que tal sentimiento no por empírico deja de estar arraigado, pedazo a pedazo hasta nuestros días, en el imaginario popular de un México cuyo subdesarrollo se sustenta  históricamente en lo que nos imponen, económica, social y culturalmente los Estados Unidos de Norteamérica.

 Confundiendo más que aclarando, señala que “…el gobierno norteamericano tiene muchos errores, ha masacrado pueblos, invadido injustamente, saqueado recursos naturales, ha cometido múltiples atrocidades, pero no se debe confundir la política norteamericana con su pueblo, es muy diferente, porque los hombres y mujeres de ese país vibran, trabajan, cumplen con la ley y además labran su propio destino”.

 Pasando por alto en su idealización de la cultura en nuestro vecino del norte, que la política norteamericana la propician, hacen posible, toleran, justifican, practican e imponen arbitrariamente al mundo, hombres y mujeres encumbrados, o comunes de ese país. 

 Don Guillermo a mi juicio peca de omisión intelectual respecto al espíritu humanista y universal de los grandes maestros del marxismo. Ignora o pasa por alto el carácter dual del devenir histórico de las sociedades humanas, pues sólo quien no se ha acercado al marxismo desconoce la ley del desarrollo desigual y combinado de la historia, explicitada en su momento por Trotsky; la cual explica como es que conviven en el mismo espacio y tiempo y se retroalimentan dialécticamente entre sí en el seno de un pueblo, lo mismo lo más alto del desarrollo alcanzado por la ciencia, la tecnología, o la cultura y las artes, que lo más atrasado de la sociedad. Lo uno no se explica sin lo otro en estrecha unidad dialéctica.

 Baste señalar que el pueblo norteamericano empeñado en conquistar el cosmos, paradigma del desarrollo científico, aún debate en sus aulas la preeminencia del creacionismo y Adán y Eva como origen de la raza humana, por sobre las teorías evolutivas de Darwin.

 O el hecho innegable de que este mismo pueblo culto, estudioso, que celebrara el 100 aniversario de la Biblioteca de la Quinta Avenida (sic) en Nueva York y que pondera el Maestro Zúñiga, aceptara, sin más, que el neo cristiano George Bush justificara la invasión de Irak y el saqueo y destrucción del Museo y la Biblioteca de Bagdad, por así haberlo dispuesto mandato divino en su conversación con Dios. 

 Así como el que entre hombres y mujeres de los Estados Unidos de Norteamérica, patriotas, religiosos, amantes de la cultura,  y cumplidores con su gobierno, contradictoriamente aún prevalezcan prejuicio y discriminación racial, rescoldo de más de 150 años de brutal esclavismo legal o tolerado. No obstante haber mediado la guerra de secesión, así como el movimiento revolucionario afroamericano -magistral y puntualmente analizado por A. Massimo Calderazzi-, que desembocara en una integración racial simulada, incompleta, en tiempos del presidente Johnson, y que no librara a la gran mayoría de la gente de color de la explotación y marginación a que aún hoy en los albores del Siglo XXI, está sujeta en el país más poderoso y rico del mundo. 

 Ejemplos sobran de la forma como se expresa el desarrollo dual, desigual y combinado, en la sociedad norteamericana y en el resto del planeta. México no escapa a esa ley. Contando con el hombre más rico del mundo y ocupando un lugar nada despreciable entre las economías emergentes, desigualdad y pobreza en nuestros pueblos originarios y goteras urbanas conviven con la opulencia de quienes tienen el privilegio de acceder al fruto de lo más avanzado de la ciencia, la tecnología, la cultura y las artes, de la llamada sociedad del bienestar en los países con mayor índice de desarrollo relativo. Retroalimentándose entre sí ambos fenómenos, conformando el común denominador de un México cuya dialéctica del subdesarrollo está determinada por la crisis del capitalismo sistémico en las sociedades más avanzadas del orbe.

 ¿Se ha preguntado acaso el maestro Zúñiga Martínez como es que los pobres de Veracruz que acuden a la institución de educación superior bajo su encargo, en su misérrima existencia se apropian de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC´s) de un mundo que no es el suyo, y se valen del uso de internet como herramienta cotidiana en su propio beneficio?

 

¿Se ha preguntado el por qué paradójicamente entre más forme profesionistas entre los pobres, menor será la oportunidad que éstos tengan de acceder al mercado laboral en condiciones decentemente aceptables de competitividad, frente a profesionistas provenientes de familias acomodadas? A la par que auspicia la agudización de las contradicciones y conflictos sistémicos a favor de los estratos sociales menos favorecidos, gracias a la educación y la información.

 Ahí está presente, vivo y actuante, el materialismo dialéctico y la ley del desarrollo desigual y combinado que, a priori, descalifica.

 No corresponde a un lego como quien esto escribe, hacer una defensa de las teorías marxistas; ni inventar el hilo negro con un recuento del macartismo, que persiguiera y condenara al ostracismo a lo mejor de pensadores y artistas del pueblo norteamericano por sus ideas progresistas; tampoco de los avatares de los “revolucionarios cafetómanos”, perseguidos como “comunistas” y encarcelados por la policía política de México a cargo de Fernando Gutierrez Barrios, por el único delito de pensar diferente. 

 Sólo está a mi alcance el permitirme invitar al destacado educador veracruzano, ideólogo y ex dirigente estatal del PRI, a leer “Literatura y Revolución” y “Cultura y socialismo”, de Trotsky,  para que sin prejuicios partidistas y al margen de los  procesos electorales en curso, reflexione sobre la vacuidad de su crítica social cuando afirma que: “…en materia educativa todo merece análisis, estudio y reflexión para obtener conclusiones válidas”, y al mismo tiempo descalifica per se, a los perversos catedráticos “partidarios de difundir ideas para orientar a las nuevas generaciones por los caminos del materialismo dialéctico”, así como a los jóvenes, “víctimas” inocentes de nocivas enseñanzas que hoy día, paradójicamente, constituyen el único e invaluable herramental científico con que cuentan los pueblos para  explicarse,  entender y tomar conciencia del por qué de su indignación frente al agotado neoliberalismo sistémico, en la hora en que para el mundo llegó el momento de decir ¡Ya basta!. 

 El marxismo y su enseñanza están de vuelta dentro, fuera de las aulas, o en la plaza pública,  estimado Maestro.

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