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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

A lo largo de la precampaña electoral del 2010, se insistió en que Dante Delgado Rannauro debería reconsiderar su propósito de buscar la gubernatura de Veracruz en alianza con el PRD, señalándosele que dado el divisionismo y descrédito del partido del sol azteca en la entidad más le valía ir solo que mal acompañado. La soberbia del entonces convergente y su renuencia a reconocer la nueva realidad política veracruzana, lo perdió.

Dante no sólo fue traicionado por las “nomenklaturas” diversas de las tribus perredistas en Veracruz, oportuna y adecuadamente maiceadas por el gobierno de la fidelidad. A consecuencia de la alianza pactada, el puñal le fue clavado en la espalda por sus propios correligionarios, como fuera el caso del ex diputado local Alfredo Tress y sus seguidores, que nunca aceptarían la cercanía del Senador con Andrés Manuel López Obrador. Los resultados electorales de su fracasada estrategia son por todos conocidos.

Guardadas las proporciones del caso, hoy día el Dr. Javier Duarte de Ochoa sensiblemente rebasado por un inesperado escenario de violencia, vive en carne propia una situación casi similar en el empanizado gobierno de Veracruz.

La crudeza del mundo real superando a su reflejo virtual en el nintendo y en el twitter, lo está dejando entrever.

Los compromisos políticos, desorden administrativo y tropiezos financieros, por no llamarlos de otro modo, que heredara de su antecesor, padrino y mentor, no sólo le tienen atado de manos, sino que de hecho tiene que cargar con un gabinete legal y ampliado que, lejos de contribuir al buen gobierno respaldando al titular del ejecutivo, o bien no aportan nada positivo o en su defecto pareciera que le hacen blanco de un nada deseable fuego amigo, al que se suma la ineptitud de la bancada priísta del Congreso local, con Jorge Carvallo y Eduardo Andrade a la cabeza.

Copado por la camarilla fidelista, obligado a mantener compromisos asumidos en campaña, el gobernador no obtiene una clara y comprometida respuesta del equipo de trabajo que le acompaña en su gestión. Viéndose éste constantemente en la tesitura de tener que apechugar ya no sólo errores propios de su inexperiencia, sino los del lastre de pésimos funcionarios que lleva a cuestas.

Por si fuera poco, el verse obligado a transitar en el filo de la navaja, haciendo equilibrios entre el partido político que le postulara y la creciente dependencia financiera que le condiciona en su relación con el gobierno federal, le hace trastabillar peligrosamente, poniendo en riesgo su gestión en perjuicio de Veracruz.

En el arte de la política nada es circunstancial. Pifia tras pifia del gobierno duartista, pareciera ser orquestada intención de cobrar facturas políticas no pagadas en su oportunidad entre los propios correligionarios del PRI, así como perversas zancadillas con intención de hacerle quedar mal, esto por parte del gobierno federal cuyo titular se ha propuesto impedir que el tricolor regrese a Los Pinos.

El tempranero anuncio del Dr. Duarte de apoyar con todo al aún aspirante a la candidatura del PRI a la presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, tiene un costo a los ojos de Calderón Hinojosa, así como lo tiene a los ojos de los priístas veracruzanos cuya simpatía se inclina a favor de Manlio Fabio Beltrones. La inexperiencia en las lides de las ligas mayores de la política nacional llevó al gobernador a no respetar formas y tiempos, poniéndose de pechito frente a sus adversarios en circunstancias que, por ahora, no le son del todo favorables en un escenario complejo de incertidumbre social.

La percepción en el imaginario popular, que si cuenta en política, es de descalificación del régimen duartista. El gobernador no logra remontar la percepción que de él se tiene entre la opinión pública, considerándosele aún como impuesto por su antecesor. Ni se ven resultados de gestión que impacten en la ciudadanía ni su discurso es aceptado como creíble. Cada acreedor desairado por el secretario de finanzas es fuente de rumor y descalificación, en tanto que se multiplican las protestas por promesas no cumplidas.

El debate en torno a la eficiencia y eficacia de la administración pública veracruzana a cargo del Dr. Duarte, está en la calle, no en los medios informativos veracruzanos. Insisto: la crisis de credibilidad en el gobierno es compartida por una prensa local –en la que por cierto el gobernante a su vez no confía- que se desvive más por difundir la imagen personal de quien autoriza las facturas que por respaldar la acción de gobierno.

En este marco, sin deberla ni temerla Javier Duarte está a merced de los tiburones de la prensa nacional que, aporreándole sin piedad, contribuyen a la negativa percepción que de su gobierno crece en la población.

Así como Dante Delgado en su momento se negara a rectificar en su propósito aliancista, Javier Duarte se empecina en no querer ver que gobierna solo, de espaldas a la realidad. Víctima de su propia desesperación e impotencia, asumiendo que habla en nombre de todos los veracruzanos, sus exabruptos y ligerezas verbales se le revierten, en tanto que sus llamados a la unidad y cohesión se topan con lo infranqueable del muro que se ha tendido a su derredor.

El Dr. Duarte de Ochoa no puede seguir así, so pena de perder el equilibrio en su tránsito por el delgado filo de la navaja.

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