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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Javier Duarte de Ochoa

Todo gobernante se gana el repudio o el cariño de su pueblo con el tiempo y un ganchito, por sus obras se le reconocerá. Valorándose identificación con las necesidades reales y sentidas de sus gobernados y su visión y capacidad para, con los pies en la tierra, saber distinguir entre lo deseable y lo posible para actuar en consecuencia. La historia escrita puede manipular la verdad, destacando simulación y halagos cortesanos para calificar a un estadista, el ciudadano acude simplemente a los hechos que guardando en su memoria, dictan la última palabra.

Lo que es, es y lo demás son palabras que se lleva el viento.

En los últimos días nos hemos enterado por la prensa de una actitud asumida por la gran mayoría de nuestra aldeana clase política, en la que se reitera, a mi juicio de manera irresponsable, que no pasa nada en Veracruz, que todo va bien, minimizando el grado de deterioro del tejido social que, a lo largo y ancho de la entidad cada vez es más evidente.

Considero preocupante que lejos de ayudar al gobernador del estado en la compleja tarea que se le tiene encomendada, se le engañe, adulándole por medidas que a todas luces se podrían calificar como desaciertos y, ocultándole el hecho innegable de que conforme pasan los días, sectores importantes de la población ya expresan su percepción de que la brecha entre la administración pública y la ciudadanía se amplía.

No se toma conciencia entre la clase política de que dadas las circunstancias por las que atravesamos, la política electoral debe subordinarse al interés más general de Veracruz. En especial por lo que toca al PRI, pues no responde a ninguna lógica el que por un lado se aplauda la decisión del gobierno federal de implementar el programa “Veracruz seguro”, aceptándose tácitamente tal respuesta a la situación que se vive en la entidad y, por otro, sin más interés que lo electoral, desde diversas trincheras del tricolor se le atribuya a Calderón Hinojosa la responsabilidad única del deterioro social y económico de  México.

Resultando absurdo, por tanto, el descalificar al gobierno panista exaltando la figura del gobernador del estado, atribuyéndole ser el artífice de la propuesta que diera lugar a “Veracruz seguro”, cuando la realidad dice lo contrario, subordinando al gobernante veracruzano a las estrategias federales, coordinadas y ejecutadas bajo la conducción de un “mando único” designado desde el centro del país.

Flaco favor el de endulzarle el oído al gobernador, reflejado en los medios de comunicación veracruzanos que, en su gran mayoría, multiplican el halago cerrándose a aceptar que faltando aún ocho meses veinte días para la elección del 2012, no es el momento de lanzar cohetes sino de recoger las varas, expresándose con verdad como su función social les obliga.

Quienes aplauden y  se desviven por exaltar la acción de gobierno en Veracruz, incluida la diputación federal y local, no paran mientes en aceptar sin más que, para buscar solución a la problemática existente, Veracruz debe ceder soberanía. Realidad esta que el Dr. Duarte de Ochoa se obliga a apechugar en solitario, desprovisto incluso del respaldo de su propio partido político que, desde su dirigencia, hace como que la virgen le habla.

Hasta el momento, fuera de las interesadas zalamerías del presidente del CDE del PRI, ni la cúpula partidista nacional ni los gobernadores priístas, han dicho esta boca es mía en apoyo al gobernador de Veracruz. Antes al contrario, el senador Manlio Fabio Beltrones habló para criticarle, más por interés electoral que por aportar constructivamente a una mejor conducción de la administración pública veracruzana.

En este escenario, Javier Duarte de Ochoa, dejándose querer por un priísmo a modo, no tuvo empacho en declarar que: “Si nos atacan por ser priístas, que nos sigan atacando”.  Sin tomar en consideración que si se “le ataca” o se le cuestiona no es por ser miembro distinguido, “jefe político” de su partido en Veracruz, sino por hablar de más; reflejando lo mismo inexperiencia que desprecio a la inteligencia del pueblo que gobierna.

Dejándose envolver por el halago cortesano, no ve o no quiere ver que la lisonja no tiene más intencionalidad que satisfacer intereses personales y de grupo cuando los priístas veracruzanos mienten al gobernante, deshaciéndose en aplausos al paso del emperador estrenando vestimenta.

Sin distingo partidista, lo mismo el pueblo llano que empleadores destacados, no comulgan con el halago desmedido ni con la simulación. Dueños de su verdad percibida, esperan resultados de un gobierno para todos. Si Javier Duarte de Ochoa es priísta, tuitero de corazón, o iniciado en el dogma Peña Nieto, como lo afirma, es irrelevante. Lo que de él piden los veracruzanos es que sepa gobernar con apego a una realidad que a ratos parece rebasarle.

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