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Pulso critico

J. Enrique Olivera Arce

“La identidad de deseos y la convergencia de voluntades son, por extraño que pueda parecer, las causas más corrientes de los conflictos”. Giovanni Papini

Teniendo como marco referencial a una crisis de identidad, representatividad, credibilidad, así como de confianza ciudadana, cada vez más profunda de los partidos políticos en México, el Partido de la Revolución Democrática es a mi juicio el primero en tocar fondo. No es la primera vez que comento tal percepción.

Nacido como la suma de una heterogénea multiplicidad de grupos lo mismo de la izquierda socialista histórica -salida de la clandestinidad- que de movimientos sociales urbanos, rescoldos de los viejos y desgastados partidos de izquierda electoral y no pocos desilusionados del PRI, se fortaleció en la coyuntura sin haber logrado la ansiada unidad en torno a una plataforma ideológica común y un  programa de acción con visión de largo plazo.

Sometiéndose a las reglas electorales de un sistema político nacional prediseñado para la continuidad del partido hegemónico en el poder, más temprano que tarde el PRD fue cooptado, asimilado y ganado por la corrupción y espurios intereses personales y de grupo, deviniendo en lo que hoy conocemos como el costal en el que, cual perros y gatos, tribus de lo más disímbolas andan a la greña permanentemente.

Teoría y práctica revolucionaria se diluyó en el camino para unos, en tanto que para otros, simplemente nunca abrazaron ideología y programa de acción alguna que les identificara como de izquierda, en los términos históricos de la connotación de tal definición política.

Los mejores tiempos electorales en la breve historia del PRD, se dan con el impulso a las candidaturas de Cuauhtemoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador, respectivamente, que en su momento recogieran, canalizaran y capitalizaran el creciente descontento popular  frente a un régimen político, agotado que, de la mano con el partido hegemónico, no supo o no quiso encontrarle la cuadratura al círculo, en la transición del modelo estabilizador de desarrollo al proyecto neoliberal en boga.

Para los tecnócratas que para entonces se incrustaran en la administración pública para más tarde hacerse del poder formal en México, se encontró más cómodo y conveniente el transitar por el camino de la alternancia con la derecha antes que permitir el acceso de las izquierdas a la conducción del país. El papel asignado al PRD de comparsa en la democracia electoral simulada, hasta ahí llegó en sus aspiraciones por ganar el acceso a la primera magistratura del país. Topo con pared como instrumento político útil pero incómodo para el sistema dominante.

De ahí  para adelante, se conformó con las migajas, obteniendo algunas gubernaturas, alcaldías y representación tanto en el Congreso de la Unión como en las legislaturas locales. Perdido en la coyuntura el objetivo inicial, la pugna por el reparto de canonjías y prebendas, los arreglos en lo oscurito por mayores tajadas del pastel asignado, ha sido la constante.

En un permanente todos contra todos, los “liderazgos” tribales se divorciaron de la mayoría de las bases partidistas, alejándose de los movimientos sociales en que se apoyaran tanto para impulsar la candidatura presidencial de Cuauhtémoc como en su caso la de López Obrador. Hoy con dificultad el PRD se sostiene como la tercera fuerza electoral manteniendo su registro en tanto aún es funcional al régimen político. Debilitado y auto flagelado, el PRD se enfrenta en la coyuntura a la posibilidad de capitalizar una nueva y más fortalecida oleada de descontento popular con rumbo al 2012, sin el menor asomo de viabilidad. Si aún le es útil al régimen, para la gran mayoría del pueblo de México dejó de ser referente de la izquierda nacional.

Carente de visión de largo plazo, privilegia al personaje que mejor conviene a sus intereses y no a un proyecto de nación con el que se apueste al cambio y transformación del país. De ahí que de espaldas a sus propias bases y a la realidad nacional, los “liderazgos” tribales en la cúpula se polaricen entre optar por una candidatura de unidad con Andrés Manuel o con Marcelo, auspiciando división y dispersión entre sus filas. El cochinero y la búsqueda del acceso facil a la mazorca, de antemano pierde a las tribus en un nuevo intento coyuntural por ascender en la escala del sistema político nacional, dejando libre el camino ya no al PRI sino al PRIAN que, con el común acuerdo de los dos partidos con mayor presencia en México, representa los intereses de una derecha conservadora vinculada a los poderes fácticos domésticos y externos.

Para algunos poco informados, lo que alcanzan a percibir e interpretar es un “pleito brutal” entre López Obrador y Marcelo Ebrard, sin entender que el problema por el que atraviesa el PRD es de carácter estructural, resultado de una crisis general del sistema político nacional que se expresa con mayor profundidad en el eslabón más débil de los tres partidos mayoritarios. Lo que para el PRD está en juego es su supervivencia como ente político colaboracionista y afín al sistema, en tanto que para el movimiento que encabeza el político tabasqueño, con perspectiva de largo plazo, lo que se juega es el como ir más allá del 2012 como un nuevo partido político de izquierda que represente a las fuerzas progresistas en México.

Así que, resumiendo, la disputa política que no pleito personal entre los dos aspirantes del partido del sol azteca a la candidatura presidencial, no es otra que, por un lado, el objetivo de supervivencia del desgastado PRD como representante de la izquierda electoral y, por el otro, el afán del Movimiento de Regeneración Nacional de ser este, como partido político, el que impulse con visión de futuro un nuevo proyecto de nación acorde con la nueva realidad del país, desplazando y sepultando a lo que queda del partido del sol azteca. Bajo esta óptica, el PRD está muerto y aún insepulto para la vida política futura de México.

Las presuntas diferencias personales entre Marcelo y López Obrador, a mi juicio no pasan de lo anecdótico alimentando mediáticamente los buenos deseos de la derecha. Si Ebrard gana la mayoría de preferencias necesitará de “Morena” y de Andrés Manuel para hacer un papel medianamente digno como candidato en la elección presidencial. Si al contrario, en la selección interna triunfa Andrés Manuel, con o sin Marcelo, con o sin “los chuchos”, e incluso con o sin el PRD, el nuevo proyecto tanto de las izquierdas como de la nación para el mediano y largo plazo contemplará en el 2012 la búsqueda de Los Pinos como una meta, un alto en el largo camino por recorrer en el proceso democratizador de la vida nacional.

El propósito y objetivo último del Movimiento Nacional de Regeneración es la transformación de México, en tanto que los propósitos del PRD se circunscriben a objetivos y metas cortoplacistas de reparto de prebendas, así como del usufructo de las prerrogativas que de acuerdo con la legislación vigente, les otorga el pueblo de México. A mi juicio, ahí residen las diferencias.

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