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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Partido revolucionario institucional

Más allá del derroche de recursos públicos y la presunta injerencia del poder intimidatorio de grupos delictivos, la elección de gobernador en el estado de Michoacán, independientemente de las implicaciones que ésta pueda tener coyunturalmente, bien para Calderón Hinojosa, su delfín  y su partido, bien para el PRI con Humberto Moreira y Enrique Peña Nieto, a mi juicio lo que ha puesto de manifiesto es un evento cualitativo en el proceso de cambio de la sociedad mexicana, manifestándose en la nueva composición de las diversas fuerzas políticas actuando sobre los resultados cuantitativos de la elección del pasado domingo.

De acuerdo con las cifras que arrojara tanto el Programa preliminar de resultados como las encuestas de salida, es evidente que el partido hegemónico y el carro completo ya pasaron a la historia en México. La tendencia  observada en una elección local en la que todos los partidos políticos pusieran toda la carne en el asador, seguramente habrá de expresarse en los comicios federales del próximo año.

Jugándose el todo por el todo, habiendo sufragado apretadamente el 51 por ciento de los ciudadanos empadronados, hasta este momento el PRI se levanta con el triunfo en números redondos con apenas el 35.3 de los votos válidos emitidos, siendo seguido de cerca por el PAN y el PRD con el 32.6 y el 28.8 por ciento, respectivamente, dividiéndose el pastel en prácticamente tres porciones de casi igual peso y dimensión, en tanto que el abstencionismo se queda con una tajada del 49 por ciento del sufragio potencial total.

Indicando lo anterior, por un lado, que los partidos han sufrido merma considerable en competitividad, encontrándose actualmente a casi el mismo nivel entre sí de ineficaces. La diferencia porcentual entre el ganador de la elección y su adversario más cercano, el PAN, siendo mínima, echa por tierra la idea del tradicional carro completo y el carácter hegemónico de la aplanadora priísta. Reflejando un cambio cualitativo en el electorado, que habla tanto de un mayor pluralismo en el seno de la sociedad como de la pérdida de capacidad de maniobra y de convocatoria del partido presuntamente mayoritario en México. Su voto duro sumado al del partido verde, apenas alcanzo para triunfar con 5 puntos porcentuales por sobre el PAN, no obstante que presuntamente le beneficiara la opinión pública respecto a la estrategia de Calderón Hinojosa en el combate a la delincuencia organizada, así como de la injerencia del gobierno federal en el proceso electoral.

Pero por otro, el que se mantenga casi inalterable el índice de abstencionismo registrado en los últimos procesos electorales locales y federales, no refleja otra cosa que la crisis por la que atraviesa el régimen político en México. Tanto partidos políticos como instituciones públicas no dan más en confianza, credibilidad y legitimidad entre el electorado. Siendo más que evidente que para el cincuenta por ciento de los sufragantes potenciales, las elecciones dejaron de ser fuente de expectativas de progreso y razón de ser para el enriquecimiento de la vida democrática del país.

Por cuanto a legitimidad, el partido triunfante en la elección de gobernador en Michoacán, repite una vez más lo que ya se va haciendo costumbre, triunfo pírrico para gobernar con menos del 20 por ciento de la voluntad de los ciudadanos legalmente empadronados.

La sociedad ha cambiado cualitativamente, como se expresara cuantitativamente el pasado domingo en Michoacán. El triunfalismo de los partidos políticos no se corresponde con la nueva realidad. No alcanzando ninguno el 40 por ciento o más de los sufragios emitidos no habla bien de la democracia en México, antes al contrario, expresa una enorme debilidad del régimen político frente a las expectativas democráticas de la ciudadanía.

Otra cosa que abona a lo anterior, es el hecho de que la voluntad ciudadana se inclina en las urnas más a favor o en contra de la imagen proyectada mediáticamente por los personajes contendientes que por los partidos políticos que les postulan, ante la ausencia de programas y propuestas partidistas creíbles y sustentables que merezcan el respaldo de los votantes.

Y en tanto el feudo cardenista se derrumba estrepitosamente, como bien lo señala Julio Hernández López, en su columna “Astillero” no puede echarse en saco roto la derrota que, en paralelo, sufriera Elba Esther Gordillo y su aparato corporativo, poniéndose de manifiesto por parte del magisterio michoacano el no más a dejarse manipular e influenciar por el petate del muerto puesto a disposición del mejor postor.

Con la elección federal del 2012 ya encima, bien vale la pena reflexionar sobre los comicios michoacanos y poner la barba en remojo. Más que el relevo presidencial lo que está en juego para el corto y mediano plazo es la gobernabilidad en México. O los partidos políticos se actualizan en visión ideológica y programática, aceptando la profundidad de su crisis actuando en consecuencia, o en julio próximo la ciudadanía les da una sopa de su propio chocolate dejándoles colgados de la brocha.

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