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Daily Archives: enero 13th, 2012

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Lejos de asumir una actitud autocrítica, ajustando discurso y quehacer a la cada vez mayor exigencia y reclamo democratizador de una ciudadanía harta y desencantada, la partidocracia, curándose en salud ante lo que se viene en la elección de julio próximo, a instancias de la bancada del PRI en San Lázaro está por aprobar la obligatoriedad del sufragio así como sanciones en caso de incumplimiento. Medida cómoda de endilgarle a la llamada sociedad civil la crisis del régimen político en México.

 Tal reforma al Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (Cofipe), tendría plena vigencia a partir de la elección federal de presidente, senadores y diputados en julio próximo, buscándose de acuerdo a lo declarado por el diputado priísta David Sánchez Guevara, que el voto no sólo sea un derecho sino una obligación,  como aporte a la democracia.

 “El voto voluntario ha debilitado el sistema de representación política y ha elevado los costos de la democracia”, afirmó el legislador del PRI. Reflejando el miedo de los partidos políticos que, en su conjunto, han sido incapaces de generar credibilidad y confianza en una ciudadanía que les ve más como un estorbo a la democratización de la vida pública de México que como catalizadores de la voluntad popular.

 No es circunstancial el que hoy en la Cámara baja del Congreso de la Unión se discuta y esté por aprobarse la reforma citada. Es público y sabido que al no merecer confianza y credibilidad tanto partidos políticos como sus candidatos a cargos de elección popular, crece la tendencia en amplias capas de la sociedad al abstencionismo y, en el mejor de los casos, al voto en blanco o nulo. Tendencia que la partidocracia contempla como amenaza real a la legitimación de la elección presidencial.

 Tampoco es circunstancial que la credencial para votar que expide el IFE, sea considerada por los mexicanos más como instrumento de identificación para la vida cotidiana que como herramienta para ejercer en democracia el derecho al voto.

 No obstante los números frios de los resultados de las últimas elecciones federales y locales en el país, los partidos políticos con mayor apego a intereses personales y de grupo que a ganarse la confianza de la gente, no han hecho nada para revertir la tendencia, antes al contrario, la estimulan insistiendo en ofertar más de lo mismo a una ciudadanía harta de simulación, corrupción e impunidad en todos los órdenes de la vida política nacional.

 De ahí que, lejos de asimilar la nueva realidad del país, la partidocracia pretenda, con medidas autoritarias, más que enriquecer nuestra incipiente democracia, imponer el ejercicio del voto como una obligación; forzando a la ciudadanía a acatar a rajatabla lo que bien a bien conviene a los partidos políticos, como si cuantitativamente a mayor número de sufragios se enriqueciera cualitativamente un sistema de representación política que, de facto, tiene secuestrada tanto a la ciudadanía como a las vida pública de México, incluidas las instituciones nacionales y el Estado de Derecho.

 Así que la obligatoriedad del voto propuesta por el PRI, criminalizando la abstención y pervirtiendo la intencionalidad del ejercicio de un derecho constitucional, se suma a los diversos factores que negativamente inciden en el proceso electoral federal en marcha, contribuyendo a su atipicidad y agudizando el rechazo de aquellos, mayoría por cierto, que consideran que la elección de presidente de la República, Senadores y diputados, sirve para maldita la cosa, salvo para mantener un statu quo que propicia atraso y retroceso en todos los órdenes de la vida nacional.

 Los partidos políticos tendrían que dar respuesta, con ánimo autocrítico, a la interrogante que bulle en el ánimo del electorado: ¿Elecciones para qué?

 Desafortunadamente, la autocrítica y la voluntad de actuar en consecuencia, no cabe en un régimen político decadente, obsoleto y bueno para nada, que tiempo ha dejara de ser paradigma de representación de la voluntad popular y sí, una carga demasiada onerosa en la construcción de la balbuceante democracia.

 El alto costo de los procesos electorales, se pretende justificar ampliando el número de votantes obligados y no enriqueciéndoles a partir de la participación libre, consciente y consecuente de la ciudadanía. Fórmula simplista de una clase política sin imaginación y sin vergüenza, para un pueblo al que se le sigue considerando menor de edad. ¡Vaya ofensa a la inteligencia popular!

Xalapa, Ver.-

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Frente a algunas de las figuras más relevantes de México, Peña no articula una sola idea original, un solo planteamiento brillante, un solo destello de lucidez que escape al lugar común.

NSS Oaxaca

Los miembros del Estado Mayor se retiran discretamente, comprobando el rumor que circula de mesa en mesa: el presidente Felipe Calderón no llegará al banquete de Los 300 -la reunión anual convocada por la revista Líderes Mexicanos-, con lo cual el gobernador del Estado de México se convertirá en el único orador de la tarde. Enrique Peña Nieto no quiere desaprovechar la oportunidad y, en vez de leer el breve discurso que tiene preparado, improvisa uno que se prolongará durante cerca de una hora.


La expectativa es enorme: el aspirante del PRI a la Presidencia podrá  detallar sus propuestas frente a un auditorio inmejorable. Conforme los meseros traen y llevan los platillos, los rostros de los invitados pasan de la curiosidad al aburrimiento y de la decepción a la ira. A lo largo de esos inagotables minutos, Peña no hace sino exhibir la vetusta retórica priista, ese newspeak perfeccionado a lo largo de 72 años que consiste en enhebrar vaguedades, eufemismos y anacolutos. 

 Frente a algunas de las figuras más relevantes de México, Peña no articula una sola idea original, un solo planteamiento brillante, un solo destello de lucidez que escape al lugar común. Al final de la comida, las mismas preguntas flotan entre los comensales. ¿Éste es el joven líder que se presenta como el renovador del PRI? ¿Éste es el político que encabeza las encuestas? 

 Por supuesto, cualquiera puede tener un mal día. Parecería justo concederle el beneficio de la duda y contrastar ese discurso con sus intervenciones posteriores. La tónica se mantiene: una retahíla de oraciones subordinadas carentes de sustancia. Sin duda, Peña recibió lecciones de oratoria -esa disciplina que floreció en el priismo a través de concursos municipales y estatales-, y es capaz de memorizar largas parrafadas, conservando un tono arrebatado y vehemente, pero las ideas originales brillan por su ausencia. 

Si no en sus apariciones públicas, quizás éstas podrían encontrarse entonces en su libro México, la gran esperanza. Un Estado Eficaz para una democracia de resultados, justo el que presentó en la FIL cuando no pudo mencionar los tres libros más importantes de su vida. Aquí la retórica priista ha sido maquillada con un lenguaje pretendidamente moderno, barnizado por algún experto en políticas públicas. Pero, si uno lo revisa con cuidado, la espuma es aún más escandalosa: un regreso al anquilosado presidencialismo priista, enmascarado bajo un alud de encuestas y tecnicismos.


Según Peña, México posee un “Estado ineficaz” por culpa de 12 años de panismo, sin recordar que ese Estado fue creado por el PRI y que las reformas estructurales que éste ha necesitado desde el 2000 han sido bloqueadas por el PRI. Un ejemplo: su visión de la seguridad pública (a la cual dedica 15 páginas de 212): Peña culpa -correctamente- a Calderón por el incremento de la violencia, pero olvida decir que la gran mayoría de los estados donde ésta se recrudece se encuentran gobernados por priistas. Y concluye: “La meta es reducir la violencia, recuperar la seguridad ciudadana, construir un país más justo, hacer de imperio de la ley una constante para garantizar las libertades, el orden y la tranquilidad de nuestras familias”. Otra vez, espuma. 

Sólo se me ocurre un descargo a su favor: sin darse cuenta, Peña representa la quintaesencia del PRI contemporáneo: ese partido que, una vez derrotado en el 2000, jamás supo hacer autocrítica, jamás pidió perdón por sus abusos, jamás se renovó, jamás supo encontrar el papel que le corresponde en el 2012. Hoy resulta imposible discernir cuál es la ideología de la organización política que podría ganar las elecciones de julio. Ni derecha ni izquierda. Un pragmatismo reconcentrado que aspira a vencer por una sola razón: el desgaste del PAN y la fallida estrategia de Calderón frente al narcotráfico, aunque sin proponer ninguna alternativa. 

 De ahí la estrategia que Peña y el PRI han seguido hasta ahora: no decir nada, mantenerse en el vago reino de la oratoria y, sobre todo, tratar de no cometer errores. Dejar que sean los hechos -los horribles hechos que nos hostigan a diario- quienes derroten al PAN. Si somos sinceros, este silencio intencional es la única razón por la cual Peña acumula tal ventaja. Porque su pose de galán hollywoodense o el estar casado con una estrella de Televisa no son más que burbujas que serán reventadas en cualquier confrontación medianamente seria con sus adversarios.

Sin embargo, la indefinición y la cautela que Peña ha escenificado hasta ahora han comenzado a hacer agua. Sus deslices no son simples errores o lapsus: son las fugas que demuestran que el zepelín retórico del PRI está ponchado de antemano. Si Peña no emprende una sólida crítica del pasado priista, si no apuesta por ideas y apuestas claras y si no escapa de la posición de niño bonito que lo ha llevado a adelantarse en las encuestas, la espuma que lo rodea terminará por asfixiarlo. Y el camino del PRI hacia Los Pinos, que hoy parece tan claro, terminará por convertirse en otra de sus frases sin sentido. Fuente: Reforma

 

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