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Monthly Archives: julio 2012

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

A no dudarlo, existía consenso en torno a la posibilidad, como un nada oculto deseo, de que tanto la elección presidencial como las de senadores y diputados federales, así como, en su caso, las de gobernadores, diputados locales y alcaldes, se diera en un marco de civilidad y de respeto a un mínimo de valores éticos que aseguraran un paso adelante en la construcción de ciudadanía y democracia.

Desafortunadamente tal posibilidad no se dio, frustrándose los buenos deseos  de una mayoría ciudadana y confirmándose el rezago de la incipiente vida en democracia en el país. Pesó más el caduco estilo de corrupción, manipulación y engaño de un viejo régimen que se resiste a morir, que la esperanza de renovados cauces de libre participación de la voluntad ciudadana. El temido conflicto post electoral y la judialización de la elección dejando en manos de un puñado de magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación lo que debió decidirse en las urnas, confirma el déficit democrático que no logramos superar.

Y aún así, no faltan aquellos que ocultando la viga en ojo propio, se desgarran las vestiduras y ponen el grito en el cielo acusando de enemigos de la democracia a los gobiernos latinoamericanos con los que no se comulga. Pasando por alto que en México el régimen político sustentado en la corrupción y la impunidad no es nada de lo que deberíamos sentirnos orgullosos ni mucho menos, considerarlo paradigma democrático para propios y extraños.

La elección fue un “cochinero”, declaró Xochitl Gálvez, haciéndose eco de la percepción que del proceso y sus consecuencias anida en la mayoritaria de un electorado burlado. Pese a buenos deseos y ahora infundadas esperanzas, no podía haber sido de otra manera. Gallina que come huevo aunque le quemen el pico, las reglas electorales establecidas por el régimen político prevaleciente están diseñadas para violarlas y los órganos encargados de hacerlas valer, actúan en consecuencia frente a un indefenso ciudadano obligado a dejar hacer dejar pasar por no contar a juicio del TRIFE con la  “legitimidad” sólo acreditable a los partidos políticos.

Para observadores de democracias occidentales maduras, la sola sospecha de un irregular origen de recursos aplicados a gastos de campaña sería factor más que suficiente para nulificar la elección. En México no basta, la impunidad raya en el cinismo y la desvergüenza.

Si el cochinero hoy se expresa en una fallida elección, no es más que la punta del iceberg de un cochinero mayor que, en todos los ámbitos de la vida social y económica de México, flota a la deriva en un mar de simulación, corrupción e impunidad. Basta un botón de muestra: la irrisoria multa de 376 millones de pesos aplicada al banco HSBC por el blanqueo de 7 mil millones de U.S. Dólares, o bien, el veto presidencial a la Ley de Atención a Víctimas ó la impune intervención en la política interna de México del general colombiano Oscar Naranjo, asesor extranjero en seguridad interna de Enrique Peña Nieto.

Vistas así las cosas, no debería causarnos extrañeza el que López Obrador emprenda una nueva batalla con el programa nacional de defensa de la democracia y de la dignidad de México. Millones lo respaldan y el país entero lo exige más allá de sus consecuencias electorales de coyuntura. México no puede seguir siendo rehén de la corrupción e impunidad de un régimen político obsoleto, impopular y antidemocrático.

A la movilización social ya nadie la para. Del #yosoy132 se pasó al “somosmuchos”, unificando a diversos movimientos de también diverso origen que se van sumando a una protesta propositiva en contra de la imposición de Peña Nieto. Nadie se atreve ya a calificar como tersa la transición del poder presidencial. Hoy mismo leí un artículo periodístico(Álvaro Cepeda Neri, “Por Esto Yucatán” 27/07/2012), en el que el autor señala que si el aún candidato de la dupla PRI-PVEM fuera un político medianamente inteligente, renunciaría a su presunto triunfo numérico atendiendo a la calidad y legitimidad de la protesta social en su contra.

Como a todos consta, entre las virtudes de Peña Nieto no sobresale precisamente la de la inteligencia, por lo que respaldado por el autoritarismo priísta se aferrará al papel asumido de presidente electo hasta sus últimas consecuencias. ¿A que costo para el país? Esto aún está por verse, pero seguramente no será nada gratuito. López Obrador con cochinero o sin este, le pisó la sombra.- Chelem Puerto, Yuc., 27/07/2012

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

 “Las impugnaciones a la legalidad de la elección ofenden la dignidad de los mexicanos que votaron en libertad”: Pedro Joaquín Coldwell

El que nada debe nada teme… Si el PRI no dudara del triunfo de su abanderado dejaría correr el agua sin inmutarse y, sin embargo…

Paradójico. El PRI, sus satélites y algunos segmentos de la clase media minimizan el indiscutible liderazgo de Andrés Manuel López Obrador responsabilizándole a su vez de estar atrás de las crecientes manifestaciones populares de protesta que, en oposición a Enrique Peña Nieto, dan oscuras pinceladas no previstas en el paisaje postelectoral.

Les duele que el político tabasqueño no respete el pacto de civilidad signado por los candidatos presidenciales aceptando su derrota en las urnas, pero se  desgarran las vestiduras porque el abanderado del Movimiento progresista conforme a derecho, impugne la elección del primero de julio recurriendo al Tribunal Electoral Federal.

Lo ideal para el PRI y su aún candidato presidencial, sería que Andrés Manuel aceptara sin más la derrota, bajara los brazos y se retirara a “La chingada”, como se denomina su rancho en Palenque, Chiapas. Renunciando a la última instancia legal que le ampara, dejando colgados de la brocha a sus millones de seguidores que con no poca reticencia aún confían en la administración de justicia electoral.

Número, extracción social y motivación de los manifestantes que han tomado la calle pareciera tenerles sin cuidado. Desconcertados ofenden la inteligencia de quienes protestan, reduciéndoles a simples marionetas manipuladas por un López Obrador que “no se acostumbra a la derrota”.

Le temen más a un López Obrador que  sin salirse de la cancha de la partidocracia, les obliga a jugar  como se juega en el llano. Aceptan muy a su pesar que López Obrador sea capaz de llevar en paralelo y simultáneamente el trámite legal de la impugnación de la elección y “la manipulación” de un creciente movimiento popular. Reconociendo entonces que el tabasqueño supera en mucho la capacidad de Peña Nieto y los partidos que le postularan tanto para la defensa de la pretendida razón legal que les asiste, como para obtener el respaldo de una sólida base social en que apoyarse.

Incapaces de entender y aceptar la movilización social en su contra por sus probadas trapacerías, sólo les queda el recurso de calificar a López Obrador como el enemigo público que, sin aceptar razones, pretende arrebatarles un triunfo cada vez más cuestionado. Así, lejos de atemperar la protesta le ponen más leña al fuego con pueril negación de aquello de lo en el imaginario popular ya se percibe como fraude electoral.

Paradójico. Lejos de contrarrestar y menguar simpatía y apoyo a López Obrador, obtienen lo contrario, confirmando el liderazgo  del abanderado de las llamadas izquierdas. Lo vulnerable de su pírrico triunfo les ciega, complicando el escenario previo al cambio de estafeta.

El horno ya no está para bollos. Calderón vuelve a las andadas anticipándole a Peña Nieto una tersa transición cuando el proceso electoral aún no concluye, sin parar mientes en que provoca a los indignados que ya han dicho ¡Basta!

Las protestas suben de tono rebasando las estructuras partidistas, como ya lo reconoce el PRD, generándose de facto un frente amplio popular que ya aglutina a estudiantes, movimientos sociales independientes y gremios obreros de conocida oposición al régimen, en una movilización inédita en defensa de la democracia.

Cuidado, una chispa podría incendiar la pradera. Si la libre manifestación aún es pacífica, no faltarán provocadores que induzcan a la violencia, ese el riesgo. ¿Cómo evitar esto último?

Si López Obrador en circunstancias diferentes en el 2006, con inteligencia canalizo indignación y enojo, difícil es prever cual será el camino que hoy tome la movilización popular si el IFE y el TRIFE no cumplen a cabalidad con su encomienda.

¿Cual será la postura a adoptar por el tabasqueño una vez desahogada la etapa de la impugnación?  ¿Bajará los brazos para retirarse a la comodidad de su hogar? Si esto último se da, ¿quién encausara a los indignados para que liberen enojo y frustración? Eh ahí la interrogante.

Paradójico. Los hoy detractores de López Obrador serán los primeros en pedir su permanencia. El que abandone la lucha dejando a su libre albedrío a la movilización social, no es aceptable para la gente bonita, demasiado riesgo para un país en vísperas del cambio de estafeta presidencial. La oposición creciente a la toma de posesión de Peña Nieto, sin liderazgo claro que le encauce, eso si es un peligro para México y, también “para todos”, parafraseando al amanuense veracruzano  Rafael Martínez  Zaleta.

Difícil disyuntiva para el PRI y su candidato. La dirigencia nacional no encuentra respuestas válidas frente a la protesta popular. Si afloja pierde, si resiste llevando las cosas hasta sus últimas consecuencias, imponiendo a Peña Nieto contra la voluntad popular, pierde. De una u otra forma pagará las facturas acumuladas a lo largo del amañado proceso. Mató a la esperanza y el pueblo se lo cobrará puntualmente.

Difícil también la disyuntiva para Andrés Manuel, si la autoridad electoral falla en su contra.

Y para el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, ni se diga.

¿Por quién entonces doblarán las campanas el primero de diciembre?

Hojas que se lleva el viento

La defensa de Peña Nieto en Yucatán es prácticamente nula. El PRI en el estado cumplió su parte en la elección presidencial y enfoca todas sus baterías a la campaña post electoral de Rolando Zapata, gobernador electo, quien recorre el estado sin descanso agradeciendo el apoyo popular que en las urnas le ofrendaran los electores. El alcalde electo de Mérida, de extracción panista, calladito se ve más bonito.

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J. Enrique Olivera Arce

Flaco favor que Uriel Flores Aguayo, diputado federal electo, pretende hacer a López Obrador al calificarle como un político “antisistema”. Como si los ataques de los detractores del tabasqueño no fueran suficientes. Lo he señalado, a mi juicio Andrés Manuel es un hombre bien intencionado, pertinaz, con visión de futuro y cercano  a la gente, pero ideológica y políticamente no deja de ser simplemente un reformista progresista formado en las filas de un partido hegemónico que gobernó a México por más de 70 años  y, por cierto, menos radical que otros líderes sociales latinoamericanos. Podrá estar en contra del régimen político caduco prevaleciente en México, pero no del sistema económico y social dominante.

Como muchos, no ve con buenos ojos al proyecto neoliberal que impuesto tardíamente a México, ha frenado crecimiento económico y justicia social, pero no puede considerársele como enemigo cazado del capitalismo sistémico.

Parafraseando al ex presidente López Mateos, en el contexto de la vida política nacional  es un “revolucionario dentro de la Constitución”. Asta ahí. No queramos pedirle peras al olmo o hacerle el caldo gordo a quienes califican a López Obrador como un peligro para México, o “para todos”, como afirmara en reciente artículo periodístico Rafael Martínez Zaleta, conocido amanuense veracruzano al servicio del mejor postor.

Vale también señalar que nuestro buen amigo Uriel Flores Aguayo sobredimensiona al PRD en Veracruz y, específicamente en Xalapa, apoyándose en la votación que el aspirante a la presidencia de la república y él mismo, obtuvieran en el Distrito “Xalapa urbano”. Los sufragios a favor de Andrés Manuel los ganó éste por méritos propios y el trabajo pie a tierra de sus seguidores, y no gracias a un cuestionado PRD, sino a pesar de este instituto político en Veracruz. A su vez, los xalapeños favorecieron a Uriel por ser la opción menos peor de entre tres candidatos que le quedan chicos a la problemática que acusa la capital veracruzana.

No nos engañemos, Uriel compitió contra un priísta repudiado por la ciudadanía y por amplios sectores de su propio partido, corrupto, oportunista, acomodaticio y mentiroso, así como contra una respetable dama panista que habiendo aterrizado de última hora en Xalapa, resulta del todo desconocida para los xalapeños. Si una vaca hubiera sido nominada para la candidatura a la diputación federal por el Distrito 10 (Xalapa urbano), frente a los aspirantes del PRI y de Acción Nacional, hubiera ganado, como lo afirmara el propio Uriel Flores Aguayo.

Si como se dice, el diputado federal electo pretende ser nominado por el PRD como candidato a la alcaldía de Xalapa, asumiéndose como uno más de los  políticos “chapulines” que tanto ha criticado, tendría que poner los pies sobre la tierra y valorar las razones últimas de su triunfo en la reciente elección. De no hacerlo sería más que anunciado su fracaso en un nuevo intento por gobernar a la ciudad capital.

El PRD goza de merecido repudio en Xalapa. Tanto o más que el PRI. Su reiterado protagonismo en pleitos internos, fragmentado en tantas tribus como seudo dirigentes tiene, sin calidad moral y política para hablar de honestidad, transparencia, unidad y congruencia, ha sido objeto de crítica aún por el propio Flores Aguayo, quien se ha manifestado en todo tiempo opositor a la corriente de “los chuchos” que a nivel nacional administran la franquicia. Postura que le distingue y le honra, pero que no es suficiente para ganar la alcaldía bajo el supuesto de que el perredismo veracruzano por así convenir a sus intereses le postulara. Cuenta más en el ánimo de los xalapeños la pésima imagen del PRD que las virtudes del ahora diputado electo.

En todos lados se cuecen habas, no puede ni debe olvidarse que el PRD en Jalisco favoreció al PRI en contra de López Obrador. La falta de consistencia y lealtad política es un síndrome que arrastra dicho instituto político en todo el país. La capital veracruzana no es la excepción.

Hojas que se lleva el viento

En Veracruz cuando no hay elecciones, hay elecciones. La contienda federal aún no concluye y ya la clase política se prepara para la elección de alcaldes de cuatro años y diputados locales. La grilla y los acomodos ya iniciaron a lo largo y ancho del territorio veracruzano preparándose el terreno para lo que viene en noviembre próximo. Para infortunio de los veracruzanos, el gobierno estatal se involucra activamente a favor del PRI, por lo que es de esperarse que la administración duartista distrayéndose de su función nos siga dando atole con el dedo en lo que resta del año y primeros meses del próximo. Si es que para entonces Duarte de Ochoa sigue siendo el primer priísta de Veracruz.

Si partimos de una nueva correlación de fuerzas en el estado, en la que tanto el PAN como la oposición de las llamadas izquierdas tienen acotado al PRI, el proceso electoral local será de pronóstico reservado, con muy pobres esperanzas para los candidatos del tricolor.

Por cierto, Duarte de Ochoa no confía más en sus correligionarios del tricolor. Sorpresivamente designó a Enrique Ampudia Mello como subsecretario de gobierno. Panista muy cercano a Miguel Ángel Yunes Linares, enemigo jurado de Fidel Herrera. El “sospechosismo” no espera, con esta designación se confirma que el gobernador veracruzano pactó en lo oscurito con Calderón Hinojosa para allanarle el camino a Josefina, se dice. ¿A cambio de qué? ¿Deslindarse del tío Fide?

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J. Enrique Olivera Arce

Ante el reiterado menosprecio del PRI para con millones de votantes, al ignorar el desacuerdo de éstos con un proceso electoral que se percibe inequitativo y amañado, afirmando que López Obrador es el único responsable del ríspido clima postelectoral “demostrando una vez más ser un mal perdedor” al impugnar la elección, considero lo siguiente.

Partiendo de la premisa de que el pueblo de México habla a favor de un proceso pacífico de cambio, no debemos olvidar, lo reitero, de que López Obrador como abanderado de una difusa izquierda electoral, aceptó jugar en la cancha y bajo las reglas y prácticas antidemocráticas de un régimen político  bajo el control de los poderes fácticos y la partidocracia que a ellos sirve. El resultado no debe sorprender a nadie, simplemente el político tabasqueño y sus seguidores obtuvimos lo que de antemano era de esperarse y, algo más, que es en lo que debería estarse poniendo énfasis con talante crítico y autocrítico:

La sorprendente participación ciudadana antes, durante y después de la elección del primero de julio venció al abstencionismo y, pese a presuntas amenazas de inseguridad, sin distingo de preferencia electoral salio a la calle confirmando su deseo y convicción de que el único camino para avanzar en la transformación del país es por la vía pacífica.

La opción electoral por el cambio verdadero movilizó a más de 15 millones de mexicanos que, en las urnas, expresaron con su voto conciencia, voluntad, y compromiso, para explorar en el terreno de la izquierda el camino para avanzar en la construcción de ciudadanía y democracia. La organización desde abajo mediante la acción consecuente del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) no debe ser ignorada y sí valorada como una auténtica corriente, con peso propio en la nueva correlación de fuerzas políticas en el país.

La asombrosa irrupción no esperada de la juventud estudiosa en la vida política del país, exigiendo con visión de futuro oxigenar la institucionalidad republicana. Su protesta trasciende un coyuntural rechazo a Enrique Peña Nieto y lo que este representa, para ubicarse como un movimiento social incluyente y plural de largo aliento.

La obsolescencia de un régimen político caduco y corrupto en el que los partidos políticos ni cumplen con su cometido social ni representan con legitimidad los intereses de las mayorías. Siendo un estorbo a librar en las tareas de democratización del país.

El instrumento árbitro de la contienda, presuntamente ciudadanizado, dejó de cumplir con su cometido, manifestándose omiso frente a evidentes irregularidades en el proceso electoral.

Son más los ciudadanos que votaran en contra del abanderado de la dupla PRI-PVEM, que los que se expresaran a favor del mexiquense. La suma de los votos a favor de Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador, deslegitima y da pie al autoritarismo sectario de capilla de un por ahora virtual presidente electo, que intentará gobernar con una base social de apoyo minoritaria.

El fortalecimiento de la izquierda social como expresión y opción política con visión de largo plazo, minimizó corrupción y oportunismo de liderazgos tribales en la coyuntura electoral, manifestándose como la auténtica segunda fuerza política en México. Este fenómeno no se puede echar en saco debiéndosele insertar en el contexto de la búsqueda de la democracia participativa.

El indiscutible liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, quien pese a los obstáculos que le siembran propios y ajenos despierta, alimenta y mantiene esperanza y voluntad de cambio en amplios sectores de la población. Liderazgo que no puede ni debe desecharse por razones electoreras de coyuntura en un largo camino aún por recorrer en la búsqueda de la transformación del país.

Todo ello en un escenario nacional en el que se confirma la persistencia de la desigualdad y pobreza que, en México, limita la libre y consciente expresión política en el ámbito de la vida cotidiana de más de 50 millones de compatriotas. Distorsionando y vulnerando los principios de la democracia representativa consignados en la Carta Magna. De persistir tales fenómenos estructurales, a los que se le suma la corrupción y la impunidad que vulneran el estado de derecho, no es viable para el futuro cercano la ruta electoral para avanzar en el largo y azaroso camino de la democratización del país.

Si en la coyuntura electoral el resultado fue el esperado, acotado como está por una partidocracia que responde a intereses espurios y una legislación que ya no responde a la nueva realidad de México, para el largo plazo sin embargo el balance es positivo. Se pierde una batalla pero no la guerra, diría el clásico. La lucha de la izquierda social continúa y se debería exigir a sí misma su profundización, fortaleciendo participación y organización, por lo que no debe caber  ni frustración ni vanas lamentaciones, cuando queda mucho por hacer.

En este marco de referencia, a mi juicio el sedicente virtual presidente electo no sabe que terreno pisa cuando exige, secundado por no pocos medios de comunicación, “no polarizar a México”, como si bastara su discurso autoritario para desarmar a un movimiento social y político dispuesto a seguir adelante. Lamentable sí pero la polarización es inevitable, Enrique Peña Nieto, las prácticas antidemocráticas del PRI y los candados impuestos por la partidocracia, son los responsables. No tienen calidad moral y política ni credibilidad para, pretendiendo tapar el sol con un dedo, mandar a parar lo que ellos iniciaran. La fuerza de los pocos no es suficiente para frenar indignación y protesta. Los muchos desde abajo saben de su fuerza y es de esperarse que la ejerzan pacifica y consecuentemente.

Lo deseable para el bien de México no se dio en el proceso electoral que aún no culmina. Autoritarismo, corrupción e imposición vulneraron la mejor intención de los sufragantes. La voluntad popular fue burlada una vez más. Sin embargo el intento valió la pena, la ciudadanía abrió los ojos y ha tomado la iniciativa haciendo valer su voz. .- Playa del Carmen, Q. Roo., Julio 13 de 2012

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J. Enrique Olivera Arce

2012 quedará señalado en la historia de México como el año de la miseria moral de un régimen político caduco y corrupto que marcha de espaldas a la historia.

El cómputo distrital de la elección confirma el triunfo de Enrique Peña Nieto en la elección presidencial.  Ello debería bastar para dar vuelta a la página. No obstante y con la salvedad de que aún falta solventar la etapa de impugnaciones para que se le expida constancia de mayoría al mexiquense, son más los que protestan que los que festejan, percibiéndose un clima de incertidumbre igual o más complejo que el que se viviera en el 2006 con el apretado triunfo de Calderón Hinojosa avalado por el PRI.

Dimes y diretes van y vienen,  más sin embargo las evidencias confirman en el imaginario popular la sospecha si no de un fraude, cuando menos de un proceso electoral carente de pulcritud y apego a la norma legal, que deja a la ciudadanía un amargo sabor de boca,  abriéndose la puerta a conflictivos sucesos post electorales.

Las reglas del juego son claras, en la guerra como en el amor todo se vale, cuanto más en nuestra incipiente democracia tan afanosamente vulnerada. Este es el mensaje que el régimen político prevaleciente nos trasmite conforme se van acumulando elementos probatorios de que, si no legalmente aceptados si hablan de un burdo escamoteo  más de la voluntad ciudadana, así como de un evidente desprecio a la inteligencia de la mayoría de los mexicanos.

A estas alturas ya no es creíble para nadie que la elección del pasado domingo primero de julio fuera la más limpia y transparente de la historia, como afirma el Instituto Federal Electoral (IFE). Tampoco son creíbles los resultados de los comicios.

La duda supera a la legalidad y certeza de la elección, así como al exceso de triunfalismo anticipado de Enrique Peña Nieto y los partidos que le postularan como candidato a la presidencia de la república. Se exacerba la desconfianza y enojo en millones que confiaran en la fuerza del voto como instrumento de cambio. El sospechosismo tiende a generalizarse poniéndose en duda la legitimidad del proceso electoral y, de paso, a la actuación del “arbitro” de la contienda.

En la democracia a la mexicana de hoy se gana o se pierde por un voto, aun cuando el ganador de la contienda no alcance el 50 % más uno del total de los sufragios emitidos. En eso se está de acuerdo, no hay de otra, más no en que se gane a la mala, reviviéndose las viejas prácticas antidemocráticas presuntamente superadas.

“El PRI nunca pierde y, cuando pierde arrebata”, se decía en mis años mozos. Hoy, ostensiblemente perdió y arrebató con la connivencia de la mayoría de los gobernadores priístas y el disimulo del IFE. Siendo paradigmática la masiva compra de votos. No pasó nada, la impunidad se impuso venciendo a la buena fe de un electorado que hoy rumia su impotencia e indignación.

El triunfo del abanderado priísta es irreversible. Así debemos entenderlo conforme a derecho. La anulación de una elección presidencial en México no se concibe. Habría que preguntarse entonces si para el imaginario popular frente a un triunfo mal habido, lo es también dejar atrás rechazo, frustración e indignación  Si conforme a las reglas del juego electoral para el IFE y el TRIFE el triunfo de Peña Nieto es legal, para la ciudadanía una vez más como en el 2006 la elección se juzga  ilegítima y espuria.

Ganó México, rezan anuncios espectaculares sembrados por el PRI en todo el territorio nacional. Para la gran mayoría de los ciudadanos, por el contrario,  una vez más pierde la institucionalidad republicana. Lejos de avanzar en la construcción de una auténtica democracia representativa, la elección del pasado domingo anuncia singular retroceso. México pierde al iniciarse una nueva etapa de polarización maniquea y desencuentros entre diferentes, de la que no se puede culpar al candidato de las llamadas izquierdas; el partido tricolor y su verde satélite presuntamente ecologista, arrebataron sin decoro alguno. A estos la ciudadanía juzga como responsables al darse por burlada con el “madruguete”, avalado por la mayoría de los medios de comunicación y la propia primera autoridad del país.

¿Quién parará la ola de indignación que anima a una mayoría respetable de ciudadanos a lo largo y ancho del país?. Si la primera autoridad ya antes del cómputo oficial diera por sentado que se tenía un ganador en la persona de Enrique Peña Nieto. Si Calderón Hinojosa perdió su oportunidad de amansar las aguas hoy revueltas, quién o que autoridad dará cauce al justificado enojo. Eh ahí la incógnita que se percibe en el aire. Las marchas de protesta crecen y se multiplican con el riesgo de radicalizarse, no hay consenso nacional en torno a los resultados evidentemente ilegítimos. Peña Nieto asumiéndose ya como presidente electo y los partidos que le postularan permitiéndolo, ocupan lugar prominente en el banquillo de los acusados. No pueden ser juez y parte para acallar la protesta.

México salió perdiendo no porque López Obrador y su movimiento ciudadano sean los derrotados. Ya sabrán estos levantarse de entre las cenizas.

A diferencia de elecciones anteriores la participación ciudadana en las urnas alcanzó más del 65 por ciento del padrón electoral. La participación de un  electorado confiado en la fuerza de su voto venció al abstencionismo pero, justo es decirlo, terminó perdiendo una vez más frente a la corrupción y  criminal prostitución de conciencias y voluntades entre aquellos que menos tienen. La inducción perversa y la compra masiva del voto, quedarán impunes como marca indeleble de lo que para la democracia pudo haber sido y no fue.

Hojas que se lleva el viento

En nuestra próspera aldea del aquí no pasa nada, para algunos que desde el closet no movieron un dedo a favor de López Obrador, hoy se lamentan y juzgan como equívoca su candidatura responsabilizando de la derrota de las sedicentes izquierdas al político tabasqueño. Hubiera sido diferente con Marcelo Ebrard como candidato, dicen. A estos les digo: Si el PRI hubiera postulado a Manlio Fabio Beltrones, otro gallo cantaría a los tricolores. Parafraseando al escritor Rafael Junquera Maldonado, si el presente también es pasado, este no deja de ser un pasado que no tiene regreso. Lo hecho, hecho está y eso es lo que cuenta aunque las apariencias digan lo contrario.

En mi tránsito hacia el sureste,  pude observar ostentosos espectaculares del PRI con la leyenda “Ganó Veracruz”. Curioso consuelo en una entidad federativa en la que los números oficiales del IFE apuntan que en la elección presidencial los veracruzanos dieron el triunfo en las urnas a la candidata del PAN. Entendible, no hay que olvidar que el primer priísta de Veracruz, el que manda, dicen, no alcanza a ver más allá de su ombligo; entretenido como está jugando su propia batalla virtual en el Nintendo no se enteró que en su ciudad natal ganó Josefina

Arribo a Yucatán, entidad en la que la política  se cocina diferente guardándose una prudente distancia con la federación, encontrándome a un pueblo en su mayoría satisfecho con los resultados electorales locales. Con el voto diferenciado ganó el PRI la gubernatura y el PAN la alcaldía de Mérida, ciudad de la paz que con sus municipios conurbados aloja aproximadamente al 50% de la población yucateca. Habrá un sano equilibrio político-administrativo con beneficios en lo económico y social para todos, me aseguran.-  Mérida, Yuc., Julio 7 del 2012.

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J. Enrique Olivera Arce

“Señor, si me quitas el éxito déjame fuerza para triunfar del fracaso”: Mahatma Gandi

¡¡Te lo dije!! Me escribe un buen amigo, advirtiendo que “si Ebrard hubiera sido el candidato de las llamadas izquierdas, Peña Nieto no gana la elección”.

El hubiera no existe en política. El candidato fue Andrés Manuel y a ello debemos atenernos. Sin embargo la expresión de mi amigo da tema para la reflexión en torno a una situación que me llamara poderosamente la atención y que dejara asentado en mi artículo publicado el 22 de abril bajo el título “Andrés Manuel baila con las más feas. No hay de otra”. El político tabasqueño ha sido postulado por la coalición integrada por el PRD y las morrallas denominadas Partido del Trabajo y Movimiento ciudadano. Institutos electorales que en el marco de una partidocracia rampante y un régimen político obsoleto y corrupto, carecen de autoridad ideológica, moral y política para ser considerados como de izquierda. Una y otra vez señalé que estos partidos políticos más que aportar a la campaña electoral de López Obrador, constituían una pesada loza sobre las espaldas del candidato presidencial.

López Obrador superó los 15 millones de votos legítimos a pesar de, y no por el trabajo político desarrollado por la cúpula partidista de la Coalición “Movimiento Progresista”. Los candidatos al Senado y Cámara baja en su gran mayoría cartuchos quemados impopulares impuestos por “los chuchos” de ello dan constancia. El resultado aún en trámite de la elección confirma tal percepción.

Se jugo en la cancha de la partidocracia conforme a sus reglas y sus prácticas antidemocráticas. Luego nadie puede darse por sorprendido ante la cada vez mayor evidencia de escamoteos de la voluntad popular a lo largo y ancho del país. No obstante, gracias al Movimiento de Regeneración Nacional, “Morena”, en el que participan millones de ciudadanos convencidos de la necesidad de un cambio verdadero, irregularidades aparte de un proceso electoral inequitativo y amañado, Andrés Manuel llegó hasta donde le permitieron llegar. Hoy la decisión final y el futuro de México está en manos del “arbitro” y del Tribunal Federal Electoral, así es el juego. Los partidos postulantes de la llamada izquierda electoral ganan perdiendo.

“Morena”  trabajó intensamente a ras del suelo, en la calle, en las aulas, en el taller, en el surco, en el hogar, siempre confiando con voluntad de triunfo en el liderazgo del político tabasqueño. Jóvenes y no tan jóvenes se pusieron la camiseta y, contra la corriente y contra la estructura partidista de la coalición dominada por las tribus perredistas y sus corruptas y oportunistas dirigencias, sacaron adelante la campaña presidencial. De eso no tengo la menor duda.

Andrés Manuel cometió errores, no se puede negar. Pero así como se equivocó confiando en las estructuras partidistas coaligadas, fue certero al sustentar su campaña en “Morena”. Fue la ciudadanía organizada y movilizada la que le impulsó para cuesta arriba dejar atrás a Josefina Vázquez Mota y alcanzar a Peña Nieto. Con este impulso López Obrador gana en su propósito democratizador al lograr movilizar a más de 15 millones de mexicanos en pos de la esperanza democrática. La ciudadanía salió a la calle y con su voto manifestó su voluntad de cambio. Si hoy se pierde la elección, no fue en vano. La ciudadanía con su participación activa gano terreno y experiencia en la búsqueda de un camino más amplio para avanzar el  rescate de la voluntad popular, hoy secuestrada por la partidocracia y los poderes fácticos.

La construcción de la anhelada democracia transita por un largo camino de aciertos y errores, triunfos y derrotas. Los resultados no se alcanzan en meses o años sino en períodos históricos. Pero cada paso dado fortalece a quienes lo emprenden. Estoy seguro de que la experiencia vivida por la ciudadanía movilizada en este proceso electoral, pesará más en la vida política de México que el triunfo mismo de las llamadas izquierdas. Un importante segmento de la sociedad ha dicho basta y encontró el camino para avanzar participando consecuentemente.  Esto es un logro a mi juicio histórico. No cabe la frustración ni el desanimo, se dio el primer paso y eso es lo que cuenta. Lo que sigue para la izquierda consecuente es la autocrítica y sacar las conclusiones pertinentes para seguir marchando a paso firme y con la frente en alto.

Si Peña Nieto de ser ungido como presidente quiere gobernar, lo tendrá que hacer no en el vacío con el indignante y lastimero voto comprado. Más temprano que tarde tendrá que recurrir a la ciudadanía movilizada. En ella está el que se avance o se retroceda en la construcción del futuro de México.

Hojas que se lleva el viento

En nuestra próspera aldea jarocha siempre sí la elección presidencial, de acuerdo a los resultados preliminares (PREP), se fue a tercios. El triunfalismo priísta se vino abajo y el cacaraqueado triunfo por parte de su dirigente estatal, Erik Lagos fue pírrico. La dupla PRI-PVEM obtuvo un total de 1, 180,147 votos contra 1, 179,327 del PAN. Por su parte Movimiento progresista 1, 1012,818 sufragios. Así, Peña Nieto obtuvo menos votos en Veracruz que los obtenidos por Javier Duarte de Ochoa como candidato a la gubernatura. No cabe duda de que hizo falta el alquimista Fidel Herrera Beltrán para cumplirle satisfactoriamente al mexiquense de acuerdo a lo ofrecido.- Xalapa, Ver., Julio 4 de 2012

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Andrés Manuel López Obrador afirmó que todavía no está dicha la última palabra. Y en efecto, así es. El Programa Preliminar de Resultados tiene carácter informativo pero no legal. Será cuando el IFE y el TRIFE tras completado el cómputo declaren formalmente el resultado de la elección presidencial y no antes, cuando se tenga un ganador. Cuando ese momento llegue entonces sí partidos y candidatos de conformidad con la legislación de la materia podrán aceptar el resultado o impugnarlo. Respetar tiempos y procedimientos es cumplir con la ley, el pacto de civilidad signado por los presidenciables a ello obliga.

De acuerdo a lo interior, mi optimismo se derrumbó. En mi artículo anterior escrito la tarde del domingo, señalaba que partía de un optimista supuesto de que en esta ocasión al pueblo de México no se le ha escamoteado una vez más su voluntad ciudadana. Mi optimismo se derrumbó por la noche de ese mismo día cuando el Consejero Presidente del IFE,  basado en las encuestas de salida  y apenas iniciado el Programa de Resultados electorales previos (PREP), anunciara que ya se tenía un ganador de la contienda, siendo  avalado instantes después por Felipe Calderón en Cadena Nacional.

La sospecha de un plan preconcebido para impedir una vez más el arribo de las llamadas izquierdas a Los Pinos se impuso por sobre mis buenos deseos. Amor con amor se paga, si el PRI avalara el triunfo de Calderón Hinojosa en el 2006, hoy éste avala el presunto triunfo de Enrique Peña Nieto. Sospecha sembrada a lo largo del proceso, abonada desde la presidencia de la República y exacerbada con el imponente despliegue mediático que da por hecho el que México cuente ya con presidente electo.

Sospecha que en tierra fértil ya hace suya importante sector del electorado, estimando que nuevamente la voluntad popular ha sido burlada. Percibiéndose el dejavú de un círculo perverso que nos regresa al pasado.

Pero no anticipemos vísperas. Ni festín ni enojo, como en el futbol, esto no se acaba hasta que se acaba y obligados estamos, sin mediar pacto de civilidad alguno, a respetar lo dispuesto por la ley. Partidos y candidatos si así lo juzgan conveniente, habrán de recurrir a las impugnaciones y, resueltas estas, entonces se dará el resultado final de la elección. Nada se gana con dejarse llevar por la euforia o la indignación dando por hecho lo que aún está pendiente de resolverse.

Una vez que el triunfador de la contienda sea declarado presidente electo de México, entonces chueco o derecho, haiga sido como haiga sido, el resultado será oficial y, al que no le guste que se aguante, pues por muy incipiente que sea nuestra democracia, en ella se gana o se pierde.

Me mantengo en lo dicho es en lo concerniente a las tareas y retos para gobernantes y gobernados: “Los tiempos para dejar hacer dejar pasar, se agotaron. Una nueva sociedad, más informada y participativa se ha manifestado en tal sentido a lo largo del último tercio del proceso electoral, poniendo en jaque a la partidocracia. O se avanza en la democratización del país u ominosos nubarrones de tormenta ensombrecerán el horizonte futuro de México”.

Sea quien fuere el uncido como presidente electo, su tarea inmediata debería ser el  recuperar confianza en el estado de derecho, construir la urgente y necesaria unidad nacional y asumir un liderazgo auténtico que con la participación y concurso de todos, impulse los cambios que el país exige para salir avante. Si este propósito no se emprende con visión de Estado y voluntad política, México seguirá empantanado en la espiral de violencia y corrupción que hoy nos tiene postrados de rodillas.- Xalapa, Ver., Julio 3 de 2012.

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Chueco o derecho el proceso electoral 2012 concluyó hoy domingo para los ciudadanos de a pie. En el terreno de la institucionalidad democrática el balón ya está en manos del IFE y, en su caso, en el Tribunal Federal Electoral. Con el sufragio la ciudadanía refrendó su decisión de transitar por el camino electoral en la búsqueda incesante por alcanzar mejores condiciones de vida y bienestar. Toca ahora a la autoridad hacer valer la voluntad popular, computar con transparencia y pulcritud el sufragio emitido y dar a conocer los resultados de lo que ya se considera el proceso electoral más competido  así como oneroso de la historia de México por el enorme e innecesario despilfarro de recursos del contribuyente. Así que a otra cosa mariposa.

Quien resulte triunfador en la contienda ya deberá saber por descontado que gobernará a un México diferente. No es el de 2006 y, ni siquiera el del primero de enero del 2012. La sociedad dio un vuelco, encontrando la ciudadanía en el proceso electoral la oportunidad de participar intensamente en la vida pública del país, manifestando lo mismo voluntad de cambio que cuestionando a un régimen político ya caduco e inoperante que ha dejado de ser referente para una sana y civilizada convivencia entre diferentes.

Con más de 110 millones de habitantes en el territorio nacional, México arrastra rezagos estructurales que ya no se pueden ni ocultar ni minimizar. Quien se haga cargo de la titularidad del Poder Ejecutivo Federal, tendrá que afrontar la tarea de impulsar el abatimiento de la desigualdad, pobreza y corrupción que el país demanda tanto para crecer en lo económico, como para con justicia y equidad dar sustentabilidad al desarrollo humano en todos los órdenes de la vida nacional. Tarea que de acuerdo a la experiencia ya no puede soportarse con programas asistencialistas que distorsionando la fábrica productiva del país posponen y agravan desigualdad y pobreza.

Los tiempos para dejar hacer dejar pasar, se agotaron. Una nueva sociedad, más informada y participativa se ha manifestado en tal sentido a lo largo del último tercio del proceso electoral, poniendo en jaque a la partidocracia. O se avanza en la democratización del país u ominosos nubarrones de tormenta ensombrecerán el horizonte futuro de México. Con la irrupción de los jóvenes en la vida política del país, talante crítico y talento propositivo marcan un nuevo derrotero para la sociedad en su conjunto. Quién resulte triunfador en la contienda electoral deberá así visualizarlo interpretando el sentir de las mayorías y actuando en consecuencia. No más gatopardismo ni acuerdos cupulares lesivos al interés nacional.

Quiero partir de un optimista supuesto de que en esta ocasión al pueblo de México no se le ha escamoteado una vez más su voluntad ciudadana como lo indican ya múltiples indicios a lo largo y ancho del país. Éste ya ha hablado en las urnas y “haiga sido como haiga sido”, sea cual fuere el resultado de la elección ésta debe respetarse por tirios y troyanos. Ni vencedores ni vencidos que polaricen la vida nacional en una circunstancia coyuntural en la que el país demanda unidad y a su búsqueda debemos comprometernos todos. Sólo con unidad de propósitos y esfuerzos se abonará al camino del fortalecimiento de la vida en democracia en el largo camino de la construcción del desarrollo. Lograrla es la tarea primaria de quien habrá de gobernarnos.

Sin liderazgo político el país seguirá sumido en el atraso, inseguridad y desconcierto. Quién resulte ganador de la elección deberá legitimarse con inteligencia y voluntad política para asumirlo, proponiéndose de palabra y en los hechos gobernar para todos como lo exige un Estado nación tan plural como desigual, manifestándose en todo tiempo como fiel intérprete de la voluntad ciudadana. No más simulación,  no más exclusión,  frente al cáncer de la corrupción e impunidad al toro por los cuernos.

Nada facil la tarea ni posibilidad alguna de que esta ofrezca resultados en el corto plazo. Si el horizonte en el mediano y largo plazo es de sí difuso ante la ausencia de un proyecto de Nación consensuado por las mayorías, en la coyuntura, con la permanente amenaza de la violencia criminal y una estructura social y política enferma hasta el tuétano de corrupción, impunidad y cinismo extremo, el transformar a México ni es facil ni es viable para quien habrá de gobernarnos, si este no se hace acompañar del concurso de todos.

Lograr en el corto plazo tal concurso es a mi juicio el primer reto para el próximo presidente de la República. Conjugar lo deseable con lo posible a partir de lo disponible como reza el principio sustantivo de todo proceso de planificación, es el camino. No se puede transformar la realidad del México de hoy sin entenderla integralmente poniendo en la balanza de las disponibilidades, fortalezas y debilidades del Estado-Nación para afrontar el reto con realismo. Promesas y propuestas de campaña han quedado atrás perdidas entre parafernalia y hueco discurso, hoy toca poner los pies sobre la tierra y reconocer que el mosaico nacional supera a la más lúcida imaginación. Una cosa es lo deseable y otra, muy lejana es lo posible y así debe ser entendido por la sociedad toda.

Convencer con la razón por delante al pueblo de México de la necesidad de construir lo posible para avanzar en el largo camino que conduce a lo deseable, ganándose la confianza y voluntad ciudadana, es reto y tarea para lo inmediato. En el logro de la unidad de propósitos y esfuerzo compartido, descansará la legitimidad de quien habrá de gobernarnos. Sin la participación consecuente de la ciudadanía en el marco de una democracia participativa de hecho más que de derecho, el gobernante bordará en el vacío, con el riesgo que ello implica en la compleja coyuntura presente.

Los resultados comiciales definitivos se sabrán en fecha próxima y con ello, el inicio de una nueva etapa. Hagamos nuestros mejores votos de que esta sea para bien de México; que nuestro compromiso individual y colectivo solidariamente sea de intenso trabajo compartido. La esperanza muere al último, no anticipemos su deceso. Xalapa, Ver., Julio 1 de 2012

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La Jornada / Editorial

02/07/2012

El proceso electoral que habría debido culminar ayer con resultados confiables y un ganador inobjetable de la contienda presidencial se encuentra, en cambio, en un preocupante compás de espera y se ha visto contaminado por malas conductas institucionales, civiles y mediáticas.

De entrada, la elección fue precedida por una parcialidad tan pronunciada de los medios –especialmente, de los electrónicos–, que derivó en la fabricación de una candidatura presidencial con base en el desmesurado poder de la pantalla televisiva sobre la opinión pública. Tal proceso no se limitó a la aplicación, para efectos políticos, de la mercadotecnia y la publicidad comercial tradicionales, sino incluyó campañas de descalificación y distorsión contra eventuales competidores del aspirante priísta, así como una manifiesta inequidad informativa muy semejante a un bloqueo. Otra vertiente de esa construcción de la candidatura de Enrique Peña Nieto fue la elaboración de cientos o miles de encuestas a todas luces divorciadas de la realidad.

Ya en la fase de las campañas electorales propiamente dichas, el Partido Revolucionario Institucional recurrió a su arsenal de maniobras tradicionales de manipulación y distorsión electoral: la compra y coacción de votos, el amedrentamiento y la agresión a simpatizantes de otros institutos y fórmulas políticas, así como un derroche aplastante de dinero en publicidad, logística y reparto de bienes o efectivo a cambio de voluntades ciudadanas. Ante tales prácticas indeseables y delictivas, tanto el Instituto Federal Electoral (IFE) como el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) se comportaron con una tolerancia cercana a la omisión de sus facultades y obligaciones legales.

En la jornada del domingo proliferaron las denuncias de irregularidades –las más reiteradas se refirieron a la compra de votos, pero también las hubo por robos con violencia de urnas, así como por agresiones contra ciudadanos de fórmulas distintas a la que encabeza Peña Nieto y por manipulación indebida de papelería electoral por presuntos operadores priístas–; sin embargo, tanto los altos funcionarios electorales y judiciales como los portavoces de los medios informativos se empeñaron en retratar unos comicios limpios y apacibles.

Sin ser una cosa ni la otra, la elección tuvo, empero, una notable virtud: la alta participación ciudadana y el resurgimiento de un interés cívico que restableció el vínculo con las urnas –y con la política en general– de grandes sectores de la ciudadanía. La expresión más notable de ese fenómeno positivo es el surgimiento –al calor de las campañas– del movimiento estudiantil y juvenil #YoSoy132, el cual tuvo por elemento articulador un vasto malestar ante las miserias de un régimen político en el que participan, sin atribuciones legales, poderes fácticos como el de los medios electrónicos y, a estas alturas, de las casas encuestadoras que parecen más preocupadas por inducir tendencias electorales que por retratarlas.

Al fin de la jornada, cuando el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) llevaba computadas menos de 10 por ciento de las casillas, el presidente del IFE, Leonardo Valdés Zurita, salió a anunciar en cadena nacional los resultados de un sondeo rápido que difieren notablemente de los números del PREP, pero que convergen con los de las encuestas más impugnadas por la opinión pública. Inmediatamente después, el aún titular del Ejecutivo federal, Felipe Calderón, hizo uso del enlace nacional para proclamar el triunfo de Peña Nieto. Todo ello con el telón de fondo de medios informativos que no vacilaron en proclamar vencedor al aspirante priísta, el cual, posteriormente, pronunció un discurso de presidente electo, sin serlo.

Estos desfiguros institucionales e informativos resultan lamentables en la medida en que vician el proceso electoral e introducen en él factores de incertidumbre y hasta de sospecha. En un escenario competido, en efecto, proclamar ganadores cuando no se tienen resultados constituye una temeridad y puede dañar de manera irreparable a la elección en su conjunto.

Por su parte, el candidato presidencial de las izquierdas anunció que esperaría al recuento total de los votos para asumir una posición y llamó a la calma y a la civilidad a sus seguidores. No podrá achacársele, en consecuencia, la paternidad de una incertidumbre electoral que se gestó, en cambio, en el sistemático manipuleo televisivo, en la sostenida intromisión de la administración calderonista, en la pusilanimidad de las autoridades electorales y en la aplicación de las tradicionales malas artes comiciales del Revolucionario Institucional.

Lo cierto es que se ha vuelto a colocar al país en un escenario de falta de credibilidad que podría derivar en circunstancias ingobernables o en seis años más de un gobierno privado de legitimidad. Cabe esperar que ninguna de esas perspectivas se concrete y que, por el contrario, el cómputo total de los sufragios y la rápida resolución de las impugnaciones dé certeza sobre el sentido del veredicto popular emitido ayer en las urnas.

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