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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

En nuestra incipiente e imperfecta democracia, para una gran mayoría ésta se materializa con un acto meramente protocolario, como es el sufragar cada vez que se convoca a elecciones locales o federales. Una vez cumplimentado esto en las urnas, se le da curso legal, medianamente se legitima con el ritual acostumbrado y el ciudadano, tras el deber cumplido, retorna a su vida cotidiana, dejando hacer, dejando pasar. Ahí concluye el carácter democrático de un Estado-Nación más que fallido en sus alcances plasmados en una parchada e inoperante Carta Magna y las leyes que de ella emanan.

 Un presunto estado de derecho cada vez más cuestionado, no por los mexicanos sino por la terca realidad, se encarga con el auxilio del sistema educativo y de los medios de comunicación de que la simulación sea aceptada como lo que entendemos como democracia.

Acotada así, nuestra democracia es tomada por la clase política y los poderes fácticos que representa  para, en su nombre, secuestrar la voluntad ciudadana, mantener el statu quo y reciclar todo aquello que, paradójicamente, niega en los hechos la prevalencia de  los principios sustantivos del utópico ideal de un gobierno del pueblo para el pueblo.

Así transcurre la vida política, económica y social del Estado-Nación a lo largo de su historia. Fruto de esta sinrazón es el México de hoy, dependiente, mediocre, sin rumbo cierto en lo interno y externo, y sin un destino claro que oriente su marcha con visión de largo aliento.

De ahí que todo el acontecer nacional esté enfocado a los procesos político electorales y, por lo consiguiente, sujeto a un régimen administrado por una partidocracia parasitaria. Una elección no termina de concluir en todos sus términos cuando ya se está preparando la siguiente. Los partidos políticos dictan la agenda nacional, sus personeros construyen su ruta individual y de grupo proyectándose al futuro en atención a lo que el destino manifiesto les depare y, los ciudadanos, en su mayoría indiferentes, esperan el momento en que se les convoque para, una vez más ratificar en las urnas su vocación democrática, legitimando el inacabable proceso de simulación, corrupción y engaño que los mexicanos hemos adoptado como forma superior de convivencia.

Entre todos conformamos una sociedad plural en la que es más lo que entre diferentes nos separa que lo que nos une, sin embargo, lo que como denominador común nos identifica, y nos iguala es lo que entendemos y vivimos como democracia  a la mexicana. No siendo circunstancial entonces el que para los sectores más reaccionarios quien no esté a favor y respete las reglas impuestas por tal remedo de forma superior de organización de la sociedad, es un adversario a eliminar, un mexicano mal nacido, ó, en su caso, malos políticos que, como señala el rector de la Universidad Autónoma Popular de Veracruz, maestro Guillermo Zúñiga Martínez, sin atreverse a mencionar por su nombre a Andrés Manuel López Obrador “…se dedican a estorbar el progreso de la nación”,  No se concibe que alguien se aparte de aquello que obligatoriamente nos iguala en un  Estado-Nación de desiguales. La disidencia es condenable, quién la ejerce es simple y llanamente  demente ó enemigo de la democracia. Concepto maniqueo de lo que debemos entender por unidad nacional.

En un país de ciegos, el tuerto que se atreve a percibir lo que no perciben los demás, no es rey, es un estorbo. Como ha quedado claramente establecido por las cúpulas perredistas que ya sin la “carga negativa” del político tabasqueño, se regodean del calificativo de “izquierda moderna”, que les colgaran las cámaras empresariales tras haber aceptado someterse a los dictados del presidente electo. O bien, con la condena abierta o solapada del senador Javier Corral por transgredir usos y costumbres, no por calificar a Calderón Hinojosa como cobarde sino por haber este allanado el camino para el regreso del PRI a Los Pinos.

Así las cosas en nuestra democracia de papel, el destape de Morena como una fuerza política independiente, contestataria y no sujeta al control de la partidocracia, no se alcanza a ver más allá de su posible incidencia formal en los procesos electorales venideros, siempre “atada dogmáticamente al caudillo que mesiánicamente aspira una vez más al poder presidencial”. Lejos de aceptarse que, como movimiento social o como partido político, no sólo refleja el hartazgo de la mayorías empobrecidas, trastoca la correlación de fuerzas políticas y agudiza la crisis del régimen de partidos, también mantiene la esperanza de millones de mexicanos en que si es posible por la vía pacífica el cambio que reclama el país.

Ni se quiere ver ni mucho menos se acepta que Regeneración Nacional trascendiendo la coyuntura y el statu quo impuesto, con visión de largo aliento se asuma, por ahora, como el germen de una nueva izquierda capaz de construir ciudadanía y auténtica democracia,  en un México hundido en la corrupción, la impunidad y la simulación.

Es más cómodo, para regocijo de nuestros vetustos demócratas electoreros anclados en el pasado, percibirle, exhibirle y satanizarle como un mal entuerto creado por el aprendiz de brujo, que hay que someter, cooptar y neutralizar que como instrumento de transformación y cambio identificado con el sentir de un número creciente de mexicanos que se resiste a la ceguera por decreto.

¿O acaso la reacción en contra de Morena por parte de la clase política profesional y sus texto servidores, es miedo a ser barridos del escenario de la historia? Me inclino por esto último, la democracia a la mexicana no acepta actores ni protagonismos que se salgan del libreto.  Cd. Caucel, Yuc., septiembre 15 de 2012

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