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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

En una sociedad plural, aquejada por síntomas de exclusión, pobreza y desigualdad, es muy difícil, si no es que imposible, el obtener consensos en torno a problemas comunes, propuestas o percepciones individuales o colectivas que configuran un imaginario popular diverso, confuso y contradictorio. Se necesita algo más que simples llamados a la unidad para en base a denominadores comunes motivar, encauzar y concretar el consenso. Siempre habrá algo, un imponderable, que divida y polarice. De ahí que resulte absurdo el pretender imponer unanimidad de pensamiento lo mismo por decreto que por la vía del ablandamiento mediático, sin atender a aquello que más que unirnos nos divide.

En tanto el abatir pobreza y exclusión constituya un reto para los propósitos gubernamentales, como señala el Sr. Dr. Javier Duarte de Ochoa, y no resultado de acciones concretas encaminadas no a modificar estadísticas sino a reducir la brecha de la desigualdad, el consenso en torno a la acción de gobierno resulta utópico. Quizá esa sea la razón por la que en vísperas del informe del segundo año al frente del poder ejecutivo estatal, para el gobernador resulte un verdadero reto, no su loable propósito de abatir la pobreza en un 50% a lo largo de su mandato como lo ofreciera a los veracruzanos, sino el convencer de que se avanza en el logro de los objetivos y metas propuestos en el llamado Plan de Desarrollo de Veracruz.

De ahí, pienso yo, el que en su desesperación por lograr lo imposible, juzgue como nocivo fantasma a la opinión de quienes pensando diferente, perciben con mayor nitidez lo negativo que todo lo que de positivo tiene la labor de la administración pública estatal en estos dos últimos años, que sin duda lo tiene pero que no se percibe con la profundidad y claridad deseada. Es más sencillo aceptar que el gobierno estatal cuenta con arcas públicas quebradas, habida cuenta del abultado endeudamiento público que el propio gobernante y el Congreso local han admitido,  que reconocer una inversión pública estatal, en el año que corre, del orden de los 40 mil millones de pesos aplicada a la atención de la educación, la salud, infraestructura y combate a la pobreza.

Cada quien ve y habla sobre lo que observa en su entorno y así lo registra atendiendo a su ubicación social y económica. Para unos tiene mayor relevancia una carretera en buen estado, un puente o, entre otras cosas, un nuevo hospital, que un piso de cemento en el humilde jacal de una familia campesina que habita en alguno de los municipios con mayor índice de desarrollo relativo. Para esta familia y sus vecinos, lo relevante es asegurar su alimento a lo largo del año y no la carretera o el piso de cemento.

Estadísticamente cuenta el número de viviendas con piso de cemento, agua potable, drenaje y electrificación como indicadores de bienestar y avance contra la pobreza y la exclusión, pero eso queda en el papel. En la vida cotidiana de miles de familias, el contar con un empleo remunerado, techo y una comida caliente al día, la percepción de su pobreza es diferente y no olvidemos, percepción es política con toda la connotación que ello implica.  Todo es según el color del cristal con que se mira, diría el clásico.

Luego no cabe la impaciencia y el malestar del gobernante frente a la crítica. Mucho menos y en ello he insistido, el tratar de convencer con anuncios espectaculares de un triunfalismo sin sustento. La modestia, el reconocer con humildad que frente a lo deseable lo posible es el camino, convencería más acercándonos al necesario consenso para, en un esfuerzo común, solidariamente empujar parejo para tratar de sacar al buey de la barranca.

Por lo que toca a quien esto escribe, no veo en mis opiniones ningún ensabanado fantasma. La única vez que tuve la oportunidad de hablar con el Dr., siendo éste gobernador electo, fui claro: sería un crítico de su gobierno si a mi juicio ello era procedente. No podía ignorar que fue impuesto por el peor gobernador que ha tenido Veracruz. Y he ejercido la crítica con toda libertad, sin cortapisas, sin maiceo ni reclamos por parte de la administración pública estatal, dando la cara y poniendo un insistente énfasis en las políticas públicas erróneas de comunicación social, lado flaco del régimen actual.

No se puede convencer con dinero mal empleado de lo que la realidad objetivamente niega. Veracruz va a la zaga y no a la vanguardia en crecimiento económico, generación de empleos remunerativos, respeto al medio ambiente, bienestar social, expectativas de progreso a futuro de las nuevas generaciones, así como en transparencia en el manejo del erario público, esta es la percepción dominante a lo largo y ancho de la entidad. Mediáticamente, con recursos públicos no sujetos al escrutinio de la sociedad, se nos dice lo contrario.

 Lejos de convencer con discurso tras discurso de los que se hace eco la prensa adornándolos profusamente con la imagen del gobernante, genera duda y rechazo  alentando en la audiencia-objetivo incredulidad, rumores y chascarrillos de mal gusto, alejándonos del tan necesario como urgente consenso en torno a la necesidad de la unidad de pueblo y gobierno, frente a una crisis que ya está presente en  México sin que Veracruz sea la excepción.

. Estando por concluir el primer tercio de la gestión del gobernador Duarte de Ochoa, es hora de corregir. No más engaño mediático y simulación, por el bien de todos.

Hojas que se lleva el viento

Parece un absurdo, pero no lo es en tanto que sólo se reduce a un juego que ocupa únicamente a la llamada clase política y medios de comunicación. Me refiero al lúdico proceso preelectoral que desembocará con la selección de candidatos a las alcaldías de 4 años y a las diputaciones locales. Todos especulan, todos anticipan, todos apuestan, mientras al grueso de la población ni le va ni le viene quien o quienes habrán de contender por los diversos partidos políticos, nacionales y bodrios locales, al fin que para el caso es lo mismo, mirones de palo sin opción de participación para decir esta boca es mía.

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