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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Bueno, no estábamos tan equivocados cuando de manera recurrente a lo largo de más de dos años,  insistiéramos en ponerle atención a lo que se percibía como una profunda crisis del sistema político y régimen de partidos políticos en México.

Forma es fondo. Substituidas las formas por cinismo y desvergüenza, el sistema político exhibe obsolescencia y pérdida de legitimidad; democracia y Estado de derecha dejaron de ser referentes  para la permanencia del pacto social que con pinzas sostiene unidad republicana.

Sistema político tocando fondo

Sistema político tocando fondo

Lo que ha venido aconteciendo en  las últimas semanas en la vida política del país, no deja lugar a dudas. Sin excepción de color de camisetas, todos y cada uno de los partidos políticos que conforman el espectro han mostrado el cobre, renunciando de facto al papel que la sociedad les tiene asignado como representación de las diversas fuerzas político-electorales, así como a su función como correa trasmisora del necesario diálogo y concertación entre gobierno y población. De paso, constituidos en partidocracia,  respondiendo a intereses personales y de grupo, vienen vulnerando  legitimidad y libre juego democrático en los Congresos federal y de los estados, en perjuicio de la democracia representativa.

A tal grado, que la representación ciudadana ha dejado de ser tal, actuando  senadores, diputados federales y locales como extensión de sus respectivos partidos de espaldas y en contra de los intereses de sus electores.

Unos porque se asumen mayoría, otros porque a sabiendas de que son minoría en los cuerpos legislativos privilegian intercambio de favores y arreglos en lo oscurito, recurriendo a un vulgar chantaje vendiendo caro su voto para asegurar supervivencia.

La aprobación al vapor en ambas cámaras de las reformas propuestas por el presidente Peña, es ejemplo de ello. Más allá del contenido y trascendencia de lo que se nos oferta como panacea para dar el salto adelante y salir del subdesarrollo, las formas asumidas en el proceso legislativo descalifican la presunta bondad de lo aprobado.

Y aún hay más. La aprobación en automático, por instrucciones superiores y en tiempo record de la reforma energética por los 17 Congresos locales controlados por la mayoría priísta, no tiene nombre. Quienes levantaran el dedo para dar el sí ignorantes de lo que sin conocimiento previo, sin consulta y sin debate aprobaran, para la ciudadanía no teniendo madre ni siquiera tienen cabida en el grupo de privatizadores que con justeza calificara con malas palabras la senadora campechana  Sansores San Román.

Con este sistema político, con este régimen de partidos políticos, con estos senadores y estos diputados, el Estado-Nación queda en franca indefensión; soberanía e independencia por mandato constitucional no son ya principios que abonen al pacto social federal. 

El divorcio entre partidos políticos, representación ciudadana y electores se amplía, vulnerando al sistema político en su conjunto. Si este subsiste es por inercia lo que, a su vez, favorece a la crisis por el que este atraviesa. A menor resistencia ciudadana, mayor es el margen de maniobra de la partidocracia y, paradójicamente, menor la del sistema en su conjunto en perjuicio de gobernanza y gobernabilidad.

La ciudadanía lo observa, califica y saca conclusiones. Credibilidad en sus representantes, así como confianza en las instituciones republicanas  y reconocimiento de legitimidad en los tres órdenes de gobierno están a la baja. Lo más grave de esta crisis percibida, es que nadie hace nada por aceptarla y buscarle solución, mientras el descontento, hartazgo y protesta va en aumento. No pasa nada, para qué cambiar, se dice en los círculos políticos y en consecuencia con este mismo talante se actúa en la administración pública.

Se cambia para seguir igual mientras el país se hunde por ausencia de visión de Estado tanto en el horizonte de largo aliento como en la coyuntura para dar certidumbre y confianza respecto a destino cierto y ruta crítica para transitar y arribar al México que deseáramos para el futuro. Improvisación y palos de ciego es la constante, mientras delincuencia, corrupción e impunidad carcomen tejido social.

Sin certidumbre no hay seguridad. Nadie quiere dar el paso al vacío, perdiéndose unidad de propósitos y consensos para la acción. Dejando al azar el futuro de las nuevas generaciones. Con todo cinismo y simulación se aprueban leyes y políticas públicas cuyo objetivo difuso aterrizará si bien nos va en una realidad futura para cuya construcción se sustenta en un presente incierto.

La aprobación de la reforma energética se encuentra en esta tesitura. Reformada la Constitución, sin leyes secundarias claras, sin hoja de ruta  transexenal que proponga pasos firmes, supervisión, control y evaluación durante y ex post, se borda en el vacío;  dejando abierta la puerta para que improvisación y corrupción presionen para dar marcha atrás en el presunto propósito neoliberal de modernización basado en privatización de la cosa pública, desarrollo tecnológico, inversión privada, productividad y competitividad.

Ayer era otra cosa. Hoy la moda con Peña Nieto, mañana dios dirá, como suele ocurrir cada sexenio. En eso se sustenta  sistema político y régimen de partidos en un círculo vicioso en el que todos ganan, menos las mayorías empobrecidas de un país ejemplo internacional de subdesarrollo, aislamiento, desigualdad y miseria.

Privatización de recursos propiedad de la nación, flexibilidad del trabajo asalariado, destrucción del sistema educativo, precarización de la sanidad pública, eliminación del mercado de la micro y pequeña industria, en un marco de ineficiencia, ineficacia y corrupción  del caduco sistema político y régimen de partidos en plena obsolescencia, cuya crisis se refleja al día de hoy de manera evidente en la pseudo representación ciudadana en el poder legislativo tanto federal como el correspondiente en las entidades federativas. Nadie lo quiere ver así.

Y como prueba de tal cortedad de miras, el legislativo aprueba una reforma política en la que la revoltura de dulce, de chile y de manteca  no beneficia a nadie y menos al sistema político y, por ende, a la vida política y social en democracia de los mexicanos; confirmándose gatopardismo y simulación, cambiando para seguir igual, o peor que endenantes. 

Baste saber que propicia, auspicia y promueve la reelección de legisladores y alcaldes,  no obstante el rechazo a tal medida por parte de una ciudadanía indignada.

Hace falta un alto en el camino, reflexionar y actuar en consecuencia modificando rumbo y destino. La ultraderecha hoy alianza del PRI y del PAN, ni quieren, ni pueden hacerlo en el marco de sus contradicciones internas y compromisos con los poderes fácticos. Toca a las fuerzas progresistas sin etiquetas, explorar nuevos caminos empezando por toma de conciencia, organización y unidad en torno a un programa minimalista común para la acción. Dividida la izquierda y sin visión orgánica de largo plazo, no se hace camino, en ello habría que reflexionar más que llorar lo que para muchos en su ingenuidad  la aprobación de la reforma energética y cancelación de lo más trascendente de la Constitución del 17, es derrota.

Se cierra un ciclo para el país y para la izquierda social, la lucha por recuperar soberanía nacional apenas empieza. Villahermosa, Tab., diciembre 15 de 2013.

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