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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Para quienes pensaran que Dulce María Sauri Riancho, ex presidenta nacional del PRI, exagerara al percibir la aproximación de una “tormenta perfecta” en la vida política, económica y social de México, deben ahora estar reflexionando sobre la justeza de lo afirmado por la también ex gobernadora de Yucatán.

Bastaron unos cuantos días para que la madre de todas las tormentas percibida, se conformara. La crisis del régimen político choca frontalmente con una movilización social que se extiende y profundiza, a la par que el deterioro de la economía nacional impulsado por la caída internacional del precio del petróleo, equívocas medidas fiscales, y la pérdida creciente del poder adquisitivo del salario, tocando fondo, arrastra consigo a las finanzas públicas nacionales.

La combinación, interacción y retroalimentación de economía y política en la conformación de una crisis que envuelve al Estado mexicano, se refleja en un conflicto social preñado de descontento y hartazgo que pone en duda legitimidad de un estado de derecho rebasado.

México está hoy bajo la mira internacional, manifestándose preocupación en las élites del poder real que determinan rumbo y destino de la sociedad global, por lo que acontece en el patio trasero del país más poderoso del mundo. La amenaza del efecto dominó es real y el senado norteamericano toma ya cartas en el asunto.

Y es en este ominoso panorama que se cuestiona el mandato del presidente de México, incapaz de dar una salida medianamente decorosa a la “tormenta perfecta”. Si hace apenas unos meses se considerara a Enrique Peña Nieto como el adalid del neoliberalismo en América Latina, hoy el poder fáctico global le tiene por un estorbo a sus propósitos y objetivos de cambio, transformación y consolidación del modelo neoliberal de crecimiento económico en el ámbito de los países emergentes.

Peña Nieto estorba y con él, un régimen político que ya no le es funcional a los poderes fácticos. Las llamadas reformas estructurales orientadas a cumplirle a los centros del poder mundial, quedaron atrás; el optimismo puesto en la eficacia de tal herramental está perdido y, lejos de satisfacer los apetitos privatizadores del gran capital, son un obstáculo en tanto contribuyen al deterioro económico, concitando desconfianza, resistencia y rechazo social, polarizando a la sociedad.

Si el crimen de Iguala fuera la gota que derramara el vaso del descontento y el hartazgo, la ineficiente e ineficaz administración del conflicto y control de daños, exhibe en todos sus términos la gravedad de la “tormenta perfecta”; la profundidad de una crisis que abarca al todo político, social y económico de un Estado que como en su momento el presidente de Uruguay expresara, ronda los límites de lo fallido.

Mala señal para el poder fáctico global. No estaba en sus planes que el imponer a Enrique Peña Nieto como presidente de México, acarreara más problemas y no un terso camino al logro de propósitos y objetivos del capitalismo salvaje, en un país al que ya se consideraba paradigma latinoamericano de hegemonía neoliberal.

Señales

En este marco, no es de dudar que el coqueteo del gobierno de Peña Nieto con los chinos sin previa consulta con el gobierno norteamericano, prendiera los focos rojos de alerta en el país vecino. La abrupta cancelación del resultado de la licitación del ferrocarril México-Querétaro, bien pudo haber sido ordenada desde Washington y no una burocrática medida interna tomada como consecuencia de corrupción e irregularidades en el proceso de adjudicación. Todo es posible en un escenario de dependencia que ha marcado indeleblemente la asimétrica relación entre México y el poder fáctico del imperio norteamericano.

Si esto es así, cabe la posibilidad de que la mano que mece la cuna en la descalificación mediática del mandato del Sr. Peña Nieto por los más destacados exponentes de la prensa mundial, así como “el complot” que éste avizora en contra de su proyecto de nación, no apunta precisamente en dirección al extremismo violento de una minoría, sino a los centros de poder fáctico internos y externos que indirectamente hacen saber del estorbo que para estos representa un gobierno fallido.

De ahí la preocupación del mandatario por intentar calmar las ánimos en los altos círculos del empresariado nacional, expresando que se tiene todo bajo control. Preocupación que no se ve respaldada con hechos concretos de políticas públicas y operación política y, mucho menos, con la aquiescencia de los gobernadores que de dientes para afuera dicen apoyar y, por debajo del agua, se desentienden del conflicto privilegiando sus intereses “virreinales”.

Tocaría a politólogos, analistas y expertos que saben del paño, determinar cuál es la profundidad y alcances de la “tormenta perfecta”. Para quien esto escribe, basado en percepciones personales, la situación que vive México es de pronóstico reservado; la gravedad del conflicto se hace acompañar de desconfianza, carencia de credibilidad e incertidumbre, ya no sólo en las instituciones republicanas y sus voceros, sino que también en la capacidad de una sociedad lastimada y polarizada para absorber los efectos de la crisis.

Partidocracia

Por cuanto a los partidos políticos, su propia crisis estructural les mantiene al margen de la administración del conflicto y control de daños. El eslabón más débil de la triada partidocrática paga el costo de su participación activa en el llamado “pacto por México”; la renuncia del Ing. Cuauhtémoc Cárdenas al PRD anuncia en este instituto político desbandada, velorio y entierro. El “que se vayan todos” expresado por una mayoría ciudadana, pone en la misma tesitura de contradicciones internas y externas a todos los partidos por igual, salvándose quizá, Morena por su reciente acceso a la institucionalidad.

Partido este último más cercano a las demandas y reivindicaciones de la movilización social y, hoy por hoy con mayores posibilidades de encontrar respuestas positivas por parte de los electores en las próximas contiendas electorales, pues no sería nada extraordinario el que para los poderes fácticos, el mal menor fuera el contar con un gobierno reformista de izquierda, muy al estilo de los gobiernos sudamericanos, que sumando, diera rumbo, certeza y destino al país, con un proyecto de nación mejor diseñado y encuadrado en congruencia con la compleja realidad multimodal y multidimensional de México, sin romper con lo que en primera y última instancia favorece a los intereses del poder global. Esto si el destino no nos alcanza con la renuncia forzada del Sr. Peña Nieto, ofreciéndonos otros cantares.

Tiempo al tiempo. Parafraseando a nuestro amigo Jesús J. Castañeda Nevárez, este es mi pienso.

Hojas que se lleva el viento.

No se puede hacer de lado que Veracruz es protagonista privilegiado en la crisis que aqueja al país. La vida económica, social y política en la entidad también contribuye con su estancamiento, retroceso y carencia de rumbo cierto, a un conflicto de Estado que nos compete a todos los mexicanos. El afirmar que aquí no pasa nada cuando el país se desquebraja, no abona satisfactoriamente a favor del control de daños emprendido por el Sr. Peña, antes al contrario, confronta al gobierno central induciendo a la comparación entre un gobernador eficiente y un presidente de la república que, tronándose los dedos, pone en riesgo a eso que se ha dado en llamar el camino de la prosperidad.

Xalapa, Ver., noviembre 26 de 2014.

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