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Pulso crítico

Enrique Olivera Arce

Teniendo como escenario el intento del gobierno norteamericano por rescatar hegemonía en la conducción de la economía política latinoamericana (viajes de Obama a Cuba y Argentina), fortaleciendo la participación continental en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) en detrimento de los esfuerzos por integrar una comunidad latinoamericana al margen de los organismos financieros internacionales y en los que México es ajeno, los procesos electorales 2016 en nuestro país, como prolegómeno de la presidencial en 2018, necesariamente, a mi juicio, tendrán que ubicarse en los terrenos de la continuidad del modelo neoliberal o en su defecto, en un cambio de rumbo en el que se privilegie soberanía, autodeterminación económica, seguridad, paz social y bienestar palpable para la gran mayoría de la población.

Lo que en sí da lugar a una polarización política que habrá de reflejarse en las urnas.

En esta marco de referencia, para el caso específico de la sucesión en Veracruz, no sólo pesaría en la elección la opinión generalizada de rechazo al desempeño fallido de Javier Duarte de Ochoa y la complicidad del PRI por comisión u omisión, también con carácter determinante el rechazo al modelo neoliberal, entreguista y empobrecedor que impulsa el presidente Peña.

Separar ambos factores, privilegiando el primero e ignorando el efecto electoral del magro desempeño del gobierno federal en materia económica y social en el seno de la sociedad, como es fácil observar sólo conduce al empantanamiento de la vida política de la entidad y a la pérdida de perspectiva en lo que debería ser el tan necesario como urgente rescate de Veracruz. Ambos factores, rechazo al desempeño de Duarte y a las reformas presuntamente estructurales de Peña, van de la mano, se interactúan y complementan como un todo en el que en primera y última instancia lo que determina propósitos y objetivos en la elección del 2016, es el interés estratégico del gobierno federal por dar continuidad en el 2018 al modelo y proyecto de país que anida en la mente de Peña Nieto, su círculo de aprendices de brujo más cercano, así como en los intereses concretos de los poderes fácticos domésticos y externos.

Lo que implicaría, para ambos procesos electorales,  una confrontación al interior de la sociedad mexicana lejana a la idea de unidad nacional basada en un artificioso consenso que anteponga avances modernizadores por sobre estancamiento, retroceso, desigualdad, pobreza y deterioro del tejidos social, como el que propone conciliatoriamente  José Narro Robles, ex rector de la UNAM y actualmente secretario de salud.

O se está por la continuidad del modelo neoliberal o por un cambio que responda ya no sólo a los intereses últimos del país, sino incluso al clima de descontento y hartazgo que prevalece respecto al gobierno presidido por Peña Nieto y  a una partidocracia dominada por el PRI y el PAN que le secunda.  Tocaría hipotéticamente a los votantes potenciales inclinar la balanza a favor o en contra de la continuidad o el cambio de rumbo y no, necesariamente, quedar anclados en el anecdotario electoral que día con día construyen los actores políticos que aspiran a gobernar a nuestra postrada entidad federativa. Candidatos a gobernador o a diputados locales, frente a la estrategia electoral peñista son a mi juicio irrelevantes si no se inscriben y ubican en uno u otro de los dos polos opuestos y confrontados, toda vez que no hay lugar para un centrismo conciliador que ofrezca una tercera vía.

Esto al margen de indicadores presentes de deterioro y caótico desempeño de los organismos electorales en la entidad, presumiblemente bajo el control del gobierno duartista y que configuran vicios de origen del actual proceso electoral, así como del escenario de guerra sucia  que se da lo mismo entre contendientes quede manera abierta o bajo la mesa, al interior de los partidos participantes, configurándose una justificada  percepción en el imaginario colectivo de que con elecciones o sin estas,  Veracruz seguirá deslizándose por el tobogán de la descomposición política y social en detrimento del necesario y urgente rescate de su vida económica. Percepción que puede desembocar en un abstencionismo sin precedentes o al voto irracional de castigo. Tendencia nada favorable a un cambio verdadero y sí al temido más de lo mismo con la continuidad del saqueo, frivolidad, simulación y corrupción impune que deja como legado el fallido gobernador Duarte de Ochoa.

Por lo pronto, ya en pleno arranque de las campañas políticas, usos y costumbres ancestrales en materia electoral parecen imponerse por sobre todo viso de racionalidad democrática y respuesta a una crisis que no termina de tocar fondo. Se piensa que los votantes potenciales quieren venganza y a eso se reduce la oferta electoral. Nada cambia, todo sigue igual en un perverso círculo vicioso que nadie se atreve a romper.

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