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La ironía del sentido figurado en las declaraciones del secretario de Hacienda está en que, como señala en Reforma Enrique Quintana (06.03.09), un catarrito lo puede uno resolver hasta con medicina casera en tanto que un tsunami lo más que se puede hacer es correr hasta una colina para evitar que las olas te arrastren.


La paradoja de los consejeros electorales del IFE es que para tener sensibilidad social dicen que tienen que desobedecer la ley en medio de una danza de sueldos que resultan ser insultantes.

Para ilustrar la gravedad de la situación de la seguridad pública y la urgencia de actuar que la circuntancias le imponía al Presidente un secretario de Estado advirtió que de no hacerlo podríamos tener a un presidente narco.

Mas allá de analogía, paradoja o hipérbole, algunas declaraciones recientes de funcionarios públicos o actores sociales relevantes, tienen un rasgo en común. Un profundo desprecio a la inteligencia de ciudadanos y ciudadanas.

Esto aparece claro en los tres problemas centrales que definen la coyuntura actual: la crisis económica, la seguridad pública y la crisis de representación política.

En lo que respecta a la crisis económica aún ahora el Ejecutivo federal se resiste a reconocer la profundidad y el horizonte de varios años que la caracterizará antes de que se pueda reconocer que se ha superado. No se trata de regodearse en el pesimismo o convertirse en agoreros del desastre. Se trata de partir de un diagnóstico sereno y prudente, compartido por la mayor parte de las fuerzas políticas y sociales. Sin fugas hacia adelante y capaz de generar la más amplia disposición para la acción y para su superación. Se requiere partir de reconocer su severidad para entonces plantearse instrumentos, programas y políticas que correspondan con la urgencia del momento.

Ahora que se hacen muchas referencias a la crisis del 29 y a la manera de enfrentarla por el gobierno de Roosevelt es útil recordar que las políticas públicas de entonces no salieron de la nada. Aunque el marco conceptual venía siendo elaborado por Keynes, fue sobre todo la audacia y sentido de Estado del equipo de Roosevelt que se abrió a aprender de la experimentación -del ensayo y error- lo que permitió convertir el marco conceptual ya existente en un cuerpo de propuestas públicas ampliamente compartido por todos los actores.

En lo que respecta a la seguridad pública todos sabemos que los ámbitos que requieren ser enfatizados son el lavado de dinero, el tráfico de armas, los centros de inteligencia del Estado y un amplio programa de prevención sustentado en la participación de jóvenes, vecinos y padres de familia. Pero en vez de deliberación pública que lleva a acuerdos y acciones compartidas lo que hemos tenido es reclamos mutuos. Y luego la más insólita de las peticiones que haya surgido de boca de políticos profesionales. Que no hay que politizar el tema de seguridad pública. ¡Al contrario hay que politizarlo precisamente para que no se deslice hacia una visión que privilegie sólo el uso de la represión! En medio de estos dimes y diretes se cuelan visiones hegemónicas caracterizando al Estado mexicano como un Estado fallido.

Empero es en la crisis de representación donde se condensa y magnifican las demás. Todas las encuestas de opinión desde hace varios años, pero más pronunciadamente en los últimos meses resaltan en el estado de ánimo de la ciudadanía un creciente foso de separación entre representados y representantes. Las bajas calificaciones que obtienen sobre todo partidos políticos y congresos junto con las altas calificaciones que en general obtienen en América Latina los presidentes de la República y el diverso grado de adhesión a la democracia señalan sin duda dónde se encuentra el centro de los bloqueos que impiden avanzar en un camino compartido para enfrentar crisis económica y seguridad pública.

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