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Tag Archives: Consenso

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Toda reforma al marco normativo que implique agitar el avispero de los intereses creados,  lleva consigo resistencia y rechazo. Ni todos están de acuerdo ni todos están dispuestos a dar el salto adelante que la sociedad requiere.

Hay dos formas de avanzar en la implementación de toda reforma, sea esta política, económica o social: la inteligente, sustentada en su aceptación y amplio consenso y aquella que los tabasqueños en lenguaje coloquial denominarían como  “a la pela vaca”, surgida de  ignorancia, improvisación e imposición autoritaria.

En el primer caso, se parte de un diagnóstico serio, congruente y profundo de la realidad objeto de transformación y cambio y se instrumenta mediante la consulta ciudadana, el diálogo, el convencimiento y el consenso, propios de una sociedad que  preciándose  de ser democrática, evita al máximo el agudizar el inevitable conflicto a que daría lugar la o las reformas en cuestión.

“A la pela vaca”, todo lo contrario. Se parte de la ignorancia, se evita la consulta previa, el diálogo con la ciudadanía y, por ende, el convencimiento y amplio consenso; improvisándose en contenido y alcances e imponiéndose mediante la fórmula simplista y antidemocrática de la imposición a raja tabla. Cartucheras al cañón, quepan o no quepan, esto es así y así será simple y llanamente porque “El Estado soy yo”.

Un auténtico estadista -pocos por cierto hoy día en el ámbito internacional-,  para adecuar la marcha de la sociedad a los nuevos tiempos  sin temor a equivocarme optaría por la  primera vía, la de la inteligencia y congruencia. Un ejemplo de ello nos lo da Michelle Bachelet, aspirante favorita en segunda ocasión a la presidencia de Chile, que en su propuesta electoral somete al juicio de la ciudadanía  su propósito de llevar adelante sendas reformas en materia educativa y hacendaria.

Nada de sorpresas. El propósito se hace explícito en contenido y por anticipado, sujeto a la voluntad ciudadana a expresarse en las urnas el próximo 17 noviembre en ese país andino.

Por el contrario, quién gobierna sin tener estatura de estadista, simplemente, a la “pela vaca” sorprende a la mala, improvisa  e impone, auspiciando profundización y radicalización del conflicto.

Este es el caso del aprendiz de brujo y vendedor de falsas ilusiones, Enrique Peña Nieto, y sus presuntamente estructurales reformas a la legislación vigente; acompañándole en su despropósito, la insensible y acomodaticia partidocracia que, sin visión de futuro y compromiso para con la Nación, atendiendo a oscuros intereses coyunturales sin más respalda autoritarismo e imposición.

Una gran mayoría de la población está de acuerdo en que el estado de cosas prevaleciente en México debe cambiar, así como está de acuerdo en que el camino pacífico del cambio no puede ser otro que el de las reformas, a condición de que éstas sean para bien, con amplio respaldo social,  y no para retroceder en tiempo y forma profundizando aquello que históricamente se ha venido conformando como escollo al crecimiento económico,  justicia social y desarrollo.

Sin consulta previa, sin diálogo y sin consenso, las reformas van porque así lo quiere, “hoy, hoy” parafraseando a Vicente Fox,  el presidente Peña,  y ahí es donde la puerca tuerce el rabo. A fuerza ni los zapatos entran. Sus cuestionadas reformas son rechazadas por una evidente mayoría y, en el inter, agitado el avispero, el país entero se le escurre entre los dedos.

A menos de un año de distancia de su unción como titular del ejecutivo federal, no queda bien ni con dios ni con el diablo en su loca carrera por entregar lo que de  México queda a los poderes fácticos trasnacionales.

En el pedir está el dar. El desconocimiento del México profundo y del comportamiento de las fuerzas políticas reales en una sociedad en constante transformación le pierde. Más que obtener aceptación y consenso de una ciudadanía lastimada, a su afán reformista sólo puede augurársele descalabros y tropiezos.

¿Quién pagará los platos rotos?, las víctimas de siempre, serán los que menos tienen y menos esperan de políticas públicas fraguadas a “la pela vaca”.

Hojas que se lleva el viento

No hay acuerdo. Mientras algunos veracruzanos califican al extinto Fernando Gutiérrez Barrios como estadista destacado, gran gobernante, leal a la república y salvador de la patria, para un gran número de mexicanos a los que les tocara vivir la etapa de la guerra sucia de los años sesenta, el capitán fue simplemente un policía represor, intrigante y avieso, enemigo de las libertades políticas y de la libre difusión de las ideas. Para  salir de dudas, unos y otros deberían recurrir al Archivo histórico de la Nación.  Los papelitos ahí custodiados  no mienten. Xalapa, Ver., octubre 30 de 2013.-

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

En una sociedad plural, aquejada por síntomas de exclusión, pobreza y desigualdad, es muy difícil, si no es que imposible, el obtener consensos en torno a problemas comunes, propuestas o percepciones individuales o colectivas que configuran un imaginario popular diverso, confuso y contradictorio. Se necesita algo más que simples llamados a la unidad para en base a denominadores comunes motivar, encauzar y concretar el consenso. Siempre habrá algo, un imponderable, que divida y polarice. De ahí que resulte absurdo el pretender imponer unanimidad de pensamiento lo mismo por decreto que por la vía del ablandamiento mediático, sin atender a aquello que más que unirnos nos divide.

En tanto el abatir pobreza y exclusión constituya un reto para los propósitos gubernamentales, como señala el Sr. Dr. Javier Duarte de Ochoa, y no resultado de acciones concretas encaminadas no a modificar estadísticas sino a reducir la brecha de la desigualdad, el consenso en torno a la acción de gobierno resulta utópico. Quizá esa sea la razón por la que en vísperas del informe del segundo año al frente del poder ejecutivo estatal, para el gobernador resulte un verdadero reto, no su loable propósito de abatir la pobreza en un 50% a lo largo de su mandato como lo ofreciera a los veracruzanos, sino el convencer de que se avanza en el logro de los objetivos y metas propuestos en el llamado Plan de Desarrollo de Veracruz.

De ahí, pienso yo, el que en su desesperación por lograr lo imposible, juzgue como nocivo fantasma a la opinión de quienes pensando diferente, perciben con mayor nitidez lo negativo que todo lo que de positivo tiene la labor de la administración pública estatal en estos dos últimos años, que sin duda lo tiene pero que no se percibe con la profundidad y claridad deseada. Es más sencillo aceptar que el gobierno estatal cuenta con arcas públicas quebradas, habida cuenta del abultado endeudamiento público que el propio gobernante y el Congreso local han admitido,  que reconocer una inversión pública estatal, en el año que corre, del orden de los 40 mil millones de pesos aplicada a la atención de la educación, la salud, infraestructura y combate a la pobreza.

Cada quien ve y habla sobre lo que observa en su entorno y así lo registra atendiendo a su ubicación social y económica. Para unos tiene mayor relevancia una carretera en buen estado, un puente o, entre otras cosas, un nuevo hospital, que un piso de cemento en el humilde jacal de una familia campesina que habita en alguno de los municipios con mayor índice de desarrollo relativo. Para esta familia y sus vecinos, lo relevante es asegurar su alimento a lo largo del año y no la carretera o el piso de cemento.

Estadísticamente cuenta el número de viviendas con piso de cemento, agua potable, drenaje y electrificación como indicadores de bienestar y avance contra la pobreza y la exclusión, pero eso queda en el papel. En la vida cotidiana de miles de familias, el contar con un empleo remunerado, techo y una comida caliente al día, la percepción de su pobreza es diferente y no olvidemos, percepción es política con toda la connotación que ello implica.  Todo es según el color del cristal con que se mira, diría el clásico.

Luego no cabe la impaciencia y el malestar del gobernante frente a la crítica. Mucho menos y en ello he insistido, el tratar de convencer con anuncios espectaculares de un triunfalismo sin sustento. La modestia, el reconocer con humildad que frente a lo deseable lo posible es el camino, convencería más acercándonos al necesario consenso para, en un esfuerzo común, solidariamente empujar parejo para tratar de sacar al buey de la barranca.

Por lo que toca a quien esto escribe, no veo en mis opiniones ningún ensabanado fantasma. La única vez que tuve la oportunidad de hablar con el Dr., siendo éste gobernador electo, fui claro: sería un crítico de su gobierno si a mi juicio ello era procedente. No podía ignorar que fue impuesto por el peor gobernador que ha tenido Veracruz. Y he ejercido la crítica con toda libertad, sin cortapisas, sin maiceo ni reclamos por parte de la administración pública estatal, dando la cara y poniendo un insistente énfasis en las políticas públicas erróneas de comunicación social, lado flaco del régimen actual.

No se puede convencer con dinero mal empleado de lo que la realidad objetivamente niega. Veracruz va a la zaga y no a la vanguardia en crecimiento económico, generación de empleos remunerativos, respeto al medio ambiente, bienestar social, expectativas de progreso a futuro de las nuevas generaciones, así como en transparencia en el manejo del erario público, esta es la percepción dominante a lo largo y ancho de la entidad. Mediáticamente, con recursos públicos no sujetos al escrutinio de la sociedad, se nos dice lo contrario.

 Lejos de convencer con discurso tras discurso de los que se hace eco la prensa adornándolos profusamente con la imagen del gobernante, genera duda y rechazo  alentando en la audiencia-objetivo incredulidad, rumores y chascarrillos de mal gusto, alejándonos del tan necesario como urgente consenso en torno a la necesidad de la unidad de pueblo y gobierno, frente a una crisis que ya está presente en  México sin que Veracruz sea la excepción.

. Estando por concluir el primer tercio de la gestión del gobernador Duarte de Ochoa, es hora de corregir. No más engaño mediático y simulación, por el bien de todos.

Hojas que se lleva el viento

Parece un absurdo, pero no lo es en tanto que sólo se reduce a un juego que ocupa únicamente a la llamada clase política y medios de comunicación. Me refiero al lúdico proceso preelectoral que desembocará con la selección de candidatos a las alcaldías de 4 años y a las diputaciones locales. Todos especulan, todos anticipan, todos apuestan, mientras al grueso de la población ni le va ni le viene quien o quienes habrán de contender por los diversos partidos políticos, nacionales y bodrios locales, al fin que para el caso es lo mismo, mirones de palo sin opción de participación para decir esta boca es mía.

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