Salte la navegación

Tag Archives: Crisis de la izquierda en México

Millones de electores que apoyaron a la coalición Por el Bien de Todos en 2006 no revalidaron su decisión de apoyar un cambio por la izquierda. O bien se abstuvieron, o anularon la boleta o prefirieron votar al PRI.

Sumados, los votos efectivos de la izquierda (PRD, PT, Convergencia) arañan 20 por ciento del total, pero la idea de conformar un amplio frente de izquierda ha sido superada por los antagonismos partidistas y los conflictos intestinos. Junto con el PAN, el PRD –y en él se incluyen todos sus líderes– es el gran perdedor de esta contienda. A la evidencia de su escasa e inamovible implantación nacional se añade ahora la pérdida de posiciones en sus antiguos cotos de influencia (que aún lo salvan de un desastre mayor).

De hecho, el resultado nos remite a las traumáticas elecciones intermedias de 1991, cuando la votación del PRD se desplomó en comparación con las elecciones de 1988. Entonces el cardenismo sufrió la campaña de odio emprendida por el gobierno de Salinas de Gortari, la sistemática ofensiva bipartidista orquestada para impedir el surgimiento de una tercera fuerza real, pero también, hay que subrayarlo, el joven PRD sucumbió a sus propios errores de apreciación política, a la subestimación de sus adversarios y a sus ya entonces evidentes limitaciones organizativas que lo confinaban a ciertas regiones y sectores.

Esta vez, de nuevo contra la izquierda se han aliado sin el menor recato los poderes fácticos, el gobierno, las cúpulas empresariales más temerosas del populismo, es decir, el pasado y el presente de una elite que sólo cambia desde arriba, a cuentagotas y siempre preservando los intereses privilegiados de la clase dominante. Pero en esta derrota ha contribuido como nunca la propia izquierda que en estos tres años ha sido incapaz de poner en pie la fuerza electoral ganada en el 2006, consumiéndose en estériles debates internos, cuya trascendencia intelectual y política aparece nublada por la mezquindad de los líderes que hoy deberían rendir cuentas y no meras justificaciones. (Cuando se observa el panorama completo es válido preguntarse si no habría sido menos costoso – en términos éticos y políticos– la división que la espiral de descalificaciones en que se ha convertido la lucha interna dentro del PRD y entre los partidos del hoy moribundo Frente Amplio Progresista.)

Si, en efecto, existe una contradicción de fondo entre los partidarios de Nueva Izquierda y el resto de las corrientes que siguen a Andrés Manuel López Obrador, la pregunta a estas alturas es si aún pueden caminar juntas bajo la forma de un partido o si, separadas, es posible cierta unidad de acción con vistas a 2012. O, sencillamente, nada hay que hacer, salvo esperar la extinción política de alguna de las partes.

Una respuesta convincente exige un análisis riguroso de la coyuntura, la disposición a revisar la estrategia seguida por todos los involucrados y a incorporar al debate a aquellas voces que puedan aportar algo. Exige autocrítica, realismo y honestidad. La simplificación sistemática de los temas a discusión, cuando no la reducción al absurdo de las otras posiciones, disminuye las propias, las caricaturiza sin remedio y las anula.

Es indispensable volver a los temas esenciales de 2006, a la política con mayúsculas: la izquierda no puede darse el lujo de abandonar en los hechos la cuestión social sin desdibujarse, pero eso es lo que en verdad ocurrió durante la campaña: los grandes asuntos del empleo y la salud, por ejemplo, se transformaron en meras referencias simbólicas o mediáticas, en espots o denuncias sin calado, carentes de filo crítico o movilizador. La crisis, con todas sus terribles secuelas, no es, por desgracia, el gran asunto político y moral que debería ocupar los mayores esfuerzos de la izquierda social, parlamentaria, intelectual, partidista, sobre todo cuando todos los análisis confirman que la recuperación está lejos, pero las consecuencias podrían ser explosivas a corto plazo. Una coalición popular exige claridad en los objetivos y una política de alianzas sujeta a los humores cotidianos de los líderes.

Cansado de los experimentos, el electorado, volátil por naturaleza, prefirió dar su confianza –erosionada por el abstencionismo– a una opción esencialmente conservadora al votar por el PRI como el partido del orden, antes que refrendar en las urnas la deteriorada legitimidad del gobierno panista. Por desgracia, el país es hoy un poco más bipartidista que ayer, aunque el poder político aparezca fragmentado en compartimientos cerrados, más cercanos al autoritarismo que a la democracia. Y algo más: en esta feudalización hacen su agosto los poderes fácticos, sobre todo los medios que ya se perfilan –con todo y candidato– hacia 2012. Ellos quieren ser los intérpretes de la nueva razón de Estado transformada por los cambios inevitables de la política. Quieren la contrarreforma electoral, un presidencialismo a modo y un régimen representativo que sea funcional al despliegue de sus intereses presentes y futuros. Es el fin de una época.

En medio del hartazgo, el Presidente ha pedido colaboración para renovar el cogobierno con el PRI. Y éste, satisfecho de su resucitación, se apresta a concederla bajo sus propias condiciones. La historia se repite, pero ahora contada al revés. El panismo no tiene proyecto y hace agua y Peña Nieto avanza para salvarlos a todos. Y la izquierda, ¿qué dice?

La Jornada 09/07/09

Anuncios

Una de las ideas que a través de la historia ha obsesionado a la izquierda, al menos la de origen socialista, es la de qué tipo de organización es necesaria para alcanzar los objetivos anhelados. Sea que se trate del modo como se agrupen los “políticos”, es decir, los individuos que voluntariamente se unen para formar una fuerza mayor o del que asuman “las masas” en sus tratos cotidianos con patrones y otras entidades públicas o privadas, el tema tiene una larga y no siempre venturosa historia. De “organización”, tanto en sentido histórico como partidista, hablan El manifiesto comunista, de Marx, y el ¿Qué hacer?, de Lenin; el maoísmo que cautivó a la juventud occidental con su grandeza didáctica, al igual que Guerra de guerrillas, el temprano manual del Che, tan mal leído por algunos de sus exégetas. De organización discute (sin pretensiones ideológicas o teóricas) también nuestra dividida izquierda, cuyas tradiciones no pueden sino expresarse encubiertas bajo el debate actual.


La izquierda necesita la organización, pero no cualquier forma de organización vale si no permite elevar la conciencia, la cultura política de sus agremiados, la claridad de miras de la sociedad en su conjunto. “No somos acarreados, somos organizados”, rezaba una consigna anticharra, aludiendo a esa diferencia moral de la que es portadora cada individuo que sale a la calle a expresarse. La derecha se puede permitir el liderazgo de los notables y el asentimiento de los fieles. La izquierda no. Justamente porque su misma existencia es un desafío al orden establecido requiere de la crítica y de la democracia para sobrevivir.


Hay que definir cuál ha de ser la relación entre partidos y movimientos sociales, entre militantes y ciudadanos en lucha. En este punto, lo primero que sorprende es la falta de valor otorgado a la categoría partido, una vez que han muerto las denominaciones clasistas o ideológicas de otros tiempos. Resulta como si de pronto se hubiera descubierto que, aparte del registro y prerrogativas, los partidos son formaciones prescindibles, males necesarios sujetos a los vaivenes del mercado electoral. Frente a la herencia vanguardista, cuyo rigor mortis precedió a la muerte real del socialismo que la incubó, la noción de partido se diluyó en una suerte de compromiso laxo para “el registro”, donde el programa es una formalidad sin contenidos eficientes. El “matiz” político, del cual en otras épocas pendían estrategias y… cabezas, hoy se subsume en la aridez de la pugna por el control interno de las “franquicias”, no más.


La lucha electoral nacionalizó a la izquierda, extendió su influencia y la alejó de las tentaciones doctrinarias, pero no devolvió la frescura a la participación de los ciudadanos. En lugar de elevar la conciencia individual del militante que decide actuar en la vida pública, se favorece la organización de los colectivos sociales externos, la acción-movilización de ciertos grupos de interés que también servirá como medida de fuerza en la disputa por la “representación” interna. Para justificarla se invoca la tarea electoral, aunque la consecuencia sea menos el fortalecimiento de las organizaciones sociales que el de una forma sui generis de organización “política”, administrada por un liderazgo -o suma de ellos- incontrovertible o no regulado, cuya función consiste en gestionar las demandas de sus “bases” a cambio del apoyo incondicional a sus objetivos grupales. Tales “movimientos” (estables, inamovibles, permanentes) se distinguen de los “partidos” de muchas maneras, pero coinciden en la principal: su horizonte es abrirle las cancelas del poder a sus cuadros dirigentes. (En el fondo hay una convicción ultraliberal: un buen candidato independiente no necesita el aparato partidista.)


Los segundos damnificados de la gran transformación de fines de los 80 fueron los “movimientos sociales”. La crisis, la reforma política y la irrupción de una generación sin experiencia previa en la oposición, pero sí en la política, introdujo una distinción que no acaba de descifrarse entre “partido” y “movimiento”, concebidas como entidades sujetas a una lógica y un tempo particular: el partido para el momento electoral; el movimiento en la lucha social cotidiana. Sin embargo, en lugar de tejer la primera línea de la resistencia popular en el seno de las organizaciones creadas por las masas trabajadoras, sindicatos, asociaciones rurales, golpeadas por el avance neoliberal, se favoreció el camino de la ciudadanización sustentada en la organización de las demandas de consumo de contingentes más maleables. Así, de nuevo, desde la visión partidista más estrecha se aspira a tener “correas de transmisión”, protopartidos no declarados, en vez de organizaciones sociales autónomas, agrupadas conforme a las reglas que ellos han aprobado sin depender de partido alguno y libres de optar por la política y el programa que les convenga.


La crisis ha puesto en un predicamento las condiciones de vida de millones de mexicanos. Y el movimiento social no espera. Es hora de que la izquierda ofrezca salidas, soluciones políticas nacionales por las cuales valga la pena luchar, rechazando las gestiones clientelares que generan liderazgos verticales, cuando no corruptibles. Para la izquierda es vital unir fuerzas, sólo así podrá ganar las elecciones. Y si alguien cree que hay otro método mejor que lo diga ahora. Nadie está para dar consejos, pero al renunciar a la idea de partido se apuesta a ganar la mayoría por la suma de los cotos de caza de los líderes, poniendo entre paréntesis la tarea de educar a los ciudadanos en una visión de la política y la vida radicalmente opuesta a la que hoy nos ofrece esta decadente sociedad. Si hacen falta otros partidos que se diga, pero no hagamos como que es “el movimiento” el que toca a rebato.


Tomado de: La Jornada 14/12/08

A %d blogueros les gusta esto: