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Tag Archives: Crisis de partidos políticos

“Los electores cada vez más exigen y valoran desempeños y capacidad democrática. Este punto es importante recalcarlo también, pues no se le ha escapado al electorado que verbigracia, el PRI al buscar la renovación de su dirigente nacional a inicios de 2011, ni ha efectuado una convocatoria amplia de candidatos ni hubo contienda interna optando por uno único ni se le ha votado de manera directa ni ha dado participación a sus correligionarios, cuyo número se desconoce. Todo lo ha decidido una camarilla o ni eso. Se aplicó el llamado “dedazo” y eso, uno de los mejores e injustos representantes del vetusto régimen político que encarnaron sus siglas por siete décadas, amén de torcer los más estrictos valores de la democracia, no ha sido bien recibido por una sociedad que percibe las mismas viejas prácticas de un partido que no se ha renovado. Allí están los hechos. Y es que la sociedad mexicana de 2011 no es la de 2000, su pluralidad exige transparencia y democracia y las cobran donde escasea. No sería importante esta observación ni hablar de la debilidad institucional del único candidato Humberto Moreira, si no fuera porque hay elecciones en siete entidades federativas y desean ganar las presidenciales de 2012. El discurso de ser un partido renovador que esgrime este instituto político a diestra y siniestra, no casa a todas luces con su proceder”, nos dice Marcos Marín Amescua en gurupolitico.com

Por Denise Dresser

Grupo Reforma

Ciudad de México.-  Basta con ver la cara de los priistas en cualquier acto público. Basta con advertir las sonrisas compartidas, los rostros complacidos, los abrazos entusiastas. Están felices y se les nota; están rebosantes y no lo pueden ni lo quieren ocultar. Saben que vienen de vuelta, saben que están de regreso, saben que encuesta tras encuesta los coloca en el primer lugar de las preferencias en las elecciones estatales y cada vez más cerca de recuperar el control del gobierno federal.

El PRI resurge, el PRI revive, el PRI resucita. Beneficiario del panismo incompetente y del perredismo auto-destructivo, el Revolucionario Institucional está a un paso de alcanzar el picaporte de Los Pinos tan sólo dos sexenios después de haber sido expulsado de allí.

Para muchos mexicanos esta posibilidad no es motivo de insomnio ni de preocupación. Hablan del retorno del PRI como si fuera un síntoma más de la normalidad democrática. Un indicio más de la alternancia aplaudible. Un indicador positivo de la modernización que México ha alcanzado y que ya sería imposible revertir. “El país ya no es el mismo que el de 1988”, advierten quienes no se sienten alarmados por la resurrección priista. “El PRI no podría gobernar de manera autoritaria como lo hizo alguna vez”, sugieren quienes celebran los logros de la consolidación democrática. “Los priistas se verían obligados a instrumentar las reformas que hasta ahora han rechazado”, auguran los oráculos del optimismo. Y ojalá tuvieran razón las voces de aquellos a quienes no les quita el sueño la posibilidad de Enrique Peña Nieto en Los Pinos, Manlio Fabio Beltrones en la Secretaría de Gobernación, Beatriz Paredes en cualquier puesto del gabinete, y Emilio Gamboa en la presidencia del PRI.

Ojalá fuera cierto que una nueva era de presidencias priistas sería señal de alternancia saludable y no de regresión lamentable. Ojalá fuera verdad que tanto el país como el PRI han cambiado lo suficiente como para prevenir el resurgimiento de las peores prácticas del pasado. Pero cualquier análisis del priismo actual contradice ese pronóstico, basado más en lo que sus proponentes quisieran ver que en la realidad circundante. Como lo escribe el columnista Tom Friedman en The New York Times, en México hoy coexisten tres grupos: “Los Narcos, los No’s y los NAFTA’s”: los capos, los beneficiarios del statu quo y los grupos sociales que anhelan el progreso y la modernización. Y hoy el PRI es, por definición, “El Partido del No”. El que se opone a las reformas necesarias por los intereses rentistas que protege; el que rechaza las candidaturas ciudadanas por la rotación de élites que defiende; el que rehúye la modernización sindical por los “derechos adquiridos” que consagró; el que no quiere tocar a los monopolios porque fue responsable de su construcción. El PRI y sus bases son los “No’s” porque constituyen la principal oposición a cualquier cambio que entrañaría abrir, privatizar, sacudir, confrontar, airear o remodelar el sistema que los priistas concibieron y del cual viven.

A quien no crea que esto es así, le sugiero que lea los discursos atávicos de Beatriz Paredes, que examine la oposición pueril de Enrique Peña Nieto a la reelección, que reflexione sobre los intereses cuestionables de Manlio Fabio Beltrones, que estudie los negocios multimillonarios de Emilio Gamboa, nuevo dirigente de la CNOP y próximo presidente del partido. Allí está el PRI clientelar, el PRI corporativo, el PRI corrupto, el PRI que realmente no cree en la participación ciudadana o en los contrapesos o en la rendición de cuentas o en la apertura de la vida sindical al escrutinio público.

Si la biografía es micro-historia, entonces se vuelve indispensable desmenuzar la de Emilio Gamboa ya que su selección reciente para una de las posiciones más importantes del priismo revela mucho sobre el ideario, los principios y el modus operandi de la organización. Emilio Gamboa, descrito en el libro coordinado por Jorge Zepeda Patterson, Los intocables, como el broker emblemático de la política mexicana; el intermediario entre el dinero y el poder político. Vinculado al Pemexgate, al quebranto patrimonial en Fonatur, al crimen organizado vía su relación con Marcela Bodenstedt y el Cártel del Golfo, a las redes de pederastia, al tráfico de influencias. De nuevo en la punta del poder dentro de su propio partido.

Ése es el PRI del 2010, y si no lo fuera, su dirigencia ya habría denunciado a Emilio Gamboa junto a tantos que se le parecen. Pero no es así. El PRI  nuevo milenio y el que se apresta a gobernar a la República sigue siendo un club transexenal de corruptos acusados y corruptos exonerados; de cotos construidos sobre la intersección de la política y los negocios; de redes tejidas sobre el constante intercambio de favores y posiciones, negociadas a oscuras. En una conversación telefónica grabada y ampliamente diseminada -que a pesar de ello no ha hecho mella en su carrera política- Emilio Gamboa le dice a Kamel Nacif: “va p’a tras”. Y ése es el mismo mensaje que el PRI envía sobre el país bajo su mando.

Si te gustan y si estas de acuerdo con mis planteamientos, te agradecería que los reenviaras a tus amigos, parientes y contactos, en el entendido de que trato de hacer conciencia y ciudadanos críticos y participativos.  México lo hacemos todos los días ¡todos!

Gracias!

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

No se necesitaba bola de cristal alguna para prever lo que acontecería el pasado domingo con la elección del PRD en la entidad. Si ante toda la nación los vergonzosos dimes y diretes entre las bancadas veracruzanas del PRI y el PAN en San Lázaro marcaran el actual nivel de la política, ayuna de ideología y el mínimo de respeto a las formas y a la sociedad en su conjunto, el recurrente  cochinero del partido del sol azteca ubica a este como el lumpen de la política en Veracruz.

No es de extrañarse lo que acontece en la vida política de Veracruz, lo reitero, no es otra cosa que reflejo de la profundidad de la crisis de un sistema de partidos políticos que tiempo ha dejara de responder a la función que la sociedad les tiene encomendados. El pragmatismo pedestre que en ellos se practica ni responde a los intereses de las mayorías ni contribuye a la construcción de la democracia; prevaleciendo el interés de individuos y de grupos que al amparo de los partidos políticos contemplan al país como botín y a la población como servidumbre a su servicio.

Lo mismo a nivel nacional que en nuestra idílica isla de la fantasía, la política, lejos de servir se sirve en beneficio de unos cuantos, registrando el nivel más bajo de toda la historia moderna de México. Luego no debe extrañarnos que así como la delincuencia -lumpen del país llamada a vivir de las migajas-, se impone por sobre el interés del Estado haciendo pesar de manera organizada violencia y capacidad económica y financiera para operar impunemente en provecho propio, un partido político venido a menos, prácticamente marginal y muerto políticamente en Veracruz, desprovisto de toda legitimidad exhibiendo sin pudor sus más bajos instintos, medre a costillas de una sociedad desorientada víctima de la incertidumbre y la corrupción.

El sistema de partidos políticos en su conjunto, se vale de la necesidad y miseria de amplios sectores de la población mayoritaria, prostituyendo a los electores a cambio de votos y exhibiendo con desparpajo su desverguenza bajo una máscara de decencia y civilidad. En tal escenario, el PRD específicamente opera a diferencia de sus congéneres de cuello blanco, cual pandillero de barrio;  victimando a los más débiles, a los que no logran superar miseria e ignorancia, a la par que entre los desclasados miembros de la pandilla se acuchillan dirimiendo la posesión de un no tan magro botín.

Y aún así, hablan de capital político y lo subastan al mejor postor, negociando lo mismo con el PRI que con el PAN,  alianzas y trastupijes electorales cual delincuentes que viven del chantaje y el uso de la violencia como medio y como forma de existencia marginal. Como si la vida política de la entidad requiriera de los servicios de matones a sueldo para asegurar el bien común.

Lo que de manera recurrente observamos al interior del partido del sol azteca en la entidad, no tiene nada que ver con la izquierda y sus movimientos reivindicatorios. Lo mismo en la llamada izquierda parlamentaria que en la izquierda social, lo que queda de ese partido en Veracruz es apenas quizá un mal necesario, una fístula que lastima y ofende pero que se hace necesaria para mendingar apenas mínimas reformas y presuntas conquistas, ante la incapacidad manifiesta de quienes sintiéndose izquierda real se avergüenzan de salir a la calle para exigir aquello a lo que en justicia les corresponde.

No podemos seguir en tal confusión ni requerimos que la crisis de partidos políticos en México toque fondo para erradicar la fístula de entre las filas de la izquierda. Sólo basta querer y participar para poder hacerlo y la solución está en las urnas. Ni un voto al PRD en Veracruz.

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En Perspectiva

J. Enrique Olivera Arce

Marcelo Ramírez

Marcelo Ramírez

Dialogar con el Maestro Marcelo Ramírez Ramírez, es un privilegio. Su amistad me honra. En su humildad en el trato con quienes no tenemos ni el talento, capacidad y preparación académica que en el desborda, radica su principal virtud. Con una honestidad intelectual a toda prueba, escucha con atención,  y se hace escuchar defendiendo con pasión, a la altura de sus interlocutores, tanto sus bien argumentadas posturas filosóficas e ideológicas como también políticas. Destacando su profundo amor a México,  y su fe y confianza en la capacidad humana para sobreponerse a sus limitaciones haciendo valer lo mejor de su naturaleza. La humanidad no es suicida, y en eso coincidimos plenamente.


Coincidencias y divergencias enriquecen el diálogo. Sabe distinguir y aceptar  la razón de sus interlocutores, defendiendo con pasión la propia, en un marco de mutuo respeto, en el que no cabe ni la soberbia del intelectual ni la necedad del ignorante. Nos identifica el origen común. Tanto Marcelo como un servidor provenimos de familias proletarias vinculadas con el diario quehacer de la hoy ya fenecida fábrica de hilados y tejidos de Ciudad Mendoza. Inteligencia y talento sin duda diferentes, a favor del maestro, pero también circunstancias diversas, nos han hecho transitar por caminos divergentes que en el presente y gracias a las vueltas que da la vida, se reencuentran  para permitir compartir una preocupación, fruto quizá, de nuestro común origen: el incierto camino de un país que marcha a la deriva, recreándose condiciones que en el pasado dieran lugar a la rebeldía de nuestros abuelos.


Lo anterior viene a cuento lo mismo por el intercambio de ideas que periodísticamente tuvieran cabida en las páginas de “Análisis Político”, sobre el sistema de partidos políticos en México, en el que por cierto, estoy obligado a reconocer que mal interpretara el sentido del artículo inicial de Marcelo, publicado en Diario de Xalapa y en el portal de internet del buen amigo Quirino Moreno, que por esta necia realidad que a los diferentes partidos políticos le merecen mayor atención y prioridad  la forma y no el contenido. Guardándose más de atender a la conservación e incremento de su llamado “capital político” ante el electorado, que avocarse con seriedad a la búsqueda, desde su legítima diversidad ideológica y programática, de respuestas tan viables como tangibles al ramillete de crisis que hoy inciden ciertamente en todo el orbe, pero que en nuestro entorno específico lastiman día a día a mayor número de compatriotas.


Observándose como denominador común tanto ausencia de honestidad intelectual como de congruencia entre la ética política,  que debería normar la vida pública de la nación, y la conducta personal y grupal de quienes están llamados por su encargo, a servir como mandatarios del mandante soberano, el pueblo de México.


Esto es preocupante y expresión severa del retroceso que en todos los ámbitos de la vida pública –arrastrando de paso a la privada-, está acusando nuestro país. Cual cangrejos caminamos para atrás y no precisamente para retomar lo mejor del legado histórico del viejo régimen; de esos setenta años -que la reacción panista califica peyorativamente- en los que con talento, esfuerzo, patriotismo,  y no poca resistencia, México se diera a la construcción de instituciones paradigmáticas; leyes ejemplares; infraestructura básica y los cimientos de una economía sustentada en producción de riqueza y no en simple especulación mercantil. Todo ello fruto de un pacto social que bien conciliaba y combinaba los legítimos intereses de los sectores social y privado con el interés más general de lo público, preservándose soberanía, identidad y rectoría del Estado. Lo mejor de la política en su función sustantiva de administrar el permanente conflicto de la lucha de clases, o como se dice ahora, “la conciliación entre diferentes”.


Antes al contrario, se avanza hacia atrás retomando lo más deleznable del viejo régimen que amenaza con volver: el autoritarismo, la corrupción e impunidad, la demagogia, la simulación y el gatopardismo. Dándosele la espalda a la política como quehacer civilizado y  sustantivo en la búsqueda de una sana y equilibrada convivencia nacional. Paradójicamente, habiendo México llegado a ser ejemplo para el resto de América Latina, hoy es calificado entre los más atrasados en el concierto latinoamericano y, peor aún, como el único, -al que se suma Colombia-,  que marcha contra la corriente general;  aferrándose a las mismas recetas neoliberales frente a la crisis con las que el viejo régimen priísta, agotado, iniciara la debacle del país que hoy por hoy, profundiza un panismo insensible e ineficaz.

La preocupación es real. La incertidumbre ante un futuro incierto que ya apunta al desastre,  como denominador común crea un consenso nada cercano a la visión oficial y que el sistema de partidos políticos no quiere o no puede ver ni mucho menos, la sensibilidad de atender.


Marcelo, en su artículo inicial se plantea la interrogante: Partidos políticos ¿Volver a sus orígenes? Respondiéndose a sí mismo: “Volver al origen significa para ellos replantear los propósitos históricos que les dieron vida, pero actualizados para funcionar en el contexto de las realidades del mundo globalizado”. Yo lo malinterpreté, planteándome que no es posible retornar a un México que ya no existe, tomando su interrogante como afirmación. Tiene razón en su argumentación. Volver al origen, sí, pero para replanteándose los propósitos históricos que les dieran vida, afrontando con decisión, voluntad política y honestidad intelectual los retos de nuestro tiempo. Esa es la gran tarea pendiente. En tanto ello no se de, el consenso social puede trocarse en una indeseable amenaza.

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Hernández: Nuevo bipartidismo

Hernández: Nuevo bipartidismo

El Sol azteca sin candidato para jefe delegacional de Ixtapalapa.

Convoca López Obrador a votar por el abanderado del Partido del Trabajo.

Brugada

Clara Brugada estuvo acompañada por el presidente legítimo, Andrés Manuel López Obrador, y Alejandro Encinas, durante el multitudinario mitin de apoyo a la perredista en la explanada de la delegación Ixtapalapa. Foto Carlos Ramos Mamahua

Al cumplirse, alrededor de la medianoche, el plazo fijado por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), el Partido de la Revolución Democrática no solicitó al Instituto Electoral del Distrito Federal (IEDF) el registro de Silvia Oliva Fragoso como su candidata a jefa delegacional de Iztapalapa, en sustitución de Clara Brugada Molina, con lo que habría incurrido en desacato. En el trascurso de las próximas horas el IEDF deberá notificar al tribunal de la inejecución de la sentencia para que éste determine lo conducente.


Apoyado por miles de perredistas, Andrés Manuel López Obrador convocó ayer a votar por Rafael Acosta, candidato del Partido del Trabajo (PT) a delegado de Ixtapalapa.


López Obrador asumió el riesgo de su decisión dentro de su partido, aunque advirtió que no renunciará al PRD, del cual es militante fundador. “Que quede muy claro: estoy apoyando a PT y Convergencia porque la mafia quiere desaparecerlos.  tengo la obligación moral y política de apoyarlos, y por eso lo estoy haciendo.

Nota completa en La Jornada 17/06/09


Para que tanto brinco estando el suelo tan parejo. Hubiera bastado con la renuncia del político tabasqueño al PRD tras confirmarse el cochinero de la elección interna que dividió al partido del sol azteca. Hoy a semana y media del cierre de campañas en un todos contra todos, la confusión es total. La izquierda no sabe ya por quien votar el próximo cinco de julio y ello tendrá sus consecuencias.

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce


El debate va. Las opciones de votar o no votar, inclinarse por el voto válido o por el voto nulo, a 20 días de la elección están en el ánimo de amplios sectores de la población.

En términos de racionalidad, siendo la democracia representativa en México asignatura pendiente por construir, el hacer valer lo dispuesto en la Constitución General de la República, que otorga a todo ciudadano el derecho a votar y ser votado, asumiéndose el pueblo como mandante, da lugar a que todas las opciones electorales sean respetables y legítimas, incluyendo el llamado voto en blanco o voto nulo. No obstante, la sola idea de castigar a la clase política impugnando de facto a un proceso electoral contrario a los intereses de las mayorías sin que tal determinación se haga acompañar por acciones organizadas de movilización social, no parece tener justificación alguna. No beneficia en nada a la ciudadanía ni tiene consecuencias legales, éticas o políticas  para aquellos a los que se pretende castigar.

Una elección se gana,  así sea por un voto, con la suma aritmética de sufragios válidos a favor de un partido o candidato, lo mismo si votan millones que si la participación en las urnas se reduce a unos cuantos miles. Lo demás, simple apunte para el anecdotario, o tema para tres años de denuncias y protestas que ni le van ni le vienen a la clase gobernante.

Sin embargo, “haiga sido como haiga sido”  el origen de la campaña a favor del voto nulo, lo que no se puede perder de vista es que para el imaginario popular tiene un carácter simbólico que va más allá del marco legal, rebasando incluso el que tanto tenga de grosor y sensibilidad el carapacho que recubre el cinismo de la clase política. El descontento ciudadano ha ido en aumento, generalizándose, justificando la indignación y la búsqueda de instrumentos o vías alternativas por las cuales manifestar o canalizar el rechazo al actual estado de cosas. Y que mejor que en la coyuntura, darle la espalda a los partidos políticos negándoles el voto, aún a sabiendas de que con ello no cambia nada.

Si bien no estoy de acuerdo en lo personal con la aplicación de voto nulo como castigo al sistema político que prevalece en México, no puedo dejar de considerar que, frente al cómodo abstencionismo, el asistir a las urnas y votar, así sea de balde, constituye un paso progresista en el largo trecho por recorrer en la tarea de dignificación de la política y  rescate de la democracia representativa. No porque los políticos escuchen y atiendan a la necesidad de cambio, ellos están en contra, sino visto como un aún tímido primer avance en la toma de consciencia nacional de la necesidad de avanzar en la tarea pendiente de construir desde abajo la organización popular y democrática de que hoy se carece; un partido político unitario capaz de oponerse a la tendencia fascista que hoy desde las altas esferas del poder real se impulsa en México con el contubernio del PAN y el PRI como soporte.

Bajo esta óptica, el voto nulo se entiende y justifica. Calderón Hinojosa  se equivoca si cree que el pueblo de México está de acuerdo con su teoría de  desideologización del quehacer público y las tareas del desarrollo económico y social, con la que pretende justificar la profundización de los procesos de privatización de la industria energética y alimentaria, de los servicios de educación y salud, así como la imposición de la flexibilización laboral y el congelamiento de los salarios. El voto nulo, en la coyuntura, le demostrará lo contrario.

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce


Así podría denominarse el barquichuelo blindado de la fidelidad en Veracruz. Cual moderno Nautilus, nada ni nadie le impide navegar con rumbo cierto. Al mando de experimentado capitán y,  con un inmejorable timonel que en medio de las  turbulentas y oscuras aguas de un país al que por doquier le brotan ámpulas anunciadoras  de desastre,  avizora puerto seguro para un día después del cinco de julio próximo y, por qué no, también para el 2010.


Teniendo como marco el escenario de un Veracruz en el que no pasa nada ni nada nos inquieta, salvo caer en las garras del capitán garfio y su casaca azul, la mayoría de los medios de comunicación hicieron gala de su capacidad informativa para destacar el mediocre papel de Javier Duarte de Ochoa, candidato priísta a diputado federal por el distrito electoral con cabecera en Córdoba, en un debate auspiciado por el IFE que no trascendió más allá de las paredes de las instalaciones del árbitro fallido del proceso electoral en puerta, opacado como fue por el fantasma del llamado voto en blanco.


El timonel asignado se dio por satisfecho. Tanto que ya anuncia gira triunfal a lo largo y ancho de los 20 distritos electorales que le son ajenos, para trasmitir el optimista mensaje de lo que su tecnocrática concepción  del mundo, de México y de Veracruz, ofrece como propuesta electoral del PRI para sacar al buey de la barranca.


Fuera del marco de un contexto nacional en el que el puntero de la crisis que afecta a México es evidente que no es la desquebrajada economía e incluso tampoco la de la inseguridad al amparo de propiciatorias medidas equívocas de la guerra contra la delincuencia organizada, el joven timonel habló y habló sin dedicar una sola frase a la cima del iceberg que ya sobresale entre las agitadas aguas: la crisis política de un sistema de partidos que, agotado, carece ya de oxígeno para afrontar la también crisis de credibilidad de una ciudadanía harta de simulación, corrupción e impunidad.


Postura congruente la del experto en el debe y el haber, para aquellos ya acostumbrados al blindaje verbal del submarino rojo que, cual gota de agua destilada, navega a profundidad de periscopio entre el estercolero. No así para un imaginario popular en el que la sola opción de castigar a la clase política sufragando a favor de nada  -porque eso es el inútil voto en blanco o nulo-, le entusiasma más que atender a campañas políticas anodinas y carentes de sentido práctico, que conducen a un más de lo mismo.


La política real de este cada vez más hundido país no significa nada para quien las técnicas presupuestales y las falsas salidas economicistas que a la crisis sistémica global ofrece el agotado modelo neoliberal, significan todo. Fiel al capitán y a la nave, el timonel se descubre a sí mismo como el ecléctico salvador del futuro incierto; ofrece puerto seguro en la tierra prometida y bonanza bursatilizada para todos.


Podrá ser diputado federal porque así el voto duro del priísmo lo decidirá, pero dudo que los galones de capitán lleguen a adornar el sombrero de tres picos de Javier Duarte de Ochoa,  joven timonel que cierra ojos y oídos al clamor mayoritario de la gente.

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce


Si de castigo se trata, votar sí, pero ni un voto al PAN, ni un voto al PRI, como sugiere Andrés Manuel López Obrador.


Cuando a mediados de marzo del año en curso detecte que en la internet se estaban reflejando las primeras manifestaciones de una corriente tendiente a promover el llamado voto en blanco, o voto nulo, como alternativa ciudadana a asumir en las elecciones del próximo cinco de julio, comente que si bien en algunos países constituye una opción válida para el electorado, habida cuenta de que con ello se manifiesta el rechazo organizado a los partidos políticos o a candidatos que no responden al bien común, en el caso de México, con  un sistema electoral carente de transparencia, confianza y credibilidad, resulta, al igual que el abstencionismo, contraproducente.


Agregando que el voto en blanco ni sería tomado en cuenta como mensaje de rechazo ni contribuiría a sanear nuestra incipiente democracia. Tanto el gobierno como la clase política en México, cotidianamente hacen gala de insensibilidad y oídos sordos frente a una opinión pública mayoritariamente insatisfecha.


Hoy, a 30 días de la elección, podría agregar que no obstante haber tomado fuerza la idea de castigar a la clase política descarrilando el proceso de legitimización de una simulada democracia representativa, al grado de que ésta, ganada por la histeria, ha puesto a un falso debate el tema del voto nulo, tal opción no me convence. Antes al contrario, me dejo llevar por el “sospechosismo” que provoca el que el duopolio televisivo y poderosas cadenas nacionales de radio y medios impresos, directa o indirectamente se hagan eco de la opción del voto en blanco. Y más todavía cuando constato entre mis vecinos no solo apatía y desinterés político frente a las elecciones en puerta. También una profunda ignorancia sobre lo que está en juego en los comicios venideros.


El descontento y rechazo al actual estado de cosas en el país, más que acicate para la búsqueda de alternativas de participación y cambio por la vía electoral, en la ciudadanía es motivo de connotada indiferencia. Votar por un partido en específico, por un candidato, o asistir a las urnas con el propósito de nulificar el sufragio, no está en el ánimo de un alto porcentaje de hombres y mujeres comunes. Votar o no votar, parece ser irrelevante; el peso de la degradación de la política en el imaginario popular, llama de antemano al rechazo a un proceso electoral manipulador que no tiene más propósito que legitimar el reparto legal de un pastel demasiado manoseado.


En este escenario, legitimar la elección, asistiendo masivamente a sufragar y al mismo tiempo descalificarla votando en blanco, me parece un contrasentido. Otra cosa sería si la ciudadanía, organizada, informada y consciente, participara en un referendo o pleisbicito,  optando  por  un si ó un no en la tan necesaria como urgente reconstrucción del sistema de partidos, la dignificación de la política,  y el rescate de la representación popular. Ni la sociedad mexicana está informada y organizada para tal efecto, ni la legislación electoral vigente se contrapone a  intereses espurios de la partidocracia.


Aceptémoslo o no, en las actuales condiciones del país el voto en blanco es un voto inútil, desechable, que no aporta nada a la urgente necesidad de organización consecuente desde abajo, para impulsar las exigencias de cambio de un Estado que ya, sin eufemismos, se da como fallido. Podrá satisfacer el prurito personal, individual, de saberse parte de un presunto rechazo a la clase política, pero hasta ahí. Colectivamente es caer en la trampa, dejando en manos de los partidos mayoritarios el seguir manteniendo secuestrada  la representación popular en el Congreso de la Unión. Más útil sería, si de castigo se trata, votar sí, pero ni un voto al PAN, ni un voto al PRI, como sugiere Andrés Manuel López Obrador.


Por lo que a mi respecta, reitero lo afirmado el 25 de marzo: La protesta o rechazo sin objetivos claros para avanzar no tiene sentido. Más que por el voto en blanco o la abstención, debe apostarse por la participación razonada y consecuente, generando condiciones para, desde abajo y de manera organizada, exigir a la representación popular cumpla con el cometido para el cual es electa. A mayor número de votos válidos menor será la oportunidad del agandalle y el fraude electoral. Y si este último se repite una vez más en contra de la voluntad ciudadana, como sociedad tendremos la calidad moral y política para impugnarlo, privando de legitimidad democrática a los triunfadores espurios y la justificación plena para exigir que se vayan todos.


Hay que salir a votar, así sea por el partido o candidato que consideremos menos peor. De otra manera, como ciudadanos interesados en  el rescate de la ahora secuestrada representación popular, estaríamos rindiendo la plaza sin  dar batalla. No podemos seguir permitiendo que una partidocracia, apenas respaldada por un voto duro que representa el 15 o 20 por ciento del total de más de 70 millones de votantes potenciales, decida el destino de la Nación.


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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce


En el descompuesto escenario político nacional resulta ingenuo pensar que de 77 millones de electores potenciales, el voto está polarizado entre el PRI y el PAN. Lo mismo podría decirse en tratándose de Veracruz, con más de 5 millones de ciudadanos en edad de votar. La cosa no es tan así cuando hablamos de una sociedad plural, política y socialmente lastimada. No puede dejarse de reconocer que los 8 partidos con registro nacional se disputarán apenas el 40 por ciento de los votantes potenciales; de acuerdo a resultados de las múltiples encuestas publicadas, el 60 por ciento restante corresponde al ejército de abstencionistas que, por indiferencia o por motivación política premeditada, desde ya han decidido quedarse en casa el próximo cinco de julio.


Luego tan ingenuo como fuera de lugar resulta la afirmación de algunos analistas que estiman que partidos como el PRD y Convergencia, perderán su registro, por el sólo hecho de que en Veracruz ni se les ve ni se les oye. Igual de ingenuo es afirmar que tanto Andrés Manuel López Obrador como Dante Delgado Rannauro, son cadáveres políticos insepultos por la sola razón de que no aparecen en los principales medios de comunicación de la entidad. O más bien, porque no pagan publicidad política en los mismos términos que el PRI o el PAN.


Aventurada opinión a mi juicio. Si el PRD y Convergencia tienen poco que ofrecer al electorado, guardada la proporción del caso, el resto de los partidos políticos en México atraviesan por la misma tesitura. Más allá de los conflictos internos que desde hace meses vienen dañando la imagen del partido del sol azteca, o del silencio mediático asumido por Convergencia, ambos cuentan con un voto duro nada despreciable.

Andrés Manuel en Córdoba

Andrés Manuel en Córdoba

En el 2006 el PRI atravesó por un mal momento y, sin embargo, la inercia de un voto duro, acumulado en el tiempo, le permitió ser factor determinante para jugar el papel de fiel de la balanza en la confrontación polarizada entre Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón Hinojosa. Es más, como ya se ha hecho público, gracias al PRI hoy el michoacano es el inquilino oficial de Los Pinos.


Querer tomar como punto de comparación los resultados en Veracruz de un   desaseado proceso en el 2007 -sin tomar en consideración los resultados de la elección presidencial del 2006-, apoyándose en un análisis lineal en el que se califica al actual proceso electoral en función del peso específico de Calderón Hinojosa o de Fidel Herrera Beltrán, beligerantes confesos, no lo considero correcto. El reacomodo de las diversas fuerzas políticas y el poder fáctico que en ellas incide frente a la elección en puerta, la mayor de las veces se da al margen del poder formal. Tanto el efecto Fidel o el efecto Calderón, expresado en recursos diversos aplicados en la compra de conciencias,  pueden incidir en la elección pero no más que el peso específico de las crisis concurrentes (económica, financiera, política, sanitaria) que ya afectan a toda la población. Para el votante potencial cuenta más el más seguro lo comido de la vida cotidiana que el futuro incierto que ofrece una clase política incapaz de atender al presente.

Andrés Manuel en Orizaba

Andrés Manuel en Orizaba


Andrés Manuel y Dante estoy seguro saben de la profundidad del descontento más que lo que de este saben los dirigentes del PRI y del PAN. Los primeros llevan más de dos años y medio tentándole el agua a los camotes, en todos y cada uno de los municipios del país y en todas y cada una de las delegaciones del Distrito Federal. Los segundos sólo se aplican en época de elecciones y bajo la óptica de una estructura formal que se niega a reconocer la profunda brecha existente entre ciudadanía y clase política. Si contar con comités ciudadanos en toda la red municipal del país, dispuestos a seguir al “peje” y trabajar por el movimiento de resistencia pacífica, quiere decir que este está políticamente muerto, entonces están equivocados quienes así lo afirman.


Dante Delgado, a quien en Veracruz se pretende subir al ring de la guerra sucia, descalificándole de antemano para el 2010, no hace el ruido que quisieran escuchar algunos medios de comunicación, es cierto, como también lo es que su partido poco hace para hacerse notar. Pero de ahí a que políticamente sea cadáver a desechar, o que Convergencia no cuente en Veracruz,  hay mucho trecho.


No se puede olvidar que en política a unos les toca lanzar los cohetes y a otros el recoger las varas. Frente al repudio generalizado a que ha dado lugar la suciedad vertida en la confrontación entre el PRI y el PAN, Convergencia apoyada por Andrés Manuel, podría ser la opción menos peor de la contienda. Lo veremos el próximo cinco de julio.


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