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Tag Archives: Dante Delgado

Pulso crítico

José Enrique Olivera Arce

A muchas habladurías se ha prestado el anuncio de un cambio en el partido cuyo Consejo Nacional preside el senador veracruzano Dante Delgado Rannauro, así como la oposición que a dicha medida expresara el ex diputado local y ex presidente de Convergencia en la entidad Alfredo Tress.

Lo mismo se dice que a falta de un auténtico partido político, Dante Delgado entrega el membrete de la franquicia de su propiedad al movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador con vías a la elección presidencial del 2012, o bien que como una expresión más del oportunismo político que siempre ha caracterizado al senador veracruzano, de motu propio, sin acuerdo de las bases convergentes, se cuelga del tabasqueño para revitalizar su desgastada imagen. 

Y efectivamente, mucho es lo que se puede decir de Dante Delgado y de Convergencia, sobre todo en Veracruz, donde el hombre y su partido vieran la luz primera, y teniendo como antecedente cercano la elección de gobernador en el 2010

Sin embargo, a mi juicio vale la pena profundizar más en la decisión adoptada y puesta a la consideración del Consejo Nacional cuando ya se velan armas para la contienda por la presidencia de la República; abonándosele cierta lógica no a dante Delgado sino a la decisión colegiada de la cúpula convergente, que rebasa en sí misma  tanto la chabacana idea de  una aparente transacción comercial “poniéndose en venta la franquicia”, como que el cambio anunciado sea simplemente expresión coyuntural de oportunismo político del senador veracruzano.  

En primer término, pese a su reducido tamaño y mínimo peso específico en la correlación de fuerzas en la vida política nacional, no podemos hacer de lado que en dicho partido militan hombres y mujeres de carne y hueso, de diferente estrato social, que están en Convergencia por libre decisión y convencidos de que ésta es una opción política que conviene a sus intereses personales o de grupo. Decir que el cambio anunciado es decisión unilateral y definitiva de Dante Delgado, de espaldas a las bases, es menosprecio y ofensa a estas personas, etiquetándoles como menores de edad y privándoles de su capacidad para decidir si permanecen en el partido, o se van.  

Si están de acuerdo con el cambio, adelante. Y si no lo están, tomarán la decisión que mejor les convenga, como ya lo hiciera en Veracruz el gris ex diputado local Alfredo Tress, sedicente vocero de la corriente convergente más conservadora en la entidad. 

En segundo término, el cambio propuesto está a la consideración de la militancia tras la sesión del Consejo Nacional que aprobó por mayoría -174 votos a favor, 1 en contra y cero abstenciones-, la convocatoria para la realización de la Tercera Asamblea Nacional Extraordinaria, en la que habrá de escucharse a la base del partido y, en su caso, aprobarse tanto el cambio de nombre como de sus nuevas bases programáticas y estatutarias, en los términos establecidos por la legislación vigente que norma la vida interna y funcionamiento de los partidos políticos nacionales. 

Y tercero, más que oportunismo político, el cambio que se propone Convergencia, es a mi juicio, una medida pragmática con la que este partido se adelanta -en el marco de la crisis general del sistema político nacional- en la adecuación a una nueva realidad en la que, para la ciudadanía, los partidos políticos han dejado de ser referente válido de la democracia representativa. La correlación de las diversas fuerzas políticas en México ya no está determinada por la rigidez piramidal de la institucionalidad partidista, sino por una fluctuante y aún amorfa movilidad y movilización social que busca nuevos caminos de participación y expresión política. 

Pragmatismo que, renglón aparte, ya no es extraño a ningún partido político en México. 

Aclaro que mi opinión personal no es en defensa de Dante Delgado Rannauro, a quien considero mi amigo desde hace muchos años sin necesariamente coincidir con su manera de pensar y de actuar, como en su momento lo expresara en varios artículos a lo largo de la campaña electoral del 2010. Únicamente estimo que el simplismo de calificar la decisión convergente bajo los cánones tradicionales de la politiquería, no cabe en un intento serio por interpretar un fenómeno social y político que no escapa al clima de crisis tanto de las estructuras formales del poder, como de un intento de la llamada sociedad civil por modificar el actual estado de cosas.  

El tema es complejo y atañe lo mismo a todos los partidos políticos que a la sociedad en su conjunto, en la búsqueda de nuevos derroteros tendientes a remontar la crisis del sistema político mexicano. 

Si hoy un partido pequeño cambia de nombre, bases programáticas y estatutarias, con la aceptación de cúpula dirigente y bases, no es una medida al azar ni puede dejarse de analizar en el contexto más general de la vida política nacional. Si Convergencia se propone a estas alturas un cambio, es porque puede hacerlo en función de su propio tamaño y de una corriente social que está a favor precisamente de un modo diferente de hacer política. Los partidos mayoritarios, anquilosados y sujetos a toda una maraña de contradicciones e intereses, no están en condiciones de plantearse la más mínima modificación cuando ya la elección del 2012 está a la vuelta de la esquina. 

Desde el punto estrictamente electoral, Delgado Rannauro en su intervención ante el Consejo Nacional fue muy claro: “Lo hacemos ante la negación de la partidocracia para abrir espacios a las candidaturas de la sociedad; estamos trabajando para consolidar un gran movimiento ciudadano a favor del pueblo, en defensa de los que no tienen voz y a quienes se les pretende engañar desde el poder”. ¿Oportunismo? ¿Medias verdades, medias mentiras? Quizá en contenido y tónica del discurso, más no en una interpretación sensata de la realidad y de lo que anida en la percepción popular. 

Que ello favorece en la coyuntura a la posible candidatura de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República, ante un nada imposible cambio de timón del PRD a favor de Marcelo Ebrard, sin duda. Convergencia, con nueva cara, pudiera postular como candidato ciudadano al tabasqueño, sin transgredir su base programática y estatutaria, la legislación electoral vigente y la voluntad expresa de sus bases, ganándose simpatía y voluntad del movimiento social “Morena”. Abriéndose con ello la puerta a la posibilidad en el mediano plazo de situarse, como un partido renovado, en  la segunda posición en la preferencia electoral nacional. 

En la inteligencia de que en términos prácticos, la cúpula convergente quedaría subordinada al tabasqueño; a la par que el partido se identificaría electoralmente como de centro izquierda, incluyente y moderado. Condición nada exenta de jaloneos, en tanto la militancia convergente e integrantes de “Morena”, se acomodan y ocupan el lugar que les corresponde en torno a un programa de unidad. 

Desde el punto de vista social, para el mediano y largo plazo, legitimidad y representatividad estarían en duda, de darse en Convergencia un simple maquillaje coyuntural para dejar las cosas como están. Ese sería el reto a considerar tanto por la militancia, simpatizantes y agregados de “Morena”, que desde abajo tendrían que impulsar un cambio auténtico, democratizando la vida interna del partido, sirviendo a la sociedad en la atención de sus demandas más sentidas y fortaleciendo el papel de la izquierda frente a la crisis partidista generalizada. 

En fin, hay mucha tela de donde cortar en un tema complejo. Corresponderá a los analistas más calificados y con información sensible a la mano, el desentrañar motivación y alcances de lo que se propone Convergencia con el cambio anunciado. 

Pero sin duda, quien tiene la última palabra es la militancia que pondrá a prueba su madurez y visión para secundarlo o rechazarlo. Sin perder de vista que la tentación de un gatopardismo a modo, pudiera dar al traste con el intento. Los políticos suelen atender más a su naturaleza que a la razón. Al tiempo.

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Tanto insisten en difundir las listas de los listos en las que se barajan nombres y más nombres de presuntos integrantes de los gabinetes, legal y ampliado,  que habrán de acompañar a Javier Duarte cuando menos en la primera etapa de su administración, que se olvida que el TRIFE aún no sentencia a favor del cordobés en el juicio de revisión promovido por Miguel Ángel Yunes Linares y Dante Delgado Rannauro, declarándolo gobernador constitucional de Veracruz, como ya fuera el caso de Durango. Tampoco se asume la más mínima consideración para con el Sr. Duarte, caso de que resultara ser  favorecido por los magistrados del tribunal electoral federal, al anticiparse al propio gobernador electo en decisiones de la absoluta competencia y responsabilidad de éste y, teóricamente, de nadie más.

Si es por pago de facturas o porque tome la sabia decisión de hacerse acompañar en su gobierno por los mejores hombres y mujeres de Veracruz, Duarte ya dará a conocer la integración de su gabinete, en su momento y sin necesidad de consultar los oráculos de los listos de las listas que tanto se esmeran por hacer de la especulación medio para figurar en el ánimo del por ahora gobernador electo.

En el tejemaneje de la geometría política veracruzana, a nadie escapa que la prensa en su gran mayoría únicamente es vocera, corre ve y dile, de quien paga para hacerse destacar o tratar, en el caso que nos ocupa, de influir en el ánimo y decisiones de quien habrá de tener el sartén por el mango a lo largo de los próximos seis años. Nada más, fuera de eso es efímero papel y tinta que se lleva el viento. De ahí que el ejercicio especulativo, las “señales”, el rumor, la presunta filtración, la cercanía de tal o cual personaje en el ánimo del gobernador electo y, por ende, su casi segura integración al gabinete, no tiene más valor en este momento que la propia aseveración de que Javier Duarte de Ochoa, es ya gobernador constitucional por haberlo así dispuesto la mayoría de los veracruzanos.

Algo más. Los listos de las listas, que por cierto son muchos, no toman en consideración que en la actual circunstancia de incertidumbre y espera de la emisión del humo blanco, así como la contingencia social y económica resultante del desborde de la naturaleza e imprevisión de las autoridades, daña más que beneficiar al joven Duarte de Ochoa el insistirse en mencionar como seguros a personajes de dudosos o no muy claros antecedentes, o bien a aquellos que a juicio de varios señorones del PRI, no merecen ser premiados con una posición de primer nivel. Causando esto último resquemor, descontento e inadversión en torno a las decisiones que pudiera tomar sobre el particular el por ahora gobernador electo, como ya está sucediendo en el aún partido escarlata de la fidelidad.

Pero también, y eso es grave para el futuro de la entidad, el mencionarse con insistencia que ya existe un gabinete designado, e incluso la pasarela que auspicia el mismo Duarte, exhibiéndose públicamente con el cuestionado ex alcalde de Coatzacoalcos, con el ex panista traidor Gerardo Buganza, o con el gris ex diputado federal Adolfo Mota, se interpreta como manifestación de soberbia, burla y provocación por aquellos más de millón y medio de veracruzanos que no sufragaran a favor del candidato priísta a la gubernatura en la reciente elección. Poniéndole más leña al fuego a una polarización que aún no enfría en los ánimos de una oposición que guarda esperanzas en torno al resultado de la determinación final e inatacable del TRIFE.

Polarización riesgosa cuando son tiempos de sumar y no de dividir. Hoy más que nunca, frente a los embates de la naturaleza, quiebra técnica de las finanzas públicas, y pérdida de credibilidad en la eficacia gubernamental, es exigible la unidad, buen juicio y solidaridad de todos en torno a quien habrá de gobernar a Veracruz.

El horno no está para bollos en el escenario nacional y, por consecuencia, en el ámbito estatal,  por lo que lo más recomendable en la coyuntura sería paciencia, moderación, humildad y respeto a las mayorías. Caso contrario, la pesadilla pudiera hacerse realidad sin estar preparados para enfrentarle. El ahora optimista escenario veracruzano podría revertirse. Todo está dado para que Duarte sea ratificado por el TRIFE, pero la moneda está aún en el aire, el presunto triunfo pende de un hilo que podría reventarse por lo más delgado. Bastarían cuatro votos de igual número de Magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para configurar una derrota no prevista.

A propósito. Por ahí leí que en toda estrategia militar, se le apuesta siempre al triunfo en batalla,  pero nunca deja de considerarse el escenario de una posible derrota, debiéndose prever una honrosa y ordenada retirada, reduciendo al mínimo el costo del traspiés. ¿Lo estará tomando en cuenta el joven Duarte y su respaldo partidista?

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J. Enrique Olivera Arce

Hay ocasiones en que lo más sensato para nuestra salud mental es aceptar nuestra realidad, tal cual, me dice un vecino. Esto, referido al proceso electoral en Veracruz, cuya conclusión no tiene para cuando, encierra una gran verdad. No podemos pedirle peras al olmo, sin riesgo de incurrir en demencia. El arroz ya se coció, chueco o derecho, Javier Duarte será Gobernador. No porque estemos convencidos de que el voto le hubiera favorecido, simplemente porque no podemos ir en contra de la realidad de un país en el que la voluntad soberana de las mayorías está secuestrada por los poderes fácticos que controlan la vida económica, política y social de México como Estado-Nación. Así de simple.

El argumento de que en las democracias se gana o se pierde por un voto, es una falacia a modo de quien lo defiende. Para que esta tesis tuviera un mínimo de sustento, tendría que existir la democracia como algo concreto, tangible y no como utopía con la que sueña el hombre libre desde la noche de los tiempos. Cuantitativamente gana Javier Duarte la gubernatura de Veracruz -así lo afirmé desde el mes de marzo-, porque por sobre todas las cosas, así lo quiso el Maestro Fidel Herrera Beltrán, quien, desde la aprobación de las reformas al código electoral, designación de candidato de su partido hasta el control del Instituto Electoral Veracruzano y, posiblemente del Tribunal Estatal Electoral, tomara unilateralmente aquellas decisiones que mejor convinieran a sus intereses y los que representa en la entidad.

Cualitativamente, es otro cantar. Javier Duarte de Ochoa “gana” hasta este momento la elección por la voluntad de un millón 392 mil 386 votos, reales o de origen dudoso, y contra la voluntad de un millón 736 mil 847 de veracruzanos que sufragaran en contra del candidato priísta a la gubernatura. Es decir, gana con el 44 % del total de sufragios “legalmente” válidos. En una “democracia madura”, para obtener el triunfo debería haber obtenido el 50 % más uno para que éste fuera legítimo. Un voto entonces si hubiera significado cualitativamente la diferencia a su favor, lo cual no sucedió.

Si el “triunfo” lo refiriéramos a la lista nominal validada por el IFE, el número de votos obtenido por el Sr. Duarte, apenas representaría el 26 % del total de electores potenciales. Y aunque el candidato priísta no tuviera la culpa de que el sufragio no alcanzara el 100 por ciento de los votantes registrados en el padrón, legítimamente no está en condiciones de afirmar que será gobernador por la voluntad mayoritaria de los veracruzanos.

Bastaría con remitirse a la desagregación de los resultados electorales, Distrito por Distrito, para echar por tierra su aseveración y la de quienes desde su partido y la mayoría de los medios de comunicación se hacen eco de tal apreciación.

La teoría es una cosa y la realidad es otra y a ella tenemos que remitirnos para no incurrir en insanía mental. Hasta este momento nos guste o no nos guste, digan lo que digan los porcentajes aludidos, debemos esperar que el Tribunal Electoral de Veracruz expida constancia de mayoría al Sr. Duarte, quien así asumirá el carácter de gobernador electo, en tanto el TRIFE no sentencie en contrario.

Lo que sigue, en términos prácticos ya no es de nuestra incumbencia como ciudadanos. Nuestra participación, buena, mala o regular se expresó el domingo 4 del presente. Hasta ahí tuvimos vela en el entierro. El tema del cómputo, las impugnaciones y lo que los tribunales determinen al respecto, está fuera de nuestra esfera de competencia como sufragantes modositos y bien portados. Lo que tres personas desde el Poder Judicial de Veracruz o, en su caso, el Tribunal Federal Electoral, sentencien sobre el particular, es lo que cuenta, estando todos obligados a apechugar en consecuencia.

Así que estimados paisanos, a lo nuestro. Que reine la calma entre nosotros y todo mundo a lo suyo, la persecución cotidiana de la chuleta y los buenos ratos de solaz esparcimiento frente a la tele. Dejemos que nuestras autoridades, los partidos, los políticos y los jueces,  hagan lo que saben hacer y olvidémonos por un buen rato de la democracia. No desesperemos, ya vendrán tiempos mejores en los que habiendo aprendido a abrir los ojos, exijamos aquello que establece nuestra Carta Magna como derecho inviolable de los ciudadanos.

Valoremos nuestra salud mental. Digamos, convencidos o no, al unísono con las empresas periodísticas, que el Sr. Duarte de Ochoa sucederá al Maestro Fidel Herrera Beltrán en la gubernatura de Veracruz. Lo demás será tema anecdótico para esos buenos escritores que, de manera tan brillante, saben acomodar la realidad poniéndola al alcance de la comprensión del ciudadano de a pie, y no motivo de desavenencias familiares o entre amigos que a nada positivo conducen.

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Pulso Crítico

J. Enrique Olivera Arce

Tras la mascarada del IEV y su debate, ya en la recta final, todo parece indicar que las propuestas de los candidatos a la gubernatura de Veracruz se tornaron en accesorias, corriendo la suerte del principal: ganar al precio que sea, en una elección a todas luces de Estado en un proceso electoral pseudo democrático en la que la voluntad popular es lo de menos.

Candidato que impacto con sus propuestas, impactó y a otra cosa mariposa. De aquí para adelante el convencer a los indecisos, entre los que se cuentan los abstencionistas y los convencidos del voto en blanco o nulo, sería el gran reto. Estaríamos hablando, cifras más, cifras menos,  en un escenario optimista, del 55 por ciento del total del padrón vigente de votantes potenciales registrados en la entidad con sus derechos a salvo. Más sin embargo, dado el rumbo tomado por el proceso electoral, esto resulta ostensiblemente irrelevante, al darse por sentado que el objetivo ya no es convencer sino avasallar.

Pero a manera de ejercicio vale la pena asomarse un poco a lo que representa ese universo de indecisos. De acuerdo a resultados de los tres últimos comicios en la entidad, el mayor porcentaje de este nada despreciable reservorio de votos está concentrado en los principales asentamientos urbanos de Veracruz e integrado por jóvenes adultos, mujeres y hombres, para los que votar no es relevante, habida cuenta de que no perciben beneficio alguno con su participación comicial como respuesta a expectativas y esperanzas de mejoría laboral, económica o social.

Esto en un contexto en el que partidos y candidatos han privilegiado más la difusión mediática de imagen que el propiciar el debate ciudadano en torno al futuro de Veracruz. Amén de las diversas manifestaciones de “guerra sucia”, que más que atraer y convencer, repelen. A lo que habría que sumar el machacón bombardeo de propaganda política que más habla del irreconciliable pleito ente el gobernador y el candidato del PAN a la gubernatura, apoyado por el gobierno federal,  que de un proceso democrático de contienda electoral entre pares.

Los jóvenes no quieren ya propuestas y promesas descontextualizadas y ajenas a la realidad de Veracruz, el país y el mundo; exigen respuestas y compromisos concretos a sus requerimientos de inclusión, educación, empleo e ingresos dignos sobre lo cual estén en condiciones de afrontar el futuro. Hasta ahora y por lo que se ha podido observar y escuchar, ningún candidato a la gubernatura, diputaciones locales o alcaldías, con responsabilidad se ha asumido como promotor de reivindicaciones juveniles ó garante del cambio de modelo de desarrollo frente a la crisis, que este importantísimo sector poblacional contempla como premisa para avanzar en la transformación de una sociedad que hoy se les niega.

El impacto de lo que no se tiene y a lo que se aspira,  en la percepción de la realidad a que se acogen la mayoría de los jóvenes adultos, hoy aún indecisos, tiene mayor peso que “el más de lo mismo”, en que coinciden propuestas y promesas de campaña de las y los candidatos, cuyo énfasis está puesto en la ya manida fórmula de gobiernos de empresarios para empresarios, o de parientes para parientes, bajo el supuesto de que a mayor inversión pública y privada, local y extranjera, con una buena dosis de complaciente corrupción, mayores expectativas de crecimiento y desarrollo para Veracruz.

El exigido cambio estructural que abata desigualdad, pobreza y exclusión no entra en los planes de gobierno, estatal y municipal que proponen los diversos candidatos. Estos llaman a la participación ciudadana, como panacea, pero al mismo tiempo niegan a la mayoría de la población el acceso a  una mayor y equitativa distribución de la riqueza por generar. La juventud de a pie, ajena a privilegios dinásticos, lo percibe, lo vive en carne propia y lo asimila a su imaginario, negándose a participar en un proceso electoral que nada positivo le ofrece. Convencerla de la disposición y voluntad política de cambio, es la tarea y reto a superar cuando los tiempos de campaña están por concluir.

Sea cual fuere la estrategia a seguir por los diversos candidatos, sus equipos de campaña, y los resultados en el último jalón, el número de potenciales votantes que convencidos o por inercia le apuesten al abstencionismo o al voto nulo, darán el parámetro para medir la calidad y legitimidad del proceso electoral y su conclusión  en las urnas. Si es que acaso esto último tiene algún valor en un clima de simulación democrática como el que se vive en México, o en una entidad federativa como Veracruz, en la que se privilegia, por sobre requerimientos de crecimiento económico, desarrollo y bienestar de la población, el ejercicio autoritario del poder por el poder;  como quedara asentado lo mismo en las grabaciones de conversaciones telefónicas del gobernador Herrera Beltrán con sus subordinados, que el empleo de técnicas ilegales de espionaje presuntamente orquestado por el gobierno de Calderón.

Ocho días a lo sumo es el plazo para que los candidatos hagan valer sus ofertas de campaña a nivel de piso, por sobre el impacto mediático de guerra sucia y al alcance de hombres y mujeres comunes, dispuestos a hacerlas suyas inclinando la balanza a favor o en contra de las diferentes opciones en el espectro electoral. No siendo ya esto último posible en términos prácticos, sólo les queda recurrir, en el mejor de los casos, a hacer valer mediáticamente credibilidad y compromiso con el bien común.

En el peor escenario, el camino más viable en esta última etapa inercialmente sería el de las prácticas antidemocráticas que, rayando en la delincuencia electoral y en el absoluto desprecio a la ciudadanía, ya se perciben en el horizonte cercano amenazando con la “judialización de la elección.

Y es en este último jalón, el más ríspido, en que cada candidato demostrará de que madera está hecho, de que recursos echara mano, y como habrá de comportarse en el futuro, caso de resultar ganador de la contienda, en un contexto de crisis y complejidad en el que las respuestas a las demandas de la sociedad deben marchar aparejadas en lo económico y en mano firme, para así conducir la nave entre las encrespadas olas de un país que vive ya los prolegómenos de una tormenta perfecta.

Poniéndose también a prueba a la propia sociedad veracruzana, que tendrá que optar por la comodidad de un más de lo mismo, dejándose vencer por el avasallador peso específico de la inmediatez, el oportunismo, la simulación y la corrupción, o correr el riesgo de apostarle al tan necesario como urgente cambio de rumbo con visión de futuro.

La suerte está echada, los dados están en el aire y partidos y candidatos, velan armas, prestos a la batalla final de lo que terminará siendo un tácito pleisbicito en el que la ciudadanía habrá de optar entre dejar triunfar a un candidato de Estado, o avanzar en el difícil y tortuoso camino de la construcción de la democracia.

En uno u otro sentido, la inclinación mayoritaria en las urnas dirá, en primera y última instancia, si el pueblo quiere el gobierno que cree merecer.

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La noche de hoy martes en lujoso hotel de Xalapa, capital de Veracruz, tuvo lugar el debate auspiciado y controlado por un Instituto Electoral Veracruzano falto de autoridad y desacreditado por su sumisión al poder ejecutivo estatal, entre los tres candidatos a la gubernatura de Veracruz. Evento antidemocrático al que no fue invitada la ciudadanía, toda vez que se realizó a puerta cerrada y trasmitido en video por internet. Miguel Ángel Yunes Linares, Dante Delgado Rannauro, y Javier Duarte de Ochoa, en un rígido formato, expusieron, replicaron y contra replicaron  en torno a sus ya conocidas propuestas, sin que pueda afirmarse que hubo ganador, no obstante que Duarte de Ochoa se llevara la peor parte, arrinconado por sus adversarios que se concentraron en el desempeño del priísta como Secretario de Finanzas al servicio de Fidel Herrera Beltrán.

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J. Enrique Olivera Arce

Concluyendo la primera semana de las campañas de los candidatos a la gubernatura, ya se percibe agotamiento del discurso. Propuestas y promesas, tras de ser reiterativas empiezan a caer en lugares comunes, tanto, que se alejan de la realidad cotidiana, expectativas y  anhelos del votante potencial para desembocar nuevamente en dimes y diretes que no conducen a nada positivo.

Incluso la propuesta de Dante Delgado Rannauro, a mi juicio la más integrada, sustentada en un diagnóstico de gran visión y respaldada por la experiencia de quien ya ha gobernado a Veracruz, no parece tener ya el impacto deseado.

Ya no se diga de la de Javier Duarte de Ochoa, restringida por el riesgo de contradecir y exhibir el triunfalismo mediático de Fidel Herrera Beltrán, su maestro, padrino y conductor para quien necesidades sentidas y reales de los veracruzanos están, desde la particular visión del gobernante, presunta y plenamente satisfechas.

Miguel Ángel Yunes Linares y Dante Delgado Rannauro coinciden en que Veracruz exige cambios positivos, proponiendo  como vía del desarrollo a la reactivación de la economía, con mayores índices de inversión pública y participación ciudadana. Nada nuevo bajo el sol, sin crecimiento económico no hay desarrollo. Sin participación ciudadana no hay crecimiento. Lo que no dicen es que crecimiento económico sin una justa distribución de la riqueza, no conduce al bienestar de la gran familia veracruzana y ahí, es donde ambos candidatos no logran aterrizar sus propuestas al nivel de hombres y mujeres comunes, ávidos de respuestas a una crisis que no cede y que sí agudiza de manera creciente el deterioro de la economía familiar, cancelando expectativas y esperanzas.

La crisis, tanto en el entorno internacional como en lo doméstico, está ausente del discurso proselitista. Por sobre ésta se trata de imponer el voluntarismo mesiánico de los candidatos que, con varita mágica, pretenden resolver rezagos, carencias y necesidades de modernidad, si el voto popular les favorece.

Lo deseable ante lo imposible es el límite del discurso, cuando no se puede conjugar con lo posible a partir de lo disponible. Las arcas públicas estatales y municipales están quebradas y pignoradas a 30 años; las participaciones federales se restringen conforme el país se hunde; el ahorro interno y la demanda agregada en una población empobrecida y sin expectativas de mejoría, es entelequia. Reactivar la economía a partir de tal premisa, es algo menos que imposible, más cuando los sectores privado y social, generadores de riqueza,  no confían en las bondades ofertadas por un sector público ineficiente y corrupto.

Más allá no pueden ir propuestas tras propuestas. A una semana de iniciada la campaña de proselitismo de los candidatos, el discurso llegó al límite, cerrándose el círculo y, con ello, se percibe un cada vez más lento avance en los porcentajes de aceptación ciudadana.

Convencidos o no, el número de ciudadanos a los que se considera voto duro para el PRI y el PAN, ya está consolidado y bajo control de las Coaliciones contendientes siendo ya por tanto irrelevante el bla, bla, bla o las dispendiosas concentraciones de adeptos a los que ya no se requiere convencer. Faltaría aún que la Alianza de Convergencia con el PT y el PRD, tome el control real de lo que a su vez le correspondería como voto duro, dependiendo su consolidación de una más que urgente tregua coyuntural y pragmática  entre los “chuchos” del PRD y el Movimiento por la Defensa del Petróleo, la Soberanía y la Economía Popular, que en Veracruz sigue a Andrés Manuel López Obrador, y no ya de mayor difusión de la propuesta 6:30 de Dante Delgado Rannauro.

Los ciudadanos al margen, los sin partido, que son la mayoría de votantes potenciales, tras machacona insistencia mediática en anticipos de pre campañas, pre precampañas, precampañas, y ahora campañas electorales, no se han plegado aún a los llamados de las coaliciones partidistas en contienda, ni se sienten alentados a sumarse a un candidato en específico. Mirones de palo esperan hasta el último momento para definir su voto.  Cuando menos eso es lo que se alcanza a percibir a nivel de la calle.

Para éstos, mujeres y hombres, las propuestas contempladas para el mediano y largo plazo, no es aliciente suficiente para definirse; candidatos van y candidatos vienen a lo largo y ancho de Veracruz hablando un lenguaje que les es ajeno. “Reactivación de la economía”, Generación de cientos de miles de nuevos empleos”, “Modernización del campo”, “Industrialización”, “Bancos locales de ahorro e inversión”, “Saneamiento de finanzas públicas”, “Eliminación de impuestos”, “Macroproyectos carreteros, portuarios y turísticos”, “Puentes portento de ingeniería”, “Abatimiento de la corrupción y la delincuencia organizada”, etc., etc., o el simple “Vamos para adelante”, no les dicen nada, ni mucho menos apuntan a trasmitirles confianza en el futuro inmediato. El triunfalismo gubernamental no satisface estómagos vacíos.

El como, donde y cuando reducir desigualdad, pobreza extrema, insalubridad, analfabetismo, o el descongelar salarios de hambre y abatir el costo de la canasta básica, para la mayoría de los votantes no se percibe en las campañas de proselitismo. El hoy, donde se impone el “más seguro lo comido, ya mañana Dios dirá”, no está contemplado en el discurso.

De ahí que la percepción, para quienes saben del paño y no están comprometidos con ningún partido en especial,  es que el crecimiento de la aceptación ciudadana por tal o cual candidato, se frenó e incluso podría retroceder. Ya las pomposas propuestas son irrelevantes, salvo para calentar los ánimos entre las diversas fuerzas ya cautivas mejor conocidas como “voto duro”.

Con o sin debate, a mi modesto entender, hasta ahí llegaron. Más que la confrontación de ideas y propuestas, lo que la ciudadanía espera de los hasta ahora presuntos debates, es un show mediático en el que los candidatos exhiban ante el respetable lo mismo fortalezas que debilidades de imagen.

Si esto es así, ¿Qué sigue?

Algunos observadores consultados señalan que el siguiente paso en las estrategias partidistas ya no es convencer a los votantes indecisos por la vía de foros, propuestas y discursos.  Ello, a unas cuantas semanas de la elección, sería pérdida de tiempo y desgaste innecesario. Tampoco un bombardeo mediático que, por sus excesos a lo largo de varios meses, más que orientar el sentido del voto revierte la disposición del electorado.

¿Tocaría entonces el turno a la inducción del voto por la vía del miedo, el sometimiento y avasallamiento de la conciencia popular entre los sectores más desprotegidos de la sociedad con una placa de taxi, una despensa o una lámina de cartón y ya, en última instancia, la compra del sufragio a pie de urna?  ¿Se pasaría de civilidad y confrontación de ideas y propuestas a la delincuencia electoral?

No lo veo así, sería anticipar escenarios nada deseables. Lo que la lógica aconsejaría es que llegó el momento de que los candidatos bajen del templete, guarden el discurso vertical y, con humildad, escuchen a la gente sencilla, sin acarreos, sin costosa  parafernalia, haciendo del diálogo constructivo su mejor herramienta de convencimiento.

De otra manera, estarían cerrando el camino democrático a sus aspiraciones. Obligándose a tomar la ruta fácil del menor esfuerzo, avanzando a cualquier costo hasta alcanzar la victoria. Si así fuera, no cabe la menor duda de que de aquí para adelante el candidato que disponga de mayores recursos económicos  y menores escrúpulos, tendría hándicap positivo en la carrera por la gubernatura. El derroche de dinero a manos llenas mataría toda esperanza de avance democrático.

Triste esto último pero, desafortunadamente es posible; en el mundo real el pragmatismo domina a la política y somete a las mayorías. Ganar es lo que importa, lo demás queda para la posteridad como recuerdo anecdótico del surrealismo jarocho.

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J. Enrique Olivera Arce

Inmersos en un proceso electoral atípico, en el que se vale todo, las mejores y peores triquiñuelas, bacinicazos a diestra y siniestra, ríos de dinero corriendo bajo la mesa, prejuicios sexistas, “toma y daca de pompas”, como coloquialmente lo expresa Dante Delgado Rannauro,  y todo bajo la premisa de que lo que está en juego es el destino de Veracruz, los diversos partidos políticos cierran su etapa de proceso interno de selección de sus mejores candidatos para abanderarles en la contienda por la gubernatura, pasándole el balón a una desangelada ciudadanía que tendrá que elegir entre más de lo mismo ó el cambio que en todos los órdenes exige la sociedad veracruzana.

Bajo el supuesto de que en las teóricamente precampañas, se consolidara el voto duro y clientelar con el que respectivamente cuenta cada partido, un 35 % por ciento a lo sumo de un total de 5 millones doscientos mil potenciales electores, la siguiente etapa, la de las campañas de los candidatos, estará enfocada a convencer al otro 25 % de los ciudadanos sin partido que suelen, por inercia o por un mínimo de responsabilidad cívica, concurrir a las urnas, asumiéndose con optimismo que el abstencionismo en esta ocasión no rebasará el 40 % del padrón.

Así que la pregunta obligada a estas alturas del proceso, es hacia donde se inclinará la balanza en el terreno de los indecisos. La respuesta es incierta, si como se dice, la elección será una de las más reñidas en la historia de Veracruz. Hasta ahora, todo parece indicar que la contienda culminará con el triunfo de la alianza del PRI con el partido verde y el remedo de partido político local, por cierto no por ser la mejor opción, en tanto que, pisándole los talones, avanzan la coalición de Convergencia, PT y PRD con Dante Delgado como candidato común, y la alianza PAN- PANAL disputándose el segundo lugar. Sin embargo, entre los que saben de estos menesteres, esta última coalición podría dar  la sorpresa, al observarse que Miguel Ángel Yunes Linares repunta en las encuestas.

En este escenario de reparto entre coaliciones, durante los obligados 30 días de silencio partidista y los destinados a las campañas de proselitismo en los que todos habrán de poner toda la carne en el asador en busca del triunfo, corresponderá a la ciudadanía reflexionar, valorar y decidir su voto. Tarea nada fácil; el ánimo de los votantes potenciales será objeto de un intenso bombardeo mediático, presiones de todo tipo, incluida la consabida despensa asistencialista y, a no dudarlo, el cacareo en torno a la inauguración de obra pública por parte del gobierno estatal, cuya terminación premeditadamente se ha programado para los últimos días previos a la elección. Claro, sin faltar la dosis de guerra de lodo que atendiendo al morbo de la gente políticamente más atrasada, pesará y mucho a la hora de la decisión frente a la urna el próximo 4 de julio.

Si hasta ahora la ciudadanía se ha mostrado indiferente, como observador de palo ante los jaloneos, descalificaciones y burda imposición de candidatos “de unidad” de la partidocracia, más temprano que tarde tendrá que involucrarse, como protagonista, en un proceso electoral que le ha sido ajeno. Si como ha venido afirmando Dante Delgado Rannauro en su precampaña, parafraseando a Bulnes, “cuando el pueblo dice que es de noche,  es hora de encender las farolas”, en referencia a la necesidad de respetar la voluntad popular, será la ciudadanía y nadie más la que diga la última palabra.

¿Se manifestará ésta a favor de la continuidad de la corriente fiel del PRI? ¿Inclinará la balanza a favor del partido y candidato de Felipe Calderón Hinojosa? ¿Optará por aventurarse sufragando a favor del cambio que oferta el aún precandidato de Convergencia? O de plano rechazará el ramillete de opciones tomando la decisión de quedarse en casita disfrutando los juegos del mundial de futbol. Ahí sí, todo dependerá, si los partidos juegan limpio, si sacan las manos del proceso tanto calderón como Herrera Beltrán, de que los votantes elijan la mejor opción y que los candidatos sepan que llegó la hora de encender las farolas.

La moneda está en el aire. El balón está en manos de la ciudadanía, no dejemos que otros decidan por nosotros.

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La encuestadora “Gabinete de Comunicación Estratégica”, dirigida por Liébano Sáenz y Federico Berrueto, difundió a nivel nacional en México, los resultados de un sondeo en Veracruz en torno a las elecciones de gobernador, en los que se afirma que si hoy fueran los comicios, el priista Javier Duarte le ganaría al panista Miguel Ángel Yunes casi por 24 puntos. Dante delgado, según la encuesta, no tiene más de 6.5 puntos de aceptación.


Liébano Sáenz, es actualmente coordinador general de estrategias de la campaña del mismo Javier Duarte, por lo que la encuesta presumiblemente carece de credibilidad y es un intento más por inflar el nivel de aceptación del candidato priísta a la gubernatura. A Liébano Sáenz se le señala como uno de los artífices de guerra sucia a favor de Duarte de Ochoa.

No paran en gastos y en malas artes, así se vive el proceso electoral en Veracruz.

Pulso Crítico

J. Enrique Olivera Arce

A lo largo de los últimos meses es mucho lo que se ha especulado sobre si es o no, decisión unívoca del gobernador Herrera Beltrán el pretender prolongar su mandato imponiendo a Javier Duarte de Ochoa en la titularidad del poder ejecutivo de la administración pública veracruzana. Tanto que en cada vez más amplios círculos del priísmo se da como un hecho que el joven diputado federal será el abanderado del PRI (Fidelidad) en la contienda por la gubernatura, actuándose en consecuencia unos rindiéndole cortesana sumisión simplemente porque es la representación vívida del que dicen manda en Veracruz, otros, posiblemente los más,  haciendo interesados cálculos a futuro en torno a la oportunidad de acrecentar prestigio y fortuna en la cercanía del delfín y, los menos, echando los dados a suerte pidiendo al cielo recapacite Fidel Herrera y de marcha atrás en un proyecto que estiman inviable.

Todo esto en un escenario preelectoral en el que no se cuestiona el triunfo priísta en julio próximo, habida cuenta de que el institucional habrá de echar la casa por la ventana para lograrlo, así sea, como es de esperarse, aplicando la manida fórmula de desviar carretadas de recursos públicos en respaldo a quienes resulten agraciados con una candidatura. Lo importante es el triunfo y, considerándose seguro, la calidad de los contendientes fieles es lo de menos.

Así las cosas, a estas alturas no vale la pena desgastarse juzgando si Duarte de Ochoa es o no es “el delfín” a imponer por Herrera Beltrán. Palo dado ni Dios lo quita, ya Fidelidad por México lo acogió como su candidato a la gubernatura. Lo relevante para los veracruzanos y en ello debería ponerse el énfasis, sería el dilucidar si el hasta ahora diputado federal reúne el perfil para asumir el cargo de gobernador de una entidad federativa cual más de compleja, azotada hoy por los efectos de una crisis global que no tiene para cuando amainar. Y aquí es donde la marrana tuerce el rabo.

Delfín o no y al margen de los deseos de la familia Herrera Borunda, por donde se le quiera ver, el joven cordobés carece de los atributos mínimos necesarios para afrontar las tareas que reclama un pueblo hoy lastimado, excluido y burlado. Careciendo de brillo propio, sin carisma, experiencia y sensibilidad política, Javier Duarte está muy lejos del tamaño de liderazgo que hoy por hoy se requiere para sacar al buey de la barranca. Más cuando se le ve seguir los pasos de su amigo y mentor, corriendo de la ceca a la meca expresando barbaridades y adornándose con el mismo triunfalismo sin sustento, en su carácter de intérprete de una diputación federal en la que no se le concede juego alguno. Sin embargo, se le tolera y acepta, porque así lo dispone “el que manda en Veracruz” sin que en ello tenga cabida el sentir de las bases de un partido por principio y razón histórica, anti democrático.

El cómo le resulte al PRI en las urnas el próximo cuatro de julio -más allá de la inercia del triunfalismo anticipado-, tener como abanderado a Javier Duarte de Ochoa, depende sin duda de quienes se le enfrenten desde las trincheras de la oposición panista o de la alianza de centro izquierda que se da por descontado encabezará Dante Delgado Rannauro.

Habida cuenta de que la plataforma programática del tricolor se basa en la continuidad de un régimen venido a menos, sin ideas ni propuestas, fidelidad por México le apostará al triunfo del dinero por sobre el capital político de sus oponentes y, en este escenario, el camino más fácil es el de la descalificación a priori, la guerra sucia en campaña, y el inevitable fraude en las urnas que guste o no al joven cordobés, llevara consigo el desgaste y el descrédito para su persona, como bien lo ejemplifica Felipe Calderón. Así, de obtener el triunfo, este será pírrico, ilegítimo y, por tanto, se asumiría que su gobierno será débil e incapaz para afrontar con unidad y consenso las tareas de reconstrucción tras el tiradero económico y social que tras de sí dejará la crisis.

La apuesta del PRI está ya sobre la mesa, debiéndola ratificar en asamblea un grupo de notables con carácter de delegados. La docilidad de los integrantes de este órgano de decisión, con vestimenta de disciplina partidista, está asegurada de antemano, faltaría ver si en el camino de las aspiraciones de Javier Duarte de Ochoa no se interponen intereses cupulares bajo la batuta de Enrique Peña Nieto, pero eso ya es harina de otro costal. Hoy por hoy el aún diputado federal “haiga sido como haiga sido”, parece tener la carta del triunfo, más que sea el de sólo lograr llegar a ser candidato.

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En perspectiva

J. Enrique Olivera Arce


Ya era de extrañarse. Convergencia se estaba salvando o aparentaba estar al margen de la crisis generalizada de los partidos políticos en México. La división en este instituto político está a flor de piel y la polarización ideológica y de intereses cupulares ya es del dominio público.

En Veracruz, cuna del partido naranja, era previsible el conflicto, se veía venir y todo era cosa de tiempo. Tras un largo período de ayuno de ideas, propuestas, y compromiso partidista,  auspiciado por Alfredo Tress y su antecesor en la conducción del partido en la entidad, la frágil estructura se fractura confrontando a quienes están a favor de la “Coalición Salvemos a México” y los que comulgan con la equívoca intención de mantener al partido en un inexistente centro del espectro político nacional, ajenos a cualquier bronca que ponga en peligro el registro y el disfrute de canonjías y manejo de las prerrogativas.


La incapacidad de la dirigencia estatal para conciliar los intereses diversos de la militancia fue más que evidente. En tanto que la mayoría se inclinara por la defensa del petróleo, sumándose al movimiento que encabeza Andrés Manuel López Obrador, la minoría, vinculada pragmáticamente a los intereses del titular del Poder Ejecutivo estatal a través del “Pacto de gobernabilidad”, se mantuvo en el mejor de los casos, al margen de la movilización social en la que, incluso, participa en forma destacada el senador Dante Delgado Rannauro.


Hoy día, frente a la posibilidad de que la mayoría de la militancia de  base de Convergencia y el PT, se imponga en la definición de las candidaturas a la diputación federal de la “Coalición Salvemos a México”, la minoría convergente se da por desplazada y pone el grito en el cielo. Manifestando su inconformidad en relación a una presunta violación a los estatutos del partido; cuestionando la designación de la Comisión Ejecutiva que encabeza Armando Méndez de la Luz, a sabiendas de que el ex alcalde xalapeño no se andará por las ramas. El rescate del partido en la entidad exige poner a cada quién en su lugar, reconstruir la estructura y concretar en los mejores términos la alianza con el PT; privilegiando a los militantes que se han mantenido firmes tanto en la defensa del petróleo como en el reconocimiento de Andrés Manuel López Obrador como “presidente legítimo”.


Lo que reduce el conflicto existente, ya extensivo al Distrito Federal y algunas entidades federativas, primero,  a una clara intención de la minoría de sabotear a la coalición “Salvemos a México”, quedándose con el control de la estructura convergente y el manejo de los recursos financieros del partido. En segundo término, sabotear la participación de Convergencia en el movimiento popular para, en alianza con los “chuchos” del PRD, restarle fuerza al movimiento social que encabeza el político tabasqueño.


Como era de esperarse, el bombardeo mediático se encarga de agregar leña a la hoguera. En Veracruz los medios de comunicación  exageran la nota respecto a  un  conflicto que es real pero superable,  para restar capital político a Dante Delgado y frenarle en sus aspiraciones de obtener la candidatura al gobierno de la entidad.


De cómo se maneje el conflicto por parte de la dirigencia nacional y la Comisión Ejecutiva en la  entidad, evitando el choque de trenes en las vísperas de las campañas que culminarán con la elección de diputados federales, depende el que las diferencias existentes no se desborden poniendo en riesgo el registro del partido. Pero también de la acción enérgica de la mayoría de la militancia, definiendo con toda claridad su postura y participación tanto en el movimiento lopezobradorista como en la “Coalición Salvemos a México”.


No hay lugar para a estas alturas asumir una actitud vergonzante, negándose a lo que es obvio. Ante la nación Convergencia está con Andrés Manuel López Obrador y,  si no es así, que la militancia abiertamente lo manifieste y actúe en consecuencia.


Sea cual fuere la solución al conflicto existente, lo que hoy acontece en Convergencia es un aviso más de la necesidad de resolver la crisis del sistema de partidos políticos en México por la vía democrática. El país no puede ni debe seguir siendo rehén de las cúpulas de la  partidocracia.


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