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Tag Archives: Delincuencia organizada

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

La diferencia quizá radique en que la corrupción oficial se exhibe con desverguenza en el aparador público, en tanto que la privada se oculta tras la cortina de la hipocresía y la simulación.

En el marco del ya tortuoso camino que desembocará en la elección federal de julio próximo, mientras los partidos políticos rasgándose las vestiduras se pierden en una inacabable espiral de acusaciones y reclamos mutuos, México se hunde; la incertidumbre crece, la violencia desborda y la pobreza toca a la puerta de las clases medias. La respuesta a una crisis palpable es la indiferencia sustentada en el flagelo histórico de la corrupción.

Los últimos acontecimientos en el penal de Apodaca, Nuevo León, hablan por sí mismos del nivel de deterioro de la sociedad mexicana. Más allá de la culpabilidad personal o gubernamental de la masacre que ahí tuviera lugar, lo que sale a flote como verdad insoslayable es el dominio de la corrupción en todos los ámbitos de la vida nacional.

Sin combatirle, empezando por vencer a la deshonestidad intelectual que nos niega la posibilidad de valorar causa y efecto, la guerra contra todo aquello que se opone a crecimiento económico, desarrollo y bienestar para todos, de antemano está perdida y, peor aún, se pone en condiciones de alto riesgo a la gobernabilidad republicana justificando hasta sus últimas consecuencias la tesis del Estado fallido.

En este pesimista escenario, la guerra contra la violencia delincuencial que necia y reiteradamente pone en primer plano Calderón Hinojosa, nació muerta. Como ya lo dejara entrever el general secretario, sus resultados conducen a un doble poder en el que extensas regiones del país están controladas por la delincuencia.

Podrán argumentarse cualquier tipo de justificaciones respecto a los lamentables hechos ocurridos en Apodaca, la cruda verdad es que apenas constituye un pálido reflejo de la realidad nacional. Por sobre cualquier otra consideración, el denominador común que corroe hasta el tuétano a la sociedad mexicana es la corrupción imperante. Sin la presencia de esta no se daría tal estado de cosas.

No es posible ya seguir por este equívoco camino. La amenaza del desastre está a la vista de todos. La corrupción anida desde los niveles más humildes de los hogares mexicanos hasta los más encumbrados de la vida política y empresarial del país, sin que se haga nada al respecto. De ahí que el flagelo de la corrupción se haga acompañar lo mismo de de la simulación y la impunidad que de la indiferencia ciudadana.

“La corrupción somos todos”, aseveró el ex presidente José López Portillo, e independientemente del sentido e intencionalidad justificatoria de su apreciación, tenía razón. Por comisión u omisión lo mismo peca el que mata la vaca que el que le agarra la pata. Comisión y omisión se interactúan y retroalimentan, así como se retroalimentan causa y efecto en una sociedad enferma que se niega a reconocer lo avanzado de la enfermedad.

Nadie está a salvo. Todos incurrimos en menor o mayor medida tanto en auspiciar corrupción e impunidad, como en tolerarla, sin tomar conciencia de que si su enquistamiento en la clase política y el servicio público es consecuencia histórica de un dejar hacer, dejar pasar desde los remotos tiempos del México colonial, es porque aceptándola todos nos beneficiamos de ella en múltiples sentidos. Cómodo es ver la paja en el ojo ajeno, lo intolerable es aceptar la presencia de la viga en el propio.

La diferencia quizá radique en que la corrupción oficial se exhibe con desverguenza en el aparador público, en tanto que la privada se oculta tras la cortina de la hipocresía y la simulación.

Ninguna guerra se gana con tanques y cañones sin el sustento de una base social que respalde la acción emprendida. Combatir la delincuencia sin la aceptación tácita por parte de la sociedad de que el enemigo principal está en nuestras propias filas, augura la más estruendosa de las derrotas. En tanto la sociedad en su conjunto no tome conciencia del como las causas últimas de la proliferación de la violencia criminal se retroalimentan con las diversas manifestaciones de corrupción pública y privada y se actúe en consecuencia, las batallas que se libran para abatir lo mismo inseguridad que pobreza y desigualdad, de antemano están perdidas, aunque Calderón Hinojosa afirme lo contrario.

Acusaciones, reclamos, dimes y diretes entre la clase política, es el anuncio anticipado de la derrota. Del doble poder a la ingobernabilidad sólo hay un paso, la elección de julio en la que se disputará el poder formal no es la solución para un Estado fallido si no va acompañada de un compromiso a fondo de sanear a la Nación.-

Xalapa, Ver., 29 de febrero de 2012

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

En medio de la confusión semántica que se refleja en los medios de comunicación cuando califican como “balacera” y no como “operativo”, a los hechos violentos acaecidos el pasado lunes en la ciudad y puerto de Veracruz, el gobernador Javier Duarte de Ochoa, molesto por el interrogatorio a que fue sometido por una nube de reporteros, sin más declaró que el número de muertos no es importante, los resultados son los que cuentan.

Cuestión de ubicación y de percepciones distintas. En tanto que para el gobernante veracruzano los resultados de los operativos  en contra de la por ahora aún incipiente ola delictiva en la entidad son positivos, toda vez que concurren a mantener la paz social fortaleciendo el estado de derecho, para la población en general lo que motiva preocupación y temor generalizado es el creciente número de muertos o fallecidos – para ser semánticamente correctos- a causa de la “guerra” contra el crimen organizado.

Balaceras, operativos o una y otra cosa, no cuentan, es el número de fallecidos que a lo largo y ancho del país ponen en evidencia la ausencia de resultados en el combate al galopante ritmo de deterioro de México como Estado-Nación.

Rotundamente cierto es que en Veracruz el clima de violencia no tiene comparación con el que priva en el noroeste de México y, para ser más precisos, en las entidades federativas que hacen frontera con el país con el mayor índice de consumo de estupefacientes a la par que el mayor exportador de todo tipo de armas en el mundo.

Pero lo anterior no necesariamente significa que la percepción de la creciente violencia y el número de fallecidos, así sean malandrines, integrantes de las fuerzas del orden o civiles inocentes estadísticamente agrupados en el renglón de “daños colaterales”, deje de impactar en el aldeano imaginario popular de Veracruz.

El miedo se deja sentir entre la población. No hay ciudad o pueblo en el que el tema de la violencia desatada o incrementada con la guerra declarada por Calderón Hinojosa no sea motivo de preocupación. No hay lugar en el que no se comente especulativamente de levantones, secuestros, desaparecidos, o temida presencia lo mismo de gavillas de malandrines que de las fuerzas armadas, pasando por la presunta colusión de funcionarios y policías estatales o municipales con  la delincuencia. Prensa impresa, televisiva o electrónica, privilegian sus principales espacios noticiosos  a este fenómeno social generando consenso en torno al fracaso presidencial.

La percepción negativa en torno a la acción de gobierno crece, por más que se insista en que con cada operativo se asestan golpes relevantes a la estructura delincuencial. Percepción de la que el gobierno se desentiende, minimizándola al grado de afirmar que el número de muertos no cuenta, cuando precisamente tal número es la fuente del horror y temor que aqueja a una población que se pregunta cómo es posible que se destinen seis veces más recursos presupuestales a la atención de la seguridad que al combate a la pobreza, sin resultados a la vista. Cuando el sentido común indica que lo que requiere de fortalecimiento es el bienestar económico, social y cultural que genera expectativas de desarrollo y tranquilidad en la sociedad.

Nada es verdad, nada es mentira, todo depende del cristal con que se mira, dice la conseja. Lo que para el gobierno es irrelevante, para la población en general es determinante. El éxito o el fracaso de la guerra contra el crimen no es asunto estadístico sino de percepción popular. Cuando el número de muertos víctimas de la violencia criminal deje de ser noticia de primera plana en los medios de comunicación, entonces hablaremos de resultados exitosos. Mientras ello no suceda, es lo mismo  balaceras que operativos en el debate semántico entre el gobierno de Veracruz y reporteros.

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Con cinco armas largas, tres cortas, y  cuatro granadas, no utilizadas, según reporte militar, 12 facinerosos mantuvieron a raya durante siete horas, hasta perder la vida, a las fuerzas de seguridad pública en el operativo armado para capturar a presuntos integrantes de la delincuencia organizada, la noche de pasado jueves en Xalapa, capital de Veracruz. En la refriega 2 soldados sin deberla ni temerla resultaron muertos. Lamentable suceso que diera lugar a pérdida de vidas y una oleada de psicosis colectiva en la ciudad. Pasado el susto, a la luz de la información oficial divulgada, algo no cuadra. O vemos muchas películas de “rambos” super héroes o los elementos del ejército y la policía estatal y municipal que tomaran parte en el penoso evento no están preparados para la tarea. Para someter y liquidar a ocho civiles armados y cuatro desarmados, presuntamente sicarios, atrincherados en una casa común y corriente ubicada en una colonia marginada, se requirió de siete horas de intercambio de fuego y la pérdida de dos miembros del ejército, arrojando como resultado colateral pérdida de tiempo y recursos públicos del gobernador, alcaldesa y funcionarios de primer nivel así como el terror en el ánimo de toda una ciudad. Algo anda mal, quizá por eso la población y un cada vez mayor número de analistas y comentaristas en los medios de comunicación, dan por perdida “la guerra de Calderón” contra la delincuencia.

La Jornada en línea la tarde de hoy difundió un llamado de Felipe Calderón Hinojosa a la unidad para hacer frente a “los verdaderos enemigos de México”.

La nota informativa es la siguiente:


Aguascalientes, Ags. Después de asegurar que el “asedio” a policías obedece a acciones “desesperadas” de la delincuencia, el presidente Felipe Calderón demandó un cierre de filas para hacer frente a los “verdaderos enemigos de México”.

Al inaugurar la 73 Asamblea General Ordinaria de la Confederación Nacional de Organizaciones Ganaderas, llamó a levantar la mirada por encima de diferencias, de coyunturas y de ciclos de gobierno, porque “coincidir es un privilegio de la inteligencia y de la razón”.

En tanto, el líder de los ganaderos denunció que viven una situación crítica y demandó apoyos.


Como era de esperarse, la nota de referencia dio lugar a múltiples comentarios de los lectores, descalificando al Sr. Calderón por carecer de legitimidad democrática y autoridad moral y política para asumirse como factor de unidad nacional.  De entre estos, reproduzco el siguiente, por considerarlo oportuno, congruente y atinado:


Enviado por rodrigo en 13/07/2009 19:45

Que pena

Qué pena, que nuestro país se encuentre ante un panorama tan desolador, que pena que un país tan hermoso como lo es nuestro México, se debata ante la pobreza de millones de mexicanos y los intereses mezquinos y sin escrúpulos de los personajes que por generaciones se han enriquecido a costa del país y su gente, pero peor aún lo es, que los mexicanos nos sintamos defraudados por un gobierno que lejos de atender las necesidades de su pueblo, se la pasa tratando de justificar a como dé lugar, sus fracasos en la lucha contra la delincuencia organizada, en donde la población como siempre, sea quien esté pagando las consecuencias de esos fracasos. Tenemos que concientizarnos para exigir un verdadero gobierno que sea realmente representativo de la gente que lo lleva al poder y que cierre filas en contra de los problemas esenciales de su población.

El Financiero en línea 25/04/09


Round celestial

México, 25 de abril.- La guerra contra el narcotráfico empieza a costarle al presidente Calderón más de lo que él mismo hubiera podido pensar. Además del desgaste ya notorio, de la imagen de las fuerzas armadas y la poca credibilidad de la sociedad en los resultados que se reportan, su gobierno ahora enfrenta fuertes cuestionamientos por parte de jerarcas católicos, un sector tradicionalmente identificado con el partido de la derecha.

Tras el dislate de la Procuraduría General de la República con su afirmación de que el obispo de Durango tendría que presentar denuncia formal para que la policía pueda ir tras el “Chapo” Guzmán, presumiblemente avecindado “más adelante de Guanaceví”, el clero mexicano criticó fuerte y claramente la estrategia anticrimen del gobierno.

La Conferencia del Episcopado en pleno apoyó la declaración del arzobispo de Durango señalando que no fue irresponsable y luego, en voz del obispo de Saltillo, Raúl Vera, cuestionó severamente los resultados de la guerra del gobierno contra el crimen organizado.

Vera dijo que en esta lucha contra las mafias no se ha tocado a los políticos coludidos con la “estructura que soporta al narcotráfico”.

Lo que nunca se hubiera esperado que dijera un prelado, el obispo de Saltillo lo expresó en señalamientos que revelan desencuentros entre la cúpula de la iglesia y el actual gobierno. El país vive ya un “terrorismo puro” y una “ausencia de autoridad” que le permite a las organizaciones del narcotráfico actuar con total impunidad, denunció quien hace unos años fuera obispo coadjutor de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, cuyo titular era ni más ni menos, Samuel Ruiz García.

Vera, quien se ha caracterizado desde aquella época; y ahora más, como obispo titular de la Diócesis de Saltillo; salió a la palestra, o mejor dicho, a la calle, después de un pleno del Episcopado Mexicano, para irse prácticamente a la yugular del gobierno calderonista con esta afirmación: “la corrupción dentro del Estado mexicano es algo que no se está tocando”

Qué casualidad -exclamó el obispo Vera, respaldando a su homólogo de Durango- que las únicas que no saben (dónde está El Chapo) son las autoridades; “o sea la impunidad nos viene de la ausencia de autoridad”.

Más claro, ni el agua bendita.

Pero si todavía quedara alguna duda, el obispo Vera, quien desde luego no hablaba a título personal, sino por la organización episcopal, fue más a fondo al afirmar categóricamente que el presidente tiene que darse cuenta de que su famosa guerra contra el narcotráfico es un fracaso.

Sobre la exigencia de la PGR al obispo de Durango, de presentar formal denuncia sobre el paradero de el “Chapo”, Vera precisó que los sacerdotes guardan el secreto de confesión y agregó que no es papel de la iglesia andar denunciando a criminales. Para eso, los ciudadanos pagan sus impuestos, para que el gobierno persiga y detenga a los delincuentes y así garantice seguridad a la población, sentenció.

Mientras, la secretaría de Gobernación envió un documento a los diputados del PAN en el que se les informa que de diciembre de 2006 al 24 de febrero de 2009 han sido detenidos 43 mil 609 personas vinculadas con el narcotráfico, de los cuales 5 son capos.

Seguramente, con este documento la SEGOB quiso ponderar el éxito de la lucha contra el crimen organizado, para que los diputados de Acción Nacional hagan lo propio en el Congreso, pero sin querer queriendo, les da la razón a los prelados, porque ¿solamente 5 capos?

¿O sea, que los 43 mil 604 restantes son narquitos o carne de cañón?

Rosaura Cruz de Gante

Periodista, consultora en comunicación. Becaria de la OEA en el diplomado “Ética Periodística en las Américas”. Comentarista en Radio Fórmula, 1470 AM. Ex presidenta del Club Primera Plana

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