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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

“Los resultados, poco satisfactorios, son siempre perfectibles porque no coinciden jamás con el deseo, inmenso e indefinido”. Olivier Debroise

Sin temor a equivocarme, generalizando podría afirmar que si en algo existe consenso es que nadie, o casi nadie, desea que le vaya mal a Veracruz. Hasta por razones egoístas, esperamos un gobierno exitoso en sus propósitos de trabajar por la prosperidad y beneficio compartido para todos. El joven gobernador, Javier Duarte de Ochoa, debería entender que este consenso es el principal capital político con el que puede contar y en el que se debe apoyar para sacar al buey de la barranca.

Y sin embargo, todo indica que no encuentra el camino para canalizar voluntad y participación ciudadana en torno a su administración. Puede más su agradecimiento para con la familia Herrera Borunda y el compromiso adquirido de pago de facturas con los diversos “clanes” que le apoyaran en sus campañas políticas sucesivas, que confiar en una población hábida de participar y contribuir a la buena marcha del estado que le da cobijo.

Dando la impresión de que cortar el cordón umbilical que le ata al pasado no figura en su agenda; lo mismo en la integración de su mediocre equipo de trabajo que en su actitud asumida de ignorar el tamaño y fortaleza del tigre que en suerte, con el obsequio del boleto triunfador, se sacara en la ruleta política de Veracruz. Sin aún lograr entender que el consenso poblacional a su favor, se sustenta en la posibilidad de cambio como expectativa deseable tras padecer el nefasto fidelato.

No más mentiras, triunfalismo anticipado, y política de comunicación social sustentada en un desprecio a la inteligencia de los gobernados, y sí, no me cansaré de insistir, humildad, transparencia, trabajo eficaz, y resultados medibles y cuantificables que jalonen al paso de los días el quehacer gubernamental, es lo que se espera de Javier Duarte de Ochoa.

Lo heredado no es miel sobre hojuelas, la población lo sabe y hechos contundentes de opacidad, pesimo sentido del orden y conducción de la administración, corrupción y finanzas públicas quebradas lo confirman, conforme se va destapando la cloaca. Calificar a Fidel Herrera como adalid  de decencia, buena fe y excelente gobernador, a partir de la aprobación de la cuenta pública del período 2004-2009 por el Congreso local, resta confianza y credibilidad al joven gobernante.

Nadie se chupa el dedo. El análisis y aprobación, en su caso, de la cuenta pública gubernamental por parte de la diputación local, está referido a recursos propios del gobierno veracruzano, no a los federales que por diversos conceptos contribuyen en más de 90 por ciento al presupuesto  estatal y que ya, en el Informe del Resultado de la Fiscalización Superior de la Cuenta Pública 2009, figuran severos señalamientos en cuanto a su transparente y eficaz manejo. Y aún así, uso y destino de los recursos propios, en medio de la opacidad pudieran cuadrar en el papel más no en resultados tangibles y a satisfacción de la ciudadanía, colocando en entredicho las aseveraciones anticipadas del gobernador Duarte de Ochoa respecto al desempeño de su mentor y amigo.

De ahí que se cuestionen lo mismo medidas concretas adoptadas en el arranque de la administración,  que contenido de espectaculares campañas mediáticas cuyo impacto en la población en contrario a lo que considera la Dirección General de Comunicación Social, es de bajo perfil y proclive a su cuestionamiento. Temas como el de la creación al vapor de la secretaría del medio ambiente, tenencia vehícular, austeridad en el gasto, pago diferido a proveedores  y ahora, la disposición legal de otorgar pensiones a los deudos de los militares caídos en Veracruz en el combate a la delincuencia organizada, lejos de convencer de experiencia, visión de Estado, eficiencia y eficacia en quien gobierna, son objeto de bromas de mal gusto, malestar y rechazo por parte de amplios sectores de la población.

Baste comentar que la última de las medidas citadas, fue tomada como un acto demagógico, orientado a buscar cercanía y aprecio de Felipe Calderón Hinojosa, así como respaldo y reconocimiento de las fuerzas armadas a un gobierno que en sus inicios no percibe presencia y magnitud de su responsabilidad en el combate a la delincuencia.

Nadie ignora que nuestras fuerzas armadas cuentan con una amplia cobertura en materia de seguridad social (ISSFAM); adicionalmente, la dádiva graciosa otorgada, dado el caso, no compromete a nada a las fuerzas nacionales de tierra, mar y aire con el gobierno de Veracruz, que no sea el cumplir con su deber.

La población no quiere a las tropas en la calle, pero tampoco desea que los soldados mueran en una “guerra” de antemano perdida. Lo que exige es que las autoridades civiles cumplan con su obligación. Los veracruzanos desean vivir en paz, el gobierno de la entidad está obligado a proporcionar seguridad, combatiendo a la delincuencia en cualquiera de sus manifestaciones y no esperar que el ejército y la armada le saquen las castañas del fuego.

El gobernador debería estar consciente de que la medida aprobada por unanimidad en el Congreso local, gana animadversión y rechazo cuando es sabido que a jubilados y pensionados en Veracruz se les regatea lo que en derecho les corresponde.

Así como hay consenso en el deseo de que no le vaya mal a Veracruz, es la hora en que Duarte debe reconocer que también lo hay en torno a la pésima imagen de Calderón Hinojosa, de Fidel Herrera Beltrán y a toda manifestación de continuismo que huela a rojo fidelidad. No debe echar en saco roto la reacción de los oaxaqueños por el disimulo de Gabino Cué ante las trapacerías de Ulises Ruíz, su antecesor, y la sumisión acrítica y manifiesta a Calderón y sus nefastas y regresivas políticas públicas.

El gobernador Duarte de Ochoa se comprometió a gobernar para todos, su compromiso es con Veracruz no con camarillas aferradas a un oscuro pasado que, atándole de manos, le apuestan al derrumbe.

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Roberto Fonseca Flores / Correo de la Noche al Día

Fidel Herrera Beltrán

Cartón de "Rape"

Observando el desmadre que se trae el panismo estatal, así como el desinfle de seguidores del candidato Miguel Ángel Yunes Linares y la toalla que oportunamente tirara la coalición presunta apoyadora de la candidatura de Dante Delgado Rannauro, no puede uno más que asegurar que quienes votaran en contra de la alianza del PRI y sus paleros, verde ecologista y la empresa privada del Sr. Laborde, lo hicieron en contra de Fidel Herrera Beltrán, su proyecto fidelidad y su pleito personal con el neopanista choleño,  ex director del ISSSTE, más no así en contra de Javier Duarte de Ochoa, a quien marginalmente se enderezaran críticas sin sustancia a lo largo del proceso electoral.

Conforme se enfría el ambiente post electoral y se asientan las aguas, eso me queda claro y así debería quedarle claro al aún gobernador electo. Toda crisis implica oportunidad, y esta última es la que se le ofrece al “delfín” para congraciarse con todos los veracruzanos, deslindándose de los excesos de su padrino y presunto manejador, para obtener consenso y unidad en torno a su propio proyecto de gobierno. El “todo se los debo a Fidel”, debería ser expresión de gratitud de un hombre de bien, con valores bien cimentados, pero, esto en lo íntimo de su conciencia y no como sustento de un hacer las cosas en nombre y beneficio de y para, como es la percepción que de manera amplia se tiene sobre lo que será su gobierno. El poder lo ejerce quien lo tiene y lo pasado quedó atrás. Fidel es Fidel, sobrado está para manejarse solo en lo que le depare el destino, sin pretender depender de su sucesor. El cacique rojo ya no debe meter las manos en asuntos que serán responsabilidad única de Javier Duarte.

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