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Tag Archives: Influenza porcina

Desde 1999, la organización pidió a las naciones prepararse para una pandemia, pero aquí hace apenas un año se decidió abrir una planta para producir inmunización contra la influenza estacional.

El Universal, México 30/04/09

Thelma Gómez


México no posee la infraestructura para desarrollar y, virtualmente, producir la vacuna contra el virus de influenza porcina. Sucede que hace 30 años el gobierno federal desmanteló dos institutos especializados y dejó de invertir en la creación de productos biológicos, mientras que apenas hace un año adquirió una planta para producir la vacuna contra influenza estacional. Lo anterior, a pesar de que desde 1999 la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha alertado con insistencia a las naciones a prepararse para una epidemia: una de sus recomendaciones fue crear laboratorios para desarrollar tratamientos de inmunización, con el objetivo vital de garantizar la disponibilidad de vacunas.


Los mayores productores de vacunas de influenza (aunque para la porcina aún no existe) son Australia, Canadá, Francia, Alemania, Japón y Estados Unidos. Se calcula que entre todos producen y distribuyen más de 262 millones de dosis, el 95% de las que se aplican anualmente. Los laboratorios de estos países tendrían la capacidad de desarrollar una vacuna para combatir el virus de la influenza porcina y una vez más México tendrá que depender de ellos.


Según puede constatarse en varios de sus documentos oficiales, a partir de 1999 la OMS mencionaba que en caso de una pandemia de influenza sería prioritario disponer de vacunas suficientes. En 2005 advirtió que menos de una decena de países disponían de empresas nacionales productoras de vacunas, lo cual provocaría que “la mayoría de los países en desarrollo no tendrán acceso a una vacuna durante la primera ola de la pandemia”.


A su vez, en el documento Consideraciones para la vacunación en caso de una epidemia de influenza, la Organización Panamericana de la Salud previó que “en caso de una pandemia se requerirá dos dosis para proteger a cada individuo, por lo cual se estima que sólo un 14% de la población tendría acceso a una vacuna en los primeros meses de la pandemia”.


Científicos consultados por la Unidad de Investigación de EL UNIVERSAL coinciden en que México tendría que estar desarrollando ya su propia vacuna contra la influenza porcina y no lo está haciendo. En América Latina, Brasil, en cambio, implementó un programa de monitoreo de los casos de influenza y fortaleció sus laboratorios dedicados a producir vacunas. De acuerdo con su Plan de Contingencia para Pandemia de Influenza, en 1998 —un año antes de las alertas de la OMS— el gobierno de ese país comenzó una estrategia para lograr autosuficiencia; entonces invirtió 150 millones de dólares para modernizar instalaciones y equipamientos de los laboratorios públicos que producen sueros y vacunas. Con un atraso ostensible, el gobierno mexicano dio los primeros pasos hace sólo un año, al comprar aquella planta.


El camino de la dependencia


Durante décadas el país tuvo un liderazgo en vacunas, mismas que se producían en los institutos nacionales de Higiene y de Virología, creados en 1956 y 1960, respectivamente. Aunque producían 90% de las vacunas requeridas, a partir de 1977 los fusionaron con otras dependencias del sector salud y en 1999 quedaron reducidos a dos áreas de una paraestatal creada por el gobierno de Ernesto Zedillo llamada Laboratorios de Biológicos y Reactivos de México, SA de CV (Birmex). De acuerdo con su página de internet, produce sólo dos de las 12 vacunas que incluye el esquema básico de vacunación.


Alejandro Alagón Cano, académico del Instituto de Biotecnología de la UNAM y especialista en la producción de sueros contra venenos, recuerda que el Instituto Nacional de Higiene “hacía vacunas de muy buena calidad, pero desde [Carlos] Salinas se le empezó a matar y se perdieron capacidades técnicas que teníamos como país”.


Leticia Cedillo, especialista investigadora del Cinvestav del Instituto Politécnico Nacional (IPN) especializada en virus, afirma que hace un par de años se solicitó a científicos mexicanos opinar sobre un proyecto para establecer una planta productora de vacuna contra influenza. “Muchos científicos veíamos que podía venir una epidemia de influenza. Por ello se consideraba prioritario contar con un laboratorio que trabajara en la creación de nuevas vacunas para reaccionar ante este tipo de emergencias”.


Fue hasta principios de 2008 que el gobierno mexicano anunció la adquisición de una planta, con la expectativa de elaborar 20 millones de dosis anuales, aunque en caso “de alguna emergencia” se tendría la capacidad de fabricar 60 millones. 2011 fue el año que se fijó para el inicio de operaciones.


En marzo pasado, además, se firmó un acuerdo con la trasnacional Sanofi Aventis para producir en México vacunas “ante el riesgo que representa la influenza y la influenza pandémica”, según declararon públicamente funcionarios federales. En tal ocasión, el secretario de Salud, José Ángel Córdoba Villalobos, reconoció que hace 30 años el país era autosuficiente en la producción de vacunas; “ahora se busca ser autosuficiente como en esos tiempos”.


De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud, México compra cerca de 19 millones de dosis de influenza estacionaria cada año a un costo de 30 pesos cada una; es decir, invierte cerca de 570 millones de pesos tan sólo en esta vacuna. EL UNIVERSAL buscó al director general de Birmex, Samuel Ponce de León, para conocer si existe un plan tendiente a asegurar que en cuanto se desarrolle contra el nuevo virus de la influenza haya disponibilidad total y de producción nacional. Su respuesta fue que “no estaba autorizado para dar entrevistas”. Otros funcionarios de la secretaría tampoco respondieron a la petición de entrevista.


Necesidades emergentes


Aún es pronto para saber cuántas dosis de vacunas contra el nuevo virus se requerirían en México, explica Esther Orozco, directora del Instituto de Ciencia y Tecnología del Distrito Federal (ICyTDF), pues es necesario saber cuál es la población que podría ser más susceptible. Y mientras estos estudios se realizan, apunta, es prioritario iniciar la investigación para que el país pueda desarrollar su propia vacuna.

Por separado, los gobiernos federal y del DF convocaron a científicos mexicanos a actuar de manera urgente. El martes anterior unos 12 especialistas en virología acudieron a una reunión en las instalaciones de Birmex, donde según algunos asistentes se expuso la necesidad de crear técnicas rápidas de diagnóstico, nuevos antivirales y la urgencia de la vacuna. Además, se anunció que Conacyt lanzaría una convocatoria para apoyar proyectos enfocados a investigar el nuevo virus.


El gobierno de la ciudad de México convocó a un grupo de científicos de varios centros de investigación a desarrollar un método de diagnóstico y una vacuna. El ICyTDF destinará 30 millones para apoyar la investigación científica que permita desarrollar métodos de diagnóstico, una vacuna y otros proyectos semejantes. Aparte, estableció contacto con el investigador Craig Venter, uno de los pioneros en el estudio del genoma humano, para que científicos mexicanos participen en la secuenciación genética de las cepas del virus de influenza porcina.


Rosa María del Ángel, especialista en virología del Cinvestav y una de los convocados por el gobierno capitalino, señala que poseer la secuencia genética del virus sería el primer paso para hacer una vacuna, y que después tendrán que desarrollarse los antígenos, hacerse pruebas en laboratorio con animales y probarla en humanos, todo bajo las normas de la OMS.


“Esta epidemia ha puesto sobre la mesa la necesidad de que el país desarrolle sus propias vacunas contra la influenza”, comenta la especialista, lo cual tardaría no menos de cinco meses.


Selene Zárate, investigadora en genómica de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, considera que debe valorarse, asimismo, la necesidad de un centro dedicado a enfermedades emergentes, con capacidad de reacción rápida, métodos efectivos de diagnóstico y vacunas, de acuerdo con los lineamientos internacionales.

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce


A ciencia cierta no se quien le cree y quien no le cree al gobernador Herrera Beltrán. Las opiniones están muy divididas gracias a los excesos mediáticos de la actual administración estatal.

En lo personal y en referencia al tema de la influenza porcina, más allá de mi opinión personal sobre la política veracruzana, me inclino por creerle. No puede ser de otra manera. Frente a la gravedad de la amenaza epidemiológica todos los ciudadanos estamos obligados, por razones más que obvias, a confiar en nuestras autoridades, creer a pie juntillas en lo que estas informan sobre la evolución de la enfermedad, así como atender puntualmente todas y cada una de las medidas y recomendaciones que, con carácter preventivo, se han puesto a disposición de la ciudadanía. La vida va de por medio.


No creer, no confiar, dejándonos llevar por el rumor, la especulación o la maledicencia, a más de propiciar el miedo irracional, rompe con la necesaria unidad de los veracruzanos y da paso a la anarquía frente a un problema grave que no respeta condición social o económica. La amenaza es general y su atención atañe a todos por igual.


Pero si los ciudadanos estamos obligados a actuar con responsabilidad, con mayor razón debe prevalecer la cordura y la responsabilidad en el liderazgo que frente a la crisis de salud pública asume el gobierno de la entidad. No es correcto ni social ni políticamente, que desde el mismo poder público se atente contra unidad y credibilidad, politizando el manejo del fenómeno epidemiológico como ya está sucediendo.


Bastó una simple hipótesis atribuyéndosele a Veracruz el punto de partida de la infección para que el tema, por demás grave,  adquiriera tinte electoral al negarse desde el poder ejecutivo tal posibilidad. De inmediato la maquinaria mediática entró en acción, respondiendo sin duda a consigna dictada, medios de comunicación y texto servidores al servicio del régimen procedieron al desgarre de vestiduras, ubicando al epicentro de la epidemia en el Distrito Federal, gobernador por Marcelo Ebrard, y en el estado de México, cuya titularidad del ejecutivo estatal recae en Enrique Peña Nieto. Sin faltar señalamientos infundados de una conspiración panista en contra del gobernador Herrera Beltrán, orquestada desde la oficina de Calderón Hinojosa.


Los mismos que en el tema de la refinería pedían una decisión técnica y no política, hoy, frente a la crisis epidemiológica, anteponen a criterios científicos el interés político de un futurismo fuera de lugar. No se vale. Si los veracruzanos estamos obligados a confiar en las autoridades estatales, en congruencia estas, a su vez, están obligadas a confiar en los estudios científico-técnicos de expertos y responsables del sector salud a nivel nacional que, por su parte, confían en las autoridades internacionales del ramo. Y estas, hasta este momento, no tienen elementos para afirmar donde, como, cuando, y bajo que condiciones hizo acto de presencia en territorio nacional el amenazante virus trasmisor de la influenza porcina.


Tampoco en este momento debería interesarnos generar polémica al respecto. La Organización Mundial de la Salud (OMS),  ya declaró el nivel cinco de la alerta general y es mucho lo que está en juego; acompañando a la incertidumbre generada por la epidemia, la economía, ya de si deteriorada por los efectos de la crisis sistémica global, indirectamente paga un alto costo  por la contingencia. Si la economía cae, lo sufrimos todos. De ahí que lo determinante sea el  frenar la amenaza, evitar que se propague el mal  y conducirle por los mejores cauces.


Por encima de intereses partidistas o pugnas electorales,  está el privilegiar el interés más general de la vida, salud y economía de los mexicanos. No hay que perderlo de vista. Actuemos todos con responsabilidad observando tranquilidad, mesura y buen juicio, que con ello contribuiremos a que los veracruzanos crean en su gobernador, en su liderazgo, en un asunto que es de vida o muerte.

pulsocritico@gmail.com

http://pulsocritico.com

La nueva epidemia de influenza porcina que día a día amenaza con expandirse a más regiones del mundo, no es un fenómeno aislado. Es parte de la crisis generalizada, y tiene sus raíces en el sistema de cría industrial de animales, dominado por grandes empresas trasnacionales.


En México, las grandes empresas avícolas y porcícolas han proliferado ampliamente en las aguas (sucias) del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un ejemplo es Granjas Carroll, en Veracruz, propiedad de Smithfield Foods, la mayor empresa de cría de cerdos y procesamiento de productos porcinos en el mundo, con filiales en Norteamérica, Europa y China. En su sede de Perote comenzó hace algunas semanas una virulenta epidemia de enfermedades respiratorias que afectó a 60 por ciento de la población de La Gloria, hecho informado por La Jornada en varias oportunidades, a partir de las denuncias de los habitantes del lugar.


Artículo completo en Our Words in Resistance

El hacinamiento y el afán de rentabilidad rápida han conducido a uno de los criaderos de agentes patógenos más peligrosos del mundo.

El capital siempre ha codiciado someter la producción agrícola y pecuaria a su lógica de valorización. En la industria pecuaria, los grandes rastros y mataderos de ganado son un ejemplo de una línea de ensamble, pero al revés. En lugar de ir armando un producto final, a la res sacrificada se le va desensamblando por etapas. Pero la mejor imitación de procesos industriales en la producción pecuaria se da en los lotes de producción de ganado pecuario en condiciones estabulares y en las llamadas granjas porcícolas y avícolas. El hacinamiento y el afán de rentabilidad rápida han conducido a uno de los criaderos de agentes patógenos más peligrosos del mundo.


Ahora que la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Centro de Prevención y Control de Enfermedades estadunidense declaran que al virus A(H1N1) no se le puede contener, y que lo único que queda es mitigar los daños, habría que preguntarles por qué toleraron durante décadas la creación de este tipo de establecimientos. Su fallida estrategia anti-epidemia ha quedado al descubierto. Y tiene la palabra complicidad escrita por todas partes.


Surgen dos preguntas clave. Primero, ¿qué hace tan virulento al A(H1N1)? Segundo, ¿por qué es especialmente mortífero entre adultos jóvenes? Las respuestas apuntan a las industrias porcícola y avícola.


La historia comienza con la confirmación por parte del gobierno mexicano de que un niño estuvo infectado con el virus A(H1N1) que ya provocó 150 muertes en México. El niño se infectó en marzo durante un brote de enfermedades respiratorias que afectó a 400 personas en el poblado La Gloria, cercano a Perote, Veracruz.


Dos criaturas perecieron durante el episodio e inicialmente el gobierno estatal indicó que se trató de infecciones bacterianas. Para el 6 de abril ya se había dado la alerta de una extraña enfermedad respiratoria y se registraron niveles muy altos de infección en La Gloria. Se estableció un cordón sanitario, pero no se dio la alerta sobre un posible brote de influenza. La responsabilidad penal de las más altas autoridades sanitarias está comprometida en este asunto. ¿Será que no se quería poner en riesgo la visita de Obama a México el 16 de abril? Revisen las fechas. Es sólo una hipótesis.


Más allá del engaño y la lenta reacción de las autoridades (siempre incompetentes y corruptas), surge la pregunta de por qué en esa zona. Veamos algunos indicios que apuntan en dirección de las instalaciones de la empresa Granjas Carroll, subsidiaria de Smithfield, la principal productora porcícola del mundo.


El virus A(H1N1) parece ser más virulento en adultos sanos de entre 20-40 años. Una vieja hipótesis entre los epidemiólogos es que, en estos casos, un sistema inmunológico sano y fuerte se convierte en desventaja. Una explicación es que cuando hay infección por influenza patógena, los vasos sanguíneos en los pulmones se hacen porosos y una proteína vinculada a la coagulación de la sangre se introduce en los alvéolos pulmonares. La respuesta desesperada del sistema inmunológico conduce a un edema pulmonar y acelera el desenlace fatal. Así, los pacientes con el sistema inmunológico más fuerte son los primeros en sucumbir.


Un virus patógeno utiliza al organismo anfitrión para transmitirse a otro organismo. Si lo mata antes de tiempo, queda aislado y no puede reproducirse. En la evolución de una cepa viral, se mantiene un equilibrio entre nivel de virulencia y la tasa de transmisión (de un anfitrión a otro). Cuando la transmisión es más rápida, la cepa aumenta su virulencia, matando al anfitrión más rápidamente.


Los mecanismos que promueven las mutaciones virales que conducen a mayor virulencia y rapidez de transmisión están presentes en la producción pecuaria, porcina y avícola en concentraciones industriales. El hacinamiento, la alimentación industrializada e inyecciones masivas de antibióticos y suplementos hormonales (para el rápido crecimiento), son excelentes promotores de una evolución que conduce a cepas patógenas virulentas. El hacinamiento y los débiles sistemas inmunológicos de cerdos y aves producidos en estas condiciones son propicios para generar tasas de transmisión muy rápidas. La acumulación de desechos es desde luego un foco de contaminación con graves riesgos para la salud humana y la integridad de los ecosistemas. La crueldad con los animales en estos centros productivos no es un problema menor. La cereza del pastel es la débil variabilidad genética en la población concentrada en estas granjas.


Bajo estas condiciones, el reemplazo periódico de la población de cerdos y aves provee nuevos lotes de anfitriones y favorece la evolución de cepas patógenas. Y si el reemplazo se acelera para aumentar rentabilidad (por ejemplo, pollos antes procesados en dos meses hoy lo son en 40 días), el ciclo viral se acelera porque aumenta la presión para que el virus alcance más rápido la fase de transmisión a otro organismo. La intensidad de virulencia aumenta proporcionalmente.


Al buscar cerrar lo que Marx llama los poros del proceso de valorización del capital, la gran industria porcícola y aviaria ha puesto en pie un sistema generador de cepas patógenas de fiebre porcina y avícola. Esto es lo que explica la aparición de una red filogenética de influenzas que afectan al ser humano precisamente cuando se globaliza el modelo industrial de producción avícola. Esta epidemia es prueba del fracaso de un modelo de producción y consumo que debemos reemplazar antes de que sea tarde.


La Jornada/Opinión 29/04/09

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