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Tag Archives: inseguridad

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Pérdida de empleos y deterioro del poder adquisitivo del salario, aunado al clima de violencia criminal e inseguridad, pesan más en el ánimo del colectivo nacional que un escándalo de corrupción y saqueo que simplemente confirma lo que es de todos conocido.

Lo evidente mata especulación. Es tal el deterioro y retroceso que en todos los órdenes acusa Veracruz que el discurso especulativo de una clase política corta de miras, encabezada por el gobernador de la entidad, resulta superfluo frente a la terca realidad. Perdida en dimes y diretes en torno al destino último del saqueador de moda  y sus cómplices, no alcanzan a percibir que más importante y relevante para los veracruzanos es la incertidumbre frente a lo que el futuro nos depara que un pasado que ya se fue, que ya no está más que en el herramental con el que se manipula morbo, ignorancia  y sed de venganza en pro de oscuros intereses.

Pasado ominoso que operando como distractor, cortina de humo que pretende ocultar la terca realidad de desigualdad, pobreza, exclusión e inseguridad que acompañan a una economía que se va a pique y, frente a la cual, la incapacidad de los tres órdenes de gobierno para paliarla, es más que evidente; antes al contrario, auspiciando su profundización la ignoran o se sirven de esta para, en río revuelto, satisfacer intereses particulares o de grupo que atentan contra soberanía e independencia nacionales.

Es por ello que llama la atención el que Don Miguel Ángel Yunes Linares afirme que el “affaire” Duarte de Ochoa es tema de primer orden en la vida nacional, cuando no es así. El seguir dándole vueltas a la noria en torno al ex gobernador de Veracruz y sus presuntos cómplices, incluida esposa y amantes, cuando éste ya está a buen recaudo como “vinculado a proceso”, figura únicamente como prioridad en quien confunde venganza con buen gobierno.

Un escándalo más en suelo patrio de los muchos que empañan la vida de la nación, reflejo, insisto, del agotamiento de un régimen político caduco cuya legitimidad se cuestiona cotidianamente.

Para aquellos medianamente informados y para quienes padecen la precariedad de un salario venido a menos, en la jerarquización de prioridades está puesto el énfasis en el renglón económico. El modelo adoptado por los gobiernos neoliberales se agotó; las reformas estructurales están operando en contra, y la crisis de una economía que no crece no obtiene respuesta positiva por parte de los aprendices de brujo del gobierno central. Pérdida de empleos y deterioro del poder adquisitivo del salario, aunado al clima de violencia criminal e inseguridad, pesan más en el ánimo del colectivo nacional que un escándalo de corrupción y saqueo que simplemente confirma lo que es de todos conocido.

“El país vive una situación generalizada de desesperación…” (Orlando Delgado Selley, La Jornada 27/07/2017)

Los veracruzanos ya no se chupan el dedo. Así que a quién quiere engañar el gobernador de dos años, cuando arremetiendo contra Andrés Manuel López Obrador cuestiona a este por no darle la importancia debida al tema que no le deja dormir, afirmando que el silencio del líder de Morena es silencio cómplice resultante de la “untada” de mano que recibiera de Javier Duarte de Ochoa.

A sabiendas de lo que estaba por recibir de ganar la elección, Yunes Linares, candidato a la gubernatura de dos años, se comprometió a dar la debida atención a tres temas prioritarios: el rescate y reordenación de la administración pública estatal, el rescate de la vida económica de la entidad, y el restablecimiento de la seguridad pública.

A casi ocho meses de gestión, el gobierno de la alternancia se ha desentendido de tales prioridades. La administración con una hacienda pública quebrada y asediada por acreedores es un verdadero desbarajuste; la economía veracruzana en franca recesión agudizando su crisis, y la inseguridad ciudadana es ya pan de todos los días a la par que se incrementa el deterioro social dominando desempleo y pobreza.

Trastocado el orden de prioridades, la persecución y acoso por todos los medios disponibles a los aún presuntos saqueadores de la hacienda pública veracruzana, tienen prevalencia.

La alternancia, sin rumbo ni brújula, en vísperas de una renegociación del TLCAN en la que están en juego los principales renglones de la economía veracruzana, hoy por hoy se da por fallida, mientras el titular del ejecutivo da palos de ciego combatiendo a periodicazos fantasmas del pasado.

“Es la economía…” gobernador, tome nota.

Cd. Caucel, Yuc., 27 de julio de 2017

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Teniendo como escenario la barbarie criminal que tiene en ascuas a la sociedad veracruzana, la vida pública gira en torno a más circo y menos pan para las mayorías empobrecidas. Es lo que en síntesis podría resumirse como clima dominante en lo que va de la gestión de Miguel Ángel Yunes Linares al frente del poder ejecutivo estatal. Y aunque parezca absurdo, no son pocos los veracruzanos que se prestan al juego, desestimando la problemática toral de la entidad y no queriendo ver más allá de su ombligo se alimentan de especulaciones, rumores y chismes de barandilla.

El rescate de Veracruz ha quedado en simple retórica y juegos pirotécnicos electoreros, mientras crece desigualdad, pobreza y desempleo,  pretendiéndose tapar el sol con un dedo magnificando resultados de un raquítico asistencialismo a modo que, lejos de impulsar inversión, producción, empleo y bienestar hunde más a Veracruz. Economía y finanzas públicas en crisis dan cuenta de ello.

Hojas que se lleva el viento

Fuera de toda duda, no es recomendable arrojar piedras al patio del vecino cuando el techo de nuestro hogar es de cristal. O en pocas palabras, hay que cuidar de no pisarse la  cola. Lo cual viene a cuento ante uno más de los escándalos mediáticos, distractores a modo administrados paso a pasito por el gobierno estatal. Si, distractor a modo pues no se puede calificar de otra manera el que sin decir agua va, se exhiba lo mismo al Congreso que a la Universidad Veracruzana por destinar recursos públicos a publicidad y propaganda sirviéndose de medios de comunicación “fantasmas”.

Una raya más al tigre en el desempeño faccioso del gobierno de la alternancia, magnificada por medios y comunicadores que a diferencia de pasados y oscuros tiempos, no figuran de manera relevante en el listado de convenios de publicidad ahora del dominio público.

Si son empresas “fantasmas”, queda a la autoridad correspondiente y no a quien esto escribe, el dilucidarlo y actuar en consecuencia.  Empero no puede dejarse de considerar que lo que hoy es motivo de escándalo es y ha sido a lo largo del tiempo pan de todos los días, en la relación entre gobierno y medios de comunicación; estableciéndose convenios de publicidad y propaganda sin mediar elementos técnicos de juicio que determinen la importancia de cada medio y la contraprestación correspondiente, valorando periodicidad, tiraje,  circulación y grado de penetración e influencia en la población objetivo, trátese de prensa impresa o electrónica.

Convenios que independientemente de los signados por medios de comunicación con partidos políticos, sindicatos, ONGS o personeros de la vida política en lo individual como medio de manipulación social y política así como de  proyección de  imagen y presencia en la sociedad, se establecen discrecionalmente entre los tres órdenes de gobierno y empresas periodísticas.

Una mano lava a la otra, conformándose una relación gobierno-prensa que en la más absoluta opacidad ronda los terrenos de la corrupción, cuando está de por medio el pago con recursos públicos de presuntos servicios prestados cuya eficacia cuantitativa y cualitativamente deja mucho que desear así sean éstas respaldadas por destacados comunicadores, cuantimás tratándose de “empresas fantasmas”.

Compadrazgo, amiguismo y “moche”, van por delante.

En los señalamientos de corrupción y enriquecimiento inexplicable que se formulan en contra de Gina Domínguez y Alberto Silva, cuestionándose su desempeño como coordinadores de comunicación social de la administración duartista, hay mucho de eso.  Corruptor y corrompido van de la mano en una telaraña de interés mutuo en la más completa opacidad.

Hoy por intereses políticos, se exhibe al Congreso y a la Universidad Veracruzana. Pero me pregunto cuál sería la reacción de medios y comunicadores, si en un afán de transparentar la relación gobierno-prensa se dieran a conocer los convenios vigentes durante las administraciones de Fidel Herrera y Javier Duarte, signados por los tres poderes del gobierno estatal o por los más destacados ayuntamientos de la entidad.

¿Se daría el mismo desgarre de vestiduras? O se guardaría silencio cómplice al grito de “no hagan olas”.

Como reza una bomba yucateca, “… dices que no comes tierra y esa barriga que tienes, es de la tierra que comes”.

Xalapa, Ver., 17 de julio de 2017

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

A la par que el presidente Peña y su canciller empecinados insisten en ver la paja en el ojo ajeno, asumiendo una postura intervencionista en el seno de la OEA que no respalda el pueblo de México, la crisis multidimensional que acusa el país se profundiza.

Acusando el nivel más bajo de aceptación de sus gobernados en los últimos 50 años del presidencialismo en México, el inquilino de Los Pinos pareciendo desentenderse de la creciente demanda de la seguridad pública ante los embates del crimen se ocupa y preocupa más por los asuntos internos de Venezuela que por asegurar gobernabilidad y gobernanza democrática en su país, incidiendo negativamente en la crisis que en todos los órdenes de la vida nacional es más que evidente.

Crisis que por cierto Peña Nieto niega, afirmando no existe más allá de una percepción de un pueblo que se niega a reconocer hechos positivos  que hablan de un país pujante, de un México que avanza a pasos firmes por la senda del desarrollo cuando la terca realidad le desmiente.

El descontento y el hartazgo crecen a lo largo y ancho del país,  y no necesariamente en el terreno político-electoral. Desigualdad, pobreza, desempleo, deterioro del tejido social y pérdida de expectativas de bienestar pesan más en el ánimo de la población que el discurso triunfalista. El consenso social en torno a la necesidad de un cambio de régimen que atraiga paz social y nuevos derroteros para el país es cada día más amplio. La gente quiere y exige un cambio y la élite política nacional no ve ni escucha.

La realidad, siempre la terca realidad, se expresa por diversos medios y caminos. La violencia desatada y sin control de los últimos días en Veracruz, es su reflejo en nuestra aldea. Nadie está ni se siente seguro ahora ni en el interior de su propia vivienda, mientras la llamada clase política del régimen caduco se preocupa y ocupa del incierto escenario electoral para el 2018.

No sólo es la inseguridad pública, también la inseguridad en el empleo, la inseguridad frente al costo de la vida que supera el poder adquisitivo del salario, o el acceso a la educación superior, entre otros factores negativos cuyos efectos se resienten cotidianamente en el seno de la familia, conforman un estado de cosas que va más a allá de la simple percepción en el imaginario colectivo y que parecieran no figurar en la agenda político-electoral, salvo en el manido discurso de la simulación de una desacreditada partidocracia.

“Tanto va el cántaro al agua…” , que el descontento y el hartazgo rebasa ya la capacidad gubernamental para contenerle. Ya no es sólo el doble poder que impone con terror la delincuencia a lo que se enfrenta el gobierno de la alternancia, la movilización de protesta ciudadana, con todo y represión en contra,  se deja sentir con toda intensidad ante la incapacidad gubernamental para atender y resolver lo que en justicia reclama la población.

El cambio es ya ineludible. O se empieza desde arriba, o  desde abajo con las consecuencias que ello implica, los veracruzanos de a pie tomarán la iniciativa. ¡Ya basta!

Hojas que se lleve el viento

Ahora sí, como anillo al dedo, no es lo mismo ser cliente que tendero. A dos días de llegar a término el séptimo mes de gestión del gobernador Yunes Linares, se da como fallida a la administración de una alternancia nacida de la alianza del PAN con el PRD, incapaz de cumplir con los ofrecimientos de una campaña electoral sustentada en la venganza política.

Tras la mampara de la violencia criminal desatada, brillan por su ausencia lo mismo rescate de la administración y finanzas públicas que de una economía en recesión. La entidad permanece postrada con pobreza y desempleo en ascenso, las finanzas públicas estatales en quiebra, la administración un desgarriate y el gobernador, como vocero de lujo de su gestión, solo atina a reafirmar su indignación ante un estado de cosas que rebasándole se le derrama.

Xalapa, Ver., 28 de junio de 2017

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Enrique Olivera Arce

En el marco de una aberrante violencia criminal que a lo largo y ancho del territorio veracruzano tiene en jaque a la seguridad pública, los últimos coletazos de un políticamente desahuciado Javier Duarte de Ochoa incrementan descontento y hartazgo en una sociedad que, sintiéndose inerme e indefensa, no ve para cuando cambie el actual estado de cosas.

El malestar social crece y la mayoría de la llamada clase política haciendo como que la Virgen le habla, lo echa en saco roto pareciendo no importarle en la coyuntura electoral lo que la sociedad piensa y dice respecto de un gobierno fallido, así como de una partidocracia cómplice que dejando hacer, dejando pasar, le deja las manos sueltas a un Duarte de Ochoa que se regodea ofendiendo y lastimando a los veracruzanos.

Malestar que por ahora orgánicamente se expresa disperso pero que dejando entrever un justificado enojo, toma senderos que salvo contadas excepciones no contribuyen a un proceso constructivo de participación, organización y acción política consecuente. Así, el malestar social se diluye entre chistes de mal gusto, pedestre lenguaje e imágenes ofensivas en torno a quienes consideran responsables del deterioro social y económico, empezando por el titular del ejecutivo. Reflejándose en las redes sociales lo mismo tal animosidad que la ausencia en la llamada sociedad civil de instrumentos idóneos para canalizar positivamente descontento y hartazgo.

Pálido reflejo pero expresión válida al fin, de una sociedad en franca indefensión que no encontrando camino viable para frenar y sacudirse a lo que considera un pésimo gobierno y recuperar la tranquilidad y paz pública perdida, canaliza su hartazgo quemando pólvora en infiernitos.

Dice la conseja popular que en política el que se enoja pierde y a tal resultado conduce el que el insulto y la diatriba fruto del descontento substituya a ideas y propuestas constructivas. Si de echar al PRI del gobierno en la elección de junio próximo tomando como referente a más de 10 años de pésimos gobiernos emanados del tricolor, el enojo mal canalizado no es el camino, hagamos del hartazgo punto de partida para una participación responsable, organizada y consecuente en el seno de la llamada sociedad civil. Si no es hoy será mañana, pero sólo organizados en un frente único en torno a un programa mínimo que reivindique el rescate de la democracia, la paz pública y la reordenación de la vida económica de Veracruz, será viable superar el bache y salir avante.

Cierto, en la coyuntura no hay de otra que buscar la salida por la vía electoral, cifrando esperanzas en que con una administración pública renovada cambie para bien atemperando una ya insostenible situación. Empero, poco o casi nada en el espectro partidista y sus correlativas reglas del juego, se vislumbra ya no sólo una auténtica voluntad de cambio, tampoco voluntad para ofertar un programa mínimo que reivindique un gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo; el interés personal o de grupo en la cúpula de nuestra aldeana clase política no está en esa línea, antes al contrario, se privilegia la búsqueda del poder por el poder mismo desentendiéndose de aquello que más lastima, duele, indigna y enoja a la gente.

Luego esto obliga a un voto razonado en la elección de gobernador y diputados locales en junio próximo que pese y haga sentir en las urnas que más allá del justificado enojo, los veracruzanos están diciendo basta, no más las mismas desgastadas caras ni más de lo mismo.

Hojas que se lleva el viento

Dicen que no pasa nada en Veracruz, Javier Duarte reitera que prevalece pleno estado de derecho en la entidad, pero en los medios de comunicación locales y nacionales la nota roja que registra hechos de violencia criminal en la entidad ya ocupa las primeras planas. Por algo será.

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Quienes no quieren ver que la correlación de fuerzas políticas en la sociedad veracruzana ya cambió, insisten en que la estructura, estrategia y ejército de expertos operadores forjados en las lides electorales, favorece al PRI para que este partido se alce con el triunfo en la elección del gobernador de dos años pasando por encima de descontento y hartazgo social. Si bien para la sociedad no hay tela de donde cortar frente a diversas opciones electorales que en primera y última instancia son lo mismo (no olvidemos el “Pacto por México, la aprobación de pseudo reformas estructurales empobrecedoras, la privatización de facto de las industrias petrolera y eléctrica), no se puede ignorar que en el imaginario colectivo los personeros del PRI que hoy aspiran a la gubernatura o a las diputaciones locales, en su momento por comisión u omisión avalaron con silencio cómplice todo aquello que hoy se le reclama lo mismo a Peña Nieto que al gobernador fallido de Veracruz, y eso cuenta igual o más que el andamiaje histórico del partido en el gobierno. Ya veremos de qué cuero salen más correas.

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Y a propósito de silencio cómplice, es de destacarse como Américo Zúñiga Martínez, alcalde de nuestra ciudad capital, hace como que la virgen le habla frente al clima de violencia criminal e inseguridad pública que se vive en Xalapa y sus alrededores. Eso calienta y más, cuando con recursos públicos proyecta una falsa imagen de alcalde modelo de una ciudad capital de las mejor gobernadas en el país.

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“Será un PRI con la cara y las manos limpias”: Amadeo Flores en su toma de posesión como presidente del CDE del tricolor. Retóricamente suena bien en un discurso en el que se plasma lo que a los priístas les gusta escuchar, más sin embargo la realidad real se encarga de desmentir lo dicho, ya que de aquí a junio es prácticamente imposible cambiarle la cara al caduco partido gobernante y, mucho menos, lavarle las sucias manos teñidas de sangre con las que impunemente desde el poder formal han saqueado a Veracruz. Aunque cabe el beneficio de la duda ya que es de justicia reconocer que entre tantas caras duras, también hay priístas honestos y bien intencionados que podrían hacer suyo el llamado del viejo líder.

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 Enrique Olivera Arce

La solidaridad nos hermana. Con reconocimiento y afecto para Aurelio Contreras Moreno. Un periodista más sufriendo los embates de lo absurdo.

Caray, en todos lados se cuecen habas y la sensación de inseguridad es la constante.

Si no es por una cosa es por otra que la sociedad no está tranquila, aunque hay de inseguridad a inseguridad, pues lo mismo tiene que ver con corrupción e impunidad y violencia desatada sea por un fenómeno natural catastrófico, o de criminalidad consecuencia del deterioro lo mismo del tejido social que del estado de derecho, que la que provoca en el ánimo de la gente un salario que no alcanza para maldita la cosa , el no tener lo suficiente para atender la salud y educación de los hijos o el pago de la hipoteca.

Sea cual fuere la causa, motivo o razón, la sensación de inseguridad o su materialización, se hace presente en todos lados y sin distingo de estrato social, militancia partidista, o lugar de residencia; haciéndose acompañar por la terca incertidumbre del no saber a ciencia cierta que nos depara el mañana, cercano o lejano pero siempre incierto y azaroso.

Como carga no deseada y de la cual no podemos desprendernos, guarda estrecha relación con el cómo y a que grado se percibe; cómo nos afecta en lo individual y colectivo, o bien, como pretendemos ignorarla para hacernos menos pesada la existencia.

Pareciera que como muchas otras cosas que no alcanzamos a entender del todo, lo más cómodo es aceptar que la inseguridad es permanente compañera de camino de la naturaleza humana. Nada es seguro, todo es incierto y vencer la percepción o sensación de inseguridad es el pan nuestro de cada día. Enfrentarla y atemperarle es el reto y tarea cotidiana.

Toda esta verborrea viene a cuento mientras leo, por un lado, que en Veracruz o en Tamaulipas la percepción de inseguridad frente a la violencia criminal, venga de donde venga y sea cual fuere su grado o intensidad, cobra prioridad en la jerarquización de preocupaciones de la gente. De esta percepción se alimenta lo mismo el discurso oficial que el río de tinta que vuelcan los medios de comunicación para estar en sintonía con las audiencias. Nada pareciera ser más importante que la amenaza desquiciante directa o indirecta de ser víctima de una violencia desbordada en la que hombres y mujeres de a pie se ven reducidos a “daño colateral”.

En tanto que, en otras latitudes, como es el caso de la sociedad yucateca, en el imaginario colectivo la amenaza que genera inseguridad, es aquella que atentando contra la salud de las personas, gira en torno al piquete de un mosquito infectado y trasmisor del dengue o más grave, de la fiebre chikungunya. Esta amenaza toca todos los hogares, pobres o ricos, ocupa un lugar privilegiado en los medios de comunicación, y es motivo de preocupación lo mismo en autoridades y partidos políticos, que entre empresarios y académicos.

Nada hoy día inquieta más a los yucatecos y a los que sin ser nacidos en estas tierras peninsulares radican en esta entidad federativa, que ser una víctima más de la chikungunya. De ese tamaño es la paranoia colectiva y de ese tamaño es la capacidad para minimizar o ignorar amenazas de otra índole, que las hay.

Luego todo es relativo y, en este mosaico plural y diverso que es México, como en la Viña del Señor, hay de todo, todo cabe, y todo es posible. Si no es el piquete de un mosquito otra cosa será, pero la inseguridad al igual que la corrupción impune, está presente y nos iguala alimentando nuestros miedos.

Hojas que se lleva el viento

Tal es nuestro estado de sumisión frente a un régimen político que nos mantiene secuestrados, que ante la catástrofe de un gobierno fallido como el de Veracruz, la sociedad espera que sea el gobierno federal el que venga al rescate poniendo a Javier Duarte a buen recaudo. El gobernante y sus marionetas lo saben y en consecuencia actúan como actúan, burlándose lo mismo de las instituciones republicanas que de la voluntad mayoritaria de una población que, en su descontento y hartazgo, es incapaz de hacer valer el papel que la democracia representativa le asigna como mandante. Que pena. Así, no tiene ningún sentido la queja, la crítica o la denuncia, si como pueblo no estamos dispuestos a considerarnos ciudadanos y actuar responsablemente tomando al toro por los cuernos.

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De lo que podemos estar seguros y no hay indicios de que las cosas sean diferentes, es que en Veracruz el proceso sucesorio que desembocará en la elección para dos años del sucesor del Sr. Duarte de Ochoa, se descarriló en medio del pantano, reduciéndose a un pedestre pleito callejero en el que de todo se vale. Ofreciendo la vida política en la entidad, a propios y extraños, nauseabundo escenario en torno al cual gravita lo mismo la crisis económica, el creciente deterioro social o las finanzas públicas quebradas de un gobierno inconsecuente y fallido. En este marco, quien parece llevar la peor parte es el partido en el gobierno, habiéndose fracturado y derrumbado gracias a los buenos oficios del gobernador, lo ganado por los senadores tricolores en su proselitismo adelantado, quedó atrás, reducido a frases hechas, falsas denuncias y afán desmedido por decir lo que los veracruzanos lastimados y ofendidos, quieren escuchar. La idea de rescate de una entidad federativa siniestrada, es letra muerta y, frente a Yunes Zorrilla y Yunes landa, Juan de los Palotes en medio del desmadre generalizado se siente con tamaños para contender por la minigubernatura. Facil, sólo hay que subir al ring de barriada y entrarle al intercambio de mordidas y piquetes de ojos.

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Ciego e insensible a todo lo largo de su vida pública, Javier Duarte de Ochoa pareciera estar despidiéndose de los veracruzanos, haciendo público su “legado histórico”.

Sin tener la menor idea de lo que sucede en su entorno y el mal que con su pésimo desempeño causara a Veracruz, el aún gobernador evidencia que el revoloteo de mariposas en su cerebro ya no le permite el afrontar su mandato con lucidez y responsabilidad. Sólo en un estado grave de insanía mental es posible afirmar que la administración pública veracruzana en los tiempos que corren es sólida y confiable. Y que ello constituye el legado que se deja a las nuevas generaciones.

Triunfalismo sin sustento en medio del desorden administrativo, endeudamiento que raya en el absurdo y corrupción impune, ha sido la constante del paso de Javier Duarte en el servicio público. Así lo registra la realidad real y así quedará inscrito en la historia de Veracruz. Este es el legado que los veracruzanos perciben, dejará el mandatario cuando de manera pública y expresa en amplios círculos de la sociedad se exige renuncie y deje el paso libre a un proceso sucesorio lo más pacífico y constructivo posible.

Cd. Caucel, Yuc., octubre 14 de 2015.

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J. Enrique Olivera Arce

En los tiempos que corren la inseguridad no es un asunto menor. Habiendo trascendido el marco de la historia negra marginal que se ventila en barandilla, ha pasado al escenario político y social en el que la percepción ciudadana cuenta y cuenta mucho en tanto le vincula con corrupción e impunidad generalizada, en un Estado-Nación en el que el Estado incumple con su propósito sustantivo y la Nación en un proceso ascendente de deterioro y pérdida de identidad y de valores se nos escapa entre los dedos.

El problema no es encontrar culpables, pretendiendo que tal o cual funcionario cumplan o dejen de cumplir con aquellas responsabilidades y obligaciones que la sociedad mandata, como observo en el manejo de cierta prensa en Veracruz que encuentra en la denuncia y el morbo acogida entre los sectores más atrasados de la población, a la par que abona al conflicto político electoral llevando agua al molino del mejor postor.

En todo caso, los responsables y con un alto grado de culpabilidad somos todos. La inseguridad pública deviene del rechazo de la población a involucrarse en la conducción de los destinos de la sociedad. La ausencia de ciudadanía deja espacios que la delincuencia, común, organizada, de cuello blanco, o gubernamental, paulatinamente ocupa hasta dominar el escenario; envolviéndonos y dando lugar a un doble poder en el que el Estado cede, deja hacer, deja pasar, terminando por encubrirse bajo la máscara del aquí no pasa nada.

De ahí que a mi juicio la denuncia periodística sea irrelevante; son más los lectores que optan por desentenderse que los pocos que podrían interesarse u obligarse a tomar cartas en el asunto. El servidor público lo sabe, y la crítica le resbala, fortaleciéndole en tanto que quejas y denuncias en su contra contribuyen a darle presencia, protagonismo e importancia en el seno de la sociedad. Y, cuando la voz de la prensa es escuchada, si la autoridad actúa positivamente en consecuencia, algo hay detrás, intereses a los que conviene hacer como que se hace poniendo en la picota al presunto o infractor. Retornándose al principio, corrupción e impunidad por encima del interés legítimo de la sociedad.

Cuando se no quiere ver más allá de nuestro propio ombligo, violencia e inseguridad se descontextualizan. Se ignora su carácter de fenómeno social generalizado, y se politiza y partidiza con criterios aldeanos de buscar responsables entre aquellos adversarios que interesa descalificar. Consecuencias y no causas entonces se privilegian y el problema toma el cauce de lo insoluble; si tiene solución que bueno y si no, también.

El afán enfermizo de una minoría por acumular bienes materiales, como sea y sin importar el costo social que ello implique, crea las condiciones sistémicas de acumulación y concentración de la riqueza, desigualdad, pobreza, corrupción e impunidad, caldo de cultivo estructural de violencia e inseguridad en una sociedad en la que el fin justificando los medios, le tiene atrapada en el capitalismo salvaje de nuestro tiempo. Este es el adversario a vencer y no las individualidades que le ejemplifican.

En este marco el caldo económico, social y político de cultivo de delincuencia e inseguridad, queda no sólo incólume, sino que se extiende y profundiza. En este nauseabundo pantano, queja, lamento, crítica o denuncia, siembran en terreno esteril, hasta disolverse en el ácido corrosivo de la indiferencia social.

Quiza esta sea la razón por la que evado concientemente en mis maquinazos el tema de policías y ladrones. La solución a la problemática no se encuentra litigando a periodicazos ni se abona al terreno de la seguridad ciudadana individualizando el fenómeno y ejemplificándolo con la denuncia al calce. Antes al contrario, como suelen decir algunos políticos dados a los lugares comunes, lo que resiste apoya; impunidad y miedo van de la mano fortaleciendo la ilegalidad y disminuyendo capacidad de indignación y de respuesta social. La población se esconde tras la puerta y la participación ciudadana brilla por su ausencia, cediendo espacios a las conductas antisociales.

Habida cuenta de que lo mismo delinque el malandrín que se ostenta y actúa como tal, que el servidor público que en el mejor de los casos tolera la conducta del primero sin que pase nada, la erosión del estado de derecho no tiene freno, contribuyendo a la disolución del Estado y a separar a éste de lo que entendemos por Nación.

Lo cual da a la problemática de la creciente criminalidad e inseguridad el carácter de asunto de Estado y de seguridad nacional. Algo muy ajeno al amarillismo y escándalo que suele acompañar a la denuncia periodística poniendo en la picota a ciudadanos o servidores públicos de medio pelo.

Por su trascendencia e impacto en la vida presente y futura de la sociedad, entonces el tema de la violencia criminal e inseguridad pública, debería tipificarse como un fenómeno estructural de primer orden, lo que no se hace, dejando su solución al garete y en manos de autoridades administrativas que la mayor de las veces no cumplen con su encomienda.

Más cuando se es juez y parte, sirviendo a los intereses del poder fáctico y no a la mayoría de la población. La criminalidad de cuello blanco que no se ve pero se siente, es intocable. Razón por la que privilegiar atención y respuesta a la ilegalidad creciente, no tiene cabida en el reformismo presidencial de moda. Combatir con honestidad, eficiencia y eficacia a la corrupción, delincuencia e inseguridad, equivale a escupir para arriba, mala costumbre que no figura en la conducta de nuestra clase política, siempre al cuidado de que no le pisen la cola.

Hojas que se lleva el viento

Curioso caso el del anuncio y amplia difusión del proyecto de construcción de un nuevo aeropuerto para la capital del país. Atiende a las necesidades del gran capital y no resuelve en nada el rezago económico y social de la gran mayoría de los mexicanos. Y, por si fuera poco, para el secretario de comunicaciones y transportes, la panacea aeroportuaria será costeada con recursos públicos, en terrenos propiedad del gobierno y será propiedad de este y no privada, “por ahora”. Curioso, sí, porque de acuerdo con el funcionario peñanietista, los bienes públicos a partir de este régimen son propiedad del gobierno y no del Estado nacional.

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No hay peor ciego que el que no quiere ver (o reconocer) El senador Héctor Yunes Landa cual llanero solitario habla y habla, dice y dice, que el Segundo Informe de Gobierno del mexiquense Peña Nieto muestra fehacientemente objetivos cumplidos a favor de los mexicanos. Tanto habla y tanto dice, que más que convencer de su valía como aspirante a gobernar a Veracruz obtiene lo contrario en una entidad en la que el PRI va de bajada arrastrado por el reformismo peñanietista.

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De Interés Público 

Emilio Cárdenas Escobosa

La psicosis está instalada entre nosotros. Y no es para menos: la sucesión de hechos violentos, sobre todo en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río, con un saldo notable de muertos y heridos entre sicarios, elementos de seguridad y ciudadanos inocentes, así como la puesta en marcha de aparatosos operativos de vigilancia de las fuerzas castrenses, tienen a la gente con el  Jesús en la boca. Por eso la rumorología desatada este jueves en aquella zona de la entidad encontró campo fértil y causo estragos en el ánimo colectivo.

Padres de familia aterrorizados que corrían a recoger a sus hijos a la escuela; directivos y maestros cancelando actividades y dejando salir a los educandos, incluso de las universidades; usuarios de redes sociales haciendo eco de un sinfín de versiones disparatadas, no hacían sino dar forma al fantasma que roba el sueño a los veracruzanos. Y ese fantasma, construido con retazos de las escasas notas de prensa que abordan la violencia criminal, con rumores y comentarios de boca a boca de ciudadanos que en un afán de autoprotección intentan alertar a otros de los peligros que se ciernen en las calles y terminan por alimentar una espiral de desinformación, con el zigzagueante discurso oficial que un día dice que el crimen organizado está entre nosotros y se le combatirá con toda la fuerza del estado y al otro señala que vivimos en paz y que aquí no pasa nada, se nos apareció, o más bien se le manifestó con crudeza al gobierno de Veracruz.

La combinación del sentimiento de vulnerabilidad de la gente y la notable crisis de credibilidad gubernamental en el tema de la inseguridad dieron por resultado el caos vivido este jueves que llevó a la Procuraduría de Justicia del Estado a echar mano del delito de terrorismo para iniciar indagatorias contra los usuarios de las redes sociales que difundían versiones de atentados en escuelas, coches bomba o balaceras.

Con todo y los comunicados de prensa y declaraciones, lo mismo del Secretario de Educación Adolfo Mota que del propio gobernador Javier Duarte, enfatizando que está garantizada la seguridad de los alumnos en las escuelas del estado, en las redes sociales el pánico se alimentó y se sigue atizando con versiones diversas. Incluso el anuncio del inicio de acciones legales en contra de los twitteros que iniciaron la bola de nieve desinformativa, ha sido tomado con ironía, como una manera de salir al paso de la crisis, o disuadir a los cibernautas más críticos, dejando intocados a los verdaderos causantes de la situación de inseguridad, tal y como puede uno leer en comentarios de muchos, muchísimos usuarios, que bajo la lógica conspirativa también tendrían que ser investigados.

El problema central de todo esto es la falta de credibilidad de la población al discurso oficial. El desaparecer la información de los enfrentamientos y demás hechos violentos en los medios de comunicación, sea por censura o autocensura, ha convertido a las redes sociales como Facebook y Twitter en los vehículos de información de la mayoría de la gente, que -asustada, y con razón por la ola de criminalidad- cree a pie juntillas lo que ahí, responsable o irresponsablemente, se difunde.

El problema de comunicación gubernamental en este caso es muy serio. No debe perderse de vista que en tiempos de incertidumbre lo común es que los rumores se extiendan como reguero de pólvora y más cuando en la sociedad moderna las redes sociales juegan un papel fundamental en la comunicación al instante, en tiempo real, de lo que ocurre.  Por lo que ante la carencia casi absoluta de credibilidad de lo que informan los medios convencionales de comunicación, un comentario o muchos reportes de los cibernautas pueden adquirir proporciones enormes y dañinas, independientemente de su veracidad.

Sabemos que el ciudadano es desinformado por tradición y que la confirmación de los sucesos era tomada por buena siempre que la diera la prensa escrita o el famoso conductor los noticiarios televisivos o radiofónicos, pero ante el quiebre de la confiabilidad de éstos queda un vacío informativo que es llenado justamente por los “reporteros” de las redes sociales.

Ante una realidad de violencia que ahí está por más que se le quiera ocultar, y la falta de información de la gente derivada del hartazgo ante el idílico panorama que pintan los diarios locales, con sus loas al gobernante y a todo lo que diga o haga, o las intrascendentes notas de los noticiarios televisivos locales, lo que digan en las redes sociales hay que creerlo, “porque ahí está la verdad que nos ocultan”. Si la crisis de credibilidad en el gobierno es notable, la de los medios de comunicación veracruzanos ya toca fondo.

En materia de comunicación, al igual que en política, los vacíos se llenan. Con versiones disparatadas, malintencionadas o producto del miedo de la gente, pero se llenan.

La ausencia de una eficaz política de información en tiempos de crisis está dejando espacio a otras voces, a múltiples versiones de lo que los medios no pueden o no quieren ya decir. Es el precio de una errática comunicación gubernamental y no únicamente de “terroristas” informáticos.

Tan fácil que sería  monitorear las redes sociales, reaccionar a tiempo, liberar a los medios de comunicación cautivos y alentar la libertad de expresión. Sin eso, por más comunicados de prensa o declaraciones que se emitan y aparezcan en primera plana, ya pocos les creen.

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Parafraseando a Gramsci, en Veracruz el régimen de la fidelidad no acaba de morir y el nuevo no acaba de nacer. La obligada transición permanece estancada y, conforme pasan los días y se acerca el relevo del poder ejecutivo estatal, sin estar resuelto el tema de la sucesión, la incertidumbre se apodera de una sociedad que, en la contingencia, y con un gran alarde de solidaridad ciudadana que estamos obligados a reconocer, se debate entre buscar alivio a las necesidades más ingentes tras los embates de la naturaleza y las expectativas que ofrece un futuro incierto para el mediano y largo plazo en lo económico y en lo social.

Pasada la emergencia, ¿qué? Muchos se preguntan. Parece no existir respuesta. Veracruz y el país entero marchan sin rumbo claro, perdidos en una pugna esteril partidista, se atiende lo que para la clase política es urgente y necesario en función de sus intereses y, lo importante, duerme en la congeladora legislativa o es objeto de respuestas parciales, reactivas frente a la coyuntura e irrelevantes en términos de futuro en los tres órdenes de gobierno.

En nuestra entidad la situación guarda mayor complejidad frente a otras entidades federativas. Si para el norte del país la inseguridad radica en el creciente poder de la delincuencia organizada y la incapacidad manifiesta del gobierno para hacer exitosa la absurda guerra contra el narcotráfico iniciada unilateralmente por Calderón Hinojosa, en Veracruz la inseguridad y zozobra entre las mayorías de la población, tiene como denominador común la pobreza, la desigualdad, y la indefensión  frente a fenómenos naturales que de manera recurrente, año con año, colocan a la entidad en condiciones de desastre. Cuando no es la sequía o el frío intenso,  es el exceso de lluvias, que se traduce en grandes avenidas fluviales e inundaciones, impactando sobremanera a los sectores más débiles y vulnerables de la población.

Ya alguien señalaba que los mayores índices de afectaciones por fenómenos naturales, coinciden con el mapa mundial de la pobreza. Ello es aplicable a Veracruz. Año con año el gobierno recurre a medidas asistencialistas, de buena fe o con intencionalidad electoral, y los más favorecidos se vuelcan solidariamente en apoyo a los habitantes de misérrimas comunidades en desgracia. Los pobres son siempre las víctimas propiciatorias de la improvisación, la corrupción y la imprevisión.

Lustro tras lustro es lo mismo, las pulgas se cargan sobre el perro más flaco, valga con todo respeto la expresión, sin que se apliquen políticas de estado acordes con la problemática de una entidad federativa con condiciones orográficas e hidrológicas adversas. Pues así como es rico nuestro potencial en recursos naturales, así, en la misma medida, es pobre nuestra capacidad de aprovechamiento racional de las fortalezas que ello ofrece y aún más pobre nuestra capacidad, eficiencia y eficacia, para hacer frente a nuestras debilidades ante la amenaza que la misma naturaleza nos advierte.

Pero si bien corresponde a las autoridades, en sus tres órdenes de gobierno, el diseñar, proponer, autorizar y poner en práctica políticas públicas idoneas y congruentes con nuestra realidad, la sociedad en su conjunto tiene un alto grado de corresponsabilidad frente a la inacción gubernamental, imprevisión, improvisación y simulación con la que se enfrentan desastre como el que hoy padecemos.

Entre los muchos problemas que hoy nos aquejan y lastiman, en su origen, seguimiento y presunta solución, la corrupción e impunidad tiene mucho que ver. Una mano lava a la otra y todos, por comisión u omisión, nos hacemos coparticipes de tal lacra social. El dejar hacer, dejar pasar, ante la ausencia de organización, participación informada, responsable, honesta y democrática de la ciudadanía, más allá de partidos políticos u organizaciones de la llamada “sociedad civil”, que para el caso son lo mismo,  da patente de corzo a la ineficiencia y saqueo de que tradicionalmente se nos hace víctimas de las autoridades y políticos cuya ambición por hacer fortuna en un santiamén, no tiene llenadera.

Muchos de lo quienes hoy se quejan y lamentan de la situación en desgracia en que se encuentran, habiendo perdido lo mucho o poco de su patrimonio familiar, e incluso la vida de seres queridos, son los mismos que a cambio de un saco de cemento, una lámina, una despensa, entregaron sin más su voto a los que hoy califican como sus verdugos. Políticos y servidores públicos que pasada la emergencia, no volverán a las comunidades afectadas hasta el momento en que hayan de requerir nuevamente el apoyo de los electores.

La pobreza de unos y la corruptela de otros, cocinan el caldo de cultivo para futuras desgracias, recreándose el escenario de siempre, en la que la obra en escena a la  que estamos obligados a asistir año con año, solo sirve para encumbrar a nuestros falsos héroes cuya “generosidad”, “cercanía con la gente”, y “apasionada entrega” es motivo de aplauso y alabanza mediática.

Las cosas no pueden ni deben seguir así en Veracruz. El régimen no nato está obligado a no heredar los viejos vicios del que ya está próximo a morir, so pena del fracaso y repudio popular. Así como la sociedad veracruzana en su conjunto, obligada también al cambio de conductas y actitudes nocivas, debe asumir su corresponsabilidad, exigiendo sí a sus autoridades, pero fundamentalmente participando y aportando lo mejor de cada quien para que la suma de cada granito de arena contribuya a la construcción del Veracruz que deseamos merecer.

Insistir en el dejar hacer, dejar pasar, sin aprender de lo que nos deja la experiencia presente y actuar en consecuencia, es un llamado a repetir la misma historia, tropezándonos siempre con la misma piedra. ¡Ya basta!

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Cuando la población carece de información oportuna, suficiente, transparente y creíble, el rumor y la especulación se encargan de la construcción de percepciones diversas, contradictorias, hasta absurdas, en la opinión pública. Así que no debe extrañarnos el que, nos guste o no,  el tema de la seguridad pública ya esté en el ánimo de segmentos importantes de la sociedad veracruzana, no obstante que objetivamente la situación que se vive en Veracruz no se aproxima ni con mucho a la que priva en otras entidades del país, asoladas por un constante sobresalto resultante del clima de violencia que en estas se vive.

El crimen perpetrado en contra de un conocido matrimonio en Xalapa es motivo de comentarios, especulaciones y descabelladas teorías sobre su motivación lo mismo en tertulias de café que en los centros de trabajo o en el hogar de no pocas familias que relacionan el hecho casi de manera automática con el escenario de violencia que coloca a México entre los países más inseguros del orbe; magnificándose con el desgarre de vestiduras que se promueve en la entidad veracruzana con claro tinte y fines político electorales.

Generándose en la población una falsa percepción de inseguridad y temor fácilmente capitalizable políticamente en el marco de un proceso electoral atípico, ríspido y propicio para dar por sentado, sin el mayor análisis, que la elección del cuatro de julio habría de darse en medio de un clima de violencia e inseguridad para los potenciales votantes. Imponiéndose por sobre la razón un desagradable e inconsecuente “sospechosismo” en torno a intereses oscuros que con ello pretenden llevar agua a su molino,  o bien, “subvertir” el orden público como recientemente afirmara  el gobernador Herrera Beltrán.

Vale la pena entonces considerar que esto de las percepciones en el imaginario popular es bastante subjetivo y, aún más, relativo como para estimarse como algo absoluto.  Para hablar de inseguridad tendríamos que definir cual es la amenaza a la seguridad que se cierne sobre personas, sus bienes materiales, ó su status social y económico. Baste señalar que para la mayoría de los veracruzanos la principal amenaza social a su seguridad, no lo es aún la violencia delincuencial, organizada o común; por sobre esta se impone el desempleo y la pobreza, atentando de manera paulatina pero constante en contra de la seguridad personal y familiar.  Matan lentamente, casi sin sentir, esperanzas, expectativas de progreso y la propia vida, afectando de manera impactante a la presente y subsiguientes generaciones.

Los candidatos no lo ven así. Capitalizan el temor coyuntural infundado, diagnostican, denuncian, proponen, y la manipulación de las conciencias termina por imponerse.

Coincidiendo con quienes consideran que el asunto del incruento crimen debe manejarse con tiento, evitando su politización y partidización para no enrarecer aún más un proceso electoral en el que ya se dan manifestaciones de odio y encono, no puedo sino reconocer que el asunto ya se dirime en la arena política. No obstante considero que el tema  de la inseguridad, a partir del crimen en cuestión, no tendría la mayor relevancia en términos político electorales, si el tema de la inseguridad en Veracruz no estuviera inscrito en el falso escenario que, de manera reiterada tanto el Maestro Fidel Herrera Beltrán, el presidente estatal de su partido y el candidato a la gubernatura, Sr. Javier Duarte de Ochoa, mediáticamente han construido a partir de la idea de que en nuestra entidad “no pasa nada”.

Tanto se ha insistido en este idílico escenario, ocultando a la opinión pública información sobre hechos sintomáticos de un proceso de descomposición social al que no le es ajena la violencia criminal, que cuando hoy, dominados por la percepción de lo inmediato, nos vemos en la tesitura de tener que aceptar que la versión oficial sobre seguridad pública no se corresponde con la realidad; el rumor y la especulación cobran presencia política revertiéndose en contra de la idea que pretendieran vendernos desde la cúpula del poder estatal. Generándose un caldo de cultivo propicio para que los partidos políticos que se oponen a la alianza electoral que encabeza el PRI, capitalicen electoralmente indignación, descontento y rechazo ciudadano.

Fuentes dignas de todo crédito nos comentan que la tendencia a favor de Duarte de Ochoa en los círculos empresariales y  universitarios se está modificando, inclinándose a favor tanto de Miguel Ángel Yunes Linares, candidato del PAN y el PANAL a la gubernatura de Veracruz, como de Dante Delgado Rannauro, gracias a que estos reconocen la existencia de un clima de inseguridad en diversas regiones y sectores de la geografía veracruzana, manifestándose dispuestos a combatirla si son favorecidos en las urnas por la voluntad popular.

Pero esto no se queda aquí, la voluntad popular es veleidosa. El rumor y la especulación trasciende el ámbito electoral, cobrando fuerza la percepción entre círculos políticos, empresariales y de intelectuales, de que con el desgarre de vestiduras y partidización del hecho criminal que conmocionara a Xalapa, se prepara un “veracruzanazo” por parte del gobierno federal, en contra de la administración pública estatal que preside el Maestro Fidel Herrera Beltrán. Percepción que se apoya tanto en la reiterada intervención presidencial en la vida política interna de las entidades federativas, como en la declaración del gobernador en la que afirmara que los próximos 23 días serían los más delicados y difíciles de su carrera política.  “Si la primera autoridad en el estado escucha pasos en la azotea, es por algo”, se comenta.

Como si lo que aconteciera en Michoacán pudiera sin más repetirse en nuestra entidad, pero que deja entrever cierto grado de desconfianza y pérdida de credibilidad en un gobernador que próximo a su salida, se da aún el lujo de reiterar que cuenta con el 92 % de aceptación entre los veracruzanos, cuando el comportamiento de la ciudadanía en su inclinación político electoral a favor de partidos diferentes al del gobernante, indica lo contrario.

La sola idea de un presunto “veracruzanazo” es grave. Estaríamos hablando de una confrontación a fondo entre el gobierno de Calderón Hinojosa y el de Veracruz que, en términos electorales, confirmaría la idea de que los veracruzanos enfrentamos una elección de Estado. Si para la ciudadanía el IEV, árbitro de la contienda electoral en curso, carece de autoridad y credibilidad, el hacer extensiva tal percepción para con el gobierno responsable de la conducción social y política de Veracruz, sería el acabose, terminando por incidir y afectar la marcha del estado e indudablemente en el resultado de una elección que está ya a la vuelta de la esquina.

Luego un hecho lamentable, como el acaecido en nuestra ciudad capital y centro neurálgico de la política veracruzana, que no debería  juzgarse a priori más allá de un hecho aislado del fuero común, ni trascender más allá de su manejo por parte del ámbito de la procuración de justicia, adquiere una connotación política que no se puede minimizar ni desdeñar. Frente a una percepción ciudadana sustentada en el “sospechosismo” y que da lugar a tanto rumor y especulación, es de exigirse cuanto antes resultados eficaces, transparentes y creíbles, por parte de la Procuraduría General de Justicia del estado. Esperemos que así sea.

pulsocritico@gmail.com

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Felipe Calderón Hinojosa asegura que México está pasando la prueba y demuestra solidez frente a dificultades como la crisis económica y la inseguridad, mientras entre los dedos se le desmorona el polvorón. “La fe mueve montañas, afirma.


Tormenta social, tormenta eléctrica

Adolfo Sánchez Rebolledo

Las tormentas sociales se gestan silenciosamente, a contracorriente del sentido común de los llamados formadores de opinión, y estallan cuando menos se les espera. No es que se ignoren las situaciones de riesgo, estudiadas y valoradas de muchos modos por los gobiernos y sus asesores cuya tarea consiste en conjurarlas. De hecho, bajo la apariencia de políticas públicas de corte desarrollista o modernizador a veces no hay más intención que transformar la animosidad de los potenciales inconformes en apoyos pasivos al que manda. Programas sociales van y vienen con efectos paliativos, pero desvinculados de una estrategia general para el crecimiento y el bienestar de la mayoría.

En otras palabras, el tema es la gobernabilidad, la administración de los bienes públicos, no la lucha efectiva contra la desigualdad. El gran secreto de la estabilidad deriva, entonces, de aplicar una política económica excluyente aunada a los remedios compensatorios recetados por nuestra política al uso. Agravado hasta un punto inimaginable por la crisis, pero también por el dogmatismo y la falta de imaginación política de los empresarios y el gobierno, el resultado comprobable a través del tiempo es el deterioro de las condiciones de vida de millones de personas, la desesperanza, la corrupción galopante, la inseguridad como forma de existencia.

Sin embargo, en eso de precaver los riesgos de estallido social, los grupos que tienen la batuta de la economía, aunque disponen de estadísticas y encuestas al día, topan con un elemento esquivo de orden ideológico al que no se accede por las vías de la sabiduría sociológica convencional: el supuesto de que la capacidad de sufrimiento, el aguante de la gente (dígase el pueblo, la ciudadanía) es virtualmente infinito. No de otra manera podría explicarse el galima-tías discursivo en el que se ahogan las explicaciones del secretario de Hacienda o el optimismo anómalo del jefe de Ejecutivo ante la problemática nacional, la desestimación reiterada del malestar y sus causas,  inocultable para cualquier observador mínimamente objetivo de la actualidad.

En ese tono encajan las alegres, mas no angelicales palabras del señor de la OCDE, Ángel Gurría, quien anima al gobierno a revisar la política de mantener constantes los precios de la gasolina y los subsidios al gas natural y la electricidad para uso doméstico, respaldando así la que pronto se convertirá en una nueva ofensiva contra la economía ficción y otras zarandajas del pensamiento neoliberal.

En un país donde la pugna por los servicios públicos será cada día más dura, es increíble que los expertos aún crean que todas las soluciones pasan por la aplicación de las viejas fórmulas de costo-beneficio, sin reflexionar a fondo sobre el papel del Estado y la sociedad. No obstante, desde las alturas del poder, las señales no se comprenden, se minimizan o de plano se niegan. La captura de pipas de agua en Iztapalapa, las crecientes manifestaciones de inconformidad ante los abusos de las tarifas eléctricas y el pésimo servicio ofrecido a los usuarios no son manifestaciones tan aisladas como se pretende. La autoridad confunde la pasividad de muchos sectores ante las situaciones injustas donde se conculcan derechos básicos con una actitud obsecuente, al menos manipulable, aunque la historia no deje un día sin registrar actos de desesperación ciudadana que va desde el cierre de carreteras a confrontaciones cada vez más severas con los prestadores de servicios sociales, sean éstos empresas privadas o municipios.

Un caso, que puede ser sintomático, es el que se refiere a las protestas comunitarias por los pagos de la electricidad, cuyo ascenso repercute más que proporcionalmente sobre los declinantes ingresos familiares originados en el desempleo, la reducción de las divisas recibidas y, ahora, la sequía que pone en peligro la vida normal en amplias regiones del país. Basta revisar las informaciones publicadas en este diario en los meses recientes para advertir que algo importante se está cocinando, sin que la autoridad tome la debida nota y ante la indiferencia retórica de la izquierda que no se compromete con estas causas cuya reiteración debería llamarle la atención.

En Hidalgo, por ejemplo, cito a La Jornada, unos 120 campesinos de la comunidad de San Juanico, municipio de Ixmiquilpan, en el valle del Mezquital, cerraron la avenida principal y tomaron las oficinas regionales de la CFE, para exigir el restablecimiento del servicio de energía eléctrica, suspendido 24 horas ante un adeudo de la comunidad con la paraestatal. En Campeche se giraron órdenes de aprehensión y se detuvo a cinco integrantes del Movimiento de Resistencia Civil del No Pago a la Luz Eléctrica. Pero no se han detenido las movilizaciones. En Puebla actúan las Brigadas de la Defensa de la Economía Popular; en Guanajuato, el Comité Pro Mejoramiento del Agro Nacional; en Veracruz, la Coalición Regional de Resistencia Civil contra las Altas Tarifas Eléctricas. En Chihuahua la Organización Agrodinámica Nacional exige la revisión de las tarifas para bombeo. En fin, ya son innumerables las localidades donde los vecinos se organizan para exigir que el pago del servicio eléctrico no los hunda aún más en la precariedad.

Pero no la tienen fácil, como recordó Israel Rodríguez J. al denunciar que Luz y Fuerza del Centro pretende cobrar a una jubilada 67 mil 690 pesos por el consumo de un bimestre, situación para nada excepcional como se advierte al revisar las quejas interpuestas por los usuarios ante la Procuraduría del Consumidor y las mismas empresas.

Es obvio que estamos ante un problema espinoso que viene arrastrándose a partir de las reformas y adecuaciones realizadas por el gobierno federal para ajustar sus mediocres finanzas y dar cumplimiento al designio privatizador que lo mueve. La recuperación de la industria eléctrica, como un conjunto de empresas de servicio público, exige un cambio profundo en su funcionamiento y operación, pero sobre todo requiere sustraerlas de la lógica exclusiva del mercado. En cierta forma, hay que nacionalizarlas de nuevo.  Mientras, hay vientos de tormenta.

La Jornada 27/08/09

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