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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Una embarcación en que viajaban unos 500 inmigrantes africanos se incendió y zozobró el jueves frente a las costas de la isla italiana de Lampedusa. Hasta el momento sólo 151 personas han sido rescatadas vivas, se han recuperado 104 cadáveres y el resto están desaparecidas, en uno de los peores desastres de la afluencia de inmigrantes a Europa. “Es una vergüenza. La palabra que me viene a la mente es vergüenza”, clamó el papa Francisco al ser informado, pidiendo esfuerzos para que no se repita esta tragedia, ocupando los titulares de la mayor parte de la prensa europea.

Para la londinense BBC la interrogante que pone a disposición de su audiencia: ¿Dónde empieza la tragedia que  termina con cientos de muertos en Lampedusa?, La respuesta es contundente.

“Según un reciente informe de Afrobarometro, una organización que estudia temas de desarrollo económico y social africano, la pobreza en el continente permanece inalterable, a pesar del crecimiento económico regional y las proyecciones oficiales que apuntan en sentido contrario.

Tras el análisis de datos de 34 naciones africanas entre 2011 y 2013, obtenidos de encuestas realizadas a ciudadanos comunes, la organización concluyó que pese a un crecimiento del Producto Interno Bruto que promedia el 4,8%, “no hay evidencia de la reducción sistemática de la pobreza. Eso puede quedar reflejado en el fenómeno de que cada año decenas de miles de personas tratan de salir en busca de empleo, atención médica, o condiciones mínimas de bienestar en territorio europeo”.

Lampedusa, isla cercana a Sicilia, fue justamente el lugar que en julio pasado, en su primer viaje fuera de Roma, el Sumo Pontífice alertó del drama de los migrantes indocumentados que intentan llegar a los países del primer mundo, deplorando lo que llamó globalización de la indiferencia.

El nombre de la isla fue inmortalizado por el italiano Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa, autor de la célebre novela política El gato pardo,  con la frase Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi” (Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie“)

Paradoja que en México tiene plena vigencia. Simulación y gatopardismo son la constante en un país en el que en medio de la espesa cortina de la corrupción e impunidad, desde los círculos del poder se combate a la pobreza profundizándola sin el mayor reparo.

El México de siempre se maquilla y, tras el optimista triunfalismo del aquí no pasa nada, sin el menor asomo de vergüenza el paso de “Manuel” e “Ingrid” por tierras nacionales se reduce a evento propicio para legitimar el mandato del presidente “peregrino” Enrique Peña.

El saldo trágico se politiza, las consecuencias del impacto hidrometeorológico se atribuyen a todo, nadie se salva en la distribución de responsabilidades. Los únicos ausentes  en el ruido mediático son la desigualdad y la pobreza, origen y destino de una tragedia que, como muchas otras, se ocultan tras la simulación y gatopardismo de los intereses creados y la indiferencia.

Cubierto mediáticamente el primer impacto, lo que sigue es la reconstrucción anunciada a bombo y platillo. Miles de millones de pesos dispuestos para tal efecto para que las cosas sigan igual y a otra cosa mariposa. ¿No acaso Veracruz es para nosotros el ejemplo más cercano?

El país sigue imperturbable su marcha, preocupado y ocupado lo mismo en las presuntas reformas estructurales que impulsa el gobierno del Sr. Peña que en la reforma política que mejor conviene a la partidocracia, mientras en la sierra guerrerense la pesadilla aún no concluye, como lo reporta el diario La Jornada en su edición del pasado viernes.

 “El deslave que sepultó a decenas de pobladores de La Pintada, en el municipio de Atoyac de Álvarez, en la Costa Grande, sigue imponente, casi intacto, un gigante de tierra roja que cubre decenas de casas y callejuelas de la comunidad cafetalera, donde reina la desolación, sólo interrumpida por el sonido del río que desciende con fuerza desde la parte alta de la sierra, casi en el corazón de Guerrero. Los 20 topos que desde el 22 de septiembre realizan labores de rescate parecen insuficientes para retirar el lodo traicionero que descendió con fuerza, como escupido por el cerro, el pasado 16 de septiembre, el cual no ha podido ser retirado, más que en unos cuantos sitios contados con los dedos de una mano. Los sobrevivientes calculan que aún hay unos 90 cadáveres bajo el lodo, pues era día de fiesta cuando quedaron sepultados”.

Y mientras aún escurren lágrimas de sangre en las famélicas comunidades afectadas, lo mismo en el medio rural que en los cinturones de miseria citadinos, el Presidente Peña ufano se vanagloria ante el mundo de que Acapulco está de pié, la infraestructura turística está intacta y los guerrerenses dispuestos a acoger a sus visitantes como siempre en el país de aquí no pasa nada.

Parafraseando al Sumo Pontífice, frente a la simulación, gatopardismo e indiferencia, la palabra que viene a la mente es vergüenza. Vergüenza sí ante el mundo de un país con más de 50 millones en condiciones de pobreza y pobreza extrema que como todos los condenados de la tierra, cual el perro más flaco, cargan con todas las pulgas.- Xalapa, Ver., octubre 6 de 2013.

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

El saldo trágico que nos deja el embate de la naturaleza que, en esta ocasión tomara a nuestro país entre dos fuegos, con “Manuel “en el Océano Pacífico e “Ingrid “en el Golfo de México, es una señal inequívoca más de lo que nos espera con un cambio climático que, pese a todo lo que se dice,  no sólo es resultado de la caótica y desenfrenada carrera de la sociedad humana en pos de la ganancia y acumulación de riqueza. Otros factores, el posicionamiento del planeta en el espacio sideral entre los más destacados, inciden en un fenómeno irreversible y casi imposible de prever en sus efectos y consecuencias.

No se puede dar marcha atrás en lo que no está en manos humanas resolver. Frente al cambio climático y el calentamiento global, sólo queda el prepararse en todo tiempo para mitigar sus efectos.

De ahí la importancia y tarea ineludible de la previsión. Entre mejor estemos preparados para afrontar lo que la naturaleza nos depara, menores serán los daños y tragedias como la que hoy se vive en México.

Insisto una vez más, las medidas reactivas frente al desastre, ex post y no antes, nunca han sido suficientes. Cuanto más en los tiempos que corren y los que a futuro se vislumbran.

Sin una cultura de previsión que compete por igual a los gobiernos que a las poblaciones, nunca dejaremos de estar expuestos a las pérdidas de vida y de haciendas. Así como tampoco los recursos disponibles para paliar los daños y reconstruir serán suficientes frente a la magnitud de los desastres.

Más vale prevenir que lamentar, nos dice la sabiduría popular y, sin embargo, hacemos caso omiso a tal conseja. Por comisión u omisión, siempre a la espera de lo peor, no hacemos nada por tomar providencias privilegiando la cultura del lamento, siempre a la zaga en la administración de daños y siempre culpando a otros de nuestra tragedia.

Es por ello que la protección civil, como se denomina a la acción de gobierno para preservar vidas y bienes materiales, debería entenderse como una tarea cotidiana y permanente de toda la sociedad, y no únicamente como obligación gubernamental.

Ejercicio social que debería sustentarse en información, participación, iniciativa y organización a todos los niveles. Lo mismo en los tres órdenes de gobierno que en el resto de la sociedad, tanto antes como durante y después de las contingencias a enfrentar. Esto no es nada nuevo, países como Japón lo tienen puesto en práctica y dan ejemplo al mundo de ello.

El que un pueblo adquiera tal cultura de la prevención no es resultado de la espontaneidad, ni respuesta individual a una necesidad vital. El promoverla, desarrollarla y consolidarla deviene de la acción de gobierno como autoridad normativa y ejecutiva. En México la cultura de la prevención del riesgo brilla por su ausencia, es un desastre anunciado  y en iguales términos, se encuentra en todos los niveles de gobierno.

Ante el desastre las acciones son reactivas, a posteriori e insuficientes por parte de la población civil y, lamentablemente, ejercicio de simulación ineficaz por parte de las autoridades, como es dable observarlo tras el impacto del fenómeno meteorológico en suelo nacional.

Lo cómodo es atribuirle al señor que está en los cielos el castigo divino. O bien, satanizar aquello que la naturaleza tiene e bien otorgarnos en mal momento. Lo más grave, es el que las autoridades se desentiendan de su tarea preventiva y sin más, afirmen que las muertes registradas son consecuencia del descuido de los propios fallecidos o irresponsabilidad por asentarse en sitios de alto riesgo.

Nadie en los tres órdenes de gobierno asume su responsabilidad. Si existen comunidades enteras asentadas en lugares de alto riesgo, ¿qué autoridad oportunamente lo evitó? Como bien lo señala el politólogo veracruzano Alfredo Bielma, corresponde a las autoridades municipales el delimitar los espacios habitables y autorizar permisos de construcción.

¿O no acaso se vierte verborrea oficial hablando de la existencia de mapas de riesgo y protocolos de prevención? ¿Dónde está ubicado el riesgo y a quién compete administrarlo?

Interrogantes sin respuesta, aunque cabe por sentido común sobreentender que corresponde a la corrupción y abulia oficial el determinar el qué y donde espacialmente,  existe riesgo en sus diferentes magnitudes.

Los usos y costumbre a valores entendidos mandatan la imprevisión. La vista gorda de las autoridades propicia la mayor o menor magnitud del desastre. La cultura de la prevención, impedida por intereses creados. O bien, por necesidades de la gente no atendidas con oportunidad.

Las señales son claras, no se puede ni deben ser  ignoradas. Prevenir más que lamentar es la tarea. Claro, si el miedo que el gobierno le tiene a la participación y organización ciudadana lo permite.

Hojas que se lleva el viento

Lo señalaba, la democratización de la vida sindical no tardaba en presentarse como reivindicación en la lucha que mantiene el movimiento magisterial. Por lo pronto, aquí en Veracruz ya está inscrita en el cuestionamiento del líder moral de la Secc. 32 del SNTE y su estirpe.

No es el sindicato el responsable de corrupción e impunidad, son los charros sindicales que se han enriquecido a costillas del proceso educativo y de los trabajadores de la educación  y son estos últimos a los que se les quieren cobrar los platos rotos.- Xalapa, Ver., septiembre 25 de 2023.

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