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Tag Archives: Marcelo Ramírez Ramírez

En Perspectiva

J. Enrique Olivera Arce

Marcelo Ramírez

Marcelo Ramírez

Dialogar con el Maestro Marcelo Ramírez Ramírez, es un privilegio. Su amistad me honra. En su humildad en el trato con quienes no tenemos ni el talento, capacidad y preparación académica que en el desborda, radica su principal virtud. Con una honestidad intelectual a toda prueba, escucha con atención,  y se hace escuchar defendiendo con pasión, a la altura de sus interlocutores, tanto sus bien argumentadas posturas filosóficas e ideológicas como también políticas. Destacando su profundo amor a México,  y su fe y confianza en la capacidad humana para sobreponerse a sus limitaciones haciendo valer lo mejor de su naturaleza. La humanidad no es suicida, y en eso coincidimos plenamente.


Coincidencias y divergencias enriquecen el diálogo. Sabe distinguir y aceptar  la razón de sus interlocutores, defendiendo con pasión la propia, en un marco de mutuo respeto, en el que no cabe ni la soberbia del intelectual ni la necedad del ignorante. Nos identifica el origen común. Tanto Marcelo como un servidor provenimos de familias proletarias vinculadas con el diario quehacer de la hoy ya fenecida fábrica de hilados y tejidos de Ciudad Mendoza. Inteligencia y talento sin duda diferentes, a favor del maestro, pero también circunstancias diversas, nos han hecho transitar por caminos divergentes que en el presente y gracias a las vueltas que da la vida, se reencuentran  para permitir compartir una preocupación, fruto quizá, de nuestro común origen: el incierto camino de un país que marcha a la deriva, recreándose condiciones que en el pasado dieran lugar a la rebeldía de nuestros abuelos.


Lo anterior viene a cuento lo mismo por el intercambio de ideas que periodísticamente tuvieran cabida en las páginas de “Análisis Político”, sobre el sistema de partidos políticos en México, en el que por cierto, estoy obligado a reconocer que mal interpretara el sentido del artículo inicial de Marcelo, publicado en Diario de Xalapa y en el portal de internet del buen amigo Quirino Moreno, que por esta necia realidad que a los diferentes partidos políticos le merecen mayor atención y prioridad  la forma y no el contenido. Guardándose más de atender a la conservación e incremento de su llamado “capital político” ante el electorado, que avocarse con seriedad a la búsqueda, desde su legítima diversidad ideológica y programática, de respuestas tan viables como tangibles al ramillete de crisis que hoy inciden ciertamente en todo el orbe, pero que en nuestro entorno específico lastiman día a día a mayor número de compatriotas.


Observándose como denominador común tanto ausencia de honestidad intelectual como de congruencia entre la ética política,  que debería normar la vida pública de la nación, y la conducta personal y grupal de quienes están llamados por su encargo, a servir como mandatarios del mandante soberano, el pueblo de México.


Esto es preocupante y expresión severa del retroceso que en todos los ámbitos de la vida pública –arrastrando de paso a la privada-, está acusando nuestro país. Cual cangrejos caminamos para atrás y no precisamente para retomar lo mejor del legado histórico del viejo régimen; de esos setenta años -que la reacción panista califica peyorativamente- en los que con talento, esfuerzo, patriotismo,  y no poca resistencia, México se diera a la construcción de instituciones paradigmáticas; leyes ejemplares; infraestructura básica y los cimientos de una economía sustentada en producción de riqueza y no en simple especulación mercantil. Todo ello fruto de un pacto social que bien conciliaba y combinaba los legítimos intereses de los sectores social y privado con el interés más general de lo público, preservándose soberanía, identidad y rectoría del Estado. Lo mejor de la política en su función sustantiva de administrar el permanente conflicto de la lucha de clases, o como se dice ahora, “la conciliación entre diferentes”.


Antes al contrario, se avanza hacia atrás retomando lo más deleznable del viejo régimen que amenaza con volver: el autoritarismo, la corrupción e impunidad, la demagogia, la simulación y el gatopardismo. Dándosele la espalda a la política como quehacer civilizado y  sustantivo en la búsqueda de una sana y equilibrada convivencia nacional. Paradójicamente, habiendo México llegado a ser ejemplo para el resto de América Latina, hoy es calificado entre los más atrasados en el concierto latinoamericano y, peor aún, como el único, -al que se suma Colombia-,  que marcha contra la corriente general;  aferrándose a las mismas recetas neoliberales frente a la crisis con las que el viejo régimen priísta, agotado, iniciara la debacle del país que hoy por hoy, profundiza un panismo insensible e ineficaz.

La preocupación es real. La incertidumbre ante un futuro incierto que ya apunta al desastre,  como denominador común crea un consenso nada cercano a la visión oficial y que el sistema de partidos políticos no quiere o no puede ver ni mucho menos, la sensibilidad de atender.


Marcelo, en su artículo inicial se plantea la interrogante: Partidos políticos ¿Volver a sus orígenes? Respondiéndose a sí mismo: “Volver al origen significa para ellos replantear los propósitos históricos que les dieron vida, pero actualizados para funcionar en el contexto de las realidades del mundo globalizado”. Yo lo malinterpreté, planteándome que no es posible retornar a un México que ya no existe, tomando su interrogante como afirmación. Tiene razón en su argumentación. Volver al origen, sí, pero para replanteándose los propósitos históricos que les dieran vida, afrontando con decisión, voluntad política y honestidad intelectual los retos de nuestro tiempo. Esa es la gran tarea pendiente. En tanto ello no se de, el consenso social puede trocarse en una indeseable amenaza.

pulsocritico@gmail.com

http://pulsocritico.com (semanario digital)

Marcelo Ramírez Ramírez

Agradezco a Enrique Olivera Arce que se haya ocupado, en su espacio de la revista Análisis Político de un artículo de mi autoría, donde se exponen algunas reflexiones sobre la crisis por la que atraviesan los partidos políticos en nuestro país. La crítica de Enrique Olivera, seria y animada por el afán de exponer su verdad, me merece respeto y me estimula a precisar conceptos que analizó fuera de su contexto, cometiendo la falacia de incompletud; lo hizo, no me cabe la menor duda, sin asomo de mala fe, razón por la cual hago las siguientes observaciones en beneficio de la clarificación de tesis e ideas.


En efecto, mi texto no se presenta como un análisis exhaustivo, ni mucho menos, de las causas que han determinado la crisis de los partidos políticos en México. Desde luego, dicha crisis es “un pálido reflejo de una profunda crisis económica y política nacional”. Se necesitaría un estudio acucioso para mostrar la compleja trabazón existente entre los partidos y la evolución de nuestra sociedad. Es claro, pues, que incurriría en una simplificación imperdonable si enfocara a los partidos políticos como entidades autosuficientes y cerradas.

Enrique Olivera me califica de “idealista irredento”. Es una cualidad que sin duda compartimos, pues toda crítica al mundo tal como es, tiene su referente en un deber ser ideal que se quisiera ver realizado. Quien sostiene que el mundo puede ser mejor cae en esta categoría, tomando distancia de los conformistas y los cínicos que prefieren sacar provecho de las circunstancias. En lo relativo a “priista de cepa”, lo prefiero a “oportunista de cepa”; el PRI me dio la oportunidad de participar en la vida política de mi estado y prefiero hacer la crítica desde dentro, con la solvencia que da ser congruentes. No puedo negar mi íntimo desprecio por los tránsfugas que, sin el menor escrúpulo, cambian de partido porque así conviene a sus intereses personales.

Ahora consideremos el asunto de los orígenes. En mi artículo afirmo explícitamente que ningún retorno es posible, porque el pasado lo es justamente porque ya quedó ahí, en un tiempo irrecuperable. No puedo, por tanto, querer “volver a un México que ya no existe”. ¡Obviamente no! En cambio hay una forma de retorno cuando se replantean, en un nuevo contexto histórico las aspiraciones, propósitos y objetivos que dieron forma a una determinada institución; en este caso, a los partidos políticos. Coincido con Enrique Olivera en que los partidos, todos sin excepción, dejaron de cumplir su responsabilidad política al perder su identidad ideológica, en que necesariamente se encuadran diversos proyectos de nación; implícito en mi escrito, lo manifiesto ahora con toda claridad. Por otra parte, no presento mis ideas como una propuesta, sino como una invitación a un ejercicio de reflexión, al cual Enrique Olivera ya ha aportado interesantes puntos de vista.

En lo concerniente a mi crítica al gobierno del presidente Felipe Calderón lamento haber sido mal interpretado. Yo no atribuyo a la actual administración federal la responsabilidad de haber supeditado al país a las políticas neoliberales. Estas se impusieron en México a través de y con la complacencia de la tecnocracia formada en universidades extranjeras, aproximadamente desde los inicios de la década de los 80`s del siglo pasado; no obstante, a partir del año 2000 la responsabilidad de la conducción política del Estado mexicano ha sido de los panista o, más específicamente, de los neopanistas y éstos han ampliado y profundizado la dependencia, porque su óptica empresarial (iba a decir conservadora pero el termino tiene otras connotaciones más ricas políticamente hablando), los identifica con las recetas neoliberales, que han llevado a los Estados nacionales a renunciar a su papel de promotores de un orden con justicia.

Por último, hay un punto en el que advierto una discrepancia de fondo con Enrique Olivera y eso me permite fijar mi posición sustentándola en argumentos que estimo válidos, si bien en estas cuestiones es el hombre entero el que se compromete y no únicamente la razón abstracta. Concluye Enrique Olivera sus comentarios desacreditando los valores de la ética política, la solidaridad y la moral partidista, a la cual, por cierto, no me referí, sino a la ética política y en un sentido muy preciso que nada tiene que ver con la intención subjetiva de los individuos. A todo ello considera Olivera Arce simples “figuras retóricas en el manido discurso de una presunta renovación de la vida política nacional. Mientras la crisis sistémica global y sus nefastas consecuencias, sigue impertérrita orillando al país al desastre”.

Analicemos estos juicios que niegan por completo la posibilidad de un proceso democrático que sirva de contrapeso a los males de la globalización económica. Quienes en Europa han avanzado desde la posición de una izquierda dogmática a enfoques más abiertos y constructivos, apuestan precisamente a la solidaridad con los que menos tienen y a la ética política traducida en principios constitucionales para garantizar el derecho a una vida digna. La lucha por el Estado Social de Derecho ha sido y será todavía larga, más de lo que desearíamos, pero no parece haber otro camino para quienes estamos convencidos de que la autonomía y la dignidad humana, la mejor herencia del mundo moderno, deben preservarse a toda costa. Creo en estos valores, así como en la vía de la educación para transformar la conciencia de los seres humanos. No comparto la utopía de una sociedad tal donde éstos logran despojarse por completo de los impulsos atávicos de nuestra naturaleza, pero en el esfuerzo por conseguirlo, reconozco la dimensión ética de la existencia. La toma de conciencia de los pueblos puede movilizar, de hecho ya lo está haciendo, su resistencia organizada para buscar alternativas al pensamiento unilineal que trata de imponerse. Estos signos me llevan a rechazar la imagen de una impertérrita crisis sistémica global.

Revista Análisis Político

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