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Tag Archives: Transición democrática

Pulso crítico

Enrique Olivera Arce

Objetiva o subjetivamente, en calidad de opinante de a pie, puede quien esto escribe coincidir o no en primer término con los cuatro lectores que nos siguen y, en segundo término con una audiencia más amplia que de rebote leen estos maquinazos. Lo único cierto es que es la realidad real la que se encarga de validar o descalificar una opinión vertida a vuela pluma sobre un estado de cosas por demás incierto e inquietante.

Partiendo de esta premisa, vale la pena insistir en la necesidad de tomar conciencia de que lo que se oferta en una campaña política no necesariamente será cumplida. Más aún,  cuando en el caso de Veracruz es del dominio público que la principal limitante para quien sea electo como gobernador de dos años en junio próximo, es la conjunción de  la obligada sequía en las finanzas públicas estatales y municipales y los compromisos partidistas que haga suyos quien resulte vencedor en la contienda.

No hay dinero ni para pagar las obligaciones contraídas con la misma burocracia, mucho menos para cubrir los adeudos pendientes con empresarios, profesores, jubilados, Instituciones de educación superior, becarios, etc., etc, etc, luego la pregunta casi unánime de la ciudadanía ante ofrecimientos y promesas de quienes ya inician formalmente su campaña proselitista, es con qué ojos mi querido tuerto.

La respuesta cómoda para el caso del candidato del PRI y sus adláteres,  es que se confía en que el presidente Peña saldrá al quite, volcando el erario público federal en apoyo a Veracruz. Lo que no se dice es en qué rubros, cómo, cuándo  y con  cuánto, habrá de rescatarse a una administración pública quebrada, como tampoco se toma en cuenta que el régimen peñanietista ya no quiere queso,  sino salir de la ratonera al no haber previsto que la crisis económico financiera que globalmente afecta a todo el planeta,  pondría a México entero contra la pared sin que las presuntas reformas estructurales incidan positivamente en crecimiento y desarrollo sino incluso, para blindar al país contra efectos y consecuencias de la crisis.

En tanto que, para el caso de la aún no formalizada alianza del PAN con el PRD, bastaría con poner orden en la casa, aplicar la ley a los saqueadores del erario público y sentar las bases para el rescate de una economía deteriorada y recesiva, a partir de la alternancia en el ejercicio del poder formal y la construcción de una  transición presuntamente democrática. Sin que se haga la más mínima mención a lo que en pesos y centavos costaría enderezar entuertos y barrer bajo la alfombra; mucho menos, de donde se obtendrían los recursos para el logro de tales por ahora buenos propósitos.

En ambos casos, el discurso voluntarista, orientado a decirle a la gente lo que esta quiere escuchar, raya en la demagogia careciendo de sustento real, cuando debería aceptarse y así hacérselo saber a la audiencia, que tendría que partirse de cero, sin que lo deseable pueda ser soportado por una hacienda pública endeudada y sin capacidad real de maniobra para obtener e  incrementar el capital líquido que exige la tarea.

Por cuanto a los compromisos partidistas, vinculados a los que imponen los poderes fácticos que como poder real desde las sombras mueven la cuna, éstos, independientemente del color de la camiseta, están presentes en todo tiempo, pesan y determinan tanto en el diseño como en la operatividad del quehacer gubernamental; privilegiándose en el orden de prioridades por sobre buenos propósitos, buenas intenciones y ofrecimientos proselitistas de campaña.

No pudiéndose hacer de lado en este contexto la intencionalidad transexenal que anima la estrategia del gobierno del Sr. Peña Nieto que, en materia electoral, contempla la elección del 2016 como antesala de la presidencial en el 2018 y, por ende, la sumisión de partidos políticos y gobernadores a la continuidad del proyecto neoliberal que a contracorriente se le impone al pueblo de México.

Disponibilidad de recursos frescos y compromisos contraídos, será entonces la limitante para el ejercicio de un gobierno con el pueblo e incluso, para un gobierno cercano a la gente.

Así que, como bien apunta uno de mis cuatro lectores, independientemente de formación, capacidad y experiencia de quienes aspiran a gobernar a Veracruz,  todo quedará en promesas, sin que existan visos de que lo ofrecido habrá de cumplirse. Lástima Margarito, bajo este supuesto, se confirma la idea de que se cambiará para seguir igual, o peor, en tanto no se demuestre lo contrario.

En este escenario, los dos años de gobierno transcurrirán sin pena ni gloria, pues en tanto se toman medidas para “limpiar la casa”, la crisis económica que va de la mano de otra, más profunda, que es la social, derramará el vaso. Escenario en el que algunas voces ya se apuntan para predecir que el neoliberalismo saldrá adelante en sus propósitos electorales, frente a los embates de un “populismo de izquierda” que a la chita callando socava la vida democrática de Veracruz y quizá no estén del todo equivocados. El neoliberalismo empobrecedor como expresión hegemónica de un capitalismo en crisis, no abandonará así como así cediéndoles la estafeta a sus adversarios.

Cuestión de enfoques, ni el neoliberalismo impulsado por  el PRI, el PAN, el PRD y la morralla partidista de acompañamiento, ni ninguna otra corriente política autonombrada como de izquierda, por muy reformista que ésta sea, a mi juicio contempla en propósitos y objetivos programáticos  el cambiar de caballo a mitad del río. Totalmente descontextualizado respecto a una realidad dominada por la crisis global y su incidencia en México, el proceso electoral en curso transcurrirá a “la antigüita”, bajo la común tesitura partidista de insistir en orinarse fuera del tiesto. Lo que se piensa, se dice y se hace, inter y extramuros de la llamada clase política y medios de comunicación afines, seguirá transitando por el camino de ignorar que nuestra aldeana y doméstica realidad jarocha no escapa a efectos y consecuencias de la crisis neoliberal globalizada que tiene de rodillas hasta al país mejor pintado.

Allá ellos, las mayorías ya empiezan a pensar y actuar diferente, sabedoras de que la lumbre ya llegó a los aparejos, siendo testigo de calidad “la volatilidad” financiera en el bolsillo de cada uno y las consecuencias que, en el nivel de vida individual y familiar, ya está afectando a todos por igual. El deterioro económico y social es evidente y los anuncios de mayor control de la macroeconomía, revalorización del peso y elevación paulatina del precio del petróleo, son para la ciudadanía, eso, simples anuncios de ocasión como los que vierte el fallido gobernador Duarte de Ochoa al negarse al clima de inseguridad que de percepción colectiva, ya anidó como realidad en un Veracruz en el que el poder formal se comparte con la delincuencia.

Dicen los que saben del paño, que el descontento y hartazgo social no incide negativamente en propósitos, estrategias, objetivos y modo de operar en las campañas políticas y sus ulteriores resultados en las urnas. Quien esto escribe piensa que sí. Y si los expertos insisten en que la política es de circunstancias, y que estas son favorables para alcanzar el éxito deseado en el actual proceso electoral gracias a las fortalezas y nivel de experiencia y competitividad de los candidatos designados, no están lejanos los tiempos en que los patos le tiren a las escopetas en una coyuntura marcada por el rechazo creciente al quehacer político de la partidocracia en una sociedad lastimada y ofendida.

El tiempo lo dirá. Esperemos que sea para bien.

Hojas que se lleva el viento

Los gobiernos neoliberales de los últimos tiempos, primero matan a la gallina de los huevos de oro, privatizando la industria energética nacional para, más tarde, desgarrándose las vestiduras anunciar que con recursos presupuestales en el presente año se atenderá a su rescate. Ahogado el niño urge tapar el pozo, nos dice Luís Videgaray, secretario de hacienda y uno de los aprendices de brujo que en torno a Peña Nieto, artificiosamente construyen una realidad virtual con pies de barro ajena a los intereses más caros de la nación.

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Mientras toda la clase política y medios de comunicación se ocupan del tema electoral, Javier Duarte de Ochoa se despacha a su antojo con la cuchara grande sin que nadie le amarre las manos. Y así seguirá hasta finalizar su mandato, ofendiendo y lastimando al pueblo que dice gobernar.

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Avieso plan para ahogar financieramente a la Universidad Veracruzana denuncia el destacado economista Hilario Barcelata Chávez, responsabilizando al gobierno fallido a cargo de Duarte de Ochoa. Alerta roja que debería ser tomada en cuenta por alumnos y ex alumnos de nuestra principal casa de educación superior. Mañana podría ser demasiado tarde.

Xalapa, Ver., enero 27 de 2016.

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Hasta ahora, buena parte de las encuestas de intención de voto para el año que comienza prometen al PRI una mayoría legislativa; es probable que también retenga las gubernaturas de Campeche, Colima, Nuevo León y Sonora, e incluso que recupere Morelos.


Si estos resultados se confirmaran, estaríamos ante una prueba contundente de la desilusión mexicana con la democracia. El regreso del PRI no sería un episodio más de alternancia en el poder, sino la expresión del desencanto con una experiencia que los priístas esperan que quede reducida a la condición de mero paréntesis. Podrían interpretarlo de esa manera porque es muy poco lo que han hecho para cambiar. Su partido es el mismo de antes de 2000; las caras son las mismas, incluso entre los más jóvenes, que en lugar de abrir las ventanas, sacudir y barrer la casa, se han limitado a asumir los usos y costumbres de sus mayores, y ahora se les parecen tanto que son viejos prematuros. Enrique Peña se parece cada vez más a Joaquín Gamboa Pascoe, y Humberto Moreira a Carlos Jonguitud.


Tampoco han variado las prácticas de los priístas; peor que eso, el clientelismo y el patrimonialismo que en el pasado representaban la imagen de marca del PRI hoy en día son recursos generales a los que acuden todos los partidos, al igual que el pandillerismo con que pretenden resolver conflictos internos, como ocurría en los años 50, y como hicieron los adversarios de Patricia Mercado que ahora administran el Partido Socialdemócrata. Y si de ideas hablamos, las posturas de los priístas obedecen más a cálculos estratégicos que a objetivos precisos de gobierno y de administración.


No son pocos los ejemplos de encuestas cuyas predicciones resultan equivocadas, pero si el PRI regresa no traerá consigo ninguna certidumbre, a pesar de que su triunfo sería en buena medida producto de la desesperación ciudadana ante las intolerables incertidumbres que nos aquejan. Muchos de los que defienden este regreso aspiran a la predictibilidad del autoritarismo; se han olvidado del hartazgo con las incompetencias y la corrupción, de las crisis económicas que la destruyeron o de las complicidades criminales que sustentaban el orden público; aceptan, sin pensarlo mucho, la cantinela de que los priístas sí sabían hacer las cosas. Es decir, los hoy simpatizantes del PRI promueven la restauración no sólo de un partido, sino de todo un arreglo político, una de cuyas piezas centrales era el partido. Sin embargo, no se les ocurre exigirle que haga las reformas a que lo obligaban, primero, los escándalos de los 80 y de los 90, luego, la derrota, la competencia partidista y la emergencia de votantes activos.


Quienes ahora apoyan al PRI como un mal menor y sin mayores condiciones están favoreciendo a las corrientes más conservadoras de ese partido -que son también las más oscuras e inquietantes- y pierden de vista que, contrariamente a lo que esperan, la restauración sería desestabilizadora porque el antiguo partido hegemónico regresaría al poder en un entorno político muy distinto al del México de la segunda mitad del siglo XX.

Los dos soportes centrales del predominio priísta eran el Estado y el presidencialismo, y ambos han experimentado transformaciones profundas que difícilmente podrían ser revertidas. El fortalecimiento de los intereses privados y el ascenso de los gobernadores son dos de los factores que limitan el poder del gobierno federal y de las comisiones reguladoras y, por otro lado, el presidencialismo ya no es lo que era. Desafortunadamente, el accidentado paso del enamorado Vicente Fox por Los Pinos le causó más cambios que la democracia, al menos en términos de las percepciones públicas, porque demostró que para ser presidente no se necesita siquiera un certificado de sanidad mental. No en balde uno de los primeros cometidos del presidente Caderón ha sido la reconstrucción de la dignidad de la institución presidencial que despedazó la frivolidad del foxismo.


Si el PRI regresa e intenta restablecer una estructura centralizada del poder, como es previsible, en vista de que no hay señales de que haya aprendido otra cosa, habrá conflictos con los demás partidos, con los gobernadores, entre los gobernadores, con los legisladores, entre los legisladores, por mencionar sólo algunos. La ambicionada certidumbre estaría todavía más lejos de nuestro alcance.

El regreso del PRI no sería una restauración, sino el estrepitoso final de ese partido que hemos estado esquivando durante casi una década.


La Jornada. 08/01/09

http://soledadloaeza.com.mx

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