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Tag Archives: Violencia

Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

A la par que el presidente Peña y su canciller empecinados insisten en ver la paja en el ojo ajeno, asumiendo una postura intervencionista en el seno de la OEA que no respalda el pueblo de México, la crisis multidimensional que acusa el país se profundiza.

Acusando el nivel más bajo de aceptación de sus gobernados en los últimos 50 años del presidencialismo en México, el inquilino de Los Pinos pareciendo desentenderse de la creciente demanda de la seguridad pública ante los embates del crimen se ocupa y preocupa más por los asuntos internos de Venezuela que por asegurar gobernabilidad y gobernanza democrática en su país, incidiendo negativamente en la crisis que en todos los órdenes de la vida nacional es más que evidente.

Crisis que por cierto Peña Nieto niega, afirmando no existe más allá de una percepción de un pueblo que se niega a reconocer hechos positivos  que hablan de un país pujante, de un México que avanza a pasos firmes por la senda del desarrollo cuando la terca realidad le desmiente.

El descontento y el hartazgo crecen a lo largo y ancho del país,  y no necesariamente en el terreno político-electoral. Desigualdad, pobreza, desempleo, deterioro del tejido social y pérdida de expectativas de bienestar pesan más en el ánimo de la población que el discurso triunfalista. El consenso social en torno a la necesidad de un cambio de régimen que atraiga paz social y nuevos derroteros para el país es cada día más amplio. La gente quiere y exige un cambio y la élite política nacional no ve ni escucha.

La realidad, siempre la terca realidad, se expresa por diversos medios y caminos. La violencia desatada y sin control de los últimos días en Veracruz, es su reflejo en nuestra aldea. Nadie está ni se siente seguro ahora ni en el interior de su propia vivienda, mientras la llamada clase política del régimen caduco se preocupa y ocupa del incierto escenario electoral para el 2018.

No sólo es la inseguridad pública, también la inseguridad en el empleo, la inseguridad frente al costo de la vida que supera el poder adquisitivo del salario, o el acceso a la educación superior, entre otros factores negativos cuyos efectos se resienten cotidianamente en el seno de la familia, conforman un estado de cosas que va más a allá de la simple percepción en el imaginario colectivo y que parecieran no figurar en la agenda político-electoral, salvo en el manido discurso de la simulación de una desacreditada partidocracia.

“Tanto va el cántaro al agua…” , que el descontento y el hartazgo rebasa ya la capacidad gubernamental para contenerle. Ya no es sólo el doble poder que impone con terror la delincuencia a lo que se enfrenta el gobierno de la alternancia, la movilización de protesta ciudadana, con todo y represión en contra,  se deja sentir con toda intensidad ante la incapacidad gubernamental para atender y resolver lo que en justicia reclama la población.

El cambio es ya ineludible. O se empieza desde arriba, o  desde abajo con las consecuencias que ello implica, los veracruzanos de a pie tomarán la iniciativa. ¡Ya basta!

Hojas que se lleve el viento

Ahora sí, como anillo al dedo, no es lo mismo ser cliente que tendero. A dos días de llegar a término el séptimo mes de gestión del gobernador Yunes Linares, se da como fallida a la administración de una alternancia nacida de la alianza del PAN con el PRD, incapaz de cumplir con los ofrecimientos de una campaña electoral sustentada en la venganza política.

Tras la mampara de la violencia criminal desatada, brillan por su ausencia lo mismo rescate de la administración y finanzas públicas que de una economía en recesión. La entidad permanece postrada con pobreza y desempleo en ascenso, las finanzas públicas estatales en quiebra, la administración un desgarriate y el gobernador, como vocero de lujo de su gestión, solo atina a reafirmar su indignación ante un estado de cosas que rebasándole se le derrama.

Xalapa, Ver., 28 de junio de 2017

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Pulso crítico

 Enrique Olivera Arce

La solidaridad nos hermana. Con reconocimiento y afecto para Aurelio Contreras Moreno. Un periodista más sufriendo los embates de lo absurdo.

Caray, en todos lados se cuecen habas y la sensación de inseguridad es la constante.

Si no es por una cosa es por otra que la sociedad no está tranquila, aunque hay de inseguridad a inseguridad, pues lo mismo tiene que ver con corrupción e impunidad y violencia desatada sea por un fenómeno natural catastrófico, o de criminalidad consecuencia del deterioro lo mismo del tejido social que del estado de derecho, que la que provoca en el ánimo de la gente un salario que no alcanza para maldita la cosa , el no tener lo suficiente para atender la salud y educación de los hijos o el pago de la hipoteca.

Sea cual fuere la causa, motivo o razón, la sensación de inseguridad o su materialización, se hace presente en todos lados y sin distingo de estrato social, militancia partidista, o lugar de residencia; haciéndose acompañar por la terca incertidumbre del no saber a ciencia cierta que nos depara el mañana, cercano o lejano pero siempre incierto y azaroso.

Como carga no deseada y de la cual no podemos desprendernos, guarda estrecha relación con el cómo y a que grado se percibe; cómo nos afecta en lo individual y colectivo, o bien, como pretendemos ignorarla para hacernos menos pesada la existencia.

Pareciera que como muchas otras cosas que no alcanzamos a entender del todo, lo más cómodo es aceptar que la inseguridad es permanente compañera de camino de la naturaleza humana. Nada es seguro, todo es incierto y vencer la percepción o sensación de inseguridad es el pan nuestro de cada día. Enfrentarla y atemperarle es el reto y tarea cotidiana.

Toda esta verborrea viene a cuento mientras leo, por un lado, que en Veracruz o en Tamaulipas la percepción de inseguridad frente a la violencia criminal, venga de donde venga y sea cual fuere su grado o intensidad, cobra prioridad en la jerarquización de preocupaciones de la gente. De esta percepción se alimenta lo mismo el discurso oficial que el río de tinta que vuelcan los medios de comunicación para estar en sintonía con las audiencias. Nada pareciera ser más importante que la amenaza desquiciante directa o indirecta de ser víctima de una violencia desbordada en la que hombres y mujeres de a pie se ven reducidos a “daño colateral”.

En tanto que, en otras latitudes, como es el caso de la sociedad yucateca, en el imaginario colectivo la amenaza que genera inseguridad, es aquella que atentando contra la salud de las personas, gira en torno al piquete de un mosquito infectado y trasmisor del dengue o más grave, de la fiebre chikungunya. Esta amenaza toca todos los hogares, pobres o ricos, ocupa un lugar privilegiado en los medios de comunicación, y es motivo de preocupación lo mismo en autoridades y partidos políticos, que entre empresarios y académicos.

Nada hoy día inquieta más a los yucatecos y a los que sin ser nacidos en estas tierras peninsulares radican en esta entidad federativa, que ser una víctima más de la chikungunya. De ese tamaño es la paranoia colectiva y de ese tamaño es la capacidad para minimizar o ignorar amenazas de otra índole, que las hay.

Luego todo es relativo y, en este mosaico plural y diverso que es México, como en la Viña del Señor, hay de todo, todo cabe, y todo es posible. Si no es el piquete de un mosquito otra cosa será, pero la inseguridad al igual que la corrupción impune, está presente y nos iguala alimentando nuestros miedos.

Hojas que se lleva el viento

Tal es nuestro estado de sumisión frente a un régimen político que nos mantiene secuestrados, que ante la catástrofe de un gobierno fallido como el de Veracruz, la sociedad espera que sea el gobierno federal el que venga al rescate poniendo a Javier Duarte a buen recaudo. El gobernante y sus marionetas lo saben y en consecuencia actúan como actúan, burlándose lo mismo de las instituciones republicanas que de la voluntad mayoritaria de una población que, en su descontento y hartazgo, es incapaz de hacer valer el papel que la democracia representativa le asigna como mandante. Que pena. Así, no tiene ningún sentido la queja, la crítica o la denuncia, si como pueblo no estamos dispuestos a considerarnos ciudadanos y actuar responsablemente tomando al toro por los cuernos.

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De lo que podemos estar seguros y no hay indicios de que las cosas sean diferentes, es que en Veracruz el proceso sucesorio que desembocará en la elección para dos años del sucesor del Sr. Duarte de Ochoa, se descarriló en medio del pantano, reduciéndose a un pedestre pleito callejero en el que de todo se vale. Ofreciendo la vida política en la entidad, a propios y extraños, nauseabundo escenario en torno al cual gravita lo mismo la crisis económica, el creciente deterioro social o las finanzas públicas quebradas de un gobierno inconsecuente y fallido. En este marco, quien parece llevar la peor parte es el partido en el gobierno, habiéndose fracturado y derrumbado gracias a los buenos oficios del gobernador, lo ganado por los senadores tricolores en su proselitismo adelantado, quedó atrás, reducido a frases hechas, falsas denuncias y afán desmedido por decir lo que los veracruzanos lastimados y ofendidos, quieren escuchar. La idea de rescate de una entidad federativa siniestrada, es letra muerta y, frente a Yunes Zorrilla y Yunes landa, Juan de los Palotes en medio del desmadre generalizado se siente con tamaños para contender por la minigubernatura. Facil, sólo hay que subir al ring de barriada y entrarle al intercambio de mordidas y piquetes de ojos.

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Ciego e insensible a todo lo largo de su vida pública, Javier Duarte de Ochoa pareciera estar despidiéndose de los veracruzanos, haciendo público su “legado histórico”.

Sin tener la menor idea de lo que sucede en su entorno y el mal que con su pésimo desempeño causara a Veracruz, el aún gobernador evidencia que el revoloteo de mariposas en su cerebro ya no le permite el afrontar su mandato con lucidez y responsabilidad. Sólo en un estado grave de insanía mental es posible afirmar que la administración pública veracruzana en los tiempos que corren es sólida y confiable. Y que ello constituye el legado que se deja a las nuevas generaciones.

Triunfalismo sin sustento en medio del desorden administrativo, endeudamiento que raya en el absurdo y corrupción impune, ha sido la constante del paso de Javier Duarte en el servicio público. Así lo registra la realidad real y así quedará inscrito en la historia de Veracruz. Este es el legado que los veracruzanos perciben, dejará el mandatario cuando de manera pública y expresa en amplios círculos de la sociedad se exige renuncie y deje el paso libre a un proceso sucesorio lo más pacífico y constructivo posible.

Cd. Caucel, Yuc., octubre 14 de 2015.

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Pulso crítico

Enrique Olivera Arce 

Atendiendo únicamente al tema de la seguridad pública y su cauda de violencia,  el destacado periodista Luís Velázquez interpretando el sentir de la audiencia, califica a la situación que se vive en Veracruz como horrenda.

Esto sin considerar el clima de deterioro de la vida económica, política  y social que, de la mano de la quiebra financiera de la administración pública veracruzana apunta a un desastre generalizado.

El gobernador Duarte de Ochoa, en siete minutos pretendió desmentir  al diarista y a quienes comparten su “catastrofista” visión.  Como siempre, todo está bajo control; “… no hay, no habrá, para el Gobierno de Veracruz más alto compromiso o prioridad que la armonía y la paz social, con emoción ética, social y de justicia”,  expresó quien dice gobernar. 

La sociedad lo valora, alimentando su percepción de un gobernador fallido que no puede, no ha podido, o no ha querido,  ejercer el poder del que fuera investido para brindar a sus gobernados,  seguridad, confianza y expectativas de progreso. En el imaginario colectivo resulta reprobado.

Y en tanto Veracruz sufre un mal gobierno, la prensa nacional difunde el último reporte de Indicadores de Imagen y Posicionamiento de Gobernadores elaborado por la consultora Covarrubias y Asociados S.C., en el que se da cuenta de la  última medición de la opinión pública realizada del 16 de febrero al 30 de marzo de este año, destacando que Rolando Zapata Bello, mandatario yucateco, obtiene la calificación más alta entre sus pares, siendo nominado como “Gobernador líder en México.

¿Qué tiene de extraordinario el joven gobernador yucateco, que no tengan los demás gobernantes, cuando el denominador común que a todos los iguala es la desigualdad, pobreza y exclusión?

¿En qué se  diferencia de los demás cuando todos están marcados tanto por la corrupción impune como por el divorcio entre gobernantes y gobernados a que ha dado lugar un régimen político caduco? 

Blanca paloma no es ni las trae todas consigo. La calificación obtenida en la evaluación es de 7.5 en una escala de 10 y, sin embargo, destaca entre sus pares como “gobernador líder”. ¿En dónde entonces está la diferencia que lo separa del resto?

No hay que ir muy lejos para obtener la respuesta. Si con un 7.5 es el mejor gobernador, es porque los demás califican por abajo del mandatario yucateco pero además, y eh aquí lo destacable, es porque son los ciudadanos de cada entidad federativa, encuestados por la Consultora Covarrubias y Asociados, S. C, quienes otorgan la calificación. Cobrando entonces un peso significativo la percepción que los gobernados tienen de sus gobernantes. Factor subjetivo que no necesariamente está respaldado por la realidad real pero que políticamente es determinante si de medir desempeño y aceptación de un mandatario se trata.

Lo interesante es conocer el porqué de tal percepción y aquí es donde cobra plena validez no sólo la comparación entre un gobernador y otro, sino también el contexto nacional con el específico dentro del cual se evalúa a cada uno de los gobernadores en México. Y para eso es que se debe considerar lo que al respecto señala el estudio de referencia:

“Los yucatecos respaldan con su confianza al gobierno de Rolando Zapata Bello por el trabajo que realiza en los ámbitos de la seguridad pública, la educación, el campo, el apoyo a las personas más necesitadas y el combate a la pobreza”.

Se podrá o no estar de acuerdo con lo que la gente percibe, cuando en Yucatán domina un clima de desigualdad,  pobreza y una marcada discriminación para con la población indígena que, en mayor o menor medida,  le iguala con el resto de las entidades federativas, empero, es evidente que en materia de seguridad el gobierno está haciendo su trabajo. Lo que no sucede en Veracruz.

El municipio de Mérida es asiento de más del 50 por ciento de la población estatal y, su cabecera es considerada  a nivel internacional como “ciudad de la paz”. Los yucatecos están orgullosos de ello y la mayoría pone su granito de arena para conservar tal status, respaldando con credibilidad y confianza las políticas públicas que impulsadas por las autoridades contribuyen al clima de seguridad y armónica convivencia. Esto en una entidad federativa en el que el gobierno estatal surge de las filas del PRI, en tanto que la ciudad capital es gobernada por el PAN. El color de la camiseta no impide respeto,  colaboración, complementariedad y esfuerzos comunes para hacer de Yucatán y de Mérida, ejemplo en materia de seguridad, paz social  y buen gobierno. Lo que no se observa en Veracruz y su capital, gobernados por un mediocre priísmo.

Nos dice la conseja popular que toda comparación es odiosa. A mi juicio no siempre es así cuando se mide con la misma vara, en este caso las mismas preguntas para todos, formuladas por la Consultora le habilitan. Son las respuestas de los encuestados las que marcan la diferencia. No es lo mismo la percepción que la ciudadanía tiene de  un “gobernador líder” ,  que aquella  que, en el imaginario colectivo, se tiene de un gobernador fallido en una entidad federativa en la que la situación que se vive se califica como “horrenda”.

Hojas que se lleva el viento

Como “garantía” de que el Sistema Anticorrupción va a fondo y en serio, se exhibe la cínica y descarada impunidad del partido verde ecologista en materia electoral. A sabiendas del papel que el gobierno peñista  le asigna en el proceso electoral en marcha para asegurar mayoría en la Cámara baja del Congreso de la Unión, no se duda ni tantito en violentar la ley. Si de un partido opositor se tratara ya estaría en curso el retiro del registro.

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Sin pena ni gloria para México, tuvo lugar en el Caribe mexicano el Foro Económico Mundial para América Latina. Tan es así que a su clausura con la representación presidencial participó un funcionario de medio pelo del staff de Peña Nieto y no alguno de los gurús económicos de primer nivel del gabinete.

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El PRI en Veracruz ni suda ni se acongoja. Metido de cabeza en un proceso electoral que a nadie quita el sueño, salvo a la clase política y a una prensa que vive de ello, sin el menor rubor ignora lo que a los votantes potenciales aqueja en su vida cotidiana. El no pasa nada dictado desde palacio, lo hacen suyo apostándole a ganar la elección para, de inmediato, concentrarse de lleno en la brega de la sucesión del gobernador fallido. Si la gente sale a votar o se queda en casa le tiene sin cuidado, usos y costumbres le aseguran de antemano un cuestionado pero al fin legal triunfo en las urnas. En tal tesitura, bien se guarda de decir esta boca es mía metiendo las manos al fuego en respaldo al primer priísta de la entidad.

Lo curioso del caso es que con el silencio de la cúspide de la pirámide partidista, validan la opinión cada vez más generalizada de que Duarte de Ochoa es más un estorbo que capital  político electoralmente redituable.

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La fuerza de la costumbre o una necesidad de asegurar el futuro, obliga a la mayoría de los medios de comunicación a emprender una batalla a fondo en contra del Fiscal del estado y del secretario de Seguridad Pública, señalándoles como responsables de la violencia impune que se vive en Veracruz y exigiendo su renuncia. Por razones obvias, se pasa por alto que ambos funcionarios son empleados del  Poder  Ejecutivo, trabajan o dicen trabajar para  quien los nombrara y sostiene en el puesto y, por tanto, se deben al gobernador y no a los veracruzanos. El responsable legal del desaguisado es por tanto el que dice manda en Veracruz y no sus subordinados. Quien debe abandonar el cargo es Javier Duarte de Ochoa y con el un gabinete mediocre que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias.

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Y el alcalde xalapeño, semioculto por la cortina de humo mediática, nadando de a muertito. Si en Veracruz no pasa nada, en su capital por lo consiguiente. Y ahí la lleva mientras el descontento y el hartazgo crecen ante una violencia criminal cuya impunidad se solapa.-
Cd. Caucel, Yuc., mayo 13 de 2015
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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

En los tiempos que corren la inseguridad no es un asunto menor. Habiendo trascendido el marco de la historia negra marginal que se ventila en barandilla, ha pasado al escenario político y social en el que la percepción ciudadana cuenta y cuenta mucho en tanto le vincula con corrupción e impunidad generalizada, en un Estado-Nación en el que el Estado incumple con su propósito sustantivo y la Nación en un proceso ascendente de deterioro y pérdida de identidad y de valores se nos escapa entre los dedos.

El problema no es encontrar culpables, pretendiendo que tal o cual funcionario cumplan o dejen de cumplir con aquellas responsabilidades y obligaciones que la sociedad mandata, como observo en el manejo de cierta prensa en Veracruz que encuentra en la denuncia y el morbo acogida entre los sectores más atrasados de la población, a la par que abona al conflicto político electoral llevando agua al molino del mejor postor.

En todo caso, los responsables y con un alto grado de culpabilidad somos todos. La inseguridad pública deviene del rechazo de la población a involucrarse en la conducción de los destinos de la sociedad. La ausencia de ciudadanía deja espacios que la delincuencia, común, organizada, de cuello blanco, o gubernamental, paulatinamente ocupa hasta dominar el escenario; envolviéndonos y dando lugar a un doble poder en el que el Estado cede, deja hacer, deja pasar, terminando por encubrirse bajo la máscara del aquí no pasa nada.

De ahí que a mi juicio la denuncia periodística sea irrelevante; son más los lectores que optan por desentenderse que los pocos que podrían interesarse u obligarse a tomar cartas en el asunto. El servidor público lo sabe, y la crítica le resbala, fortaleciéndole en tanto que quejas y denuncias en su contra contribuyen a darle presencia, protagonismo e importancia en el seno de la sociedad. Y, cuando la voz de la prensa es escuchada, si la autoridad actúa positivamente en consecuencia, algo hay detrás, intereses a los que conviene hacer como que se hace poniendo en la picota al presunto o infractor. Retornándose al principio, corrupción e impunidad por encima del interés legítimo de la sociedad.

Cuando se no quiere ver más allá de nuestro propio ombligo, violencia e inseguridad se descontextualizan. Se ignora su carácter de fenómeno social generalizado, y se politiza y partidiza con criterios aldeanos de buscar responsables entre aquellos adversarios que interesa descalificar. Consecuencias y no causas entonces se privilegian y el problema toma el cauce de lo insoluble; si tiene solución que bueno y si no, también.

El afán enfermizo de una minoría por acumular bienes materiales, como sea y sin importar el costo social que ello implique, crea las condiciones sistémicas de acumulación y concentración de la riqueza, desigualdad, pobreza, corrupción e impunidad, caldo de cultivo estructural de violencia e inseguridad en una sociedad en la que el fin justificando los medios, le tiene atrapada en el capitalismo salvaje de nuestro tiempo. Este es el adversario a vencer y no las individualidades que le ejemplifican.

En este marco el caldo económico, social y político de cultivo de delincuencia e inseguridad, queda no sólo incólume, sino que se extiende y profundiza. En este nauseabundo pantano, queja, lamento, crítica o denuncia, siembran en terreno esteril, hasta disolverse en el ácido corrosivo de la indiferencia social.

Quiza esta sea la razón por la que evado concientemente en mis maquinazos el tema de policías y ladrones. La solución a la problemática no se encuentra litigando a periodicazos ni se abona al terreno de la seguridad ciudadana individualizando el fenómeno y ejemplificándolo con la denuncia al calce. Antes al contrario, como suelen decir algunos políticos dados a los lugares comunes, lo que resiste apoya; impunidad y miedo van de la mano fortaleciendo la ilegalidad y disminuyendo capacidad de indignación y de respuesta social. La población se esconde tras la puerta y la participación ciudadana brilla por su ausencia, cediendo espacios a las conductas antisociales.

Habida cuenta de que lo mismo delinque el malandrín que se ostenta y actúa como tal, que el servidor público que en el mejor de los casos tolera la conducta del primero sin que pase nada, la erosión del estado de derecho no tiene freno, contribuyendo a la disolución del Estado y a separar a éste de lo que entendemos por Nación.

Lo cual da a la problemática de la creciente criminalidad e inseguridad el carácter de asunto de Estado y de seguridad nacional. Algo muy ajeno al amarillismo y escándalo que suele acompañar a la denuncia periodística poniendo en la picota a ciudadanos o servidores públicos de medio pelo.

Por su trascendencia e impacto en la vida presente y futura de la sociedad, entonces el tema de la violencia criminal e inseguridad pública, debería tipificarse como un fenómeno estructural de primer orden, lo que no se hace, dejando su solución al garete y en manos de autoridades administrativas que la mayor de las veces no cumplen con su encomienda.

Más cuando se es juez y parte, sirviendo a los intereses del poder fáctico y no a la mayoría de la población. La criminalidad de cuello blanco que no se ve pero se siente, es intocable. Razón por la que privilegiar atención y respuesta a la ilegalidad creciente, no tiene cabida en el reformismo presidencial de moda. Combatir con honestidad, eficiencia y eficacia a la corrupción, delincuencia e inseguridad, equivale a escupir para arriba, mala costumbre que no figura en la conducta de nuestra clase política, siempre al cuidado de que no le pisen la cola.

Hojas que se lleva el viento

Curioso caso el del anuncio y amplia difusión del proyecto de construcción de un nuevo aeropuerto para la capital del país. Atiende a las necesidades del gran capital y no resuelve en nada el rezago económico y social de la gran mayoría de los mexicanos. Y, por si fuera poco, para el secretario de comunicaciones y transportes, la panacea aeroportuaria será costeada con recursos públicos, en terrenos propiedad del gobierno y será propiedad de este y no privada, “por ahora”. Curioso, sí, porque de acuerdo con el funcionario peñanietista, los bienes públicos a partir de este régimen son propiedad del gobierno y no del Estado nacional.

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No hay peor ciego que el que no quiere ver (o reconocer) El senador Héctor Yunes Landa cual llanero solitario habla y habla, dice y dice, que el Segundo Informe de Gobierno del mexiquense Peña Nieto muestra fehacientemente objetivos cumplidos a favor de los mexicanos. Tanto habla y tanto dice, que más que convencer de su valía como aspirante a gobernar a Veracruz obtiene lo contrario en una entidad en la que el PRI va de bajada arrastrado por el reformismo peñanietista.

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Pulso crítico

 J. Enrique Olivera Arce

Las apariencias engañan. Escribiendo al bote pronto y con la pretensión de ser “políticamente correcto” evitando ser víctima del incesante rumor que tiene azolada a la sociedad veracruzana, al remitirme al caramelo informativo que difunde la Sra. Gina Domínguez Colío desde la Coordinación General de Comunicación Social del gobierno de Veracruz, me fui con la finta, dando crédito a lo expuesto en el comunicado oficial en el que se diera cuenta de los festejos patrios en la entidad.

Craso error que me llevara a exaltar la participación de patriotas y confiados veracruzanos que sobreponiéndose al miedo, celebraran con júbilo un aniversario más de la gesta independentista de México. Pifia que en mi anterior entrega me llevara a la afirmación de que en Veracruz “El amor patrio, tradición y memoria histórica se impusieron por sobre la incertidumbre, el rumor y el miedo…”  Y peor aún, agregando que con ello le hemos respondido al Dr. Duarte de Ochoa con confianza en su gobierno y fe frente a la adversidad.

Pasada la euforia del primer momento habiendo atribuido a los veracruzanos lo que ni por asomo es, ya con información fidedigna caí en cuenta de mi error. Lo que mediáticamente pudiera parecer una cálida, alegre y espontánea participación popular haciendo honor a la memoria histórica y justo reconocimiento a nuestros héroes nacionales, cuando menos en la capital veracruzana no pasó de ser simple jolgorio priísta, alimentado con acarreo de humildes familias y modestos servidores públicos, en el que la mano de la alcaldesa Elizabeth Morales, no fue ajena.

La Sra. Morales quiso cumplir su ofrecimiento al gobernador y a su partido de concentrar 10 mil personas en la Plaza Lerdo, lo cual no sucedió, ni es físicamente posible cuando de todos es sabido que tal sitio se llena hasta el tope con escasamente un millar. Triste es reconocerlo, pero así fue. Tanto que en respuesta al tradicional grito, la escasa multitud, se desató en “vivas” por consigna al gobernador Duarte de Ochoa, como si éste fuera el homenajeado. La sociedad xalapeña no logró vencer el miedo y mucho menos desatendió la ola de rumores. Lo que se impuso fue la necesidad de humildes familias de la cual siempre se aprovecha el priísmo rampante.

Luego cabe entonces pedir disculpas a mis dos o tres lectores, con el compromiso de no basar más mis opiniones en el comunicado oficial del gobierno veracruzano, sin antes confrontarlo con la percepción que de la realidad construye el imaginario popular. Pues “si nada es verdad, nada es mentira sino que todo es del color del cristal con que se mira”, preferible equivocarse escuchando la voz del pueblo que caer en el engaño de los caramelos mediáticos de Doña Gina Domínguez.

No obstante, como veracruzano puedo afirmar que Veracruz está lastimado, pero no herido y mucho menos vencido. Si como pueblo queremos hacerle frente a lo que ahora nos es adverso tenemos que aceptar el liderazgo de Javier Duarte, contribuyendo a su fortalecimiento con unidad y cohesión si, pero exigiendo un gobierno eficaz y para todos.

Reitero: no nos defraude gobernador.

A quienes cumpliendo con la tradición, con alegría y talante nacionalista  festejaran en familia y en la intimidad de su hogar la conmemoración de nuestra gesta independentista, mi comprensión y reconocimiento. Ya vendrán nuevos y mejores tiempos en los que los ciudadanos recuperemos los espacios públicos que hoy nos han sido secuestrados.

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Pulso crítico

 J. Enrique Olivera Arce

 El amor patrio, tradición y memoria histórica se impusieron por sobre la incertidumbre, el rumor y el miedo. Veracruz registró saldo blanco en la conmemoración de la independencia de México y tributo a nuestros héroes nacionales. Enhora buena.

 El gobernador, Dr. Javier Duarte de Ochoa, ha pedido de los veracruzanos confianza, unidad y cohesión para, entre todos, construir el largo y difícil camino hacia la prosperidad. Los veracruzanos unidos en la alegría que nace de nuestra identidad común y la búsqueda incesante de la libertad y la democracia, le hemos respondido con confianza en su gobierno y fe frente a la adversidad.

 Si esa es la respuesta que Javier Duarte de Ochoa esperaba de su pueblo, la reciprocidad es ley. Pedimos gobierne para todos, escuche y confíe en la voluntad colectiva para juntos, impulsar a Veracruz hacia adelante. No nos defraude gobernador.

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De Interés Público 

Emilio Cárdenas Escobosa

La psicosis está instalada entre nosotros. Y no es para menos: la sucesión de hechos violentos, sobre todo en la zona conurbada Veracruz-Boca del Río, con un saldo notable de muertos y heridos entre sicarios, elementos de seguridad y ciudadanos inocentes, así como la puesta en marcha de aparatosos operativos de vigilancia de las fuerzas castrenses, tienen a la gente con el  Jesús en la boca. Por eso la rumorología desatada este jueves en aquella zona de la entidad encontró campo fértil y causo estragos en el ánimo colectivo.

Padres de familia aterrorizados que corrían a recoger a sus hijos a la escuela; directivos y maestros cancelando actividades y dejando salir a los educandos, incluso de las universidades; usuarios de redes sociales haciendo eco de un sinfín de versiones disparatadas, no hacían sino dar forma al fantasma que roba el sueño a los veracruzanos. Y ese fantasma, construido con retazos de las escasas notas de prensa que abordan la violencia criminal, con rumores y comentarios de boca a boca de ciudadanos que en un afán de autoprotección intentan alertar a otros de los peligros que se ciernen en las calles y terminan por alimentar una espiral de desinformación, con el zigzagueante discurso oficial que un día dice que el crimen organizado está entre nosotros y se le combatirá con toda la fuerza del estado y al otro señala que vivimos en paz y que aquí no pasa nada, se nos apareció, o más bien se le manifestó con crudeza al gobierno de Veracruz.

La combinación del sentimiento de vulnerabilidad de la gente y la notable crisis de credibilidad gubernamental en el tema de la inseguridad dieron por resultado el caos vivido este jueves que llevó a la Procuraduría de Justicia del Estado a echar mano del delito de terrorismo para iniciar indagatorias contra los usuarios de las redes sociales que difundían versiones de atentados en escuelas, coches bomba o balaceras.

Con todo y los comunicados de prensa y declaraciones, lo mismo del Secretario de Educación Adolfo Mota que del propio gobernador Javier Duarte, enfatizando que está garantizada la seguridad de los alumnos en las escuelas del estado, en las redes sociales el pánico se alimentó y se sigue atizando con versiones diversas. Incluso el anuncio del inicio de acciones legales en contra de los twitteros que iniciaron la bola de nieve desinformativa, ha sido tomado con ironía, como una manera de salir al paso de la crisis, o disuadir a los cibernautas más críticos, dejando intocados a los verdaderos causantes de la situación de inseguridad, tal y como puede uno leer en comentarios de muchos, muchísimos usuarios, que bajo la lógica conspirativa también tendrían que ser investigados.

El problema central de todo esto es la falta de credibilidad de la población al discurso oficial. El desaparecer la información de los enfrentamientos y demás hechos violentos en los medios de comunicación, sea por censura o autocensura, ha convertido a las redes sociales como Facebook y Twitter en los vehículos de información de la mayoría de la gente, que -asustada, y con razón por la ola de criminalidad- cree a pie juntillas lo que ahí, responsable o irresponsablemente, se difunde.

El problema de comunicación gubernamental en este caso es muy serio. No debe perderse de vista que en tiempos de incertidumbre lo común es que los rumores se extiendan como reguero de pólvora y más cuando en la sociedad moderna las redes sociales juegan un papel fundamental en la comunicación al instante, en tiempo real, de lo que ocurre.  Por lo que ante la carencia casi absoluta de credibilidad de lo que informan los medios convencionales de comunicación, un comentario o muchos reportes de los cibernautas pueden adquirir proporciones enormes y dañinas, independientemente de su veracidad.

Sabemos que el ciudadano es desinformado por tradición y que la confirmación de los sucesos era tomada por buena siempre que la diera la prensa escrita o el famoso conductor los noticiarios televisivos o radiofónicos, pero ante el quiebre de la confiabilidad de éstos queda un vacío informativo que es llenado justamente por los “reporteros” de las redes sociales.

Ante una realidad de violencia que ahí está por más que se le quiera ocultar, y la falta de información de la gente derivada del hartazgo ante el idílico panorama que pintan los diarios locales, con sus loas al gobernante y a todo lo que diga o haga, o las intrascendentes notas de los noticiarios televisivos locales, lo que digan en las redes sociales hay que creerlo, “porque ahí está la verdad que nos ocultan”. Si la crisis de credibilidad en el gobierno es notable, la de los medios de comunicación veracruzanos ya toca fondo.

En materia de comunicación, al igual que en política, los vacíos se llenan. Con versiones disparatadas, malintencionadas o producto del miedo de la gente, pero se llenan.

La ausencia de una eficaz política de información en tiempos de crisis está dejando espacio a otras voces, a múltiples versiones de lo que los medios no pueden o no quieren ya decir. Es el precio de una errática comunicación gubernamental y no únicamente de “terroristas” informáticos.

Tan fácil que sería  monitorear las redes sociales, reaccionar a tiempo, liberar a los medios de comunicación cautivos y alentar la libertad de expresión. Sin eso, por más comunicados de prensa o declaraciones que se emitan y aparezcan en primera plana, ya pocos les creen.

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En Perspectiva

J. Enrique Olivera Arce

La sociedad xalapeña está conmocionada. El artero crimen que cegara la vida de un destacado empresario y su joven esposa, pertenecientes a dos respetables y destacadas familias, generó las más diversas reacciones en nuestra ciudad capital, así como no pocas especulaciones en torno al motivo de la agresión que diera lugar al fallecimiento de las víctimas. Más cuando este lamentable acontecimiento se da en medio de una ríspida contienda electoral, propiciando lamentablemente el que el hecho se politizara  incorporándole a los temas de campaña, entre los que destacan las propuestas de seguridad pública y abatimiento de la criminalidad en la entidad.

Dado el clima electoral imperante y los antecedentes de violencia criminal en diversas regiones del país, lo acontecido actuó como detonador para que políticamente una lamentable y sentida tragedia familiar, fuera pasto seco propicio para su partidización e incendio de la pradera política veracruzana. Pese a que hasta ahora en lo general y salvo hechos aislados de violencia criminal, predominantemente del orden común, no se percibe amenaza latente de inseguridad para la mayoría de la población.

Frente a ello, lo recomendable es no invocar a los demonios. Que no cunda el pánico ni se le siga el juego a intereses partidistas que ya claman por la presencia de la tropa en nuestras calles. Sí, exigir mayor vigilancia para preservar la seguridad pública y que se haga justicia en este y otros casos que, ilustrando cotidianamente las planas de nota roja de la prensa no por menos notorios por el origen humilde de sus protagonistas, deben preocupar a la sociedad,  pero hasta ahí. De lo contrario, el clima de tranquilidad del que los veracruzanos estamos orgullosos, podría dar el paso a una innecesaria sensación de incertidumbre, indefensión y paranoia colectiva que, lejos de contribuir a la preservación del orden y aplicación de la justicia, se revertería en contra  de una población que aún no presenta síntomas alarmantes de expresiones desatadas de violencia criminal.

Tampoco podemos caer en la ingenua y ampliamente propalada idea de que en Veracruz no pasa nada. Algo está pasando en Barataria y la violencia en sus diversas manifestaciones paulatinamente va cobrando carta de naturalización en nuestra entidad. Más no necesariamente a consecuencia de la indeseable presencia  y actuar de la delincuencia organizada en nuestras calles como en otras urbes y regiones del territorio nacional; a nadie escapa que históricamente nuestra entidad, e incluso en nuestra querida Xalapa, han sufrido embates de violencia y alteración del orden público a consecuencia de pugnas caciquiles de domésticos intereses económicos y políticos, sin que ello haya sido motivo para que los ciudadanos dominados por la histeria, se encerraran a piedra y lodo en sus hogares o se abstuvieran de cumplir con el deber cívico de sufragar.

Hay otras expresiones de violencia que aquellos que hoy se rasgan las vestiduras exigiendo la presencia del ejército en las calles se niegan a reconocer y combatir. Expresiones de incivilidad y pérdida de valores y principios en el seno mismo del hogar, la escuela, centro de trabajo, o en la competencia política, devienen cotidianamente en flagrante violación a la ley, vulnerando paz social y convivencia pacífica entre diferentes. La pobreza, la, insalubridad y desigualdad ancestral, cobra más víctimas inocentes que la absurda guerra calderonista o la confrontación entre bandas delincuenciales por el control de ilícitas actividades. De ello debemos tomar conciencia, reflexionar en torno a lo que parece ser tendencia irreversible y, como ciudadanos, participar activamente para su oportuna atención y solución, antes de que sea demasiado tarde. La tarea es de todos como lo es la responsabilidad social y política para construir en democracia un Veracruz y un país mejor para las futuras generaciones.

No es con ruido electorero, propuestas mesiánicas, ni con amarillismo mediático como habremos de lograrlo. La seguridad pública se construye entre todos, no baja del cielo ni es consecuencia del cumplimiento de una promesa coyuntural de campaña o dádiva graciosa de un gobernante. Participemos todos, solidaria y cotidianamente para hacerla posible. Que no cunda el pánico, dejemos a nuestros difuntos descansar en paz.

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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

El fenómeno de violencia desbordada y deshumanización que ocupa nuestra atención hoy día, no es algo que surge por generación espontánea ni resultado de circunstancias coyunturales propias de un estado de cosas de un país que habiendo perdido el rumbo, tardíamente busca y no encuentra acomodo en la globalidad. Lo que hoy preocupa y tiene desconcertada a la sociedad mexicana viene de atrás; resultante de un proceso histórico de acumulación de frustración y descomposición social, en el que el dejar hacer, dejar pasar, es la constante. Hoy simplemente, conflictos históricamente no resueltos, hacen crisis saliéndose de cauce.

El fenómeno de la violencia no es nuevo en el país. Se remonta a la época colonial, con antecedentes en las sociedades prehispánicas y hoy día se expresa con mayor fuerza no en el ámbito de la seguridad pública como mediáticamente se construye una falsa percepción del fenómeno. El mayor grado de violencia se expresa, entre otras cosas, en la explotación y marginación de los pueblos indígenas, en el trabajo inhumano en las minas, en el trabajo infantil, en el congelamiento a lo largo de varias décadas de los salarios de los trabajadores, en el abandono del campo, en la relación asimétrica de genero, en la exclusión de los jóvenes de una vida digna y con esperanza, y en la expoliación de que es objeto el pueblo de México por parte de trasnacionales extranjeras, que controlan los principales renglones de la economía. La pobreza extrema, la desigualdad y la exclusión, son dialécticamente causa y efecto en el proceso de acumulación de frustración y descomposición de la sociedad mexicana.

La corrupción, la impunidad, la opacidad y el afán desmedido de acumulación de riqueza de una minoría rampante y el privilegio de la especulación por sobre la generación del valor real de la producción, impulsan y retroalimentan dicho proceso, pero de ninguna manera pueden considerarse causa última; en tanto que a su vez estas conductas antisociales son consecuencia estructural de raíces profundas en un México que no termina de construirse, que persiste siempre en arribar tardíamente a los eventos que jalonan el desarrollo de una humanidad en constante evolución. De un país que históricamente no ha encontrado rumbo y que persiste por marchar por camino equivocado entre conflictos no resueltos.

Pretender erradicar el mal de raíz, combatiendo los efectos sin atender las causas, es tanto o más criminal que aquello que se dice combatir. El número de niños que fallecen antes de cumplir cinco años, por hambre o por enfermedad, no se destaca ni en los discursos ni en las marchas de una clase media confundida y manipulada. Como tampoco figura en el mensaje mediático el número de indígenas víctimas del abandono o la represión, ni el número de trabajadores que mueren cotidianamente a consecuencia enfermedades propias de condiciones laborales inhumanas. Mucho menos es objeto de atención y preocupación el número cada vez mayor de mexicanos en condiciones de pobreza extrema, como eufemísticamente se califica a la miseria.

Así, la inseguridad pública, a la luz de la percepción mediática que se nos impone, en primera y última instancia, termina por ser simple pretexto para gobernantes y empresarios que con ello reproducen e incrementan corrupción e impunidad. Más vehículos, más armas, más equipo, más instalaciones, más publicidad, cierran el círculo de la demanda y la oferta de estos bienes materiales. Los mismos de siempre suman riqueza, en tanto avanza el proceso de acumulación de frustración y descomposición social, en un país que bien merece mejor destino.

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