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Pulso crítico

José Enrique Olivera Arce

Para quien esto escribe y atendiendo a diversas opiniones ciudadanas, el presunto debate entre los cuatro aspirantes a la presidencia de México terminó tanto en forma como en contenido en un fracaso imputable tanto al Instituto Federal Electoral como a los propios partidos políticos que avalaran formato y temática. Si el objetivo era promover el voto e incidir sobre el segmento de “indecisos”, estimo que el tiro les salió por la culata. La decepción, enojo y desanimo por lo que se consideró engaño y manipulación por parte del IFE, pesó más en éstos que las entrecortadas propuestas “slogan” de los candidatos presuntamente punteros. Se alborotó al voto duro y se fortaleció al segmento de los llamados indecisos. 

De hecho, no hubo debate, no se confrontaron ideas ni propuestas ni los candidatos aportaron mayor cosa para incidir en la construcción de un voto razonado, viéndose limitados por un acartonado formato y preguntas formuladas cuyas respuestas serias y a profundidad no caben en escasos dos minutos. Y sí, prestándose para choteo y cursilería, como quedara reflejado en las redes sociales con bromas de mal gusto y el privilegiar el comentario sobre la “playmate” que fungiera como edecán; pasándose por alto el sentido e importancia del presunto “debate” en un proceso electoral en el que se juega el futuro del país.  

No obstante algo positivo queda en abono a nuestra incipiente democracia. Pese al sabotaje de Televisión Azteca, el partido de futbol programado para la misma hora que el presunto debate, no supero en audiencia al encuentro entre los aspirantes presidenciales. Debiendo destacarse que si el IFE y su formato no propiciaran un auténtico debate entre candidatos, si provocó que éste se diera en el hogar, en las tertulias dominicales con una muy amplia participación de ciudadanos discutiendo, defendiendo la camiseta, valorando y calificando lo que vieron y escucharon de acuerdo a las preferencias electorales de cada quién.

Lo que no se puede echar en saco roto por aquellos que subestiman la capacidad de raciocinio y anhelo de participación de hombres y mujeres de a pie, es que para estos se dio un consenso casi unánime sobre la ineficacia del árbitro electoral como organismo ciudadano independiente y el sospechosismo de que la provocativa participación de la “edecan”, fué un premeditado arreglo en lo oscurito.

Como era de esperarse, cada partido político asume que su respectivo candidato o candidata, se impuso sobre sus adversarios, festinándose lo superficial e irrelevante y haciendo de lado lo sustantivo del encuentro. Cuando en realidad a mi juicio no puede atribuirse triunfo alguno para ninguno de los cuatro participantes en un debate que no fue tal y en el que, por cierto, el gran ausente fue el tema de la crisis sistémica global que condiciona presente y futuro de la Nación. 

Estimo que  López Obrador así lo visualizo desde el momento mismo en que el IFE diera a conocer formato y contenido del listado de preguntas. Razón esta por la que aprovechó el espacio para reiterar su mensaje sobre la necesidad de un “cambio verdadero”, desentendiéndose de dar respuesta puntual a las preguntas formuladas.

 Para el político tabasqueño el debate  trascendente está en la calle, confrontando sus ideas y propuestas con la gente en la plaza pública. Como se pudo observar en el Foro de educación, ciencia y tecnología, encuentro con estudiantes y académicos de las universidades públicas un día después del debate entre presidenciables ó el previo con estudiantes del Instituto Tecnológico de Monterrey. En ambos encuentros la respuesta de los jóvenes habla por sí en donde es que Andrés Manuel pone el énfasis en su campaña proselitista. 

Viene un segundo debate en junio. Por los resultados del primero a mi juicio ni perjudica ni beneficia a ninguno de los candidatos. Para entonces, a un mes de la elección la intención del sufragio estará definida, lo mismo para el llamado voto duro que para el sector de los indecisos o aquel que minoritariamente de antemano ha optado bien por el voto en blanco, por el sufragio a favor de “Cantinflas”, el de castigo como rechazo a un gobierno insensible e ineficaz ó por simplemente no asistir a las urnas. Adicionalmente, para entonces la guerra sucia estará en su apogeo,  y  la prioridad para los partidos políticos y sus candidatos estará puesta en el “trabajo operativo” pie a tierra  previo a la elección.  

Para los seguidores de López Obrador en “Morena”, al margen de los partidos que respaldan al candidato igual la atención no estará en un debate más. El énfasis estará puesto en la tarea de las brigadas de voluntarios preparando la defensa del voto casilla por casilla en cada Distrito Electoral,  Impedir que se repita el fraude será la consigna. 

Hojas que se lleva el viento

No abrigo ninguna animadversión personal para con los candidatos a senadores por Veracruz. A lo sumo, me indigna el que las llamadas izquierdas se hagan representar por personajes que a lo largo de los años, se han ganado merecida fama de sanguijuelas deshonestas, oportunistas y manipuladoras. Del priísta  José Yunes Zorrilla incluso he manifestado podría meter las manos al fuego por él, reconociéndole capacidad, buena fe y un alto grado de honorabilidad. Sin embargo no deja de sorprenderme el que todos, sin excepción confundan en sus propuestas de campaña el ámbito de competencia que como legisladores, caso de ganar la elección, les corresponde en un régimen de división de poderes. Lo que a su vez confunde a lo más atrasado política e ideológicamente del electorado. Ofrecen y prometen hacer y deshacer, dar o quitar como si estuvieran contendiendo por la titularidad del poder ejecutivo federal, incurriendo en demagogia, simulación y engaño. Dando por sentado, además, que lo que ofertan sin ton ni son está respaldado por sus respectivos candidatos a la presidencia de la República o por el gobierno estatal. Aquellos que les motivan buena fe y deseo de servir con integridad a los veracruzanos, están a tiempo de corregir.

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 Habiendo sido descobijado por la realidad y exhibido por el semanario “Proceso” y la prensa internacional, el Sr. Dr. Javier Duarte de Ochoa está solo y su alma. El partido del cual es ideólogo, guía moral y primer militante en Veracruz, en nada contribuye a retirar las castañas del fuego en defensa del solitario de palacio. Sacar adelante contra viento y marea  a sus candidatos, lo mismo a la presidencia de la República que al relevo en el Congreso de la Unión, le preocupa y ocupa perdiendo e vista que si al gobernante le va mal, en el actual proceso electoral al PRI en la entidad peor le irá.

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Me convencieron. Para los yucatecos en la elección de gobernador en julio próximo, sólo hay de dos sopas: O votas por el candidato del PRI ó te abstienes de votar antes que sumarte al voto inútil. La descomposición del PAN en Yucatán y la prácticamente nula presencia de los partidos de la llamada izquierda, no dejan otra opción. Para la elección presidencial es otra cosa, el mayor número de opciones se corresponde con una sociedad plural con un significante componente de población flotante proveniente de otras entidades federativas. Así que el voto diferenciado está anunciado, como previsto está el triunfo inobjetable de Rolando Zapata Bello, candidato del PRI a la gubernatura. . Mérida, Yuc., Mayo 9 de 2012

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J. Enrique Olivera Arce

“No exijáis de los hombres lo que no les habéis dado…”
Máximo Gorki

Efectivamente, la encuesta para decidir quién abanderará a la izquierda electoral como candidato a la presidencia de la República, es una trampa fraguada ex profeso para intentar eliminar de la contienda a López Obrador. Estando de acuerdo en ello con el ex diputado local veracruzano Uriel Flores Aguayo, vale agregar que es un atentado contra la pretendida e incipiente vida democrática de los partidos políticos que integran el bloque de las llamadas izquierdas, así como del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena).

Cuando la más elemental lógica democrática indica que corresponde a la militancia el determinar quien le represente como candidato a la primera magistratura del país, la decisión se circunscribe a un arreglo protocolario cupular que, mediante una encuesta abierta y ajena a las bases, tomará como válida la opinión sin distingo partidista de 6 mil ciudadanos, en un país de más de cien millones de habitantes. Secuestrándose así, una vez más, la voluntad decisoria de varios millones de militantes partidistas de izquierda o de afiliados al Movimiento de Regeneración Nacional.

Tirándose por la borda el trabajo que a lo largo de siete años, llevara a Andrés Manuel López Obrador a recorrer varias veces la totalidad del territorio nacional. Largo e intenso peregrinar para convencer de la necesidad de cambio, trasmitiendo un mensaje de esperanza que despertara la toma de conciencia en amplias capas de la población sobre la posibilidad de un México diferente.

Ello conduce a preguntarse entonces: ¿Qué pasará si Andrés Manuel es derrotado en la encuesta de marras?

El político tabasqueño podrá optar por lo que le venga en gana, es su vida. Lo mismo podría continuar en la lucha que emprendiera que arrinconarse en la tranquilidad de su hogar a rumiar su fracaso. Es la voluntad de un hombre frente a la de millones que de él esperan otra cosa.

Luego, ¿y sus seguidores? ¿Quedarán conformes con haber quedado colgados de la brocha? ¿Sin más en su frustración votarán a favor de Marcelo Ebrard sintiéndose traicionados? ¿Otorgarán su voto a favor del PRI o del PAN a sabiendas de que estarían optando una vez más por el siempre lo mismo para seguir igual?

Difícil dar respuesta a tales interrogantes. La condición humana es impredecible.

 Aunque cabe la posibilidad de que una ciudadanía desencantada y frustrada optara por el voto en blanco, o nulo, a sabiendas, eso sí porque en ello no hay engaño, de que serviría de alfombra para que electoralmente el PRI o el PAN” consolidaran sus respectivos proyectos de gatopardismo y simulación. Posibilidad que dada la experiencia de elecciones anteriores, no puede echarse en saco roto, dando al voto en blanco, o a favor del adversario histórico, connotación de sufragio de castigo al sistema político nacional.

En un país medianamente democrático tal categoría es válida. El voto de castigo o la abstención electoral cuenta, y mucho, en la relación entre electores y candidatos, siendo determinante para legitimar o no una elección, así como para proceder a una segunda vuelta si el voto a favor de los contendientes no alcanzara en la primera ronda la mayoría absoluta del 50 por ciento más uno,  para así declarar un vencedor.

En México las cosas son diferentes. Basta la mayoría relativa para darle el triunfo a un candidato. Se gana por un voto, dicen los priístas, “haiga sido como haiga sido”, remacha Calderón Hinojosa. La opinión de quien se abstiene de sufragar o de quien lo hace votando en blanco nulificando su voto, no cuenta salvo para favorecer a quien tenga mayoría de votos válidos, no importando si éstos alcanzan o no para dar legitimidad democrática a la elección.

Sin embargo, considerando la situación de crisis en todos los órdenes que se vive en México, en esta ocasión considero que el voto en blanco tendría otra valoración. No se puede gobernar en las actuales circunstancias cuando más del 50 por ciento de los votantes niega su voto de confianza al presidente electo. Muchos son quienes coinciden en que la elección del 2012 será atípica luego en tal contexto el voto nulo masivo como castigo a un sistema político obsoleto y agotado, no escapa a tal previsión.

Cabe esperar entonces que los seguidores de AMLO, de no verse favorecido éste por la encuesta en marcha, a partir de la próxima semana se encuentren en la encrucijada: Siguen con López Obrador hasta donde el cuerpo aguante ó votan en julio próximo por Marcelo Ebrard renunciando a la lucha. Quedando la opción del voto en blanco, como respuesta a la traición cupular.

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J. Enrique Olivera Arce


Ante el riesgo de que el intercambio de inmundicia a que podría dar lugar el debate anunciado entre Beatriz Paredes Rangel del PRI y Germán Martínez del PAN, fortaleciera en la ciudadanía la idea de votar en blanco o nulificar el sufragio, Jesús Ortega, Presidente Nacional del PRD entró al quite y bajo el argumento baladí de ausencia de equidad, facilitó la tarea al IFE, al TRIFE  y a los presidentes nacionales del tricolor y el blanquiazul de evitar incrementar el ya de sí enrarecido clima de descomposición en que ha caído el actual proceso electoral.


No hay debate televisado, sin embargo, bacinica en ristre cada quien por su lado y por todos los medios a su alcance, los partidos punteros mantendrán a nivel de piso  su línea de denigración de la política y torpedeo a la línea de flotación de la incipiente democracia.


¿O es que,  atendiendo a lo que cotidianamente difunden los medios de comunicación, podría esperarse del fallido debate un intercambio civilizado de ideas y propuestas? Indudablemente que no.


La espiral de mutuo descrédito en que se revuelven PAN y PRI, a unos cuantos días de que concluyan las campañas políticas, es tan intensa que por simple reacción inercial el intercambio de inmundicias era más que inevitable. Por razones obvias, toda la clase política tenía que evitar que la mierda desbordara el bacín y que mejor que un colaboracionista experto en la materia como Jesús Ortega,  se prestara a ponerle freno a tal desatino.


Desafortunadamente, el destino alcanzó a nuestros inefables políticos. El mal viene de atrás y ya no hay tiempo para borrar del imaginario popular la profundidad de la crisis por la que atraviesa el sistema de partidos en México. La corrupción e impunidad brota por doquier y son los mismos partidos los que se han encargado de destapar la cloaca. Para la ciudadanía no pasa desapercibido escándalo tras escándalo en el que se ven involucrados personeros de la vida política nacional, estrechamente vinculados con los más oscuros intereses de quienes se disputan el destino de México como botín.


El cochinero no se ha cerrado aún. Falta mucho por ver de aquí a los cierres de campaña. Aún queda mucha mierda en las alforjas del PAN el PRI y el PRD, por lo que no es de dudarse que entre ella habrá que recorrer el camino entre nuestro hogar y las urnas. Más ello no debe ser inconveniente para, armados de fe más que de confianza, cumplamos con nuestra obligación y deber cívico de sufragar. Que la responsabilidad de un proceso fallido no quede en la ciudadanía.


Lo que pase después del cinco de julio será otro boleto. Otro escenario en el que la responsabilidad depositada en el arbitro de la elección y en el tribunal que habrá de sancionarla, estará en juego. Esperemos que nuestro voto se respete por el bien de todos.

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J. Enrique Olivera Arce


El debate va. Las opciones de votar o no votar, inclinarse por el voto válido o por el voto nulo, a 20 días de la elección están en el ánimo de amplios sectores de la población.

En términos de racionalidad, siendo la democracia representativa en México asignatura pendiente por construir, el hacer valer lo dispuesto en la Constitución General de la República, que otorga a todo ciudadano el derecho a votar y ser votado, asumiéndose el pueblo como mandante, da lugar a que todas las opciones electorales sean respetables y legítimas, incluyendo el llamado voto en blanco o voto nulo. No obstante, la sola idea de castigar a la clase política impugnando de facto a un proceso electoral contrario a los intereses de las mayorías sin que tal determinación se haga acompañar por acciones organizadas de movilización social, no parece tener justificación alguna. No beneficia en nada a la ciudadanía ni tiene consecuencias legales, éticas o políticas  para aquellos a los que se pretende castigar.

Una elección se gana,  así sea por un voto, con la suma aritmética de sufragios válidos a favor de un partido o candidato, lo mismo si votan millones que si la participación en las urnas se reduce a unos cuantos miles. Lo demás, simple apunte para el anecdotario, o tema para tres años de denuncias y protestas que ni le van ni le vienen a la clase gobernante.

Sin embargo, “haiga sido como haiga sido”  el origen de la campaña a favor del voto nulo, lo que no se puede perder de vista es que para el imaginario popular tiene un carácter simbólico que va más allá del marco legal, rebasando incluso el que tanto tenga de grosor y sensibilidad el carapacho que recubre el cinismo de la clase política. El descontento ciudadano ha ido en aumento, generalizándose, justificando la indignación y la búsqueda de instrumentos o vías alternativas por las cuales manifestar o canalizar el rechazo al actual estado de cosas. Y que mejor que en la coyuntura, darle la espalda a los partidos políticos negándoles el voto, aún a sabiendas de que con ello no cambia nada.

Si bien no estoy de acuerdo en lo personal con la aplicación de voto nulo como castigo al sistema político que prevalece en México, no puedo dejar de considerar que, frente al cómodo abstencionismo, el asistir a las urnas y votar, así sea de balde, constituye un paso progresista en el largo trecho por recorrer en la tarea de dignificación de la política y  rescate de la democracia representativa. No porque los políticos escuchen y atiendan a la necesidad de cambio, ellos están en contra, sino visto como un aún tímido primer avance en la toma de consciencia nacional de la necesidad de avanzar en la tarea pendiente de construir desde abajo la organización popular y democrática de que hoy se carece; un partido político unitario capaz de oponerse a la tendencia fascista que hoy desde las altas esferas del poder real se impulsa en México con el contubernio del PAN y el PRI como soporte.

Bajo esta óptica, el voto nulo se entiende y justifica. Calderón Hinojosa  se equivoca si cree que el pueblo de México está de acuerdo con su teoría de  desideologización del quehacer público y las tareas del desarrollo económico y social, con la que pretende justificar la profundización de los procesos de privatización de la industria energética y alimentaria, de los servicios de educación y salud, así como la imposición de la flexibilización laboral y el congelamiento de los salarios. El voto nulo, en la coyuntura, le demostrará lo contrario.

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J. Enrique Olivera Arce


Si de castigo se trata, votar sí, pero ni un voto al PAN, ni un voto al PRI, como sugiere Andrés Manuel López Obrador.


Cuando a mediados de marzo del año en curso detecte que en la internet se estaban reflejando las primeras manifestaciones de una corriente tendiente a promover el llamado voto en blanco, o voto nulo, como alternativa ciudadana a asumir en las elecciones del próximo cinco de julio, comente que si bien en algunos países constituye una opción válida para el electorado, habida cuenta de que con ello se manifiesta el rechazo organizado a los partidos políticos o a candidatos que no responden al bien común, en el caso de México, con  un sistema electoral carente de transparencia, confianza y credibilidad, resulta, al igual que el abstencionismo, contraproducente.


Agregando que el voto en blanco ni sería tomado en cuenta como mensaje de rechazo ni contribuiría a sanear nuestra incipiente democracia. Tanto el gobierno como la clase política en México, cotidianamente hacen gala de insensibilidad y oídos sordos frente a una opinión pública mayoritariamente insatisfecha.


Hoy, a 30 días de la elección, podría agregar que no obstante haber tomado fuerza la idea de castigar a la clase política descarrilando el proceso de legitimización de una simulada democracia representativa, al grado de que ésta, ganada por la histeria, ha puesto a un falso debate el tema del voto nulo, tal opción no me convence. Antes al contrario, me dejo llevar por el “sospechosismo” que provoca el que el duopolio televisivo y poderosas cadenas nacionales de radio y medios impresos, directa o indirectamente se hagan eco de la opción del voto en blanco. Y más todavía cuando constato entre mis vecinos no solo apatía y desinterés político frente a las elecciones en puerta. También una profunda ignorancia sobre lo que está en juego en los comicios venideros.


El descontento y rechazo al actual estado de cosas en el país, más que acicate para la búsqueda de alternativas de participación y cambio por la vía electoral, en la ciudadanía es motivo de connotada indiferencia. Votar por un partido en específico, por un candidato, o asistir a las urnas con el propósito de nulificar el sufragio, no está en el ánimo de un alto porcentaje de hombres y mujeres comunes. Votar o no votar, parece ser irrelevante; el peso de la degradación de la política en el imaginario popular, llama de antemano al rechazo a un proceso electoral manipulador que no tiene más propósito que legitimar el reparto legal de un pastel demasiado manoseado.


En este escenario, legitimar la elección, asistiendo masivamente a sufragar y al mismo tiempo descalificarla votando en blanco, me parece un contrasentido. Otra cosa sería si la ciudadanía, organizada, informada y consciente, participara en un referendo o pleisbicito,  optando  por  un si ó un no en la tan necesaria como urgente reconstrucción del sistema de partidos, la dignificación de la política,  y el rescate de la representación popular. Ni la sociedad mexicana está informada y organizada para tal efecto, ni la legislación electoral vigente se contrapone a  intereses espurios de la partidocracia.


Aceptémoslo o no, en las actuales condiciones del país el voto en blanco es un voto inútil, desechable, que no aporta nada a la urgente necesidad de organización consecuente desde abajo, para impulsar las exigencias de cambio de un Estado que ya, sin eufemismos, se da como fallido. Podrá satisfacer el prurito personal, individual, de saberse parte de un presunto rechazo a la clase política, pero hasta ahí. Colectivamente es caer en la trampa, dejando en manos de los partidos mayoritarios el seguir manteniendo secuestrada  la representación popular en el Congreso de la Unión. Más útil sería, si de castigo se trata, votar sí, pero ni un voto al PAN, ni un voto al PRI, como sugiere Andrés Manuel López Obrador.


Por lo que a mi respecta, reitero lo afirmado el 25 de marzo: La protesta o rechazo sin objetivos claros para avanzar no tiene sentido. Más que por el voto en blanco o la abstención, debe apostarse por la participación razonada y consecuente, generando condiciones para, desde abajo y de manera organizada, exigir a la representación popular cumpla con el cometido para el cual es electa. A mayor número de votos válidos menor será la oportunidad del agandalle y el fraude electoral. Y si este último se repite una vez más en contra de la voluntad ciudadana, como sociedad tendremos la calidad moral y política para impugnarlo, privando de legitimidad democrática a los triunfadores espurios y la justificación plena para exigir que se vayan todos.


Hay que salir a votar, así sea por el partido o candidato que consideremos menos peor. De otra manera, como ciudadanos interesados en  el rescate de la ahora secuestrada representación popular, estaríamos rindiendo la plaza sin  dar batalla. No podemos seguir permitiendo que una partidocracia, apenas respaldada por un voto duro que representa el 15 o 20 por ciento del total de más de 70 millones de votantes potenciales, decida el destino de la Nación.


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J. Enrique Olivera Arce


En algunos países europeos en los que el sistema electoral merece a los ciudadanos mayor grado de confianza y credibilidad, el voto en blanco constituye una opción válida para el electorado, habida cuenta de que con ello se manifiesta el rechazo a los partidos políticos o a candidatos que no responden al bien común. La suma de votos en blanco, para la clase política y para el gobierno, es así un claro mensaje de la tendencia de la opinión pública a tomarse en cuenta en la mayoría de los casos.


El voto en blanco en un sistema electoral como el mexicano, carente de transparencia, confianza y credibilidad, a diferencia de Europa, resulta, al igual que el abstencionismo, contraproducente; favoreciendo, por un lado al fraude electoral y, por otro, a los partidos mayoritarios a los que se pretende castigar. De ahí que la propuesta de diversas corrientes que, a través del internet, llaman a sufragar en blanco en la elección de julio próximo, a mi juicio resulta improcedente. Ni sería tomado en cuenta como mensaje de rechazo ni contribuiría a sanear nuestra incipiente democracia. Tanto el gobierno como la clase política en México, cotidianamente hacen gala de insensibilidad y oídos sordos frente a una opinión pública mayoritariamente insatisfecha.


De los males el menor. A mi juicio lo procedente será sin duda votar por el candidato menos peor de entre la mediocridad que se nos ofrece como oferta electoral. Ejerciendo un derecho al que no podemos ni debemos renunciar, así como cumpliendo con la obligación cívica que emana de la Carta Magna cuya plena vigencia exigimos los ciudadanos. A mayor número de votos válidos menor será la oportunidad del agandalle y el fraude electoral. Y si este último se repite una vez más en contra de la voluntad ciudadana, como sociedad tendremos la calidad moral y política para impugnarlo, privando de legitimidad democrática a los triunfadores espurios y la justificación plena para cuestionarlos.


Lo anterior viene al caso considerando que las tempraneras encuestas nacionales sobre la intención del voto,  están ya indicando una clara tendencia del electorado a castigar a los partidos políticos, absteniéndose de sufragar o nulificando el voto;  estimándose que el sufragio efectivo no rebasaría el 40 por ciento del padrón electoral, en perjuicio de la legitimidad de la representación democrática en la Cámara Baja del Congreso de la Unión. Esto particularmente grave en tanto daría continuidad a la polarización social y política derivada de la elección del 2006, cunado el país exige la unidad de propósitos frente a la crisis.


La protesta o rechazo sin objetivos claros para avanzar no tiene sentido. Más que por el voto en blanco o la abstención, debe apostarse por la participación razonada y consecuente, generando condiciones para, desde abajo y de manera organizada, exigir a la representación popular cumpla con el cometido para el cual es electa.


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