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En perspectiva

J. Enrique Olivera Arce

Xalapa, Ver., 30 de septiembre de 2007.-Una vez cumplimentada la aprobación de la reforma electoral por el cincuenta por ciento más uno de los congresos locales, se consolidará uno de los pasos más importantes de los nuevos tiempos en la vida de la Nación: la dignificación del Congreso de la Unión.

 

Senadores y diputados fueron  capaces de sobreponer el interés más general del pueblo de México a los intereses partidistas, frenando las intenciones golpistas del poder mediático de la industria de la radio y la televisión. Hicieron prevalecer  el principio constitucional de soberanía de la representación popular, y dieron inicio al proceso de rescate financiero de PEMEX. Paso este que, independientemente de los limitados alcances de la reforma en el proceso de transición democrática, que deja a los partidos políticos mayoritarios en la nada grata tesitura de seguir despachándose con la cuchara grande, debemos celebrar.

 

No así la presunta reforma hacendaria o el bodrio resultante de la intención presidencial de allegar mayores recursos al gobierno al costo que fuere.

 

Además de ser mínimo el incremento de la tributación esperada, muy por debajo de los deseos de Calderón Hinojosa, las modificaciones impresas no modifican significativamente el status fiscal de las grandes empresas, en su gran mayoría evasoras legales, ni apuntalan la capacidad del Estado mexicano en la lucha por abatir la pobreza y la desigualdad. Antes al contrario, propician que dichos flagelos sigan campeando en el escenario nacional, ampliando la brecha entre los que lo tienen todo y los que en términos del pastel a repartir, prácticamente no tienen nada. Lo que coloquialmente podría afirmarse, constituyen dos pasos para atrás en el esfuerzo de este país por establecer el mínimo de congruencia entre los avances democráticos en materia política y la democracia con justicia social, que se sustenta en la participación equitativa en la distribución de la riqueza generada.

 

El llamado popularmente como “el gasolinazo”, define el espíritu injusto del bodrio fiscal y el predominio de la irracionalidad política por sobre la razón de Estado. A cambio del visto bueno de los congresos locales a la reforma electoral, los legisladores premian a los gobernadores, asignándoles recursos adicionales provenientes del impuesto a los combustibles, que podrán manejar discrecionalmente a partir de enero próximo en apoyo a sus personales proyectos políticos y no al impulso del desarrollo regional, por más que se afirme que se destinarán a infraestructura, educación y salud.

 

Cambalache que fortalece a la clase política y en especial a quienes un buen número de autoridades municipales califican como “virreyes”, frente a la indefensión de la mayoría del pueblo de México, que ya empezó a sufrir las consecuencias de la escalada en el alza de los precios de bienes y servicios básicos; reduciendo aún más el ya de si deteriorado poder adquisitivo del salario y condenando al mercado interno  a una mayor contracción de la ya existente, aún antes de que cobre vigencia la nueva miscelánea fiscal.

Teniendo como corolario la pérdida de capacidad del Estado mexicano, frente a una sociedad que reclama urgentes e importantes respuestas en materia de infraestructura, educación, salud, vivienda, atención al campo y empleo remunerador. En suma, el Estado se reduce, tal cual se ha venido reduciendo la imagen presidencial.

 

La gente se pregunta si se cambió lo más por lo menos. Se da un paso adelante en el rescate de la dignidad de la representación popular frente a un sector del poder fáctico, con reformas constitucionales que en lo sustantivo no cambian las reglas de un  juego electoral en el que todo se vale, menos acatar lo dispuesto en la Carta Magna. Se dan dos pasos atrás en materia fiscal, con una reforma que daña el bolsillo de la mayoría de la clase trabajadora y que no contribuye en nada a salvar al gobierno de su crisis financiera. ¿Dónde quedamos, pues?

 

Lo cierto es que cada vez es más común que la clase política ignore que nadie se baña dos veces en el mismo río. La sociedad civil cambia y madura día a día,  en tanto que se insiste en seguir dándole atole con el dedo, despreciando la inteligencia popular. ¿Hasta cuando?

pulsocritico@gmail.com

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