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Pulso crítico

J. Enrique Olivera Arce

Al calor de las especulaciones en torno a la crisis económico financiera global y sus nocivos efectos en la vida cotidiana de sociedades y personas, diversas agrupaciones religiosas están tratando de llevar agua a su molino, contribuyendo al clima de temor e incertidumbre propalando apocalípticas visiones sobre el fin del mundo, en las que involucran a un Dios vengador y a su contraparte, el demonio, en sus diversas representaciones, sin más finalidad que incrementar su mermada feligresía.

En efecto, no tiene parangón en la historia del capitalismo y ya evolucionó a recesión económica global. Pero de ninguna manera apunta a la desaparición del sistema, y mucho menos a la debacle de la sociedad humana y del planeta que le cobija. Pero tampoco es responsabilidad de ningún Dios o de un demonio desatado; simplemente es resultado de las contradicciones del capitalismo internacional, generadas por hombres de carne y hueso que en su desmedido afán de acumulación de riquezas, propicia desequilibrios en las esferas de la producción y el consumo; exacerbándolas con cuestionables operaciones de coyuntura que los expertos califican como especulativas, y que no guardan relación con el valor real de bienes y servicios.

Luego si el problema se genera en el ámbito de lo humano, corresponde al hombre encontrarle solución y no a Dios o al demonio. Lo mismo se trate de la sociedad en su conjunto que a nivel del individuo o la familia. Así que no procede el que cunda el pánico y se caiga en la situación de inmovilismo o parálisis, en espera de los designios de la divinidad. Como se ha dicho, todos vamos en el mismo barco y todos debemos aportar a la búsqueda de soluciones o, cuando menos, a que se puedan paliar de la mejor manera posible los efectos de un fenómeno del que la inmensa mayoría no participáramos en su gestación y su ulterior desarrollo, pero que en la medida que nos lastima nos involucra a todos.

Podría pensarse que no está en nuestras manos, como personas comunes y corrientes, el atemperar los efectos de la crisis. Yo en lo personal considero que no es así. A cada país, familia o persona le afecta o habrá de afectarle de diferente manera y en diferentes circunstancias, por lo que cada quien en su particular esfera de competencia, debería prever y tomar medidas concretas para “blindarse” contra sus efectos de la mejor manera posible.

Lo que a mi juicio no procede, es el tratar de combatir fuego con fuego, enfrentándole con los mismos criterios e instrumentos que le generaran, cuando está visto que la visión neoliberal que minimiza el papel del Estado frente al mercado, fracasó.

El individualismo neoliberal enfrentando al hombre contra lo humano ya no es opción; debiéndosele ceder el paso a la solidaridad colectiva para, con racionalidad, mesura, austeridad. y honestidad, hacer de una crisis que afecta a todos, oportunidad para todos. En ello va implícito el papel a jugar por la llamada sociedad civil y por el gobierno, representante y administrador del Estado-Nación. No se puede permitir que con base en las reglas del libre mercado, los que más tienen ganen más, auspiciados y apoyados por un Estado débil y consentidor, en tanto que las mayorías terminen pagando los platos rotos, bajo el pretexto de rescatar las fuentes generadoras de empleo riqueza y reproducción del capital privado.

Se me ocurre que en tal ámbito de previsión para la acción, el Estado debería recuperar su carácter rector y de regulación, fortaleciéndose; subordinando los intereses privados de unos cuantos al interés más general de toda la sociedad. Debiéndose rescatar experiencias históricas de desarrollo comunitario en la orientación de la inversión y el gasto corriente; implementando políticas con visión de Estado y programas de promoción productiva y bienestar social que a nivel regional y micro regional, auspicien la participación organizada, consciente, y responsable de la población en la búsqueda de soluciones y aplicación de medidas específicas a sus requerimientos particulares de infraestructura, producción y consumo. Eliminando el contratismo e intermediarismo innecesario, asignándole a cada comunidad el hacerse cargo de manera directa de la construcción y operación de caminos de mano de obra, de aulas, de casas de salud, de huertos familiares, unidades frutícolas, granjas pecuarias, riego y drenaje, fabricación de materiales de construcción, o servicios comunitarios como introducción y operación de alcantarillado, agua potable, electrificación, centrales de maquinaria, seguridad pública, entre otros, bajo la supervisión y apoyo técnico y financiero del gobierno. Fijando a la población en sus lugares de origen, multiplicando el empleo e ingreso, reduciendo costos económicos y sociales, y asegurando un mínimo de bienestar comunitario y familiar.

Para darle viabilidad a este esfuerzo colectivo de cogestión solidaria, la condición sería frenar la inercia de las políticas públicas neoliberales. “Blindando” a la población contra el síndrome político electoral de la partidocracia, que todo lo que toca pervierte y corrompe. Ese sería el gran reto a asumir hoy frente a la crisis y sus efectos.

Mi reconocimiento al Senador Dante Delgado, por su valor, congruencia y patriotismo.

pulsocritico@gmail.com

http://pulsocritico.com

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